jueves, 26 de enero de 2017

Cecilia E. Collazo


El resto

He aquí
mi obstáculo presente
acechando.

Cascote, escoria,
canto rodado.
Molestia oculta de caminante.

Laberinto atascado,
parálisis, retroceso,
vuelta a emprender
mi camino nuevo.

Se achica, se agranda,
se agrava, se ensancha,
se encoge.

He aquí,
siempre presente,
mi piedra en el zapato


Lazos de sangre
(o para algunos sordos)

Nadie entendió nada,
ni mi madre ni mi hermano
entendieron mi esencia,
ni llegaron a mis huesos,
ni tocaron mi deseo.

Nadie entendió nada.
Tuve que optar por otros seres,
ajenos, extraños, lejanos.
Lo más propiamente mío,
mi hijo, el único entendido.

Después nadie entendió nada,
sangre de mi sangre,
paralela, antecesora, imborrable.
Que no pudieron comprender
lo que yo era!

De qué tenía hecha mi médula
mis intereses, mis costumbres,
mis sentimientos, mi corazón puro,
ni la vida, ni la muerte, ni el amor,
ni lo que verdaderamente era!

Ninguno de ellos entendió nada,
y llegaron a hacerme pensar
que ya nada quiero que entiendan.


***

Un organismo no es sinónimo de cuerpo, tal vez lo sea para el sentido común o para la medicina; pero no lo es para un poeta.

El poeta reconoce un cuerpo porque éste está hecho de un organismo pero atravesado por el lenguaje.

El cuerpo es una sustancia gozante cosida por la palabra.
Es materia, es pulsión y es significante.

El ser hablante tiene un cuerpo.
El poeta se inventa uno propio con la artesanía de la letra.


El objeto

Remotas horas que vuelven del olvido.
Pasado, historia, cuenta hecha.
Niñez anciana
irrumpe en la memoria.
Textos, pretextos, residuos,
restos flotando sin hundirse.

Cuerpo, magia,
sentidos, dolores,
placeres, afectos.

Trae acordes, melodías
sinuosas, escarpadas.
Vibra, tiembla,
se emociona,
resurge
en el intento.

Fuente: Poética despiadada, Cecilia E. Collazo, Editorial Imaginante, Buenos Aires, 2015.

Cecilia E. Collazo nació en La Plata y vive en City Bell. Es Maestra Normal Superior, Profesora y Licenciada en Psicología (UNLP), Especialista en Psicología Clínica, psicoanalista, poeta, narradora y ensayista. Publicó los siguientes libros: ¿Qué escucha un analista? (ensayo, Ed. Grama, 2007); Psicosis y autismo infantil. Conceptos fundamentales y problemas clínicos (ensayo, Ed. Letra Viva, 2013); Poética despiadada (poesía, Ed. Imaginante, 2013 y 2015); Éxtimos (narrativa, Ed. Imaginante, 2013); La rosa de cobre. Psicoanálisis y poesía (ensayo,  Ed. Letra Viva, 2014); Dueloinvento (poesía, edición de la autora, 2016). Su obra fue recogida parcialmente en numerosas publicaciones. Colabora con artículos de su especialidad y textos literarios en medios gráficos y virtuales. Actualmente, conduce el programa de radio Poética Viva, que se transmite por Sofía Radio FM 95.3 de La Plata (http://www.sofiaradio.com.ar).

Foto: Cecilia E. Collazo. Fuente: gentileza de Cecilia E. Collazo.

martes, 3 de enero de 2017

Luis Maggiori


La partida

A esta hora, exactamente,
la partida se está desarrollando.
Cada paso es un acto memorable e incomprensible.
Cada pieza finge un exacto antagonista
y un oculto secreto nos ha involucrado.
Renunciar al día de hoy o vivirlo
es contribuir a su ley inescrutable.
En vano la razón recorrerá los siglos y las mitologías.
Esta partida simula no tener lugar,
sólo la intuyen los humildes.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


El intruso

Han golpeado la puerta.
Un ángel me está interpelando.
La charla es amable pero rehúso el diálogo.
Su palabra provoca desapariciones
y no estoy preparado para la desposesión.
La ausencia de las cosas me obliga a un soliloquio
(entiendo su arte).
Mi verbo no restituye, sólo deforma.
La casa entera es un esqueleto infame.
Su última palabra me arrebata el cuerpo.
Soy sólo un pensamiento sin posibilidad de acción.
La visión dura un instante.
Mi mujer toca mi hombro y hace una seña:
han golpeado la puerta.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


Beso primero

Toco las anheladas riberas
de tu boca.
Ha concluido el naufragio.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


El pacto

Otro día, otra moneda
con la que el tiempo
negocia con la muerte
el tamaño de mi soledad.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


La escritura

El camino se hace con palabras.
Nada delante.
Detrás, el juego perifrástico o acaso el eufemismo
es toda nuestra obra.
Ya se han repartido los limitados zapatos,
la silla de ruedas, el bastón
y la voz a los postrados.
Son nuestros utensilios.
Van dibujando con esmero el alfabeto insuficiente.
Aunque nos parezca un borrador
sigamos avanzando.
De algo ha de servir esta escritura.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


La dicha

Ella pasa.
Una genealogía de anchas horas
se anula en mis ojos
que la tocan
y en el humilde instante
que permanece en mi retina
yo conozco la calma
yo, acaso, soy feliz.
Ella pasa
y sólo hay el módico reino
de su boca y sus ojos
agotándose en los míos.
Y todo lo demás
es exilio.

Fuente: Poesía, 36 autores, La Comuna Ediciones, La Plata, 1999.
 

