sábado, 25 de marzo de 2017

Marcelo Vernet


De entrecasa

1.
Ella me ayudó a nacer.
Yo la estoy ayudando a morir.
¿Estaremos a mano?

2.
Más fiel que un caballito criollo
el corazón de mamá siguió trotando sin perder el tranco,
hasta sentir que ni aire había, ni nadie a quien llevar.

3.
Lucía en hombros, tan alta, tan liviana, en el aire aletea.
Vuelvo a ser joven y fuerte y alto yo también debajo de su vuelo.
Llegamos a casa y al final del juego. Los dos nos bajamos.

7.
En la radio, mi música suena en los espacios de la nostalgia. ¿Será esto la vejez?
O es la astucia de mis piernas que en la oculta barranca del río en el Retiro
bordean la Plaza San Martín para no encarar las escaleras.

8.
Con Fuser, el perro que vive con nosotros, damos vueltas
de noche por el barrio. El husmea y mea todo lo que emerge del suelo:
árboles, postes de luz, bolsas de residuos. Yo husmeo deshechos que de pronto
emergen del llano fluir de la conciencia y marco el territorio de la memoria.
Si nos perdemos, cada uno sabrá cómo volver a casa.


Buenos Aires al paso
Buenos Aires, enero - diciembre de 2011

Pensando en voz baja

1.
A veces creo que la carne se hizo verbo,
que se está haciendo verbo todavía
para ir a habitar en otra parte.

2.
¿Qué justicia ejerce el Reino de los Cielos? Justamente cuento
las añadiduras que nunca se nos dan. Tal vez debamos buscar la justicia
de estas repúblicas saqueadas y por añadidura el Reino se nos dé.

3.
Lúcidos desciframos los signos del pasado. Hacemos justicia con los muertos.
Audaces avizoramos el futuro. Anunciamos horóscopos sin astros. Tal vez
por eso se nos escapan las voces del día y no sabemos lo que pasa en la calle.

4.
Leo a Nietzsche en el baño para que las vísceras participen del asunto
y así leyéndolo no creerme un dios. Después un poco de Berceo,
agua clara en vaso de barro sudado de frescor. Y voy tirando.

6.
Charlamos con Oliveira atravesando la ciudad. Más bien lo escucho durante
cuadras y cuadras arrastrar un porteño dialectal y un poco amojosado. Llovizna.
Se sube el cuello de la canadiense y arrimado a un portal enciende un cigarrillo.
No sé si le digo o sólo pienso que aquí la épica nos salva. Suena un cantar de gesta
todavía.

8.
Soy Nadie, el único que es
profeta en su tierra.

9.
Muy tarde, en Plaza Miserere, mientras espero el ómnibus, un hombre intenta
hablar con Jesús y con nosotros. Ensayo recordar la oración que él nos enseñó.
Dudo
sobre el Reino. Pido el pan de cada día y que nos libre del mal, de dios y de la
nada.

11.
Aunque ajena, ciertas rutinas la van haciendo mía, o de ella mis pasos titubeantes.
Conforme una antigua ley, voy andando al encuentro de la tumba del padre
del abuelo de mi padre. Me pierdo en la ciudad que, ahora sé, me pertenece.

12.
El 102 navega a los tumbos por la calle Paraná, que es un río.
Dicen que el viaje recala en la Recoleta, que es el morir. En la ciudad
del silencio se levanta la casa que afirma que yo no soy un forastero.

13.
Elías no es Virgilio pero me guía por las callecitas de la ciudad del silencio.
Hace más de treinta años que cuida las casas de los muertos. Nació en Calabria
y cuando muera sus huesos descansarán en otro barrio sin mármol de carrara
ni apellidos de bronce, con flores de perenne plástico en floreritos de bazar.

14.
Llegamos a la casa del abuelo de mi abuelo. Modesta esquina blanqueada a cal.
Elías
me ha venido contando los chismes del barrio, relatos de los mudos gestos del
mármol.
La casa del vecino es más modesta aún y más desangelada. Pedro de Angelis dice
la placa
verdosa de olvido. Recuerdo que El Lucero publicó la partida de Luis hacia
Malvinas.

15.
–Luis Vernet está abajo –me dice Elías, el profeta que alimentaron los cuervos.
Un crucifijo
sobre el altar de piedra es lo único que brilla a través de los espesos cristales de la
puerta.
Debajo del altar, una urna pequeña. María Sáez de Vernet se nombran las cenizas.
Carpe diem.


Informe de gestión

1.
Me dicen hoy que el corazón tiene cuerdas.
Suben dos muchachos a mi vagón del subte E rumbo a Medalla Milagrosa,
con unas guitarritas intentan cruzar el “Puente Pexoa”. En el estrépito apenas se
los oye.
Tal vez mi corazón también esté sonando, doblemente rasgado.

2.
Por Avenida Independencia arriba
me alejo del Río. Emponchado,
voy adentrándome en América.

3.
Llegó la carne congelada que manda el gobierno de la muy culta ciudad de
Buenos Aires.
Pese a que el paraje se llama La Esperanza, el fuego arrasó las casillas.
En la asamblea que humea sobre los escombros se murmura en guaraní.
La dulce lengua que los une es lo único que se salvó del incendio.

4.
En medio del trajín llega un mensaje que ilumina el teléfono: “Hay una pareja
besándose
en el anfiteatro; esto está más vivo que nunca”. Es Joaquín desde el frente de
batalla
de la estación Medalla Milagrosa. Me manda un parte de paz de la modesta épica
barrial
en la que estamos empeñados. Ganar para la vida un rincón de la ciudad inmensa.

