lunes, 19 de agosto de 2019

Horacio Castillo (h)


Compasión

Ahí arriba, en el techo blanco y aséptico
hay una mancha de humedad.
Parecen las alas de un pájaro, tal vez de un ángel.
Alas desplegadas que inclinarán una balanza
hacia un lugar que desconozco.
La urgencia me impide pensar
y acomodo media docena de tubos y sondas
que registran el fluir interior,
monitorean que nada se detenga, que nada se dañe.
Soy un cuerpo escaneado con amor,
que mueve un pie, flexiona una pierna,
que inclina la cabeza hacia el misticismo.
Ejemplo concreto y fracasado del colapso de la materia.


Insistencia

A la poesía le repugna la piedad y la debilidad
y a la muerte la insistencia en arrancarle palabras.
Entonces hablo conmigo mismo de la compasión,
de la profanación del cuerpo,
de la extracción de la materia,
del tumor irreparable,
del perdón que anida dentro,
de la extirpación del perdón, de la resurrección,
de la división entre el cuerpo y el alma,
del gran cuchillo que rebana el pensamiento,
de lo imprescindible y necesario.


La culpa

Cuando desperté me sentí encadenado:
fijo, en un cama hospitalaria, quizás salvado.
Reconocí de a poco en mi cuerpo
el frágil cordón umbilical que me conectaba a la realidad.
Ahí es cuando todo empezó a confundirse:
morir siempre había sido una posibilidad abstracta.
Luego, un muro cae sobre la cabeza
y el hombre entero que no se derrumbará,
termina entre los escombros:
el futuro a los pies de la cama, porque es demasiado pesado,
el pasado, como siempre, junto al orinal.
Y piensa: el mar podría secarse cuando salga de acá.
La enfermera inyecta algo, ajusta monitores
y acomoda la almohada que sostiene el último pedazo de mí mismo
mientras el tiempo se escurre gota a gota a través de una sonda.
Lo absurdo es lo más deseado cuando viene el aturdimiento.
Anestesio la sangre de mi cobardía,
esa que mantuvo durante años la corteza indestructible
que ahora se parte en pedazos como una cáscara.
Queda entonces todo ese caos de uno mismo,
tendido en la cama de un hospital,
con la leve intuición de que la culpa
duerme al lado nuestro como un ángel o un demonio.


El mecanismo de la salvación

Parecía la imagen de una mala y repetida película:
las luces del pasillo pasaban sobre mi cabeza, una tras otra,
mientras escuchaba el ruido oxidado de la camilla.
Horizontal, pero envuelto en un sudario invisible,
tal vez sin saberlo, viajaba hacia el cadáver,
–porque son preguntas que uno se hace–.
Luego entré al quirófano y me quedé solo, casi desnudo.
Era un cuerpo entregado.
Nadie me saludó ni me miró a los ojos.
No había necesidad.
Es otro instante decisivo en que el tiempo se detiene
y en la morgue de la cabeza pasan muchas cosas.
Me colocaron una mascarilla, cerré los ojos
y llegó el sueño.
Algunos creen que es falta de humanidad
pero hay que entender el mecanismo de la salvación.
De la nuestra, y la de ellos.
Es necesario que tu humanidad no entre,
que espere, como todos, allá afuera.
Es necesario que hagan su trabajo sobre ese cuerpo desnudo,
sobre órganos y tejidos que no sienten nada o que hablan otro idioma,
porque así funciona la anestesia de la palabra.
Algunos tal vez no logren comprender
lo que sólo puede comprenderse después.
Porque cuando uno despierta –ahora sí–
con el cuerpo y la humanidad formando parte nuevamente de lo mismo
y escucha decir que podría haber muerto, pero no,
porque lograron sacar el tumor y el pus que te hubiera matado,
se quiere agradecer.
Se quiere agradecer que nos hayan visto sólo como un cuerpo,
como un objeto solo y desnudo, órganos y tejidos,
cuerpo que tiembla, entregado, a punto de derrumbarse.
Entonces viene el llanto, como si recién hubiéramos nacido,
porque eso es lo que sucedió:
un nacimiento.