Insomnio

La pienso con la tenacidad
de los ojos del búho
que fatigan la noche
hasta hipnotizarla.
Si por un instante      
mi corazón parpadeara
la perdería.
Pero ya ven,
yo soy esa implacable ave
que en la ancha noche
domina las perplejas horas.
(Acaso, en este instante,
su corazón y el mío
sean un número impar).

Fuente: Poesía, 36 autores, La Comuna Ediciones, La Plata, 1999.


Voy hacia vos

Voy hacia vos
como quien vuelve
del exilio.
Voy hacia vos
con el temor
de que los cuerpos recobrados
sean, otra vez,
la tela de un sueño,
livianas imágenes
de la fiebre,
fantasmas de la nostalgia.
Voy hacia vos
con la pavura de que Dios
hoy no me piense
y vos seas tan real
que no lo crea.

Fuente: Los días y las flores, Luis Maggiori, Hespérides, La Plata, 2016.


Hoy

Hoy hubo:
la sonrisa sanadora
de mi hijo;
un sol que, por horas,
le sostuvo el mentón
a un apesadumbrado lirio
del patio;
la grandeza de una hormiga
que sin auxilio, lamento ni esperanza
se cargó una imposible cruz
sobre la espalda;
las cuerdas de Agri
cicatrizando el pecho
de un amigo.
Hoy hubo todo eso.
No tengo derecho a estar triste.

Fuente: Los días y las flores, Luis Maggiori, Hespérides, La Plata, 2016.

Luis Maggiori nació en Tandil, Provincia de Buenos Aires, el 24 de febrero de 1964. Reside en La Plata, ciudad en cuya Universidad Nacional se recibió de Profesor en Letras. Actualmente, se desempeña como docente en las facultades de Bellas Artes y Periodismo y Comunicación Social de la UNLP y en colegios de enseñanza media. En 1997, fue distinguido con el Premio “Joaquín V. González” a la excelencia académica. También es poeta, narrador y ensayista. Su obra publicada comprende los siguientes libros: La partida (poesía, U.N.C.P.B.A., 1997), El amor navegante (novela, Hespérides, 2005), El sofista (novela, Hespérides, 2007); Los frutos del Árbol  Real. Diez ensayos sobre literatura y Kabaláh (ensayo, edición del autor, 2010) y Los días y las flores. Canto espiritual para la Cuenta del Omer (poesía, Hespérides, 2016). Algunos de sus poemas fueron incluidos en diversas antologías; entre ellas: Poesía Argentina de Fin de Siglo (Editorial Vinciguerra, 1996) y Poesía, 36 autores (La Comuna Ediciones, 1999).

Foto: Luis Maggiori. Fuente: Gentileza de Luis Maggiori.

martes, 13 de diciembre de 2016

Jotaele Andrade


Mosca sobre mi padre muerto

yo te hubiera preferido deslumbrante
hermoso mío
–y mantengamos en secreto esta tristeza

hubiera deseado que una luz enorme te tragara
que hubieras combustionado de pronto
y desaparecieras en un revuelo de cenizas
brillantísimas

pero estabas hundiéndote despacio
en medio de las cosas quebradas

tan despacio te hundías
como despacio crecen los árboles y los niños

lento en tu quieta carne
estabas
y nosotros alrededor

la mosca y yo

que no me atrevía a tocarte

¿qué diferencia hay entre esta mosca
que ahora revolotea en este aire
y aquella que se posó sobre el cadáver de mi padre?

aquella que no atiné a espantar
ni a matar

quizás porque la desmesura mortuoria de tu cadáver era todo cuanto
podía resistir el mundo

no lo sé

nada sé todavía

sólo decirme en una media lengua que eras un lugar apacible
para esa mosca
que posó
sus patas

y no que empezabas a heder como una fruta derrumbada bajo un sol implacable


Todo lo que vuela me da pena

me da pena
la viva estadía de los insectos en la telaraña
la pena roja de la sangre
que borbota de la herida

y qué es la pena
además del balido triste en la intemperie

además de esta inmensa soledad
donde el dolor atruena
con millones de puños
golpeando

qué es sino los signos
que dibujan en el polvo
nuestros dedos
donde indicamos lo más hondo
la increíble y disparatada maravilla
de haber estado
y haber gemido y amado
y dormido entre los días

pena me da el agua y lo inasible
y el color definitivo de la muerte

pena
pena azul del color azul
la pena aterida del agua dentro de la nieve
la pena negra de los colores que se abisman en el negro

y todo lo que vuela me da pena

el pájaro
el papel arrastrado por el viento
la niña que sueña
con corceles
sangrantes
en los ijares

los insectos y su insistencia de roer la luz
hasta caer fulminados
el papalote y la nube y los aviones
y las hojas arremolinadas

todo
todo lo que vuela me da pena

porque no dura el éxtasis de pisar el aire
en la rosa orgiástica de los días


Comienzo a pensar que debería hacer algo con mi vida

sobre la mesada
una marea de hormigas
se afanaba
en los restos de comida

amarronaban los cuchillos
el paño
que había sido utilizado
para recoger las migas

cruzaban por el vidrio del plato

algunas chocaban entre sí
y se detenían
moviendo las patas y las antenas

tal vez  preguntaran sobre cosas que desconoceré
por siempre

tal vez se disculpaban
o de un modo amoroso
se saludaban como viejas vecinas

tomé de esos venenos que vienen envasados
y presioné
con culpa
por toda la muerte
que sobre ellas
habría de acontecer

fue instantáneo
un soplo frío las hizo encogerse
y luego
fueron puntos congelados
sobre la mesada
y los desperdicios

ahora que me dispongo a recogerlas
para tirarlas en los residuos
me descubro mirando
fugazmente
por encima de mi hombro