5.
24 de agosto. Siro en el cielo señala que la puerta está abierta. Mundus patet.
Reviso mi cuaderno poblado de urgencias y no sé si el mundo está arriba o abajo,
si es oquedad o cuenco, si han podido volver mis compañeros,
si el aliento que empujó mi día fueron ellos.

6.
Mis libros se van llenando de boletos de ida y vuelta que alguna vez
marcaron entradas a ese otro viaje que cargo en la mochila.
¿Cuál de los caminos me llevó más lejos? ¿De cuál volveré? ¿A qué casa?

7.
Me bulle la cabeza de voces y llamadas.
Pido una tregua, una bandera blanca;
estoy cansado, una mortaja.


Trafalgar Square
Londres, febrero de 2013

1.
Nada he visto de la ciudad que ardió hace tiempo en una tonadita infantil
que yo cantaba a mis hijos y ahora silbo a lo largo de las pocas cuadras
y del mucho frío que separa el hotel de la casa donde los conjurados nos
reunimos.
“Arde Londres, arde Londres, se incendia, se incendia” canto ahora apurando el
paso.
En Belgrave Square, cuando ya me creía perdido, veo la banderita. Estoy salvado.

2.
¿Sabrá Nelson que en el 49 de Belgrave Square nos reunimos? Desde un alto
mirador
de la Plaza Trafalgar, vigila. Los conjurados van llegando y yo con ellos. Hay
griegos,
franceses, suecos, italianos, alemanes, españoles, búlgaros, argentinos de muchas
lenguas
y naciones que llegan aquí desde la única tierra del exilio. Unas ventosas islas y el
viento
de la historia nos convocan. Tomo unos mates. Nelson está demasiado alto para
oírnos.

3.
Londres está poblada de almirantes y generales pétreos,
férreos, tiesos. Atacan en cualquier plaza, vigilan avenidas.
Más que la gloria, testimonian la refinada barbarie de este pueblo.

4.
La de mi barrio es más modesta. Y en lo alto de la columna
se ha posado un águila, más apropiada para el cielo de la Plaza Italia.
Monumento a la Fratellanza es el sonoro nombre que le han puesto.
Desde luego, nada tiene que ver con los ingleses. El águila sostiene
las banderas de Italia y Argentina. Afirman que no fue admiración lo que movió
a Giovanola y Vecellio a erigir en La Plata esta réplica de la columna de Nelson
con sus líneas clásicas y su remate dórico. Fue un acto de desagravio.

5.
En las cuatro esquinas de Trafalgar Square hay pedestales. Al sureste
el general Sir Henry Havelock que sofocó la Rebelión hindú de 1857,
héroe de la Honorable East India Company. Al suroeste
el general Sir Charles James Napier, derrotó a los musulmanes
y conquistó la provincia de Sindh. El del noroeste sostiene
a un ecuestre George IV que, dicen, sólo conquistó siete mil mujeres,
El pedestal de la cuarta esquina que estaba destinado a William IV está vacío.
Tal vez espera a un gran artista. Una gran obra. Un extenso pedido de perdón.

Fuente: Breviario, Marcelo Vernet, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

Marcelo Vernet nació en La Plata en 1955. Es tataranieto de Luis Vernet, primer gobernador argentino de las Islas Malvinas. Con un grupo de amigos, fundó en su ciudad natal el Centro de Identidad y Desarrollo para la Región Cultural del Río de La Plata y el Instituto de las Islas Malvinas “Padre Mario Magione”. En la función pública desempeñó, entre otros cargos, el de Director de Cultura de la Municipalidad de La Plata. Fue guionista en medios de comunicación y coordinó talleres de escritura en diversas instituciones. Publicó cuatro libros de poemas: Último tren (Ediciones Al Margen, 2000), Don de profecía (Ediciones Al Margen, 2005), Pasen la voz / Cantar de gesta (incluye los dos primeros y Razón de ser, conjunto de poemas inéditos, Ediciones Al margen, 2010) y Breviario (Ediciones Al Margen, 2016). Este último lleva como subtítulo Cuaderno de viajes / Álbum de figuritas y fue ilustrado por Josefina López Muro. Para Guillermo Pilía, “La poesía de Marcelo Vernet tiene su sello propio, se identifica claramente entre las voces de los muchos poetas de nuestra generación. Y sin embargo, no es una poesía que reniegue de las antiguas voces. Hay ecos de los versos coloquiales de Machado, de la edad de oro de Marechal, también cierto gusto bíblico. Su poesía se injerta, asimismo, en una tradición poética platense, que brilló en forma inusual con la generación del 40. El tono elegíaco, el dolor por el tiempo, la patria, el retorno a la tierra y a los hombres de la tierra, son todos tópicos de aquella promoción. Y en parte de la nuestra, como si la historia nos obligara dramáticamente a caminar siempre en círculo”.

