jueves, 16 de mayo de 2019

Vicente Costantini


Ítaca

“cuidá a tu mamá”
le dije la noche anterior
al oído
a mi hijo de tres años
mientras los dos dormían


Carga viva

1

el avión carretea sobre la pista
por ahora es un zumbido apagado
pero pronto despertará la bestia dentro de sí
y liberará la velocidad y el vértigo

cierro los ojos
y –aunque los detesto–
masco un chicle
para no sentir la presión en los oídos


Castel Sant’Angelo

Como barraca de muerte, el hexágono.
Como refugio de Papas, el círculo.
Como cárcel de desdichas, el cuadrado.
Como tumba de emperadores, la estrella.

En el Castel Sant’Angelo
hay una pared donde jamás brilló el sol,
hay una estatua donde Gregorio vio
al arcángel Gabriel anunciar el fin,
hay un puente vencido por el peso
de los candados de amantes implacables.

En el Castel Sant’Angelo
aún no han domesticado
a los mendigos milenarios
que piden limosna sobre los adoquines.


Epifanías

1

junto al agua
espesa
verde ceniza
del Tíber
una gaviota
desgarra
el cuerpo acuático
lampiño
resbaloso
de una rata ahogada

2

en el peristilo
del Domus Flavia
un cuervo
posado
sobre flores blancas y violetas

busca semillas
migas
insectos

toda la belleza
habita entre sus plumas
todo el horror
anida en sus ojos


En el arco de Constantino

el camión militar
junto al arco de mármol

los soldados que fuman
y ríen indolentes
a carcajadas

el FAL
en manos de un chico
menor que yo

la revista
sensacionalista
que habla
de la amenaza islámica

el inmigrante
africano
al que sacaron
con violencia
de la trattoria

todo esto
supera
el más descabellado sueño
del emperador


Volando de Roma a Londres

1

Las nubes debajo
sugieren montañas, cráteres, hendiduras;
en otros momentos
hileras perfectas de madalenas.

Cada tanto
las montañas reales
asoman macizas entre las nubes
solo para confirmar
la superioridad de lo imaginario
por sobre lo real.


Tout abus sera puni

en el Pompidou
en el Louvre
en la tumba de Napoleón
en el Musée d’Orsay
en una juguetería
en un shopping
en el Arc de Triomphe
en el Panthéon
en un restaurante

abrí la mochila
mostré mis vergüenzas

la conciencia culpable de París
sigue vigilando los bolsos
carteras vientres
cabezas
ideologías
de los visitantes
de los residentes
de los inmigrantes

ya en el tren
el cartel promete
rotundo
todo abuso
será castigado


Brindis

y porque sabemos que de alguna
manera no nos han vencido
es que brindamos

Gustavo Caso Rosendi

brindamos con vino
servido en un frasco vacío
de mermelada

es de noche
y corre un fresco
agradable

la torre Eiffel
está frente a nosotros
dorada, imponente,
segura de sí misma

“me da mucho gusto
que puedan estar todos acá”,
dice mi madre

de pronto, sin aviso,
a las doce en punto,
miles de luces diminutas
parpadean enloquecidas
corren y oscilan y brillan
sobre el cuerpo de la torre

la gente grita, festeja
bebe, fuma
los vendedores ambulantes
ofrecen alcohol y baratijas

estamos sentados sobre la tela
que trajo mi hermano
con el dibujo de un mandala

cada uno ha recorrido y recorrerá
a su manera
como pueda
los círculos de su camino

pero ahora brindamos
por esta alegría breve de estar juntos
este dolor dulce
de vivir separados
y de sabernos
a pesar de todo
y pase lo que pase
una familia


Volando de Madrid a Ezeiza

a veces la realidad se redime
y nos cierra la boca
cuando pinta
tan fácilmente,
tan sin esfuerzo,
un cuadro de Turner
en la ventana del avión


Wakefield

“no se puede negar
que volviste”
dice mi mujer
mirando
la valija abierta
los cuadernos
los papeles
y el alegre caos de objetos
desplegados sobre el escritorio

Fuente: Carga viva, Vicente Costantini, Pixel Editora, La Plata, 2019.

