viernes, 27 de julio de 2012

Diego Roel





















Lo que regresa

Tantas veces pisé este suelo,
este país en sombras,
esta región que oscila
entre un abismo y otro abismo.

Tantas veces.



Ahora me muevo alrededor:
busco esa voz que me llama desde atrás,
que lentamente crece en mí,
que se expande y acuclilla
en la parte más secreta de mi sangre.

Busco lo que respira y permanece.



Porque en esta orilla
se escucha siempre la misma canción.
Los mismos cuerpos caen, se levantan, huyen,
los mismos rostros se hacen y deshacen.

Ya no hay un sitio posible.



Pero, ¿quién habla? ¿Quién vive en mí?
¿Quién responde desde el otro lado?

¿Quién pregunta y calla?



Yo sólo veo lo que regresa y parte,
 lo que regresa y parte.



Son tantas las imágenes,
los agujeros.

Lo que no se dice, late entre las sílabas.
Lo que se dice, retumba entre letra y letra,
entre signo y signo.

Son tantas las voces.



El que superó los nombres y las formas,
Aquél que se estabilizó en el Punto dentro del Círculo,
sonríe más allá del tiempo y del espacio,
sonríe y repite en silencio:

nada respira, nada permanece.                     

Me paro en los bordes del decir.

Me arrodillo y pronuncio
una palabra que señala un Puente, un Corazón,
una palabra que lleva al centro del Jardín de lo Posible.

Miro lo que está debajo.



Only the half they can never possess remains.  



Pero, ¿quién mide las velocidades del cambio?

¿Quién se para en esa huella
que se desplaza y tiembla?

¿Quién habla? ¿Quién canta?



Un niño baila sobre el disfraz del espectáculo.

Abre y cierra los ojos,
desarma las maniobras del Engaño.

Permanece fuera de las redes del mundo.
Un niño duerme en los Jardines del Aire.



Yo sólo veo espectros.



Nada queda por decir.

Sobre las ruinas de la página en blanco
una delicadísima luz delata
los garabatos del aliento.

El viento agita las últimas banderas.


Fuente: Los Jardines del Aire, Diego Roel, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2012.

Diego Roel nació en Temperley, Provincia de Buenos Aires, en 1980. A pesar de su juventud, lleva publicados cinco libros de poesía: Padre Tótem / Oscuros umbrales de revelación (Libros de Tierra Firme, 2004), Diario del insomnio (Libros de Tierra Firme, 2005), Cuaderno del desierto (Libros de Tierra Firme, 2007), Las variaciones del mundo (Ediciones El mono armado, 2010) y Los Jardines del Aire (Ediciones El mono armado, 2012). Estudia en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. Reside en esta ciudad y, alternativamente, en Mendoza y otras ciudades de la Argentina. Vivió unos pocos años en Brasil.

Foto: Diego Roel. Fuente: Gentileza de Diego Roel.

martes, 24 de julio de 2012

Andrés Szychowski





















En diferido

No sé muy bien cómo buscar a los muertos.
   Jules Supervielle

* * *

El día de mi muerte es equidistante
al tiempo transcurrido
entre estos versos
y el día en que tuve plena conciencia
del problema de la
finitud.


* * *

Temor
en diferido.

Mi osada
permanencia.


* * *

Cavar
una gran fosa
y observarse desde arriba.


* * *

Morir es redundante.

Al fin
y al cabo.


Gato negro gato blanco

El gato negro que cruzó por la vereda
no era un gato negro
tenía una pata blanca o unos cuantos
pelos blancos en esa pata negra
es más
era un gato blanco
con cabeza y cuerpo negros
tres patas completamente negras y una
casi toda negra
y no cruzó por la vereda
o nunca
debí haberlo cruzado


Anónimo

Bien sabes de mi notable tendencia hacia los dobles
y de la desmesura que denota cualquier
totalidad. Que suponer aboliciones pedestres
o divisar lumbres de barco
desde los talas de Berisso
encapsulan mi rabia
en un semántica de lo aleatorio.
Bipolaridad a dios
entero.