Foto: Marcelo Vernet. Fuente: Breviario, Marcelo Vernet, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

jueves, 16 de marzo de 2017

Guillermo Pilía


6 / el bochorno estival, aquel deseo

perfume del verano, tapia umbría:
tanto tiempo pasó que sólo quedan
las reliquias de un amor tormentoso

esta noche –de nuevo– veo el muro
de ladrillos gastados, la pared
del bochorno estival y del deseo

un amor tormentoso, aquel amor,
y el horizonte oscuro en que se alzaba
–de tanto en tanto– una nube grandiosa


18 / languideces del cuerpo, lasitudes del alma

pronto anochece: atrás queda otro día
vacío como el día precedente,
al que también bastó su propia pena

languideces del cuerpo, pero más
lasitudes del alma: sueño leve
de enfermo o de soldado

hora mansa, retreta:
todo tiene su fin y su descanso:
inclusive esta cárcel pasará


24 / liturgia de la vida

tender la cama con sábanas nuevas,
igual que si estuviese preparando
un diácono la comida eucarística

igual que si estuviese ejecutando
un acto repetido, el viejo rito
de incienso y agua en la pascua lejana

un acto repetido, algo doméstico
y a la vez necesario: una liturgia
que venga a recordarme qué es la vida


34 / en la estación santa justa, un hombre ignoto

noche desde nervión al arenal:
borrachos merodeando los alcázares
y una voz que decía –id con dios

aún no amanecía: era otro enero
y mejor irse así: sin esa luz
que invitaba a quedarse allí por siempre

en la estación santa justa –ya a punto
de partir a madrid– un hombre ignoto
nos deseaba que fuésemos con dios


38 / trenes hacia países de ensueño

un centinela
monta la última guardia
sobre la hierba

bruma en la madrugada, languideces
del alma; y el eco de aquellos trenes
que se escapaban a países de ensueño

risa del día:
la niebla que se esfuma es ya un presagio
de pesca milagrosa


58 / las cosas que más amo

me voy con la tristeza
del que siempre recuerda
lo que más duele

la siesta interminable, la avenida
empolvada de sol, un pregonero
en el silencio espeso de la hora

pero también me voy con la alegría
de escribir con mi puño y con mi letra
las cosas que más amo


59 / no soy mago, no soy contorsionista

disculpen si me obstino nuevamente
en dar explicaciones: en verdad
no tengo cosas nuevas que decir

no he sufrido, no he amado
con mayor intensidad que cualquiera:
lo que he vivido lo he puesto en palabras

disculpen si mi oficio no entretiene,
si esperaban el arte de algún mago,
de algún contorsionista

Fuente: Sobre la cuerda y sin la red, Guillermo Pilía, Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 2016.

Guillermo Pilía nació en La Plata el 29 de octubre de 1958. Es Profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de La Plata, y miembro de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras de Madrid. En 2016, el Concejo Deliberante de La Plata lo declaró Ciudadano Ilustre. Escribe poesía, narrativa y ensayo, labor por la cual obtuvo numerosas distinciones tanto dentro como fuera de la Argentina. Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés, portugués, griego moderno e italiano. Su obra poética publicada comprende los siguientes libros: Arsénico (Nuevas Voces, Buenos Aires, 1979), Enésimo Triunfo (Extramuros, San Fernando, 1980), Río Nuestro (Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca, 1988), Río Nuestro / Cazadores Nocturnos (Fundación Museos Argentinos, La Plata, 1990), Huesos de la Memoria (Círculo de Poesía, La Plata,1996), Viento de lobos (Sudestada, La Plata, 2000), Visitación a las islas (Sudestada, La Plata, 2000), Caballo de Guernica (Al Margen, La Plata, 2001), Ópera flamenca (Hespérides, La Plata, 2003) Herido por el agua (Vinciguerra, Buenos Aires, 2005), Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama (Casa de Papel, Buenos Aires, 2011), Ainadamar (2016) y Sobre la cuerda y sin la red (Editorial Vinciguerra, 2016). Publicó, además, el cuadernillo La pierna de Rimbaud (Cuadrícula, La Plata, 2011) y las plaquetas Viento de lobos (Sudestada, La Plata, 2000) y Visitación a las islas (Sudestada, La Plata, 2000). “La poesía de Guillermo Pilía –escribió Rafael Felipe Oteriño– nace para suturar una herida: la del paso del tiempo. Pero, asimismo y por oposición a esto último, para celebrar una labor: la escritura. Tiene, pues, dos fuentes: la mirada de quien ve pasar seres y cosas, la propia vida junto a ellas, y cuyo dominio es de tono elegíaco, y el alborozo por el descubrimiento de que esos seres y cosas, el caudal entero de la memoria, pueden ser rescatados a través del canto”. Los poemas publicados en esta página pertenecen al libro Sobre la cuerda y sin la red, con el que Pilía obtuvo en 2016 el premio León Benarós de poesía inédita otorgado por la Fundación Argentina para la Poesía.

Foto: Guillermo Pilía. Fuente: Sobre la cuerda y sin la red, Guillermo Pilía, Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 2016.

martes, 28 de febrero de 2017

Diego Roel


Las intemperies del mar

Y ahora todavía al apoyarte
en los anchos omoplatos del sueño
incluso si te arrojan
al pecho adormecido del océano
buscas esquinas en las que lo negro
se ha desgastado y no resiste
                                                                                    
                                                                                                                        Giorgos Seferis

1

Sopla el viento y trae
                                     los nombres de las islas.
           
Hay una voz que repite en mi cabeza:

Las otras capillas son:
la de San Salvador, que pertenece a la orden de los Zapateros;
la de la Señora de la Piedad, en el Terreno de la Aduana;
la de San Eloy; la del Espíritu Santo; la de San Ovidio

Ahora entro en un túnel cavado en la piedra.

la de los Huesos; la de San Juan Bautista; la de las Almas

El arco es un punto que gira y se abre.
                                  
la de Santa Ana; la del Señor del Calvario;
la de la ermita de la Virgen del Puerto

El viento sopla y trae
                                    sombras y carteles, alas de pájaros,     
el corazón brillante de los días.