Vicente Costantini nació en Buenos Aires en 1981. Actualmente, reside en La Plata, ciudad donde nacieron sus dos hijos. Es Profesor y Licenciado en Letras. Durante siete años, asistió al taller literario de Santiago Espel. Escribió tres libros infantiles para la colección “Argentinitas”: Ésta es Jacinta, Jacinta aprende y La Argentina de Jacinta (2007). En poesía, publicó Diario de la nuez (Ediciones La Carta de Oliver, 2012) y Carga viva (Pixel Editora, 2019). Tiene, asimismo, dos poemarios inéditos: Postales del Altiplano y Crónica del agua. Su labor creativa fue reconocida con las siguientes distinciones: primer premio en el V Concurso Provincial de Poesía 2014 “Ginés García” (Dirección General de Cultura y Educación, Provincia de Buenos Aires), primera mención en el Concurso Provincial “Diagonal Literatura” 2016 (Escuela Taller Municipal de Arte y Ediciones La Comuna, La Plata), segunda mención en los I Juegos Florales del Centro Cultural “Justo José de Urquiza” 2016 (Concepción del Uruguay, Entre Ríos), Orden poética “Silvia Noemí Pastrana” 2017 (Asociación de Poetas Argentinos) y mención en el concurso Barracas al Sud 2017 (Municipalidad de Avellaneda). Además de ejercer la docencia, coordina talleres literarios y administra el blog “Otras costumbres de los alcobranes” (http://alcobranes.blogspot.com), donde pueden hallarse algunos de sus muchos y diversos textos. Acerca de Carga viva, dice Cristina Baroni en el texto leído en la presentación del libro:

LA MIRADA DEL POETA

El punto de partida es precisamente: la partida. La partida del hogar, de la familia, de la patria? Comienza el viaje del héroe y me pregunto qué guerra irá a librar. Hay abandono, pérdida y vértigo en la huida, hay presión, también incertidumbre, nadie viaja con las manos vacías, las personas cargan sus historias, sus pasados, ¿sus destinos? a cuestas.

El camino se vuelve trayectoria, movimiento, destino a descubrir, ¿qué persigue este viajero que parece encontrar en los mundos íntimos de los otros un lugar donde posar la mirada? La realidad se vuelve otra, se conforma de pliegues infinitos en el ojo del poeta, un cuerpo que viaja y observa y busca el punto justo para abrirse, para que los sentidos construyan cada pieza poética, justa, precisa, donde parece no sobrar nada.

Frente a las formas de la historia y la civilización, un monumento puede ser mausoleo, cárcel, museo;  frente al ojo del poeta el pasado cobra vida nueva, y así los poemas arman sus juegos de contrastes: el pasado y el presente, lo muerto y lo vivo, lo eterno y lo efímero… pero aquí estamos en el terreno de lo poético, y en la poesía gana lo efímero.

Ganan las formas que se escapan a la lógica, a los cálculos, a la arquitectura, a la civilización y al progreso, la mirada del turista no es la mirada del poeta, ante el mundo de referencias que abren los poemas, la mirada del poeta se vuelve blanda y piadosa en medio de una Europa en ruinas, la belleza no está en los monumentos, y entonces nos preguntamos junto con él ¿qué es una obra de arte? ¿de qué manera la poesía ha logrado que un mundo en ruinas se haga palabra y cobre sentido vivo y presente?