Tebas

Quien sepulte
colmillos de serpiente
para que emerja un ejército
luche contra sí mismo y
sobrevivan cinco
fundadores de Tebas
se priva de altibajos
más o menos constantes.


* * *

Que la muerte
derrape en esta redundancia
y se salve de mi muerte.

Fuente: La redundancia, Andrés Szychowski, La Terminal Gráfica, La Plata, 2011.

Andrés Szychowski nació en La Plata en 1976. Publicó 17 discos de música africana (2009) y La redundancia (2011). Poemas suyos fueron incluidos en la antología de jóvenes poetas argentinos Si Hamlet duda le daremos muerte (2010). Es licenciado en Psicología. Ejerce la investigación y la docencia en la Universidad Nacional de La Plata.

Ilustración: Tapa de La redundancia, Andrés Szychowski, La Terminal Gráfica, 2011. Fuente: C. C.

jueves, 19 de julio de 2012

Norma Etcheverry





















Insectos I

Los pequeños insectos danzan en círculo
se estrellan unos con otros cegados por la luz
que artificialmente
dibuja sus prematuras sombras.
Breves sus vidas se encandilan
en un giro tras otro
inútilmente.

Así los hombres
por demasiada lucidez o demasiada levedad
sucumben.


Insectos II

Entonces cae la noche
y no somos más que sombras chinescas
sobre el mundo
cementerio de nada
flores quietas
bajo el golpe efímero del agua
Cada mañana como las mariposas
insectos de luz
volvemos a creer en la mundana concupiscencia
de los días.


El poema debiera ser algo que se planta

El poema no es algo que se construye
 sino algo que se planta.
Miguel Torga

El poema debiera ser algo que se planta
como un arbusto
un seto un manzano
que se riegue sin saber lo que se arriesga
lo que deja en el fondo
o lo que sale a la luz
sólo debiera dar cuenta de nuestra pequeñez
en la tierra
de nuestra imperceptible sombra
y nuestra nada en el tiempo
o mejor aún de nuestra máxima aspiración: que un pájaro o un niño
se pose alguna vez
sobre sus ramas.


Más allá del hospital
   
Estoy aquí. O allá o en cualquier otra parte.
En mi principio.
T. S. Eliot

Le sugiere que escriba algo bello.
No sabe pero debiera
saber
que es imposible escribir algo bello
sobre una estadía en hospital. Pálida y aséptica
pesadilla en blanco y negro donde todo cuerpo es un flujo
y las carnes ya no son territorio de caricias
sino oscuras cavernas.
Mejor olvidar
lo erótico y deseable de los cuerpos cuando lo que hay
sobre la cama
es andrajo, tubos y flema entre denodados guiños de muerte
y decrepitud.
Más vale una mente creativa
que distinga los árboles en el parque y algo más
que hilachas en las nubes
un cielo fragmentado detrás del ventanal
unos ojos que viren hacia la calle
en vez de mirar hacia el pasillo interno
por donde pasan médicos
esa casta creída de todos los saberes
o enfermeras y enfermeros
obscenos en el intercambio de la nada corporal.

Más vale
el vuelo de aquel espíritu capaz de irse tan lejos
como pueda
y depositar su halo en una obra de arte
quien dice un Courbet o Mahler
un libro de D. H. Lawrence
o una silenciosa frase de Duras.

Más vale el espíritu libre
que se reconoce en su fin. O en su principio.


El cable del teléfono

Sentada al sol
miro mi casa desde fuera de mi casa
la música del auto me envuelve lentamente
todo se detiene
y por un instante
reparo en el cable del teléfono.
Recortado en el fondo de este cielo
me impresiona pensar que todos estos años
ha sido el mismo cable.
Toda esta vida en esta casa
con ese mismo cable negro
péndulo apenas
mecido por los vientos
reseco al sol
lluvia tras lluvia
sobre el mismo objeto mudo
que estuvo allí permaneciendo cada día
cada noche
cada año de todos estos años y tantas voces
tantas conversaciones
tantas historias o fragmentos
de historias
que entraron y salieron
toda la vida y toda la muerte toda
pasando por allí.
Como un cordón umbilical que alimentara
de palabras al mundo.