3

El mar quiebra sus lanzas en la luz.

Ya nadie puede con sus ojos ver.

Sobre los anchos omóplatos del sueño
escribí mi historia:
descendí hasta el lugar
donde la sombra inicia su viaje.

Yo escuché el antiguo nombre de las islas,
besé las lápidas:
dejé mi huella sobre pequeños ataúdes.

Almourol, Armona, Cerro de la Vieja, Isla de Saturno

Mi vida yace en las piedras.


7

Algo siempre imperceptible
cae y golpea sobre mí.

Hay una voz que repite en mi cabeza:

Las otras islas son:
la de la Madera, la de Bugio, la del Pilar.
Y aquellas de suelo rojizo, atravesadas por venas de basalto:
la de Tavira, la de los Amores, las Salvajes

Sopla el viento y trae
barro y arena,
transporta la simiente del mar.

la del Islote Plano, la de la Resurrección, las Desiertas

Algo imperceptible
cae y golpea sobre mí.

En los obenques, a sotavento,
oscilan las últimas banderas.


Solsticio de invierno

Todo lo gobierna el rayo.
            Heráclito

5

Una exhalación más, todavía otra.

No te distraigas:
inhala y lleva el aire
hasta ese punto donde convergen
todos los rumbos del planeta.

Luego desciende hasta el declive
donde se unen lo de arriba y lo de abajo,
lo par y lo impar, el macho y la hembra.

Alza la mano entonces y bendice
a todas las formas que agonizan.
Toca la piel de la existencia,
prueba su fruto,
su corazón sin sombra.


7

Y otra vez
resuena una voz en mi cabeza
y dice:

Las otras calles son:
la de los Navegantes, la de las Mentiras, la Calle Oscura

La corriente arrastra
sombras y carteles,
la piel y el escombro de los días.
Las almas abandonan los cuerpos.

la de la Alameda, la del Campo Alegre, la del Rosario

Todavía brota sangre del pecho del pelícano.
Todavía el agua abre un camino en la piedra.

Los otros pasajes son:
el Callejón de la Señora de la Luz, el Puente de la Ceniza,
las Escaleras del Monte de los Judíos

Todo se lo tragó el mar.


Hiedra solar

The river’s tent is broken: the last fingers of leaf
Clutch and sink into the wet bank. The wind
Crosses the brown land, unheard.
                                                          T. S. Eliot

2

Y la sibila dice:

El día que la sombra sobre las aguas trace
un círculo perfecto
caerán todos los disfraces,
se fugarán las tumbas en el aire.

Las torres serán polvo:
la roca se volverá arena. Y la arena
sangre y podredumbre.

Ese día el mar abrirá sus galerías
y los ahogados
desatarán el nudo del diluvio.

Yo soy la que cierra sus ojos para ver
lo que acontece del otro lado del silencio.
Yo soy la que entreabre la puerta del destino.

Mis visiones se hunden
en el anillo sin fin de lo posible.


6

El viento me trae
otra vez
la llave de las cosas ocultas.

Una voz repite siempre en mi cabeza:

Los otros ríos son:
el Ave, el Sordo, el Seco, el de la Rivera Blanca

Del suelo emergen siete columnas.

el Frío, el Arado, el río del Fresno

La luz se contrae y se expande,
lame la espalda de las sombras,
enlaza a los vivos y a los muertos.

el Alto, el de la Pena, el de las Tablas


8

Abandoné la casa de mi padre
y descendí hasta el sitio donde las aves
rayan el cielo con la punta de las alas.

¿Adónde voy desnudo y mojado hasta los huesos?

Ya vi sucumbir
al niño, al anciano y al soldado.

¿Es tan resbaladizo lo que cambia


9

Pero,
¿dónde estoy? ¿Qué mar me rodea?

Los otros barcos son:
el Dragón, el Escorpión, el Sagitario.
Y aquellos que fueron destruidos en combate:
el Pegaso, el Cisne, el Centauro

Sopla el viento y me empuja
hasta esa roca donde golpea
el péndulo del aire.

el Tridente, el Arpón, el Andrómeda

¿Dónde estoy?

el Auriga, el Cóndor, el Albatros

¿Qué mar me rodea?


11

El terremoto afectó
la parte baja de la ciudad.

Contra la tormenta
nada pudieron hacer
palos, espadas y fusiles.

Se cayeron las puertas, desapareció el horizonte.

Noviembre removió frutos y raíces,
torció el curso de los ríos.
Mezcló el agua y la tierra, el polvo y la sangre.

Esta primavera el sol
no dorará las espigas.


14

Entonces la muerte
es ese color que lentamente se desata.

¿Adónde voy desnudo y mojado hasta los huesos?

Los otros cabos son:
el de la Roca, el de San Vicente, el de Belén,
el del promontorio sagrado de la Punta de Atalaya

Ahora entro en un túnel cavado en la piedra.

el cabo del Perro, el de la Noria, el del Exilio

El viento trae
sombras y carteles, alas de pájaros,

el corazón brillante de los días.

Fuente: Las intemperies del mar, libro actualmente en imprenta. Gentileza de Diego Roel.