La mirada del poeta no es ingenua, nos da cuenta de una Europa en ruinas y también de una Europa xenófoba, amenazante, que guarda en sus cimientos la memoria de la muerte y la tortura, pero esa contemplación poética se complejiza y descubre los pliegues de lo real: “la superioridad de lo imaginario por sobre lo real”, el Tíber como una fiera que ruge, la libertad agazapada en las alas de un cuervo, una niña que juega… Frente a la perfección de lo civilizado, irrumpe lo vivo, lo que desordena, lo que desborda, lo que está ahí y en un instante se fuga, los afectos que abrigan, en esta Europa donde los otros son una amenaza, los afectos se vuelven refugio y motivo.

La voz de la madre se levanta imponente como la torre Eiffel, en esta familia de destinos cruzados, el hijo poeta recrea la escena que se vuelve cálida y misteriosa, pero ¿qué es una familia? ¿acaso sea el hogar, la patria, el lugar a donde volver? ¿cuál familia? Es en los otros donde también se busca y se construye la patria, porque la mirada poética parece redimirlo todo.

El héroe regresa, ¿a su patria? ¿a su hogar? El héroe regresa victorioso, le ha robado a Europa, le ha robado al tiempo, le ha robado al lenguaje, un puñado de poemas grandiosos.

Trae consigo para regalarnos un libro que nos dice que podemos inventar una patria viva y presente, que mira y cuestiona y también construye belleza, una patria personal y colectiva. Porque la poesía también es tierra fértil, esa patria donde regresar y permanecer.

Foto: Vicente Costantini (by Mariela Corbellini). Fuente: gentileza de Vicente Costantini.

jueves, 14 de febrero de 2019

Natalia Geringer


BUTALÓ


I

El médano que mi madre
había guardado para después
hierve al borde de los labios
junto a la sémola.
Soplamos y vuelvo del destierro
a la casa azul.


IV

Sufríamos la ictericia de los focos
y el miedo de caer
en la boca estrellada y fría de la loba.
Las luces de las calles
pintaban de lavandina
nuestros caparazones.
Entre los postes de luz
bandada de bichitos grises
de fulgores prestados.


VII

Mis cementerios infantiles
tienen crucecitas de palo.
y montoncitos de hojas
para cubrir a los recién caídos.

Una comunidad de hormigas
trabaja en la siesta del campito,
oxidadas y grises
como las camisas de las fábricas.


IX

Cuando todo duerme
sólo tu paladar es luminoso
tu lengua de cuatro caras
tu hambre cetácea.

Allende, la molicie de un rincón
tu  aliento me enhiesta
el desamparo y el olvido,
esos nervios nadadores.

En este ínfimo cuarto de playa,
donde soñamos con crímenes y con ángeles
me duermo cerca de tu hocico húmedo:
el yodo de tu lengua torna a una niña paloma.


XV

A Mahún

Desde hoy
con un árbol plantado
en el centro de mi cuarto
o aurícula izquierda,
no tendré más que mariposas
deletreándome armonías.
Más que mariposas
para encontrarme en el espejo.

No sanaré de este árbol plantado
en el centro de mi cuarto
ni de las pinturitas en sus alas
para atraer la luz.


MAQUINALES

A mi madre

I

Le crecían nuevos los cabellos
a la niña
a la intemperie.
Le crecían duros y puros
sobre las latas del invierno.
La comida de los pájaros
el maíz de su canto
su piel nueva y tiznada,
le crecía
en la muda boca de su taza.


II

¿Qué acechaba aún de tu animal
de ese animal original
de ese animal abundante
de tu sonrisa y melena?
¿Qué hiciste para dejarlo tibio y manso
justo antes de la fotografía,
la emancipada fotografía de alguien
feliz y domesticado?


V

Fui ilesa de la luz
y de tu miedo al bisturí.
De la rotura de tu fuente
comencé a beberme la luz
y tus secretos.
Limpiaron todo antes de mí,
pero quedaron pedacitos.


IX

Mis hermanos y yo
usamos el tambor animal
que nos legaste.

Tocamos sin ritmo
este animal
este regalo de los dioses
esta maldición de origen.