Oxaliplatino

Hay un sillón muy cómodo donde sentarse
y una ventana, que deja ver más allá, afuera,
otra ventana en la pared de una casa vieja.
Un televisor habla cosas que a nadie le importan.
Somos seres anónimos, sentados en sillones
y no me sorprende lo que sucede,
pero el cuerpo va registrando la incomodidad,
como si las células estuvieran en alerta.
Esa mujer frente a mí, mañana podría no estar.
Aquel hombre que habla, mañana podría callar.
Las personas a mi alrededor,
cada una con su propio miedo,
hablan el mismo idioma de lo mismo,
de lo callado.
Me envuelvo en mi mente y participo a mi modo de este simulacro.
Entonces entra un líquido frío en las venas.
Tomo agua. Leo algo. Cuento los minutos.
Hablo conmigo mismo de lo que a nadie le importa.
Cierro los ojos mientras espero que el líquido frío haga su trabajo.
Abro la ventana que está en la pared de una casa vieja,
miro hacia afuera para ver más allá un mar que no existe.
Y con eso me alcanza.


La Perra

Me despertó el ladrido por la noche,
el lamento de los animales que huían en la calle.
Después llegó el silencio, ese silencio,
el que sólo llega ante el alfa y el omega.
Luego, las patas rasgando la puerta.
Un sollozo como de gato, o de niño,
porque hasta podría disfrazarse de canción de cuna
–y cuántas veces lo habrá hecho–
Pero sabía que era la Perra.
No me engañó la transformación, la mutación,
la corrupción de su cuerpo.
Su hocico olfateando lo que da náuseas,
su pata putrefacta, paralítica.
Y esos ojos, sí, esos ojos que rebalsaban espuma
y que espantarían a tu padre y a tu madre
y al mismísimo dueño de la tierra y al infierno.
Pero por un instante dudé:
sus ojos se dieron vuelta hacia la compasión,
hacia la piedad,
y mi mano abrió la puerta
–no es que yo lo hubiera querido,
sólo caí en el engaño, en la debilidad–.
Lo otro, lo que vino después,
ni mi perro muerto lo hubiera hecho:
levantar una pata como en una cacería final,
mirarme como si fuera su presa
y luego escapar como lo hizo,
con esa risa de hiena entre los dientes.


Cartesiana

Igual que Descartes, he puesto todo en duda:
la res extensa y la res cogitans.
Dudé de aquel día y de aquel otro,
de lo que me contó mi madre y de lo que calló mi padre,
del beso de Judas, de la mordedura de la serpiente,
del No que recibí y del Sí que ofrecí.
Y dudé con mayor seguridad todavía
de mi más profunda convicción:
del mar que toqué aquella vez y nunca dejé de escuchar.
No es que sea un procedimiento riesgoso
o que incorpore alguna novedad al mundo.
Pero contrariamente al filósofo,
llegué a una conclusión distinta, no clara:
él, a través de la duda, afirmó la existencia,
yo, en cambio, con el mismo dudoso procedimiento,
concluí que el ancla oxidada que nos tiene atados a este mundo
acabará por disolverse.

Descartes ha muerto hace mucho tiempo
y es probable que cuando yo salga de esta burbuja solipsista
me suceda lo mismo.
Llegará cuando tenga que llegar a pesar de mis esfuerzos
y del baldazo de agua fría que es esta enfermedad.


En la puerta de una capilla cerrada

No te olvides de echar luz: es tu obligación.
La vida te lo devolverá.
                                                                                                                           Rafael Felipe Oteriño

No es que espere que el rayo todopoderoso de Dios
ilumine mi existencia.
Pero este ser contradictorio, humano y animal,
todavía de pie en la puerta de una capilla cerrada,
quiere darse compasión, encontrar una pregunta para hacerse.
La luz muestra el estallido del interior cerebral
y oculta la redención.
Una cabeza que abomina de las certezas,
un yo que espera un motivo a pesar de sí mismo,
algo bajo las tibias hojas que caen de los árboles,
la piedad en el rostro del sol.

Fuente: El instante decisivo, libro inédito.

Horacio Castillo (h) nació en La Plata en 1968. Es psicoanalista egresado de la Universidad Nacional de La Plata. En 2016, Ediciones El Mono Armado dio a conocer su primer libro de poesía: Ánima cruda. Actualmente, cuenta con varios poemarios inéditos; entre ellos, El instante decisivo, que será publicado muy pronto.

Foto: Horacio Castillo (h). Fuente: Gentileza de Horacio Castillo (h).

lunes, 29 de julio de 2019

Néstor Mux


Nadie le pide que escriba

Nunca llegará hasta la casa
en la que no es esperado.