Fuente: Lo manifiesto y lo latente, Norma Etcheverry, Cuadrícula Ediciones, La Plata, 2011.

Norma Etcheverry nació en Ranchos, Provincia de Buenos Aires, en 1963. Es periodista. Publicó tres libros de poesía: Máscaras del Tiempo (1998), Aspaldiko (2002) y La ojera de las vanidades y otros poemas (2010). Con el título Lo manifiesto y lo latente, incluido dentro de la colección “Cuadernos orquestados”, dirigida por Abel Robino, dio a conocer en 2011 sus nuevos poemas. Reside desde muy joven en La Plata.

Foto: Norma Etcheverry. Fuente: Gentileza de Norma Etcheverry.

sábado, 14 de julio de 2012

Guillermo Pilía




















Documento de identidad

No sé en qué trámite u oficina, junto a qué teléfono
público, se me ha perdido el documento
de identidad. Para tales casos la ciudad prescribe
lo que se debe hacer, apenas una tarde de colas
y de dedos entintados, y ya se tiene uno nuevo.
Nadie percibe que con esa pérdida tan ínfima
se fueron años enteros de mi vida: mi foto
de adolescente sin barba, cuando el mundo me abría
sonriente sus rutas; mi firma que hasta entonces
sólo había rubricado versos, inocencias; el registro
de mi año de soldado; y las constancias
de muchas votaciones: someras esperanzas
de algo mejor, en general defraudadas. Este flamante
documento que ahora llevo, con mi imagen
avejentada, no conoce –como el otro–
las lluvias de Córdoba, los latidos de mi pecho
cuando pasaba el escuadrón militar, la cercanía
de otros cuerpos de mujer: no conoce
el miedo antiguo ni el tempestuoso amor,
es apenas un carnet que identifica
a un hombre que ha nacido viejo, al que amputaron
–aunque sea en efigie– la mitad de su vida.


Las ratas

Nunca pude ver tan de cerca a las ratas
como en las noches de mi año de soldado,
si me dormía apoyado en mi fusil
debajo de un gran farol, en ese puesto
cercano a las barracas, entre los vahos
de comida descompuesta... Era entonces
cuando en silencio salían a mirarme
acorralándome en círculo, esperando
que también a mí se me abriesen los ojos.
Jamás me hicieron daño, pero llegaban
a observarme en el minuto de flaqueza
en que el sueño me vencía... Es extraño
que con el tiempo no volviesen las ratas
a atormentarme en las noches, que hoy evoque
esa imagen de miseria como si a otro
le hubiera acontecido. Yo mismo a veces
las llamo en medio de un instante de dicha:
a que me recuerden qué frágil resulta
la felicidad, qué cerca de los sueños
acechan siempre sus hocicos en punta


Ars legendi

Sobre la mesa de luz se me han ido juntando
los libros que leí desde un año a esta parte.
Ya está cerca la Navidad y puedo
borronear mis memorias. –Más que mis ojos, las páginas
delatan mis pasiones, mis proyectos inconclusos,
el pavor a la nada de mis noches–.

Lectura, mi amor primero: si yo hubiese guardado
año tras año esos títulos, hoy podría escribir
mi exacta autobiografía –mucho más elocuente
que los premios y ediciones que anoto con pudor
en las solapas de mis propios libros–.

Ahora que vuelvo a verlos, desde abajo hacia arriba,
pienso en Rilke una mañana de invierno en la estación,
la historia de la lengua en el inicio
de otro ciclo lectivo, los poetas españoles
del próximo seminario:

todo lo que la muerte
como una fría empleada doméstica,
acomodará por fin un día en los estantes.