Aullamos,
pero ya no, desolados.
El animal que nos legaste
se estremece.


XI

SONÁMBULA

Esa noche te dejó
la falda y los puños húmedos
una limpieza que olía a miedo
un sol moribundo a los pies de la cama
igual de amarillo y muerto
como la yema de tu secreto.

Un estertor de aguja y durmiente
cada vez que sobrevino el sueño.
Un tren de repliegue
con su lluvia de piedrecitas
derredor de los ojos.

Años más tarde,
me dibujabas una cunita
tapabas mi muñeco con un trapo.
Para cada una de tus madrecitas rotas
canturreo una nana
para esos bebés de mentira,
disuelta la yema de tu día.


INTEMPÉRICA


II

Mi padre proyecta
la resina de su pipa
su humo sucio
en las manchas de mi cuerpo.
Este animal rechina.
Este animal rechina
y va muriendo.
Este animal como una estrella
está ya, muerto
en las manchas de mi cuerpo.


III

Que ninguna mañana se demore con la muerte de mi madre.
Que la triste noticia de un frío supremo sobre el mundo
me quite de la habitación a oscuras.


V

Nunca emprendí un viaje, así.
A escondida del buen tiempo
distraída de presagios y estrellas.
Dentro de un limbo helicoidal
de cajas y bolsas
y palita para las cenizas.
La ilusión puede ser
tan práctica y doméstica
como un carbón apagado.
En cualquier palma o destino
puede reanudar su invierno.


VII

Venís del sur,
llenás mis ojos de arena.
Ahora, dibujás
círculos en mi espalda.
Nadie te dijo
que eras un zorro
que desenterrabas
huesos, por gusto nomás.
Por desparramarlos
como mojones en el desierto
montoncitos centellantes
para perderme en la búsqueda.


VIII

Cuando vuelva a casa
será hacia mí
y de noche.
Cuando vuelva a casa
será de noche,
tendré por luna
la arena encendida
el silencio de la arena.
Y su salitre
una sed de luz rasgada.


XIII

Me alcanzan los ladridos
de tu rencor por la espalda.
Qué manera de ser fiel y valiente
de mezclarte en la madrugada
y amedrentarme.
Qué manera de mostrar los dientes
cuando todo ya es ido
lastimado y en el suelo.
Estás atado a una correa corta.
Tenés hambre.


XX

El mundo es un animal caído.
Sobre el arco de su carroña,
veo, dibujo armonías.

A la luz de sus huesos
me abandono.

La muerte vendrá.
Intempérica, me beberá el agua.

Fuente: gentileza de Natalia Geringer.

Natalia Geringer nació en Santa Rosa, Provincia de La Pampa, el 29 de diciembre de 1981. Reside en Ignacio Correas, pequeña localidad rural situada en la zona sur del Partido de La Plata. Es poeta y profesora de Letras. Entre otras actividades,  intervino en los ciclos de lectura realizados en la casa natal de la poeta Olga Orozco, en la ciudad de Toay, en 2015 y 2016, y dio a conocer una ponencia sobre la obra de dicha poeta en la Universidad Nacional del Comahue y la Escuela de Artes Alcides Biagetti, en la ciudad de Viedma, durante octubre de 2015. Participó, asimismo, en el Festival Itinerante de Poesía El Rallador, en las jornadas llevadas a cabo en las ciudades de San Juan y Santa Rosa, en julio y septiembre de 2016, respectivamente. En la actualidad, coordina El mordisco, taller literario que recorre las distintas estéticas y poéticas del siglo XX y sus correlatos clásicos. Publicó: Miniturios, antología poética (Nada Ediciones, Santa Rosa, 2016), y Pedernal alado, en coautoría con Martín Raninqueo (Ediciones Hybris, La Plata, 2018). Los poemas incluidos en esta página fueron tomados de tres libros inéditos: Vitriada fosa, Maquinales e Intempérica.