No habla si no le piden opinión
porque entiende que la palabra
no modifica la historia
y en algunos casos puede ser
invasión al otro,
como de intruso que atropella la puerta.

Tampoco, nadie le pide que escriba.
No obstante, cuando nadie lo ve,
cuando todos están lejos
–con su confusión y sus convicciones,
con su sombra y sus jardines–
él coloca en la máquina el papel en blanco
como una forma de desobediencia,
de alivio o de revancha.


Vals anónimo

Curioso vals
el de la existencia

nos llevó y nos trajo

del estado de gracia fugaz
dejó la culpa

envolvió los sueños
con los trapos de la ruina

nos amontonó –para alentarnos–
pero terminamos solos.


40 años después

¿Era sólo arrogancia
la de aquellos muchachos que juntos
desafiaban el mundo que ignoraban?

¿Es felicidad la de esta mujer y este hombre
que en su condición de conocedores
de la común existencia
se tantean como por primera vez?

Reencontrados
o por último, reencontrados de verdad.

La vida misteriosamente
parece seguir diciendo
algo por nosotros.


Presentación de libro

Son dos los que danzan.
José María Pallaoro

Marcelo Vernet pone su nuevo libro
a consideración de nosotros.
Gil Soria, fraternal, dice los versos
con una bufanda roja.
A los brindis, el pianista desgrana
Ojos negros de Vicente Greco
y nosotros salimos a bailar.
Apretados, uno al otro,
como en un naufragio inofensivo
El aliento íntimo de la música
parece convencernos que no es la primera vez
que nos lanzamos juntos.
De alguna manera venimos girando
desde el fondo de una historia
que no pudo destruirnos.
Y cuando los amigos condescienden al aplauso
sentimos alcanzar la orilla.


Mundos

Para sobrevivir es necesario
fuerza o ironía o cinismo.
Me inclino a creer que ella haya optado
por la fuerza porque al despertar
vuelve a empujar las cosas del día
y el mundo le retribuye esperanza.


Disculpas del irascible

En intimidad el irascible
entrega y recibe amor.
Afuera, en la realidad,
el irascible, como un derrotado,
grita contra el mundo.
Es posible que sangre por la herida.
Es posible que el amor
salve al irascible


Sueño con ella

Sin pudor alguno
entro a su casa
cargando artritis
prótesis dentaria
y tejido adiposo notorio.

Ella está detenida en el centro
de su juventud
y de su belleza invencible.

Y conversamos
como si nuestra historia
nunca se hubiera interrumpido.
Como si el mundo recomenzara.


Olores

En aquella época
mi padre se afeitaba
con una crema
de olor leve, único
y se iba a trabajar.

A veces sueño que lo espero
y que ese olor lo devuelve a casa.


Soñé que sentía

Soñé que sentía
el gusto
y el espesor de la esperanza

que volvía a escuchar
a los otros
como en un principio

que mal o bien, era parte de un todo

que lograba una página decente

que los brazos de ella
me abrazaban
y el corazón –sin temores–
ardía otra vez.


En la horizontalidad final

Sin razón alguna
tengo puestos unos zapatos sin uso.

Con los ojos abiertos
vería el techo
de una sala desconocida.

No oigo mi voz
ni las voces de los otros.

Todo indicaría
que esto fue todo
y la canción ha terminado.

Fuente: Nadie le pide que escriba, Néstor Mux, Libros de la talita dorada, City Bell, 2019.

Néstor Mux nació en La Plata en 1945. Reside en su ciudad natal. Su obra poética publicada incluye los siguientes libros: La patria y el invierno (1965), Nosotros en la tierra (1968), Cartas íntimas para todos (1974), Como quiera que sea (1978), Perros atados (1982), Poemas (1985), Poesía reunida (2000), Papeles a consideración (2004), Disculpas del irascible (2009) y Nadie le pide que escriba (2019). En 2009, Cuadernos orquestados, colección de poesía dirigida por Abel Robino, dio a conocer una breve selección de sus poemas con el título Delicada insensatez. Mux obtuvo, entre otras distinciones, el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes (1967), el Primer Premio Promocional de Literatura de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires (1968), el Sello de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Seccional La Plata (1968), la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires (1968), el Premio Consagración “Roberto Themis Speroni” de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires (1986) y el Premio Consagración de la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires (1996). Su nuevo libro, Nadie le pide que escriba, ofrece una muestra amplia de la poesía que puso “a consideración” en los últimos 50 años (1968-2018), e incorpora “Sueños al ras del suelo”, un conjunto de poemas inéditos que aparecieron, originalmente, en plaquetas y en el blog Aromito, de José María Pallaoro. En el texto preliminar, Mux destaca algunas de las razones que lo impulsan a escribir:

Cualquiera sabe que el tiempo que nos tocó es puro ruido. Que es como decir puro silencio de materia vacía, puros escombros, pura intemperie. Y entre muchas otras carencias (y ausencias) nadie lee. Por eso escribimos: para que comience a leerse.
Escribimos no para encontrar respuestas sino para acercarnos a una manera mejor y más sincera de formular las viejas preguntas que igualan a los hombres.
Escribimos intentando incorporar a la naturaleza otro ser vivo, el poema, con la perfección modesta con que se sostiene a sí misma una flor, o una hormiga o el agua de la lluvia.
Escribimos para no obligarnos a envejecer del todo y para que vuelva a salir todos los días el sol que nos pertenece. La libertad, la identidad posible, el candor perdido, que también nos pertenecen.
Y escribimos para ordenar, para honrar, para celebrar la vida. Y –en alguna medida– para ahuyentar la muerte que torna nauseabundo al aliento de la época.

Los poemas publicados en esta página son parte de la producción más reciente que figura en el libro.

Foto: Néstor Mux (by Germán Krüger). Fuente: Nadie le pide que escriba, Néstor Mux, Libros de la talita dorada, City Bell, 2019.

jueves, 16 de mayo de 2019

Vicente Costantini


Ítaca

“cuidá a tu mamá”
le dije la noche anterior
al oído
a mi hijo de tres años
mientras los dos dormían


Carga viva

1

el avión carretea sobre la pista
por ahora es un zumbido apagado
pero pronto despertará la bestia dentro de sí
y liberará la velocidad y el vértigo

cierro los ojos
y –aunque los detesto–
masco un chicle
para no sentir la presión en los oídos


Castel Sant’Angelo

Como barraca de muerte, el hexágono.
Como refugio de Papas, el círculo.
Como cárcel de desdichas, el cuadrado.
Como tumba de emperadores, la estrella.

En el Castel Sant’Angelo
hay una pared donde jamás brilló el sol,
hay una estatua donde Gregorio vio
al arcángel Gabriel anunciar el fin,
hay un puente vencido por el peso
de los candados de amantes implacables.

En el Castel Sant’Angelo
aún no han domesticado
a los mendigos milenarios
que piden limosna sobre los adoquines.


Epifanías

1

junto al agua
espesa
verde ceniza
del Tíber
una gaviota
desgarra
el cuerpo acuático
lampiño
resbaloso
de una rata ahogada

2

en el peristilo
del Domus Flavia
un cuervo
posado
sobre flores blancas y violetas

busca semillas
migas
insectos

toda la belleza
habita entre sus plumas
todo el horror
anida en sus ojos


En el arco de Constantino

el camión militar
junto al arco de mármol

los soldados que fuman
y ríen indolentes
a carcajadas

el FAL
en manos de un chico
menor que yo

la revista
sensacionalista
que habla
de la amenaza islámica

el inmigrante
africano
al que sacaron
con violencia
de la trattoria

todo esto
supera
el más descabellado sueño
del emperador


Volando de Roma a Londres

1

Las nubes debajo
sugieren montañas, cráteres, hendiduras;
en otros momentos
hileras perfectas de madalenas.

Cada tanto
las montañas reales
asoman macizas entre las nubes
solo para confirmar
la superioridad de lo imaginario
por sobre lo real.