Diego Roel nació en Temperley, Provincia de Buenos Aires, en 1980. Desde hace varios años vive en La Plata. Publicó ocho libros de poesía: Padre Tótem / Oscuros umbrales de revelación (Libros de Tierra Firme, 2004, reeditado por Ediciones El Mono Armado en 2013), Diario del insomnio (Libros de Tierra Firme, 2005, reeditado por detodoslosmares en 2013), Cuaderno del desierto (Libros de Tierra Firme, 2007), Las variaciones del mundo (Ediciones El Mono Armado, 2010, reeditado por detodoslosmares en 2014), Los Jardines del Aire (Ediciones El Mono Armado, 2012), Dice Jonás (Ediciones El Mono Armado, 2015), Vía Lucis (Ediciones del Dock, 2015) y Kyrios (detodoslosmares, 2016). Próximamente, detodoslosmares publicará Las intemperies del mar, su nuevo poemario. Con referencia a este último, señala Jorge Aulicino en la contratapa:

El viaje, sobre todo si es por tierra, ofrece la cambiante visión de las ventanillas, que a veces se hace monótona y otras veces cambia vertiginosamente. Es este el mecanismo que mueve estos poemas. Es, a través de esa imagen apenas bocetada, que dan testimonio de la velocidad de la vida. "Mi vida yace en las piedras", dirá Roel, o el personaje al que se entrega, pero esas piedras apenas fueron tocadas: "besé las lápidas". Es lo que queda. Leí en estos días un poema de Kay Ryan traducido por Mirta Rosenberg cuyo título es "Las cosas no deberían ser tan duras". Estilísticamente, el poema no tiene mayor relación con esta intemperie de Roel. Pero refiere a las huellas mínimas que todos deberíamos poder dejar sobre las cosas. Las lápidas no son nuestras huellas, sino póstumos homenajes de otros. Kay alude al desgaste que deberíamos hacer a las cosas cotidianas. Roel besa una cosa: un nombre, el testimonio de otro. Un beso es transitorio.
Los poemas de Diego Roel se erigen sutiles sobre una cita de Seferis: “Y ahora todavía al apoyarte/ en los anchos omóplatos del sueño/ incluso si te arrojan/ al pecho adormecido del océano / buscas esquinas en las que lo negro/ se ha desgastado y no resiste". La memoria de Roel en esta intemperie o mar de aire continuamente hace catálogos de nombres de calles, capillas, islas, ríos. Una voz le indica hacerlo, como si se tratara de rescatar o conjurar lo que puedan tener de eterno las cosas al ser mencionadas. Antes de comprobar: "Eres aire, materia en perpetua mutación", habrá de pasar por la percepción del tiempo, esto es, la muerte que arrasa (pone a ras) el paisaje. Su lenguaje, transparente, sibilino, hermético, fragmentario, radiante, encuentra en esa calidad, justamente, la experiencia de nuestra vida y la índole, el carácter, de esa experiencia.

Foto: Diego Roel. Fuente: Facebook.

jueves, 26 de enero de 2017

Cecilia E. Collazo


El resto

He aquí
mi obstáculo presente
acechando.

Cascote, escoria,
canto rodado.
Molestia oculta de caminante.

Laberinto atascado,
parálisis, retroceso,
vuelta a emprender
mi camino nuevo.

Se achica, se agranda,
se agrava, se ensancha,
se encoge.

He aquí,
siempre presente,
mi piedra en el zapato


Lazos de sangre
(o para algunos sordos)

Nadie entendió nada,
ni mi madre ni mi hermano
entendieron mi esencia,
ni llegaron a mis huesos,
ni tocaron mi deseo.

Nadie entendió nada.
Tuve que optar por otros seres,
ajenos, extraños, lejanos.
Lo más propiamente mío,
mi hijo, el único entendido.

Después nadie entendió nada,
sangre de mi sangre,
paralela, antecesora, imborrable.
Que no pudieron comprender
lo que yo era!

De qué tenía hecha mi médula
mis intereses, mis costumbres,
mis sentimientos, mi corazón puro,
ni la vida, ni la muerte, ni el amor,
ni lo que verdaderamente era!

Ninguno de ellos entendió nada,
y llegaron a hacerme pensar
que ya nada quiero que entiendan.


***

Un organismo no es sinónimo de cuerpo, tal vez lo sea para el sentido común o para la medicina; pero no lo es para un poeta.

El poeta reconoce un cuerpo porque éste está hecho de un organismo pero atravesado por el lenguaje.

El cuerpo es una sustancia gozante cosida por la palabra.
Es materia, es pulsión y es significante.

El ser hablante tiene un cuerpo.
El poeta se inventa uno propio con la artesanía de la letra.


El objeto

Remotas horas que vuelven del olvido.
Pasado, historia, cuenta hecha.
Niñez anciana
irrumpe en la memoria.
Textos, pretextos, residuos,
restos flotando sin hundirse.

Cuerpo, magia,
sentidos, dolores,
placeres, afectos.

Trae acordes, melodías
sinuosas, escarpadas.
Vibra, tiembla,
se emociona,
resurge
en el intento.

Fuente: Poética despiadada, Cecilia E. Collazo, Editorial Imaginante, Buenos Aires, 2015.

Cecilia E. Collazo nació en La Plata y vive en City Bell. Es Maestra Normal Superior, Profesora y Licenciada en Psicología (UNLP), Especialista en Psicología Clínica, psicoanalista, poeta, narradora y ensayista. Publicó los siguientes libros: ¿Qué escucha un analista? (ensayo, Ed. Grama, 2007); Psicosis y autismo infantil. Conceptos fundamentales y problemas clínicos (ensayo, Ed. Letra Viva, 2013); Poética despiadada (poesía, Ed. Imaginante, 2013 y 2015); Éxtimos (narrativa, Ed. Imaginante, 2013); La rosa de cobre. Psicoanálisis y poesía (ensayo,  Ed. Letra Viva, 2014); Dueloinvento (poesía, edición de la autora, 2016). Su obra fue recogida parcialmente en numerosas publicaciones. Colabora con artículos de su especialidad y textos literarios en medios gráficos y virtuales. Actualmente, conduce el programa de radio Poética Viva, que se transmite por Sofía Radio FM 95.3 de La Plata (http://www.sofiaradio.com.ar).