Foto: Natalia Geringer. Fuente: gentileza de Natalia Geringer.

martes, 5 de febrero de 2019

Luis Maggiori


Miedo

Miedo a los teléfonos,
a los carteros, a las palomas mensajeras,
a que estés detrás
de cada puerta,
a la vuelta de la esquina,
en la universidad,
entre mis papeles.
Miedo a no saber de vos.
Miedo a saber de vos.
Miedo a seguir escuchando
muchas voces y nunca la tuya.
Miedo a morirme esta noche
y no volver a verte.
Miedo a sobrevivirme
y poder con todo el dolor
y que aparezcas
y ya sea tarde.
Miedo a que todo haya sido
un malentendido
y vos sonrías mientras yo
escribo sobre el miedo.


La aparición

El colectivo se detiene. Es otoño, fin de abril. Afuera, una acuarela en distintos tonos de ocre: un sol, que de tan tibio ya no puede sostener un puñado de hojas que se  terminan suicidando en las baldosas de una calle cualquiera de Buenos Aires, en donde una señora, empuñando una escoba, parece que se dispone a barrer el universo. Dentro, tristeza, resignación, indolencia: un hombre, apoyados los codos en sus muslos, no ha dejado en todo el viaje de tomarse la cabeza; una señora, a la que le duelen las piernas, hojea recetas de farmacia y no deja de pensar que la culpa de su dolencia la tiene otro; dos señores, de estricto traje y corbata, llevan, como una prolongación de sus manos, lo que Facundo Cabral ha llamado “el portafolios de pedir limosna”; un hombre harapiento y de barba hirsuta tiene los ojos rojos porque ha bebido todo el insomnio y cree que, en cualquier momento, subirá la hija que le han negado, ya hace muchos años, y le dirá que la pesadilla ha terminado; el resto duerme y los que parecen estar despiertos también están dormidos. Entonces, en el umbral de esos dos otoños, aparece Ella. Yo no la veo subir los escalones, la veo ascender, como lo haría un ángel.
Pequeña, elegante, con los ojos altos. Se dirige hacia mí, que la espero quién sabe desde hace cuántas vidas. Todo se ha vuelto quietud y silencio: el universo todo está reducido a su imagen. El pelo corto; un pañuelo de gasa le envuelve el cuello, un pañuelo de gasa que en el cuello de otra mujer sería una vulgaridad pero en el de Ella es una joya; los pechos, mínimos, interrogantes; un vestido humilde, lo suficientemente corto como para demorar sin pecado, el encuentro de sus zapatos de almendra. Suena, como a lo lejos, una milonga que solo escuchamos nosotros dos: es Payadora, de Julián Plaza. Y sus pasos son una epifanía que solo a mí se me revela, una danza: flirt criollo, entre los pasajeros, que acabará en mis pies. Porteña, rioplatense, diosa pagana que instaura en mis ojos una nueva mitología, no pide permiso, solo sonríe y se sienta a mi lado.
Yo tiemblo y espero un milagro, pero Ella no va a decir palabra. Estoy sordo, mudo, mínimo, avergonzado, de rodillas. Tengo un corazón nuevo en un cuerpo viejo y me siento extraño, ajeno, adánico. ¡Cuánto cuesta decir la primera palabra!


Rosa de Laredo

Rosa de Laredo
venciendo al tiempo y al espacio.
Rosa irrepetible y siempre la misma.
Tu destino se reparte generoso
entre las manos que te requieren
y yo no puedo asegurar que has sido mía.
Rosa de Laredo,
nunca sabré tu secreto, tu magia.
Para retenerte he debido acuñarte en una palabra
pero solo Dios ha accedido a tu belleza.