Una fruta anómala

quizás nos conmueva
el amor
porque todo amor
es la emoción tonta
de caminar sobre una soga tensada sobre un abismo

o porque el mundo
adelanta su pie
doloroso

y el deseo
instala
su mano enguantada

y acaso
este pequeño amor
no es otra cosa
que un puñado de arena
contra el viento
entre todas las historias de amor
que han sido
en este mundo

y tal vez
por eso nos conmueve
en el fuego
la agonía de cuanto se revuelve
y crepita
hasta ser
arrojado a sus cenizas

y el niño
que entierra su inocencia
con el gato
o el avechucho

y el mármol
que ennegrece
en lápidas
y estatuas

digo que hay una terrible
correspondencia

una íntima simetría
entre aquello
que llega a su fondo
o muda
violentamente
con tu mano y la mía
entrelazadas

este puño que pende de nosotros
como una fruta anómala


Entre la luna y yo cruzó un pájaro

acaso
seguro
estaba triste
y llevara los ijares del caballo
que porta
en las alforjas
funestas noticias
seguro
acaso
preguntara
¿para qué
dios mío
para qué el mundo?

¿para qué dios y el metal del odio?

y es verdad
tal vez
que en mi costado
consintiera a la herida
preguntando
si no ofendí al acero con lo frágil de mi carne
–incluso a la mano
o si accedí al deseo como quien se marca el lugar donde ha
de ser herido

o pensara
acaso
y para qué lo que corre
si escapa de sí mismo

tal vez
seguro me pesara el amor
el pavor de las criaturas ante el trueno
el desorden gozoso de la vida

y buscara en redondo
los huesos de lo perdido

quiero decir
seguro
tal vez yo preguntara
por qué siempre pregunto
por qué este grano de sal bajo la súplica
y la rabia de estar muriéndome
y la rabia de vivir
y perdón
perdón
por la alegría
todos ustedes que conmigo mueren

fue entonces cuando entre la luna y yo cruzó un pájaro
porque ya era la noche
y la luna temblaba
hermosa y brillante
como una madre inalcanzable
o ajena

fue una saeta
un borrón

algo fugaz
como yo mismo

como todo el agobio
de interrogar
a la eternidad con un instante


La rosa orgiástica

yo parí a mi madre y retuve
entre mis manos
sus huesos de pájaro

y esos pobres huesos
crujen
y tratan de elevarse
porque un hijo no es otra cosa que una piedra o una cuchillada sobre el lomo

nadie debió esperarme más que yo mismo
más que mi sombra escondida
todavía
en la memoria del mundo

y si me abrazó el desierto
si el sol cavó en mi carne
fue porque soy proclive a desgastarme contra las cosas

porque veo reinos que se devastan y se construyen
cada vez que aletea
cualquier insecto

y porque yo inclino mi testuz ante lo instantáneo
pues sé que lo único que perdura entre los días
es el mineral
indivisible
del misterio

y acaso los huesos desperdigados de lo perdido
que buscamos como perros
o huérfanos

yo parí mi propio nacimiento

soy de una edad labrada en el terror del pájaro
apedreado

mi pena es una rosa orgiástica


La soledad es una misma tierra de sepultura

a veces tolero mi muerte del modo en que el perro
sus pulgas

envejece la carne del corazón
y la tarde se ensimisma en su caída

desearía
oh cómo desearía
no aferrarme al tablón en medio del naufragio

decir:
es hora de recoger el hilo de la pesca

o sentarme en medio del escándalo
a morder las frutas
verdes del desprecio

cavo en la carne de mi soledad
me aparto y me hago mío
con el barro reseco de mi existencia

a cada lado
me extiendo
como si abriera mi propia sepultura

y
detrás de mí
alguien golpea con su pala
y usa esa tierra
para cubrir su propia soledad


Esos pequeños crímenes

ese maravilloso pájaro que hemos muerto
de un golpe
una pedrada
levísimo en el sudario de su aire
en el fino polvo que opaca su plumaje
en el imperceptible gusano que horada su vientre
pesa tanto como un astro

o es la memoria de su vuelo
detenido como un árbol en sus raíces
cuanto ahora se desploma sobre la vajilla y los aniversarios

todo ha sido ese pequeño pájaro
una minucia entre los días y los libros
entre el humo de los incendios naturales y las lluvias
entre las hormigas y todas las palabras

ahora se desploma y el mundo cumple
riguroso
horarios
giros
estaciones

y nuestra lengua brilla y hace emerger
la oscura moneda para el salario de amor
que puntualmente paga
estos pequeños crímenes


Madre en el hospital

aturde por blanca
porque el aire vibra
tenso
a punto de cortarse
la sala de hospital donde mi madre ensaya
otra vez con su muerte
dignidades
modos de mirar las cosas por última vez
agonías

antes de entrar
miro las camas
donde yacen
ancianas
con los ojos licuados
en el blanco de sábanas
y paredes

me cuesta reconocer
entre todas ellas
a mi madre

apenas distingo
entre el blanco de las cosas
una fila de cuerpos blandos
sumergidos en un agua
o una sustancia
invisible
y persistente
desde donde emana
el resuello de la vida
como un solo animal
cansado

Fuente: La rosa orgiástica, Jotaele Andrade, Añosluz Editora, Buenos Aires, 2016.