Bayas de humilde color

Fue un mediodía de invierno en Provenza:
íbamos de Barcelona hacia Niza,
buscando un parador para almorzar.
Y de improviso –igual que si brotasen
de un recuerdo– surgieron en la rambla
que partía la ruta esos arbustos:
achaparrados, de bayas rojizas
y ramas espinosas, tan idénticos
a los que veíamos en los cercos
de nuestra infancia en el país del sur...
Nunca hubiera creído que esas plantas
con sus bolitas de lánguido rojo
pudiesen encerrar tanta nostalgia
de patria; que en tan poca cosa entrase
algo que duele y se ama en extremo
como es la tierra en que se nace y crece...
Bayas de humilde color en la tarde
de Provenza: vieja herida que late
sordamente en la sangre, hasta que un día
se revela transformada en palabras.


Marsella, 9 de mayo de 1891

Aquélla –mi pierna derecha– cuántas
ciudades recorrió, cuántos países...
Juntos cruzamos los Vosgos a pie;
fuimos tras un circo ambulante desde Hamburgo
hasta Suecia; más tarde a las canteras
de Chipre y a los puertos del Mar Rojo.
Y nunca pensé en ella hasta esa noche
en que el tumor me dijo que no iba a seguirme
ya más, en que entendí que se me haría
desde entonces cada vez más extraña,
del tiempo del ajenjo y de las letras.
Como un paraguas que por torpeza se olvida
al terminar la lluvia, así la veo
ahora solitaria en esa mesa
del quirófano de la Concepción,
envuelta en unos trapos manchados de sangre,
pálida en la borrachera del éter
y empolvada de sol. Quizá una hermana
de hábito blanco más tarde vendrá
para llevarla al crematorio. Poco vale
aquí la pierna cancerosa de un francés
que vivía del comercio en el África.

Fuente: Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama, Guillermo Pilía, Casa de Papel, Buenos Aires, 2011.

Guillermo Pilía nació en La Plata en 1958. Es egresado en Letras de la Universidad Nacional de La Plata, entidad de la que fue profesor y en la que hoy dirige la Cátedra Libre de Cultura Andaluza. Sus trabajos literarios (poesía, narrativa y ensayo) le reportaron premios nacionales y también en España, Francia, EE.UU. y Ecuador. “La poesía de Guillermo Pilía –escribió Rafael Felipe Oteriño– nace para suturar una herida: la del paso del tiempo. Pero, asimismo y por oposición a esto último, para celebrar una labor: la escritura. Tiene, pues, dos fuentes: la mirada de quien ve pasar seres y cosas, la propia vida junto a ellas, y cuyo dominio es de tono elegíaco, y el alborozo por el descubrimiento de que esos seres y cosas, el caudal entero de la memoria, pueden ser rescatados a través del canto”. Obra poética publicada: Arsénico (Nuevas Voces, Buenos Aires, 1979), Enésimo Triunfo (Extramuros, San Fernando, 1980), Río Nuestro (Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca, 1988), Río Nuestro / Cazadores Nocturnos (Fundación Museos Argentinos, La Plata, 1990), Huesos de la Memoria (Círculo de Poesía, La Plata,1996), Viento de lobos (Sudestada, La Plata, 2000), Visitación a las islas (Sudestada, La Plata, 2000), Caballo de Guernica (Al Margen, La Plata, 2001), Ópera flamenca (Hespérides, La Plata, 2003) Herido por el agua (Vinciguerra, Buenos Aires, 2005), La pierna de Rimbaud (Cuadrícula, La Plata, 2011) y Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama (Casa de Papel, Buenos Aires, 2011).

Foto: Guillermo Pilía. Fuente: Gentileza de Guillermo Pilía.

martes, 10 de julio de 2012

Abel Robino





















Vincent, el jardinero

Apeló a técnicas de injerto,
cortó y raspó sin pensarlo,
ciñó y apretó con una venda de arpillera húmeda...
Y así se retrató con su cabeza groseramente
envuelta en una sábana para que la hemorragia
no se lo llevase.


Estudio de la esperanza            
                                               
Éramos creyentes, o no.
El ejercicio práctico se ponía en marcha
con ese balde con agua
como un dios presente, de lata galvanizada,
una superficie
resbaladiza, brillante, traicionera.