Tout abus sera puni

en el Pompidou
en el Louvre
en la tumba de Napoleón
en el Musée d’Orsay
en una juguetería
en un shopping
en el Arc de Triomphe
en el Panthéon
en un restaurante

abrí la mochila
mostré mis vergüenzas

la conciencia culpable de París
sigue vigilando los bolsos
carteras vientres
cabezas
ideologías
de los visitantes
de los residentes
de los inmigrantes

ya en el tren
el cartel promete
rotundo
todo abuso
será castigado


Brindis

y porque sabemos que de alguna
manera no nos han vencido
es que brindamos

Gustavo Caso Rosendi

brindamos con vino
servido en un frasco vacío
de mermelada

es de noche
y corre un fresco
agradable

la torre Eiffel
está frente a nosotros
dorada, imponente,
segura de sí misma

“me da mucho gusto
que puedan estar todos acá”,
dice mi madre

de pronto, sin aviso,
a las doce en punto,
miles de luces diminutas
parpadean enloquecidas
corren y oscilan y brillan
sobre el cuerpo de la torre

la gente grita, festeja
bebe, fuma
los vendedores ambulantes
ofrecen alcohol y baratijas

estamos sentados sobre la tela
que trajo mi hermano
con el dibujo de un mandala

cada uno ha recorrido y recorrerá
a su manera
como pueda
los círculos de su camino

pero ahora brindamos
por esta alegría breve de estar juntos
este dolor dulce
de vivir separados
y de sabernos
a pesar de todo
y pase lo que pase
una familia


Volando de Madrid a Ezeiza

a veces la realidad se redime
y nos cierra la boca
cuando pinta
tan fácilmente,
tan sin esfuerzo,
un cuadro de Turner
en la ventana del avión


Wakefield

“no se puede negar
que volviste”
dice mi mujer
mirando
la valija abierta
los cuadernos
los papeles
y el alegre caos de objetos
desplegados sobre el escritorio

Fuente: Carga viva, Vicente Costantini, Pixel Editora, La Plata, 2019.

Vicente Costantini nació en Buenos Aires en 1981. Actualmente, reside en La Plata, ciudad donde nacieron sus dos hijos. Es Profesor y Licenciado en Letras. Durante siete años, asistió al taller literario de Santiago Espel. Escribió tres libros infantiles para la colección “Argentinitas”: Ésta es Jacinta, Jacinta aprende y La Argentina de Jacinta (2007). En poesía, publicó Diario de la nuez (Ediciones La Carta de Oliver, 2012) y Carga viva (Pixel Editora, 2019). Tiene, asimismo, dos poemarios inéditos: Postales del Altiplano y Crónica del agua. Su labor creativa fue reconocida con las siguientes distinciones: primer premio en el V Concurso Provincial de Poesía 2014 “Ginés García” (Dirección General de Cultura y Educación, Provincia de Buenos Aires), primera mención en el Concurso Provincial “Diagonal Literatura” 2016 (Escuela Taller Municipal de Arte y Ediciones La Comuna, La Plata), segunda mención en los I Juegos Florales del Centro Cultural “Justo José de Urquiza” 2016 (Concepción del Uruguay, Entre Ríos), Orden poética “Silvia Noemí Pastrana” 2017 (Asociación de Poetas Argentinos) y mención en el concurso Barracas al Sud 2017 (Municipalidad de Avellaneda). Además de ejercer la docencia, coordina talleres literarios y administra el blog “Otras costumbres de los alcobranes” (http://alcobranes.blogspot.com), donde pueden hallarse algunos de sus muchos y diversos textos. Acerca de Carga viva, dice Cristina Baroni en el texto leído en la presentación del libro:

LA MIRADA DEL POETA

El punto de partida es precisamente: la partida. La partida del hogar, de la familia, de la patria? Comienza el viaje del héroe y me pregunto qué guerra irá a librar. Hay abandono, pérdida y vértigo en la huida, hay presión, también incertidumbre, nadie viaja con las manos vacías, las personas cargan sus historias, sus pasados, ¿sus destinos? a cuestas.

El camino se vuelve trayectoria, movimiento, destino a descubrir, ¿qué persigue este viajero que parece encontrar en los mundos íntimos de los otros un lugar donde posar la mirada? La realidad se vuelve otra, se conforma de pliegues infinitos en el ojo del poeta, un cuerpo que viaja y observa y busca el punto justo para abrirse, para que los sentidos construyan cada pieza poética, justa, precisa, donde parece no sobrar nada.

Frente a las formas de la historia y la civilización, un monumento puede ser mausoleo, cárcel, museo;  frente al ojo del poeta el pasado cobra vida nueva, y así los poemas arman sus juegos de contrastes: el pasado y el presente, lo muerto y lo vivo, lo eterno y lo efímero… pero aquí estamos en el terreno de lo poético, y en la poesía gana lo efímero.