Jotaele Andrade nació en La Plata en 1974. A los 6 años pasó a vivir en Azul, Provincia de Buenos Aires, donde desplegó una intensa labor cultural, coordinando ciclos de poesía, talleres literarios (como el del Refugio Morena Carús) y el Festival Internacional de Literatura y Acampada Poética de dicha ciudad. También en Azul cumplió con el Servicio Militar Obligatorio, acerca del cual escribió una interesante crónica autobiográfica titulada “Recuerdos de colimba” (para leerla pinchar aquí), que revela algunos aspectos de su personalidad y de su vida. Actualmente, reside en Buenos Aires, donde se recibió de psicodramatista en la Escuela de Arte y Psicodrama y donde coordina el taller de literatura de La Coop (librería y cooperativa de editoriales independientes). Publicó los siguientes libros de poesía: El salto de los antílopes (Ediciones El Mono armado, Buenos Aires, 2012); El oleaje del mundo (Editorial Azul, 2013); Elefantes con anteojos (Editorial Morosophos, La Plata, 2013); La mano del verdugo (Ediciones de la Eterna, Tucumán, 2014); Los metales terrestres (Añosluz Editora, Buenos Aires, 2014); Elefantes con anteojos, tomo I (Ediciones de la Eterna, Tucumán, 2015); El psicólogo de dios (Qué diría Víctor Hugo?, Buenos Aires, 2016); La rosa orgiástica (Añosluz Editora, Buenos Aires, 2016). En el prólogo de este último libro, señala Laura García del Castaño: “No estamos ante un poeta operacional sino pulsional. Un poeta que se funde a la música, sabe que en ella radica la voluntad que arrastra los poemas y los conduce al final si él desfalleciera en el intento. Andrade es un poeta del vacío, obsesionado con la despresurización de la materia, con lo residual del mundo, su fragilidad y su misterio, con el trance en que la muerte vive y se extenúa. Andrade perfora ese terreno vedado, roe la luz, y escribe. Pausa como si tuviese un control remoto y narra, con hondura de lente infrarrojo, con tonalidad febril por momentos perturbadora: la agónica cacería de lo irreversible, de lo que siempre está, estuvo y estará perdido. Transita el amor esa soga tensada sobre un abismo, la increíble y disparatada maravilla de haber estado y haber gemido y amado y dormido entre los días. Se irá despojando hasta invisibilizarse, se dejará ir lentamente como un cabello en el lavabo. Escribirá como si mirase por última vez, como si se alejara con cierta compasión, como si se apenara de deshojar la rosa orgiástica de los días. Escribirá como un perro o un huérfano que revuelve lo deshecho. Escribirá hasta recuperar algo que no ha sido cierto”.

Foto: Jotaele Andrade. Fuente: gentileza de Jotaele Andrade.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Romilda Poggio de Mendióroz

¿Primera poeta nacida en La Plata?


Pago las ofensas...

Pago las ofensas con moneda firme:
la moneda de oro de mi convicción
y con el silencio cubro los instantes
en que el alma labra su desilusión.

Moneditas de oro que se van juntando
y que silenciosamente crean soledad.
¡Cómo se hacen humo las ofensas malas
en el fuego puro de saber callar!

Perdonando siempre el alma se afina,
se torna su llama más clara y azul
y una dicha nueva, fresca y peregrina
abre su capullo de liviano tul.

Fuente: Mirra y rosa, Romilda Poggio de Mendióroz, Letras Platenses, tomo II, N° 11, La Plata, 1934.

Romilda Poggio de Mendióroz nació en La Plata en 1896 y murió en la misma ciudad en 1961. Era hija de Antonio Poggio y Ángela Bagnasco, un matrimonio afincado en La Plata desde los años que siguieron a la fundación. En 1919 se casó con el poeta Alberto Mendióroz (1895-1924), de cuya unión nació Hugo Enrique Mendióroz (1920-1994), autor del libro de poemas Resplandor (1959). Romita, como la llamaban familiarmente, fue educadora, poeta, escritora, autora teatral y reconocida conferencista. Se desempeñó, además, como Vicedirectora de la Escuela Graduada Joaquín V. González de la UNLP (Anexa) y, durante un tiempo, tuvo a su cargo una página dedicada a la mujer en el diario platense El Día. Entre sus libros publicados, cabe mencionar: Blancanieves (adaptación escénica en tres actos, 1935), Territorio espiritual (poesía, 1959), Sarmiento niño (teatro infantil, 1961) y Un gran silencio interno (poesía, sin fecha de edición). A estos títulos, debe sumársele el cuadernillo Mirra y rosa (poesía, 1934), editado por Letras Platenses, una publicación semanal que aparecía los lunes. Asimismo, completó la obra Aladino y la lámpara maravillosa, que su esposo dejó inconclusa y que luego sería estrenada en el Teatro Argentino de La Plata. En este mismo ámbito, también subieron a escena algunas de sus obras teatrales para niños. Hoy, sus restos descansan junto a los de su esposo en la necrópolis platense, en un espacio que fue cedido a perpetuidad a sus familiares por Ordenanza Municipal N° 2927 del 26 de octubre de 1962. Al parecer, Romita fue la primera poeta nacida en La Plata. Hasta el presente, no hay noticia de que otra mujer nacida con anterioridad a ella en dicha ciudad haya tenido alguna trascendencia poética. A su voz inicial, le siguieron, poco después, las voces de Sarah Lovisutto, María de Villarino, Tilde Pérez Pieroni y Ana Emilia Lahitte, entre otras.

Foto: Romilda Poggio de Mendióroz. Fuente: Letras N° 8, revista de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1997.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Rafael Felipe Oteriño


Epígrafe

Quisiera que este viento no terminara nunca
y que nunca nada tuviera fin,
que el amor fuera un río que no cesa
y yo me internara en él
como los peces que creen nadar en la corriente
y son llevados por el agua.


La casa

Crees que al volver la encontrarás decrépita:
la humedad victoriosa en sus paredes,
sin el horizonte tibio que los cuerpos le daban.
Pero no: la casa vive entera,
engendra diálogos, crea otra intimidad
más honda que los besos, no alcanzada
por el ligero resplandor de la luz,
ya para siempre externa.
Las arañas reinventan las rutinas,
el metafísico rolido del tiempo.
Tal vez el óxido haya comido los metales,
pero todo está igual: eres tú el que se ha ido.