Convencidos, 
sin más vueltas, lo increpábamos: 
“Recibe la rata que te arrojamos”,
y con los ojos clavados en el animal
veíamos la aceptación pasmosa con que nadaba:
8 horas en círculos concéntricos,                                                                                  
antes de dejarse ir a pique.

Entonces,  
algo imprevisto incitaba a manipular                                                                               
alguna especie de salvación,
y corregíamos la experiencia.

Arrojábamos a la próxima sentenciada,                                                                               
antes de la octava hora fatal, una
maderita
donde volviera por unos minutos                                                                                     
a un experimental sosiego,
para quitársela y comprobar fácilmente
que esos órganos desesperados resistían flotando
40 horas más.
Como si lo que está compuesto de carne y chillido
lo estuviese también de memoria y espera.

Los cuerpecitos al fin de cada sesión de trabajo
se arrojaban a las cloacas.

En cuanto a nosotros,
suponíamos que estudiábamos sobre la esperanza;
más bien habíamos comenzado a investigar sobre la 
crueldad.


Stalkeriana

a Horacio Castillo y César Cantoni

Nos acercamos tocando la bocina de los automóviles,
con alaridos de estadio, insultando como se debe
a un adversario que no conocíamos.

Nos acercamos a aquel lugar
inalterado, oscuro, insondable,
con la única intención de provocar a lo que allí vive,
y el horror nos heló la espalda
ante aquella fuerza despabilada, echándose sobre nosotros.

Nos desbaratamos como pudimos.
Algunos recurrieron, para contarlo al periodismo,
al pasaje donde un Sansón bíblico toma una quijada de asno
y arremete a hachazos contra los filisteos.

Pero la verdad es que nadie había visto
más que la cara de su propio miedo.

Todos los domingos volvemos a mirar aquel lugar desde lejos,
pensando que es posible morir felices; 
quizá sea un estratégico lugar el más allá
donde se arenga sin voz,
donde se gesticula sin brazos,
donde se podría derrotar a lo invisible con lo invisible.


La duermevela

Me dormía rogando:"Ojalá, el sueño
dibuje la cara de mis muertos".
Entonces ella, desesperada, me extirpaba la nostalgia,
advirtiendo: “Cuidado,
las imágenes no son objetos, son actos."

Me dormía para acurrucarme con los míos,
para caer del lado de lo perdido, de lo que ya nunca existirá,
y sólo ella, con un sacudón en carne viva, profería:
"Abandona esa cabeza atravesada que piensa con los colmillos."

Me dormía para que el sueño del pasado me venciese  
y a lo lejos la oía llorar, la oía enloquecer repitiendo:
"Tan sola estoy que cuando me encuentro en los espejos me
sonrío”.

Cada noche y cada día me arrojaba más allá del olvido
y sólo ella desvelaba el mundo repitiendo aquellos versos:
"Seguir el mal es seguir la sombra del bien;
el odio es más puro que el amor, pero, ¿qué importa?
Seamos felices e impuros."

La última vez que me tuvo en sus brazos,
se despidió diciendo:
"Ésta no es la carne que me prometió mi alma".

Me dormía para no despertar.


Tu Fu, jugador empedernido

Ya perdí el cuero cabelludo
y el esmalte de mis muelas,
y en la operación de darme vuelta los bolsillos,
¿quién fui?
¿El recién nacido o el partero?
Corté el cojín de mi litera para vaciarlo
cuando elevada fue la apuesta.
Eran frescos en otro tiempo
los pétalos violáceos de amapolas
con los que alguna vez rellené
aquel útero de estopas.

Contra los malos del mundo se gana perdiendo;
atajen si pueden esta víctima.

Fuente: Gentileza de Abel Robino.