Ganan las formas que se escapan a la lógica, a los cálculos, a la arquitectura, a la civilización y al progreso, la mirada del turista no es la mirada del poeta, ante el mundo de referencias que abren los poemas, la mirada del poeta se vuelve blanda y piadosa en medio de una Europa en ruinas, la belleza no está en los monumentos, y entonces nos preguntamos junto con él ¿qué es una obra de arte? ¿de qué manera la poesía ha logrado que un mundo en ruinas se haga palabra y cobre sentido vivo y presente?

La mirada del poeta no es ingenua, nos da cuenta de una Europa en ruinas y también de una Europa xenófoba, amenazante, que guarda en sus cimientos la memoria de la muerte y la tortura, pero esa contemplación poética se complejiza y descubre los pliegues de lo real: “la superioridad de lo imaginario por sobre lo real”, el Tíber como una fiera que ruge, la libertad agazapada en las alas de un cuervo, una niña que juega… Frente a la perfección de lo civilizado, irrumpe lo vivo, lo que desordena, lo que desborda, lo que está ahí y en un instante se fuga, los afectos que abrigan, en esta Europa donde los otros son una amenaza, los afectos se vuelven refugio y motivo.

La voz de la madre se levanta imponente como la torre Eiffel, en esta familia de destinos cruzados, el hijo poeta recrea la escena que se vuelve cálida y misteriosa, pero ¿qué es una familia? ¿acaso sea el hogar, la patria, el lugar a donde volver? ¿cuál familia? Es en los otros donde también se busca y se construye la patria, porque la mirada poética parece redimirlo todo.

El héroe regresa, ¿a su patria? ¿a su hogar? El héroe regresa victorioso, le ha robado a Europa, le ha robado al tiempo, le ha robado al lenguaje, un puñado de poemas grandiosos.

Trae consigo para regalarnos un libro que nos dice que podemos inventar una patria viva y presente, que mira y cuestiona y también construye belleza, una patria personal y colectiva. Porque la poesía también es tierra fértil, esa patria donde regresar y permanecer.

Foto: Vicente Costantini (by Mariela Corbellini). Fuente: gentileza de Vicente Costantini.

jueves, 14 de febrero de 2019

Natalia Geringer


BUTALÓ


I

El médano que mi madre
había guardado para después
hierve al borde de los labios
junto a la sémola.
Soplamos y vuelvo del destierro
a la casa azul.


IV

Sufríamos la ictericia de los focos
y el miedo de caer
en la boca estrellada y fría de la loba.
Las luces de las calles
pintaban de lavandina
nuestros caparazones.
Entre los postes de luz
bandada de bichitos grises
de fulgores prestados.


VII

Mis cementerios infantiles
tienen crucecitas de palo.
y montoncitos de hojas
para cubrir a los recién caídos.

Una comunidad de hormigas
trabaja en la siesta del campito,
oxidadas y grises
como las camisas de las fábricas.


IX

Cuando todo duerme
sólo tu paladar es luminoso
tu lengua de cuatro caras
tu hambre cetácea.

Allende, la molicie de un rincón
tu  aliento me enhiesta
el desamparo y el olvido,
esos nervios nadadores.

En este ínfimo cuarto de playa,
donde soñamos con crímenes y con ángeles
me duermo cerca de tu hocico húmedo:
el yodo de tu lengua torna a una niña paloma.


XV

A Mahún

Desde hoy
con un árbol plantado
en el centro de mi cuarto
o aurícula izquierda,
no tendré más que mariposas
deletreándome armonías.
Más que mariposas
para encontrarme en el espejo.

No sanaré de este árbol plantado
en el centro de mi cuarto
ni de las pinturitas en sus alas
para atraer la luz.


MAQUINALES

A mi madre

I

Le crecían nuevos los cabellos
a la niña
a la intemperie.
Le crecían duros y puros
sobre las latas del invierno.
La comida de los pájaros
el maíz de su canto
su piel nueva y tiznada,
le crecía
en la muda boca de su taza.


II

¿Qué acechaba aún de tu animal
de ese animal original
de ese animal abundante
de tu sonrisa y melena?
¿Qué hiciste para dejarlo tibio y manso
justo antes de la fotografía,
la emancipada fotografía de alguien
feliz y domesticado?