El nadador

El ágil golpe de piernas, la zambullida, los brazos
girando acompasados mientras la orilla queda atrás,
demostrarían, a primera vista, felicidad,
triunfo sobre lo natural estable;
sólo que el cuerpo ignora
setenta metros de oscuras aguas debajo
y peces que ríen del esfuerzo torpe, sin dirección,
y barcos que se bambolean repitiendo: “todo vuelve
a sus legítimos dueños”,
y líquenes ganados por una pereza fantasmal,
y la estrella, por fin, en el lecho que tanto buscó,
mientras en la superficie el nadador nada, nada.


La poesía

a Valerio Magrelli.
en Guanajuato, México

La poesía
no es
croar de ranas
en un estanque vacío
un amanecer de invierno.

Tampoco es
laboriosa
carta de amor
escrita
en nuestra memoria.

Es invención
de reglas:
una suspensión
entre emoción
e idea.

El rítmico abrazo
–el beso–
de palabras
recogidas
en la calle.

O, cuanto menos,
occasioni”:
barquillo de papel
que debes conducir
a un puerto seguro.

Pues,
salvo la Musa,
¿quién puede decir
que esto
es un poema?

Cuando, en verdad,
no hay reglas;
cuando cada poema
crea sus propias
reglas.

Y cada poema
destruye
esas reglas.
Cada poema
es un sacrificio


Ante una tumba con nombre

a mi madre

Esta piedra escrita con su nombre
lo dice todo muy claro: la vida concluye
sin profundidad y sin extensión.
Las tibias manos terminan aquí,
las mañanas e incluso el mar
aquí se adelgazan hasta convertirse
en una breve línea de polvo y sombra.

Ahora soy yo quien no tiene consuelo:
todavía abrazado a la tierra
observo las pequeñas flores amarillas
que se inclinan hacia donde aún queda sol.
Entiendo su miedo: sujetaba mi libertad
para que no viera estas imágenes fijas.
Para que yo no empezara a morir.


Los grandes Maestros

Los grandes Maestros
sintieron predilección por los grandes temas:
Papas, Anunciaciones, Madonnas y Desnudos.
Se detuvieron en abrigos, collares,
rostros de mirada fija y escenas de martirio,
que luego la obra inmortalizó.

Algunos deslizaron en un ángulo de la tela
su cabeza de intrusos, entre calaveras;
o dibujaron tenazas junto a los pies del anciano,
y a su lado, un poliedro excedido de escala.
En ello, los discípulos vieron muestras
de patético humor.

Lo que no vieron los discípulos
es lo que los Maestros habían dibujado con horror:
su propia carne desgranándose de a poco,
como los frutos de caza que también solían pintar,
mientras el pincel introducía bellotas,
granadas de pulpa roja y porcelana celeste.

Sabían, mejor que nadie,
por eso eran grandes y eran Maestros,
que Papas, Anunciaciones y Madonnas
eran estaciones, no arribos.

Un derrumbe de espejos: eso pintaban.
Rostros que, en el trajín de los cuerpos, serían sombras;
sombras que escaparían de los cuerpos
para sobrevivir.


Ningún poema

Este año no escribí ningún poema.
Recogí semillas del árbol rojo y las puse a secar.
Podé las ramas leñosas del ligustro
para que crecieran con fuerza las del vástago.
Había abejas en el techo
y recogí miel con mis manos.
Podé, sembré, coseché:
de la noche a la mañana, de un domingo al otro.
Separé lo húmedo de lo seco y a lo seco
le di otra oportunidad: que renaciera.
Enjuagué los brazos y las manos
y después descansé.
Descansé viendo a la noche empujar al invierno,
al invierno, como un venado,
elevarse sobre los techos y desaparecer,
a la niebla con su amortajado reloj.
Tomé fuerza de ellos para encaminarme,
también yo, al invierno.
De un domingo a otro domingo,
de una estación a otra.
No escribí ningún poema:
el invierno los escribió por mí,
la niebla
los escribió por mí.


Las mariposas

Volaban de Oeste a Este.
A través de campos de bronce,
sobre espejos de agua
en los que flotaba la burbuja de un pez.

Su vida entera estaba cifrada en ese vuelo:
nacimiento, cópula, otra vez nacimiento.

Y a cada metro, la amenaza de ser arrojadas
contra los cercos de tuna,
contra los alambrados de seis hilos,
contra la parrilla de los automóviles lentos.

Hacia el Este,
por el promontorio de la casa vacía,
por la hondonada de los árboles altos,
por el paraje del que partían dos caminos.

Siempre hacia el Este,
con su elegía amarilla, con su aletear temprano,
inventando la claridad, la oscuridad
y esa mañana invisible, fugitiva.


Todos, alguna vez, estuvimos en el paraíso

El que observó a medianoche la espuma blanca del cielo,
el que oyó un galope prolongado en la estepa de la mañana,
los que presintieron la lluvia y se refugiaron en ella,
el pescador que aguarda el próximo pez que prenderá esa tarde,
el que recuerda el olor a café detrás de una puerta que no existe,
quien siente en la boca la primera palabra de un verso.

Todos, alguna vez, estuvimos en el paraíso,
las manos lo tocaron y el pecho aspiró su aroma,
el Paraíso cedió por un instante –se detuvo allí–
alzó un vivac en el que cada fragmento coincidió con su parte:
las sombras con el árbol, el árbol con el camino,
el río de Heráclito con el río a secas.


Los más viejos

1

Acostumbrados a caminar por la orilla,
los más viejos tienen conductas extravagantes:
van al mercado, cultivan flores,
como si la muerte no fuera un telón sino un reto.