Abel Robino nació en Pergamino el 7 de octubre de 1952. Es poeta y artista plástico. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. En esta ciudad fundó en 1977 el Grupo Literario Latencia. Es Master en Artes Plásticas. Desde 1982 reside en Francia. Publicó los siguientes libros de poesía: Obsesión (1978); Las especies de la noche (l982); El estado de la quietud (1986); Hiel por hiel (1997) y Poemas (2004). Como artista plástico ha expuesto en varios países de América, Europa y Asia, entre ellos: Argentina, Brasil, Cuba, Francia, Bélgica, Alemania, Suecia y China (Beijing y Shangai). Su poesía es reveladora de la más cruda realidad y se halla atravesada por el doble exilio que implica estar en el mundo y vivir lejos de la propia tierra. El desarraigo y la orfandad, derivados de esa situación, constituyen el trasfondo de su creación más reciente. Robino mira el mundo y se mira a sí mismo de manera irónica y descarnada, sin piedad ni autoconmiseración, pero también sin reproches. Para Osvaldo Picardo, la suya es “una voz bestial que se sabe traicionada por su propia sombra proyectada sobre la hoja de la poesía”. Todos los poemas publicados en esta página pertenecen a Esa sequedad que fluye, libro inédito.

Foto: Abel Robino. Foto original de Francisco Javier Lorenzo Yubero. Tratamiento y retoques de Delfina Gil Soria. Fuente: Gentileza de Abel Robino.

jueves, 5 de julio de 2012

Rafael Felipe Oteriño





















La caverna

Tiene la sustancia del mundo: la oscuridad.
Una boca por entero abierta,
silencios de gigante que no se entienden.
El viento ha arrojado allí unas pocas palabras y las repite,
pero no son más que palabras, pues no regresan.

Yo permanezco a su lado: del lado del fuego.
Custodio la entrada y me observo
recortado en la sombra (no soy más que sombra).
Tengo la sustancia de los hombres:
curiosidad y entrega, orgullo y obstinación.


Una alquimia

Si mis vecinos orientales
me hubieran visto recoger la bosta
y esparcirla sobre el cantero,
hubieran dicho que he desertado de la poesía.
Ellos no saben
que la poesía es una alquimia de energía y forma,
y que ambas descienden a la vez.
Sólo que a la forma la podemos aprender
leyendo a Catulo o a Banchs
o al valéryano Mastronardi,
mientras que a la energía hay que recogerla,
y si es de la calle y está aún tibia, mejor.

(Es, dirían los ilustrados,
un choque de civilizaciones, un diálogo
entre culturas: Virgilio
de regreso en Brindisi, con el plan de la Eneida
en la cabeza; el general romano,
abandonado por su tropa
a orillas del Limia, llamando a cada soldado
por su nombre).

No queda, pues, otro remedio que aprender
las viejas reglas
y salir, de tarde en tarde, a la calle,
apenas suena
el paso vigoroso del caballo.


Esa vez, Platón

Esa vez, Platón se equivocó: los poetas
no devuelven imágenes repetidas,
no conspiran contra la fidelidad de los espejos.
Hacen que el árbol de la razón
parezca enano. Que los espejos devuelvan
nuestro verdadero rostro deformado.
Tal cual es: con ojos hundidos
y una luz brevísima que irrumpe y desaparece.
Los poetas rescatan la moneda
que se perdió en el fondo del lago,
la gota que sin cesar perfora la piedra,
y eso también concierne a la República.


En memoria de Raúl Gustavo Aguirre

Sus últimos poemas iban directos al blanco,
palabras urgentes, como centellas,
de quien ha visto todo y no oculta nada.
Los leímos sin saber que se despedía
del día y del verano, del optimismo de Bach
y de la primavera orgullosa de Mozart,
a quienes amaba sin explicar,
porque sabía que las invenciones de Dios
no se explican. Hay uno, Cierras la puerta,
en el que los límites de la casa
son los límites del mundo, y en ella caben
el miedo y el error, la cumbre y el suelo
movedizo donde todo confluye.
En otro, Preguntas, se retrata a sí mismo
desesperado, tartamudo, aterrado;
confiesa haber perdido las señas y murmura
que no tiene camino ni memoria.
Y hay otro: final, escrito desde muy lejos,
en el que nos habla de una claridad
que se confunde con la claridad.
Pese a ser hija del lenguaje, la poesía
vela para que el lenguaje no pese.
Me despedí de él en una estación de trenes;
memorizo sus palabras, pero debo luchar
contra el tiempo, que me las arrebata,
las usa y las devuelve sin cesar a la vida.
La estrella fugaz se titula ese poema.