Foto: Cecilia E. Collazo. Fuente: gentileza de Cecilia E. Collazo.

martes, 3 de enero de 2017

Luis Maggiori


La partida

A esta hora, exactamente,
la partida se está desarrollando.
Cada paso es un acto memorable e incomprensible.
Cada pieza finge un exacto antagonista
y un oculto secreto nos ha involucrado.
Renunciar al día de hoy o vivirlo
es contribuir a su ley inescrutable.
En vano la razón recorrerá los siglos y las mitologías.
Esta partida simula no tener lugar,
sólo la intuyen los humildes.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


El intruso

Han golpeado la puerta.
Un ángel me está interpelando.
La charla es amable pero rehúso el diálogo.
Su palabra provoca desapariciones
y no estoy preparado para la desposesión.
La ausencia de las cosas me obliga a un soliloquio
(entiendo su arte).
Mi verbo no restituye, sólo deforma.
La casa entera es un esqueleto infame.
Su última palabra me arrebata el cuerpo.
Soy sólo un pensamiento sin posibilidad de acción.
La visión dura un instante.
Mi mujer toca mi hombro y hace una seña:
han golpeado la puerta.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


Beso primero

Toco las anheladas riberas
de tu boca.
Ha concluido el naufragio.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


El pacto

Otro día, otra moneda
con la que el tiempo
negocia con la muerte
el tamaño de mi soledad.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


La escritura

El camino se hace con palabras.
Nada delante.
Detrás, el juego perifrástico o acaso el eufemismo
es toda nuestra obra.
Ya se han repartido los limitados zapatos,
la silla de ruedas, el bastón
y la voz a los postrados.
Son nuestros utensilios.
Van dibujando con esmero el alfabeto insuficiente.
Aunque nos parezca un borrador
sigamos avanzando.
De algo ha de servir esta escritura.

Fuente: La Partida, Luis Maggiori, U.N.C.P.B.A., Tandil, 1997.


La dicha

Ella pasa.
Una genealogía de anchas horas
se anula en mis ojos
que la tocan
y en el humilde instante
que permanece en mi retina
yo conozco la calma
yo, acaso, soy feliz.
Ella pasa
y sólo hay el módico reino
de su boca y sus ojos
agotándose en los míos.
Y todo lo demás
es exilio.

Fuente: Poesía, 36 autores, La Comuna Ediciones, La Plata, 1999.
 

Insomnio

La pienso con la tenacidad
de los ojos del búho
que fatigan la noche
hasta hipnotizarla.
Si por un instante      
mi corazón parpadeara
la perdería.
Pero ya ven,
yo soy esa implacable ave
que en la ancha noche
domina las perplejas horas.
(Acaso, en este instante,
su corazón y el mío
sean un número impar).

Fuente: Poesía, 36 autores, La Comuna Ediciones, La Plata, 1999.


Voy hacia vos

Voy hacia vos
como quien vuelve
del exilio.
Voy hacia vos
con el temor
de que los cuerpos recobrados
sean, otra vez,
la tela de un sueño,
livianas imágenes
de la fiebre,
fantasmas de la nostalgia.
Voy hacia vos
con la pavura de que Dios
hoy no me piense
y vos seas tan real
que no lo crea.

Fuente: Los días y las flores, Luis Maggiori, Hespérides, La Plata, 2016.


Hoy

Hoy hubo:
la sonrisa sanadora
de mi hijo;
un sol que, por horas,
le sostuvo el mentón
a un apesadumbrado lirio
del patio;
la grandeza de una hormiga
que sin auxilio, lamento ni esperanza
se cargó una imposible cruz
sobre la espalda;
las cuerdas de Agri
cicatrizando el pecho
de un amigo.
Hoy hubo todo eso.
No tengo derecho a estar triste.

Fuente: Los días y las flores, Luis Maggiori, Hespérides, La Plata, 2016.

Luis Maggiori nació en Tandil, Provincia de Buenos Aires, el 24 de febrero de 1964. Reside en La Plata, ciudad en cuya Universidad Nacional se recibió de Profesor en Letras. Actualmente, se desempeña como docente en las facultades de Bellas Artes y Periodismo y Comunicación Social de la UNLP y en colegios de enseñanza media. En 1997, fue distinguido con el Premio “Joaquín V. González” a la excelencia académica. También es poeta, narrador y ensayista. Su obra publicada comprende los siguientes libros: La partida (poesía, U.N.C.P.B.A., 1997), El amor navegante (novela, Hespérides, 2005), El sofista (novela, Hespérides, 2007); Los frutos del Árbol  Real. Diez ensayos sobre literatura y Kabaláh (ensayo, edición del autor, 2010) y Los días y las flores. Canto espiritual para la Cuenta del Omer (poesía, Hespérides, 2016). Algunos de sus poemas fueron incluidos en diversas antologías; entre ellas: Poesía Argentina de Fin de Siglo (Editorial Vinciguerra, 1996) y Poesía, 36 autores (La Comuna Ediciones, 1999).