En algún lugar encima del Arco Iris

Viajamos en el micro rantifuso que va por Avenida de Mayo. El sonido es casi insoportable: gente que habla, se queja, gases, dióxido de carbono, tempestivas frenadas, empujones, timbres que no paran de sonar, ochenta kilómetros por hora en pleno centro de Buenos Aires, autos, camiones, todos manejados por suicidas, smog. Pero nada de eso escuchamos porque nos estamos acariciando con los ojos. Ella me mira y me conjura: “Este es mi hombre”. Acerca su boca a mi oído, fingiendo que el sonido exterior va a perturbar sus palabras y, cuando estamos tan cerca que es casi imposible vernos, sus labios entonan: “When all the world is a hopeless jumble/ And the raindrops tumble all around/ Heaven opens a magic lane/ When all the clouds darken up the skyway...” (Cuando todo el mundo es un desorden desesperado/ Y las gotas de lluvia caen por todas partes/ El cielo abre un camino mágico...). Ha comenzado a llover: se escucha el crepitar de las gotas sobre la ventanilla. Yo siento que su aliento me humedece la mejilla y que está bien, y cierro mis ojos para poder ver el color de su alma melodiosa. Ella, ahora, apenas me toca con sus labios y me coloniza. Las gotas de lluvia se escuchan a lo lejos. Y estando a ocho centímetros de su boca siento que una mano me desabrocha los botones de la camisa, a la altura del pecho, se mete, amablemente, entre mis carnes y me extrae el corazón. Quiero mirar y no mirar.
Ella hace una pausa y sonríe. El sol comienza a salir entre las butacas: la lluvia ha quedado abajo. Con la otra mano, se quita el pañuelo de gasa (que en el cuello de otra mujer sería una vulgaridad pero en el de Ella es una joya), lo rodea en el silencio de mi garganta y lo sostiene fuerte. Su voz entona: “En algún lugar encima del Arco Iris los cielos son azules/ Y los sueños que te atreves a soñar/ Se convierten en realidad...”. Ella se aleja. Yo abro mis ojos y me giro para besarla pero ya no estamos en el micro y Ella, demasiado lejos: sentada sobre el arco iris, ha soltado uno de los extremos del pañuelo y yo, sin entender el lenguaje de los pájaros, estoy cayendo, inexorable. Y me sucede algo peor que morir: despertar.


La certeza de tu carne

1

Yo amo tu carne elemental:
la que no toca mi literatura,
la carne sin civilización
y sin juicio final,
la carne sin ambages
ni amagues,
la carne indispensable
que nunca es otra cosa.

2

Las águilas del sueño alzan vuelo,
queda tu carne.

Escucho el ladrido del Cerbero,
no queda nada.

Fuente: Siempre. Poesía amorosa, Luis Maggiori, Ediciones Hybris, La Plata, 2018.

Luis Maggiori nació en Tandil, Provincia de Buenos Aires, el 24 de febrero de 1964. Reside en La Plata, ciudad en cuya Universidad Nacional se recibió de Profesor en Letras. Actualmente, se desempeña como docente en las facultades de Bellas Artes y Periodismo y Comunicación Social de la UNLP y en colegios de enseñanza media. En 1997, fue distinguido con el Premio “Joaquín V. González” a la excelencia académica. También es poeta, narrador y ensayista. Su obra publicada comprende los siguientes libros: La partida (poesía, U.N.C.P.B.A., 1997), El amor navegante (novela, Hespérides, 2005), El sofista (novela, Hespérides, 2007); Los frutos del Árbol  Real. Diez ensayos sobre literatura y Kabaláh (ensayo, edición del autor, 2010), Los días y las flores. Canto espiritual para la Cuenta del Omer (poesía, Hespérides, 2016) y Siempre. Poesía amorosa (poesía, Ediciones Hybris, 2018). Algunos de sus poemas fueron incluidos en diversas antologías; entre ellas: Poesía Argentina de Fin de Siglo (Editorial Vinciguerra, 1996) y Poesía, 36 autores (La Comuna Ediciones, 1999).

Foto: Luis Maggiori. Fuente: Gentileza de Luis Maggiori.