V

Fui ilesa de la luz
y de tu miedo al bisturí.
De la rotura de tu fuente
comencé a beberme la luz
y tus secretos.
Limpiaron todo antes de mí,
pero quedaron pedacitos.


IX

Mis hermanos y yo
usamos el tambor animal
que nos legaste.

Tocamos sin ritmo
este animal
este regalo de los dioses
esta maldición de origen.

Aullamos,
pero ya no, desolados.
El animal que nos legaste
se estremece.


XI

SONÁMBULA

Esa noche te dejó
la falda y los puños húmedos
una limpieza que olía a miedo
un sol moribundo a los pies de la cama
igual de amarillo y muerto
como la yema de tu secreto.

Un estertor de aguja y durmiente
cada vez que sobrevino el sueño.
Un tren de repliegue
con su lluvia de piedrecitas
derredor de los ojos.

Años más tarde,
me dibujabas una cunita
tapabas mi muñeco con un trapo.
Para cada una de tus madrecitas rotas
canturreo una nana
para esos bebés de mentira,
disuelta la yema de tu día.


INTEMPÉRICA


II

Mi padre proyecta
la resina de su pipa
su humo sucio
en las manchas de mi cuerpo.
Este animal rechina.
Este animal rechina
y va muriendo.
Este animal como una estrella
está ya, muerto
en las manchas de mi cuerpo.


III

Que ninguna mañana se demore con la muerte de mi madre.
Que la triste noticia de un frío supremo sobre el mundo
me quite de la habitación a oscuras.


V

Nunca emprendí un viaje, así.
A escondida del buen tiempo
distraída de presagios y estrellas.
Dentro de un limbo helicoidal
de cajas y bolsas
y palita para las cenizas.
La ilusión puede ser
tan práctica y doméstica
como un carbón apagado.
En cualquier palma o destino
puede reanudar su invierno.


VII

Venís del sur,
llenás mis ojos de arena.
Ahora, dibujás
círculos en mi espalda.
Nadie te dijo
que eras un zorro
que desenterrabas
huesos, por gusto nomás.
Por desparramarlos
como mojones en el desierto
montoncitos centellantes
para perderme en la búsqueda.


VIII

Cuando vuelva a casa
será hacia mí
y de noche.
Cuando vuelva a casa
será de noche,
tendré por luna
la arena encendida
el silencio de la arena.
Y su salitre
una sed de luz rasgada.


XIII

Me alcanzan los ladridos
de tu rencor por la espalda.
Qué manera de ser fiel y valiente
de mezclarte en la madrugada
y amedrentarme.
Qué manera de mostrar los dientes
cuando todo ya es ido
lastimado y en el suelo.
Estás atado a una correa corta.
Tenés hambre.


XX

El mundo es un animal caído.
Sobre el arco de su carroña,
veo, dibujo armonías.

A la luz de sus huesos
me abandono.

La muerte vendrá.
Intempérica, me beberá el agua.

Fuente: gentileza de Natalia Geringer.

Natalia Geringer nació en Santa Rosa, Provincia de La Pampa, el 29 de diciembre de 1981. Reside en Ignacio Correas, pequeña localidad rural situada en la zona sur del Partido de La Plata. Es poeta y profesora de Letras. Entre otras actividades,  intervino en los ciclos de lectura realizados en la casa natal de la poeta Olga Orozco, en la ciudad de Toay, en 2015 y 2016, y dio a conocer una ponencia sobre la obra de dicha poeta en la Universidad Nacional del Comahue y la Escuela de Artes Alcides Biagetti, en la ciudad de Viedma, durante octubre de 2015. Participó, asimismo, en el Festival Itinerante de Poesía El Rallador, en las jornadas llevadas a cabo en las ciudades de San Juan y Santa Rosa, en julio y septiembre de 2016, respectivamente. En la actualidad, coordina El mordisco, taller literario que recorre las distintas estéticas y poéticas del siglo XX y sus correlatos clásicos. Publicó: Miniturios, antología poética (Nada Ediciones, Santa Rosa, 2016), y Pedernal alado, en coautoría con Martín Raninqueo (Ediciones Hybris, La Plata, 2018). Los poemas incluidos en esta página fueron tomados de tres libros inéditos: Vitriada fosa, Maquinales e Intempérica.

Foto: Natalia Geringer. Fuente: gentileza de Natalia Geringer.