Foto: Luis Maggiori. Fuente: Gentileza de Luis Maggiori.

martes, 13 de diciembre de 2016

Jotaele Andrade


Mosca sobre mi padre muerto

yo te hubiera preferido deslumbrante
hermoso mío
–y mantengamos en secreto esta tristeza

hubiera deseado que una luz enorme te tragara
que hubieras combustionado de pronto
y desaparecieras en un revuelo de cenizas
brillantísimas

pero estabas hundiéndote despacio
en medio de las cosas quebradas

tan despacio te hundías
como despacio crecen los árboles y los niños

lento en tu quieta carne
estabas
y nosotros alrededor

la mosca y yo

que no me atrevía a tocarte

¿qué diferencia hay entre esta mosca
que ahora revolotea en este aire
y aquella que se posó sobre el cadáver de mi padre?

aquella que no atiné a espantar
ni a matar

quizás porque la desmesura mortuoria de tu cadáver era todo cuanto
podía resistir el mundo

no lo sé

nada sé todavía

sólo decirme en una media lengua que eras un lugar apacible
para esa mosca
que posó
sus patas

y no que empezabas a heder como una fruta derrumbada bajo un sol implacable


Todo lo que vuela me da pena

me da pena
la viva estadía de los insectos en la telaraña
la pena roja de la sangre
que borbota de la herida

y qué es la pena
además del balido triste en la intemperie

además de esta inmensa soledad
donde el dolor atruena
con millones de puños
golpeando

qué es sino los signos
que dibujan en el polvo
nuestros dedos
donde indicamos lo más hondo
la increíble y disparatada maravilla
de haber estado
y haber gemido y amado
y dormido entre los días

pena me da el agua y lo inasible
y el color definitivo de la muerte

pena
pena azul del color azul
la pena aterida del agua dentro de la nieve
la pena negra de los colores que se abisman en el negro

y todo lo que vuela me da pena

el pájaro
el papel arrastrado por el viento
la niña que sueña
con corceles
sangrantes
en los ijares

los insectos y su insistencia de roer la luz
hasta caer fulminados
el papalote y la nube y los aviones
y las hojas arremolinadas

todo
todo lo que vuela me da pena

porque no dura el éxtasis de pisar el aire
en la rosa orgiástica de los días


Comienzo a pensar que debería hacer algo con mi vida

sobre la mesada
una marea de hormigas
se afanaba
en los restos de comida

amarronaban los cuchillos
el paño
que había sido utilizado
para recoger las migas

cruzaban por el vidrio del plato

algunas chocaban entre sí
y se detenían
moviendo las patas y las antenas

tal vez  preguntaran sobre cosas que desconoceré
por siempre

tal vez se disculpaban
o de un modo amoroso
se saludaban como viejas vecinas

tomé de esos venenos que vienen envasados
y presioné
con culpa
por toda la muerte
que sobre ellas
habría de acontecer

fue instantáneo
un soplo frío las hizo encogerse
y luego
fueron puntos congelados
sobre la mesada
y los desperdicios

ahora que me dispongo a recogerlas
para tirarlas en los residuos
me descubro mirando
fugazmente
por encima de mi hombro


Una fruta anómala

quizás nos conmueva
el amor
porque todo amor
es la emoción tonta
de caminar sobre una soga tensada sobre un abismo

o porque el mundo
adelanta su pie
doloroso

y el deseo
instala
su mano enguantada

y acaso
este pequeño amor
no es otra cosa
que un puñado de arena
contra el viento
entre todas las historias de amor
que han sido
en este mundo

y tal vez
por eso nos conmueve
en el fuego
la agonía de cuanto se revuelve
y crepita
hasta ser
arrojado a sus cenizas

y el niño
que entierra su inocencia
con el gato
o el avechucho

y el mármol
que ennegrece
en lápidas
y estatuas

digo que hay una terrible
correspondencia

una íntima simetría
entre aquello
que llega a su fondo
o muda
violentamente
con tu mano y la mía
entrelazadas

este puño que pende de nosotros
como una fruta anómala


Entre la luna y yo cruzó un pájaro

acaso
seguro
estaba triste
y llevara los ijares del caballo
que porta
en las alforjas
funestas noticias
seguro
acaso
preguntara
¿para qué
dios mío
para qué el mundo?

¿para qué dios y el metal del odio?

y es verdad
tal vez
que en mi costado
consintiera a la herida
preguntando
si no ofendí al acero con lo frágil de mi carne
–incluso a la mano
o si accedí al deseo como quien se marca el lugar donde ha
de ser herido

o pensara
acaso
y para qué lo que corre
si escapa de sí mismo

tal vez
seguro me pesara el amor
el pavor de las criaturas ante el trueno
el desorden gozoso de la vida

y buscara en redondo
los huesos de lo perdido

quiero decir
seguro
tal vez yo preguntara
por qué siempre pregunto
por qué este grano de sal bajo la súplica
y la rabia de estar muriéndome
y la rabia de vivir
y perdón
perdón
por la alegría
todos ustedes que conmigo mueren

fue entonces cuando entre la luna y yo cruzó un pájaro
porque ya era la noche
y la luna temblaba
hermosa y brillante
como una madre inalcanzable
o ajena

fue una saeta
un borrón

algo fugaz
como yo mismo

como todo el agobio
de interrogar
a la eternidad con un instante


La rosa orgiástica

yo parí a mi madre y retuve
entre mis manos
sus huesos de pájaro

y esos pobres huesos
crujen
y tratan de elevarse
porque un hijo no es otra cosa que una piedra o una cuchillada sobre el lomo

nadie debió esperarme más que yo mismo
más que mi sombra escondida
todavía
en la memoria del mundo