Aquello

Me detuvo la rueda del afilador de cuchillos.

Veía marchar las nubes pero no tenía miedo;
después de la lluvia venía la claridad
y las hojas agradecían como damas antiguas.

Los viajeros partían y regresaban
y los mayores los recibían
con movimientos de cabeza.

Uno arrojaba una piedra,
y el lago la devolvía tres veces.

Los incendios fecundaban la tierra,
dejando una película blanca
sobre la superficie de las cosas.

No era necesario aproximarse
para estar más cerca;
un cambio de viento acentuaba las vocales,
devolvía frescura a las flores.

Yo preparaba mi bicicleta
y daba la vuelta al mundo,
nunca más lejos que del vertedero de la esquina.

Ahora los veranos navegan por las arterias,
las copas del cristalero se mueven como en un vals,
el lago revela los secretos que guardó tanto tiempo.

Aquello era la infancia,
una enfermedad de la que nadie se ha podido curar.

En ella los hermanos estaban escondidos
en sus cuartos,
los padres construían paredes sólidas
en el aire de una conversación.

Fuente: Todas las mañanas, Rafael Felipe Oteriño, Ediciones del Copista, Córdoba, 2010.

Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata en 1945. Publicó once libros de poesía: Altas lluvias (1966), Campo visual (1976), Rara materia (1980), El príncipe de la fiesta (1983), El invierno lúcido (1987), La colina (1992), Lengua madre (1995), El orden de las olas (2000), Cármenes (2003), Ágora (2005) y Todas las mañanas (2010). Su obra fue recogida parcialmente en Antología poética (Fondo Nacional de las Artes, 1997) y En la mesa desnuda (Ediciones al Margen, 2009). Recibió las siguientes distinciones: Premio Fondo Nacional de las Artes (1966), Faja de Honor de la SADE (1967), Premio Sixto Pondal Ríos de la Fundación Odol (1979), Premio Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias (1983), Primer Premio de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (período 19851988), “Premio Konex” de Poesía (período 1989-1993), Premio Consagración de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires (1996) y Premio Esteban Echeverría (2007). Es miembro de la Academia Argentina de Letras. Reside en Mar del Plata, donde fue Magistrado y donde ejerce actualmente la docencia en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales.

Foto: Rafael Felipe Oteriño. Fuente: Lengua madre, Rafael Felipe Oteriño, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1995.

martes, 3 de julio de 2012

J. Ramón Couchet





















* * *

Algo quedará
o nada:
bibliotecas
destruidas,
miopes lectores.

(Impulsada
por el viento
una página
vuela.)


* * *

El estropajo
perdió
su inútil
trasero;
el humanismo,
su estro:
la asepsia manda.

(El absurdo
ordena
desde el vuelo
del pájaro
hasta el tacho
de basura.)


* * *

Soy
biólogo,
en mis horas oscuras
remonto
barriletes.

(De lo infantil
proviene
mi fracaso.)


* * *

El infinito,
tal como lo
interpretaron
creadores,
sabios
personajes,
hizo tal cual debía:
en un rapto
de lucidez
se mató.


* * *

La lejanía
avanzó,
cansada de
geografías,
hacia lo
próximo.

Al unísono
cerraron
las dos
puertas.


* * *

Han muerto
filosofía,
historia,
letras.

(La astuta
mosca
escudriña
cadáveres.)

Fuente: Absurdo y linaje, J. Ramón Couchet, Ediciones Botella al Mar, Buenos Aires, 1986.