Guardan la moneda de hoy para el concierto de mañana,
mantienen una conversación con los difuntos
disimulando las ofensas para que no parezcan excesivas,
anotan, con tinta gruesa, los números de teléfono,

Dicen que fueron felices,
aunque las pruebas demuestran lo contrario,
hablan de los hijos como si los vieran a diario,
comienzan un tejido y aprenden computación.

No hay en ellos señales de alarma
ni sueños malos que los persigan,
no se sienten hostigados ni piden auxilio,
sus relojes no marcan las horas a menos que se rompan.

Maestros de lo improbable,
pasan muchas horas con las ventanas abiertas,
están y no están en sus sillas caldeadas, son y no son.

Barren la vereda como si nada estuviera a punto de estallar,
como si los cuatro puntos cardinales
no se hubieran fundido, para ellos, en uno solo.

Rompen el mito de la muerte,
sumando un anillo más al árbol que los cobija.

Dicen que fueron felices.


Dos fotografías

1. Fuera de foco

a Horacio Castillo

En esa fotografía estamos los dos fuera de foco.
Quien la obtuvo no fue hábil o un alma lo rozó por detrás.
Quizás se distrajo por la inminencia de nuestros próximos pasos.

Sí, tal vez esto último fue lo que ocurrió.
Porque yo iba a regresar, esa misma tarde, a casa
y vos emprenderías el viaje hacia una orilla desconocida.

Es una imagen sabia, sin duda: una anticipación.
La lente captó lo que todavía no había ocurrido,
pero que estaba, en el orden de las cosas, por suceder.

La luz nos conduce desde muy lejos.
Insomne, quebradiza, desciende un telón rápido,
que parte en dos la tierra y a nosotros con ella.

Los dos, es cierto, permanecemos fuera de foco,
en una bruma que es una anticipación
y que, para esta cabeza descarnada, es todo y nada a la vez.


Pedí que este viento

Pedí que este viento no terminara nunca
y eso es imposible:
las cosas nacen para sucederse, no para durar.
Es lo que marcan las estaciones,
los cambios en la piel
y esta misma página a través de los años.

No permanecen igual: se suceden.
Incluso la propia imagen del viento
lo dice claramente:
lo que hay es cambio y nada lo frena.
De lo más cálido a lo frío
y del frío a la frialdad extrema.

El viento desprende las hojas,
que siempre son otras, otras.
Contagiadas por esta lección,
las manos se sueltan de las manos.
Nada permanece:
ningún trabajo sobre la superficie calma del mar.

Fuente: Eolo y otros poemas, Rafael Felipe Oteriño, Editorial Brujas, Córdoba, 2016.

Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata en 1945. Publicó once libros de poesía: Altas lluvias (Cármina,1966), Campo visual (Cármina, 1976), Rara materia (Cármina, 1980), El príncipe de la fiesta (Cármina, 1983), El invierno lúcido (El Imaginero, 1987), La colina (Ediciones del Dock, 1992), Lengua madre (Grupo Editor Latinoamericano, 1995), El orden de las olas (Ediciones del Copista, 2000), Ágora (Ediciones del Copista, 2005), Todas las mañanas (Ediciones del Copista, 2010) y Viento extranjero (Ediciones del Dock, 2014). Su obra fue recogida parcialmente en Antología poética (Fondo Nacional de las Artes, 1997), Cármenes (2003), En la mesa desnuda (Ediciones al Margen, 2009) y Eolo y otros poemas (Editorial Brujas, 2016). Tiene en su haber, además, un libro de ensayos sobre poesía titulado Una conversación infinita (Ediciones del Dock, 2016). Recibió las siguientes distinciones: Premio Fondo Nacional de las Artes (1966), Faja de Honor de la SADE (1967), Premio Sixto Pondal Ríos de la Fundación Odol (1979), Premio Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias (1983), Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (período 1985-1988), “Premio Konex” de Poesía (período 1989-1993), Premio Consagración de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires (1996), Premio Esteban Echeverría (2007), Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2009) y Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional (2014). Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras y codirige, en Ediciones del Dock, la colección Época de ensayos sobre poesía. Reside en Mar del Plata, donde fue Magistrado y ejerció la docencia en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Sobre Oteriño y su obra, señala Cristina Piña en el prólogo de Eolo y otros poemas:

(...) Ante todo, cabe reparar en ciertas características a las que siempre ha sido fiel. En primer término, la economía verbal, que no ha permitido ningún desfallecimiento y que nos hace experimentar lo que, para mí, es el rasgo central de la verdadera poesía: que no haya palabras que sobren ni que falten, que en su trabajo con el lenguaje el autor haya conseguido alcanzar la forma propia de cada poema, sin traición o disonancia alguna, pero, también, sin que la perfección formal ahogue la emoción.
Porque en la poesía de Oteriño, junto con esa sobriedad en el lenguaje que revela un intelecto alerta, está siempre presente la emoción, que según los temas que aborde puede ir de la nostalgia a la celebración, la elegía o la comprobación más o menos dolorosa. Pero una emoción que nunca cae en extremos, ya que si algo ha logrado a lo largo de los años es desplegar una mezza voce llena, a la vez, de equilibrio y modulaciones, una distancia privilegiada respecto de lo que habla el poema.
A esta sensación de continuidad que establecen el trabajo formal y el lenguaje austero contribuyen asimismo la recurrencia de ciertas figuras que se reiteran en su poesía –con las variantes lógicas que implica el paso del tiempo– como las de la familia y las dos ciudades de su pertenencia, presentes casi infaliblemente a partir de la mediación de objetos o circunstancias que en su poesía adquieren un lugar primordial como condensaciones de la memoria o metáforas concretas de instancias subjetivas.
(...) Pero si los objetos y situaciones cotidianas son fundamentales, así como la presencia de la naturaleza –en la que se destaca el mar, de singular peso en la poesía de Oteriño–, tiene también especial importancia el diálogo que establece con figuras literarias –Ahab, Robinson, Fausto–, el arte plástico –“Fondamenta degli incurabili”, “Los grandes Maestros”, “Mosaico bizantino”- y, en especial, con poetas y escritores de quienes se siente próximo –Joseph Brodsky, Gustave Flaubert, Wislawa Symborska– o de quienes fue amigo, los poetas Raúl Gustavo Aguirre, Horacio Castillo, Néstor Mux, Javier Adúriz. Un diálogo que nos remite tanto a cercanías de la sensibilidad como –en el caso de las obras de arte– a su capacidad de despertar asociaciones que conectan directamente con sus interrogantes existenciales.
(...) Por cierto que en el caso de un poeta de sus características no podían faltar las reflexiones directas sobre la poesía, y en los poemas dedicados a hacerlas surge una convicción profunda, que da su sentido más hondo a su labor de cincuenta años: la certidumbre de que la poesía, lejos de ser algo impráctico, como pretendía el adusto Platón, es una tarea imprescindible.
(...) Se podría decir mucho más sobre esta voz que ha sabido crear un tono personalísimo que se pliega por momentos a la musicalidad  y en otros prescinde de ella, bajo cuya modulación se vuelven significativas desde las pequeñas mariposas de la infancia hasta las obras maestras de la pintura, desde la rememoración del pasado hasta la madurez de una bellota, y que detrás de cada uno de sus poemas resuena una pregunta sobre el sentido de la vida.

Más poemas de Oteriño en este mismo blog, pinchando el siguiente enlace: Rafael Felipe Oteriño

Foto: Rafael Felipe Oteriño. Fuente: gentileza de Rafael Felipe Oteriño.

martes, 30 de agosto de 2016

Eduardo Rezzano


Etología

Hablemos y cantemos
por la boca de los animales
o callemos de una vez
dijo el etólogo
de mirada simiesca

Hablemos por mil bocas
en un griterío de focas

o escuchemos
el paso de los cangrejos
sobre el papel de diario
dejado en la arena

cubierto de noticias
de un mundo perdido

que habla por la boca
de los muertos
que está siempre
en retirada


Extrarradio

A orillas del río Matanza
recordé mi primer crimen
con la luna a media altura
y el agua a las rodillas

Lo demás es historia conocida
el hambre la soledad

la vergüenza que guardo
de haber matado
a mi séptimo hijo varón

el único con la fuerza
de tres mil osos
y diez mil moscas


Fotografía

En un café de la calle Balcarce
me preguntaste por una foto
tomada de mañana
sobre la ventana abierta

me preguntaste más exactamente
qué había pasado después

si te había abrazado por detrás
te había tratado con delicadeza
familiaridad excesiva o
descuido

Pero yo estaba solo
en un café de la calle Balcarce
y la foto sobre la mesa me hablaba
quería saber sobre el después
de su instante de luz


Nocturna

Ella peina canas
más por costumbre
que por otra cosa

Peina canas
sobre su pelo negro
sentada en el sofá cama
la camisa abierta
una mano sosteniendo
el vaso de vino sobre
el muslo desnudo

El televisor encendido
para nadie o
para todos los que
no estamos allí
–los que nos fuimos
a tiempo– le ofrece
una compañía muda
y deshabitada

Nos odia y lo repite
en un hilo de voz
que se quiebra como
el cristal de sus ojos

alineados con Marte
en la noche sin viento
noche sin luna


Niña del puerto

Ella se pasea
con una estaca clavada
en el hombro izquierdo

sin darse cuenta al parecer
de que la observan
con horror

Tratan de discernir
si es una herida vieja
o todavía sangra

pero ella canta sin dolor
u ocultándolo
o con otro dolor no físico
y secreto

La importunarán con preguntas
hasta que hable y se explique
¿qué quieren saber? dirá

sin dejar de pasearse
con una alondra muerta
en una cesta de paja


Vasos comunicantes

En un bolsillo una llave
en el otro una puerta
mal cerrada que deja
entrever el puente
de un buque ballenero

El buque vuelve a casa
los marineros duermen
y la puerta rechina

Tengo que decirlo
—interrumpe María
de este lado del mundo—
algo huele a cachalote
en tu entrepierna

Se lo dice y se le aprieta
contra el pecho
frágil y agitada coraza
para escuchar el ruido
de las refinerías


Niña del viento

Cuando murió Amparo
mi primera mujer

mi hija me dijo
yo soy la hija
del desamparo

la que perdió el nombre
en boca del viento

la falda en manos
de la noche blanca

noche de luna
y sin estrellas

Fuente: Nocturna, Eduardo Rezzano, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2016.

Eduardo Rezzano nació en La Plata el 18 de mayo de 1968. Vivió en Buenos Aires, Barcelona y Madrid. Actualmente, reside en su ciudad natal. Publicó los siguientes libros de poesía: Ningún Lugar (Ediciones del Canto Rodado, Mendoza, 1999), Gato Barcino (Lumen, Barcelona, 2006), no fábulas (Vox, Bahía Blanca, 2010), Alcohol para después de quemar (Fuga, Santiago de Chile, 2012) Caligrafía (Amargord, Madrid, 2013) y Nocturna (Zindo y Gafuri, Buenos Aires, 2016). Alcohol para después de quemar fue reeditado en 2014 por Zindo & Gafuri. Poemas suyos han sido recogidos en antologías como Nacer (Lumen, Barcelona, 2005), Madrid: una ciudad, muchas voces (ONG Promoviendo, Madrid, 2009) y Si Hamlet duda le daremos muerte (Libros de la talita dorada, La Plata, 2010), y en diversos medios, tanto impresos como electrónicos, de Argentina, España, Italia y Estados Unidos.La poesía de Eduardo Rezzano –apunta Concha García– desordena el presente porque se extiende más allá del tiempo cronológico, se suprime toda sincronía. En su mirada, entre irónica y desencantada, habita un hombre que deviene niño en la manera de impresionar la realidad que le circunda. La realidad vista desde el propio extrañamiento de alguien que siente que la verdadera raíz de cualquier habitante  (...) no está sostenida por sentido de pertenencia alguno, excepto el de pertenecer a la realidad más inmediata. Alterar la visión de la realidad, fantasear con lo que no existe y traerlo al lenguaje: eso es la poesía.” Además de poeta, Rezzano es músico (baterista, percusionista y compositor). Como tal, fundó los grupos 2vecesbreve y la Orquesta Camaleón para tocar y grabar su propia música. También trabajó como sesionista, compuso música para teatro y para danza y participó en diversos proyectos junto a músicos destacados.