y si me abrazó el desierto
si el sol cavó en mi carne
fue porque soy proclive a desgastarme contra las cosas

porque veo reinos que se devastan y se construyen
cada vez que aletea
cualquier insecto

y porque yo inclino mi testuz ante lo instantáneo
pues sé que lo único que perdura entre los días
es el mineral
indivisible
del misterio

y acaso los huesos desperdigados de lo perdido
que buscamos como perros
o huérfanos

yo parí mi propio nacimiento

soy de una edad labrada en el terror del pájaro
apedreado

mi pena es una rosa orgiástica


La soledad es una misma tierra de sepultura

a veces tolero mi muerte del modo en que el perro
sus pulgas

envejece la carne del corazón
y la tarde se ensimisma en su caída

desearía
oh cómo desearía
no aferrarme al tablón en medio del naufragio

decir:
es hora de recoger el hilo de la pesca

o sentarme en medio del escándalo
a morder las frutas
verdes del desprecio

cavo en la carne de mi soledad
me aparto y me hago mío
con el barro reseco de mi existencia

a cada lado
me extiendo
como si abriera mi propia sepultura

y
detrás de mí
alguien golpea con su pala
y usa esa tierra
para cubrir su propia soledad


Esos pequeños crímenes

ese maravilloso pájaro que hemos muerto
de un golpe
una pedrada
levísimo en el sudario de su aire
en el fino polvo que opaca su plumaje
en el imperceptible gusano que horada su vientre
pesa tanto como un astro

o es la memoria de su vuelo
detenido como un árbol en sus raíces
cuanto ahora se desploma sobre la vajilla y los aniversarios

todo ha sido ese pequeño pájaro
una minucia entre los días y los libros
entre el humo de los incendios naturales y las lluvias
entre las hormigas y todas las palabras

ahora se desploma y el mundo cumple
riguroso
horarios
giros
estaciones

y nuestra lengua brilla y hace emerger
la oscura moneda para el salario de amor
que puntualmente paga
estos pequeños crímenes


Madre en el hospital

aturde por blanca
porque el aire vibra
tenso
a punto de cortarse
la sala de hospital donde mi madre ensaya
otra vez con su muerte
dignidades
modos de mirar las cosas por última vez
agonías

antes de entrar
miro las camas
donde yacen
ancianas
con los ojos licuados
en el blanco de sábanas
y paredes

me cuesta reconocer
entre todas ellas
a mi madre

apenas distingo
entre el blanco de las cosas
una fila de cuerpos blandos
sumergidos en un agua
o una sustancia
invisible
y persistente
desde donde emana
el resuello de la vida
como un solo animal
cansado

Fuente: La rosa orgiástica, Jotaele Andrade, Añosluz Editora, Buenos Aires, 2016.

Jotaele Andrade nació en La Plata en 1974. A los 6 años pasó a vivir en Azul, Provincia de Buenos Aires, donde desplegó una intensa labor cultural, coordinando ciclos de poesía, talleres literarios (como el del Refugio Morena Carús) y el Festival Internacional de Literatura y Acampada Poética de dicha ciudad. También en Azul cumplió con el Servicio Militar Obligatorio, acerca del cual escribió una interesante crónica autobiográfica titulada “Recuerdos de colimba” (para leerla pinchar aquí), que revela algunos aspectos de su personalidad y de su vida. Actualmente, reside en Buenos Aires, donde se recibió de psicodramatista en la Escuela de Arte y Psicodrama y donde coordina el taller de literatura de La Coop (librería y cooperativa de editoriales independientes). Publicó los siguientes libros de poesía: El salto de los antílopes (Ediciones El Mono armado, Buenos Aires, 2012); El oleaje del mundo (Editorial Azul, 2013); Elefantes con anteojos (Editorial Morosophos, La Plata, 2013); La mano del verdugo (Ediciones de la Eterna, Tucumán, 2014); Los metales terrestres (Añosluz Editora, Buenos Aires, 2014); Elefantes con anteojos, tomo I (Ediciones de la Eterna, Tucumán, 2015); El psicólogo de dios (Qué diría Víctor Hugo?, Buenos Aires, 2016); La rosa orgiástica (Añosluz Editora, Buenos Aires, 2016). En el prólogo de este último libro, señala Laura García del Castaño: “No estamos ante un poeta operacional sino pulsional. Un poeta que se funde a la música, sabe que en ella radica la voluntad que arrastra los poemas y los conduce al final si él desfalleciera en el intento. Andrade es un poeta del vacío, obsesionado con la despresurización de la materia, con lo residual del mundo, su fragilidad y su misterio, con el trance en que la muerte vive y se extenúa. Andrade perfora ese terreno vedado, roe la luz, y escribe. Pausa como si tuviese un control remoto y narra, con hondura de lente infrarrojo, con tonalidad febril por momentos perturbadora: la agónica cacería de lo irreversible, de lo que siempre está, estuvo y estará perdido. Transita el amor esa soga tensada sobre un abismo, la increíble y disparatada maravilla de haber estado y haber gemido y amado y dormido entre los días. Se irá despojando hasta invisibilizarse, se dejará ir lentamente como un cabello en el lavabo. Escribirá como si mirase por última vez, como si se alejara con cierta compasión, como si se apenara de deshojar la rosa orgiástica de los días. Escribirá como un perro o un huérfano que revuelve lo deshecho. Escribirá hasta recuperar algo que no ha sido cierto”.

Foto: Jotaele Andrade. Fuente: gentileza de Jotaele Andrade.