J. Ramón Couchet nació en La Plata en 1929. Durante muchos años, trabajó como corrector en diario Clarín. Fue un poeta singular e injustamente ignorado. Publicó varios libros de poemas, entre ellos: OVNI (1966), Las trompetas y el juego (1972), Sobre vampiros (1973), Mis crímenes y los del obispo (1975) Itinerario de museo y humo (1978), Las fauces del tobogán (1979), De barcos fantasmas y otros cuentos (1981), El topo y la muchacha de los cabellos lacios (1982), Absurdo y linaje (1986) y El vano justiciero (1987). Murió en La Plata el 14 de agosto de 1992.

Ilustración: Tapa de Absurdo y linaje, J. Ramón Couchet, Ediciones Botella al Mar, 1986. Fuente: C. C.

domingo, 1 de julio de 2012

Norberto Silvetti Paz





















Elegía I

En la penumbra de mi corazón
sólo tu nombre vela.
Abro las puertas, miro
el paisaje y el muro lejanísimo
que te separa de nosotros; tú,
que sin saberlo sustentabas
nuestro sentido, cruzas
la vaciedad del viento, la llanura
por la que rueda mi memoria.

Resquebrajada estatua soy.
En mitad de un sendero
circular va mi paso
ocupando su propia huella,
del ayer infinito
al futuro infinito,
comprobando
tu breve ausencia de la tierra,
del aire y de la historia
que en vano escribirán mañana
manos anónimas, el tiempo.

Desde mi corazón miro hacia fuera
el compacto paisaje
de tu pasado –¡el mío!–:
cae en círculos
el polvo de los días,
y al fin me veo
en la remota tarde, caminando
hacia aquí, mi presente,
donde mi corazón
anticipadamente triste
y solitario
de ti, ya me esperaba.


Elegía IV

En el hueco de la memoria duerme
impaciente el recuerdo.
Todavía hablan tus ojos
su insomne idioma. Yo,
en medio del ayer y el mañana,
más solitario acaso
que nunca ahora evoco
el fresco sol, la calle,
el viejo tren donde mi ojo
atónito vio la muerte.

De ti heredé miradas
indecisas en el futuro,
y mucha sombra, muchas
sombras: en mí te llevo
como una herida que no cierra: a veces
sobre mi boca rueda
una gota de sangre: es eso
tal vez tu presencia.

De mi cuarto entonces quisiera
descender a la juventud
del corazón: allí
–tú sabes– está todo
lo que uno es; quisiera retroceder y ser
retrospectivamente tú: recuerdo
que tu infancia no era
precisamente tu alegría. (Ahora
a mi puerta está el perro, duerme
y a veces gime, acaso
sea su propia ausencia,
porque todos estamos
secretamente ausentes.) Los álamos
se inclinan al viento.
Por la ventana miro
los paisajes de la memoria,
y en lo alto tu humilde sombra.

(A mi madre)

Fuente: Ensayos elegíacos, Norberto Silvetti Paz, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968.

Norberto Silvetti Paz nació en Tucumán el 6 de junio de 1921. Pasó su infancia en La Plata y luego de contraer matrimonio se radicó en City Bell. También vivió alternativamente en Buenos Aires. Fue poeta, escritor y traductor de griego y alemán. Publicó los siguientes libros de poesía: El mundo extraño (1956), Las noches y la pena (1957), La tribulación y el reino (1960), Ensayos elegíacos (1968), Cifras, signos, estaciones (1976) y La noche de Odiseo (1994). En 1986 dio a conocer su única novela: Los escorpiones. Tradujo a autores alemanes como Goethe, Brecht, Hesse, Adorno, Jaspers y Heidegger, por lo que obtuvo en 1964 la beca Humboldt, otorgada por la Universidad de Bonn. Recibió, entre otras distinciones, el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes (1968), La Medalla Goethe de la República Federal Alemana (1982) y el Premio Konex (1984). Murió en La Plata el 3 de febrero de 2005.

Ilustración: Norberto Silvetti Paz. Dibujo de Herberto Redoano. Fuente: El mundo extraño, Norberto Silvetti Paz, Ediciones del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1956.