Foto: Eduardo Rezzano. Fuente: gentileza de Eduardo Rezzano.

sábado, 20 de agosto de 2016

Osvaldo Ballina


La última mirada

salí a buscar mi última mirada
aún no es medianoche y no encontré la primera mirada
juego con la arena de una playa eterna
niño o adulto no sé quién soy
lo cierto es que estoy vivo
los manantiales natales parecen profecías
juego con la arena en una playa eterna
veo tierras tumbas
la voz de los ausentes de la tierra
no me alcanza
¿juego es un don efímero?
¿la arena no se ha mudado hacia el mar?
¿la playa desapareció devorada por el agua?
no sé si niño o adulto
pero voy hacia la última mirada
sin pasajeros enfermos


Él o lo que creía era él

él o lo que creía era él, se fue del mundo
no era feliz, no era amante, no era soñador, nada
un aire, silencio vulgar sin tacto, sólo la herencia del vacío
antes y después de su nacimiento, un día sin tiempo
sin pasión, se preguntó por la escritura y le pareció inhumana
fuera del mundo, sin saber si él era él
mirando hacia atrás le nacía, ya perdido,
el sentido de impudor


él que esta vez era él

para Gurí con afecto

él que era él esta vez
selló su paz sin incitación ni jactancia
tributaria de pasadas creencias, pasiones y abismos
tengo derecho a mi soledad, se dijo,
ante los hombres y las cosas
sentencia que alcanza a mis objetos de culto
lo que creyó pérdida fue redención
a expensas de una versión del mal
y la inconciencia, espontánea espuma de vicios
él que esta vez era él
sin saber si estaba fuera o dentro del mundo
sospecha de la reversibilidad del alma


Identidades

él que era él tuvo desde siempre la voluntad
del anonimato en vida y muerte
sereno caminaba por lo interno
que reducía la realidad
hasta casi hacer explotar el destino
permanencia cambiante de sus identidades
él que era él y él que no era él
instinto de un yo dual
ciénaga de lobos y hombres
bajo sortilegios de un cielo irónico
y la sospecha a fin de cuentas de que todo sea
fruición de la nada


El estanque

se propuso vivir
como las flores en el estanque de la casa paterna
la quietud no perdía intensidad con la memoria
un signo de lo imperecedero, se dijo
era una bienvenida a lo inmutable
aunque hubiera que ignorar ciertos hábitos del humano
morir sin que nazca más agua o aire
miraba las flores y era el viaje más largo
perspectivas y visiones conducían a la embriaguez
de estar vivo aunque al final esperara la disolución
pero quería vivir sujeto a un reino personal
más fresco de oscuridad, más fresco de estrépitos
de fuego merecido no robado
eran los nuevos días del inocente sin sed de mármol

Fuente: La mirada / Identidades, Osvaldo Ballina, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

Osvaldo Ballina nació en La Plata en 1942. Es poeta y traductor. Su obra poética publicada incluye más de veinte libros, entre ellos: El día mayor (1971), Esta única esperanza contra todo (1973), Aún tengo la vida (1975), Caminante en Italia (1979), Ceremonia diurna (1984), La poesía no es necesaria (1986), Sol que ocupa el corazón (1991), Verano del incurable (1996), Confines (1998), El viaje (2000), Apuntes del natural (2001), El caos luminoso (2004), Oráculo para dones fatuos ((2006), El pajar en la aguja (2007), Prodigios residuales (2009), Lejos de la costa (2010), Profanaciones ínfimas (2011), Memoria de la India (2012), Refugio de altura (2014), Oficio de extraño (2015) y La mirada / Identidades (2016). En la contratapa de este último, destaca Horacio Salas:

Alguna vez, charlando con Osvaldo Ballina, le manifestaba mi asombro por una característica de su poética: da la impresión de que cada libro nuevo señala, en todos los casos, una superación; ya sea estilística, ya sea creativa, respecto de su obra anterior. Y le aseguraba que en tanto lector habitual de poesía no he encontrado, al menos entre sus colegas argentinos, una apertura semejante, que le permite navegar por una geografía novedosa, una música homogénea, no repetitiva, que toma el aspecto de un acorde/una invención, que se oye como el acompañamiento necesario para las palabras del poema.
En los textos de Ballina, aparecen metáforas que en realidad son descubrimientos personales, surgen, brotan en conjunto, dando la impresión de composiciones armoniosas y no intercambiables. Lo cierto es que Ballina ha logrado que el lector avisado reconozca a través de sus poemas una voz personalísima, que no imita a nadie. Y lo hace con humildad, como si trabajara sólo con palabras sencillas, pero que en el medio de sus trabajos suenan pronunciadas por primera vez.

Foto: Osvaldo Ballina. Fuente: La mirada / Identidades, Osvaldo Ballina, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.