sábado, 11 de julio de 2020

Raquel Sinelli


Árboles en la plaza

Después de la lluvia
los troncos se ven negros,
nítidos
y entre ellos pasa, difusa, la luz del día.
El agua
retenida en la corteza
es el subrayado de un dibujo infantil
donde mis ojos se lavan, inocentes.


A resguardo

Felicidad de la madrugada,
del aire fresco, del cielo gris.
Tu pequeño reino promete
desplegarse más tarde.
Sirenas, ladridos
dejan atrás la noche,
parecen irse lejos.
Tu puerta está cerrada,
estas paredes ya te conocen,
esos papeles esperan tu trabajo.


Poesía

Lecturas,
contemplaciones
y, de vez en cuando,
palabras en el papel
corren tras lo que quieren decir.
Como esos perros
que ladran a los autos que pasan,
no saben con certeza lo que buscan
ni lo que alcanzan.


Distancias

Al fondo de su casa mi hijo plantó álamos.
Le pregunté porque estaban tan cerca uno de otro
y si eso complicaría su crecimiento.
Me explicó que así se hacía.
Los árboles crecieron firmes,
llevan ya algunos años,
apenas rozan sus ramas.
El viento parece moverlos desde adentro
y de alguna manera quedarse ahí.
Estar juntos les da fuerza,
como a nosotros,
aunque nuestras distancias no estén fijas
y otros aires las muevan.


Final del día

A la ventana de la habitación de la clínica
llega recortada la luz roja del atardecer.
El sol se pone luego de un día que empezó lluvioso
y ahora se despeja.
Vemos apenas
la luz intensa, un fuego breve,
el mismo que estaba al final de la calle
cuando también nosotros
éramos el paisaje.


Padre

Desde su muerte
han pasado muchos años,
demasiados.
El recuerdo
aún camina en mi cabeza.
Un hombre joven
al que yo veía viejo;
la camisa de mangas cortas
abotonada hasta el cuello,
el pantalón de cintura alta,
los zapatos oscuros.
En ése me reconozco
y a veces
hasta llego a creer
que puedo traerlo
de vuelta
para que de verdad
envejezca.
  

Piedras

Cuando mi perro murió hubo que cremarlo.
En una cajita me dieron 
piedras pequeñas de grises distintos.
No parecían cenizas.
Las enterré en un cantero del patio común,
debajo de un cerco. Moví la tierra con las manos
como quien busca un lugar fresco y allí volqué los restos.
A la mañana siguiente, a la luz del día,
algunas piedras, que habían quedado en la superficie,
todavía brillaban. 
Después vinieron horas lentas, un vacío extraño
y el dolor en mi pecho, la piedra más dura.

Fuente: El tiempo suspendido, libro inédito. Gentileza de Raquel Sinelli.

Raquel Sinelli nació en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, en 1954. Desde 1974 reside en La Plata. Es poeta y periodista. Publicó: El día pleno (Nusud, 2003), Puertas adentro (Cuadrícula Ediciones, 2012) y La envoltura (Ediciones del Dock, 2013). Próximamente, Proyecto Hybris Ediciones dará a conocer El tiempo suspendido, libro al que pertenecen los poemas compartidos en esta página. De su obra se ocuparon, entre otros, Horacio Castillo, Néstor Mux y Rafael Felipe Oteriño. Este último escribió: “Con tono confidente –por momentos imperioso, como el de un hablar a la conciencia–, Raquel Sinelli deja fluir imágenes familiares de un tiempo vivido. Todas ellas están rodeadas de un aura de verdad. Es lo doméstico que aflora en el poema señalando una dirección que no está en el dominio de la persona sino en la contundencia de los hechos. Su intenso soliloquio, acompañado por presencias, sueños, deseos, recuerdos que reflotan mundos, muestra a las claras que su poesía no es elegíaca sino afirmativa. Esto es: de asunción de las pérdidas y ganancias. Aunque, para una mirada lúcida como la suya, se encuentra atravesada por la congoja de vivir. Porque se trata de una poesía de sutura, de juntar bordes, de acortar distancias –también de aprender a decir adiós–, que traza el invisible puente donde la vida se reconduce en una densidad acrecentada por la experiencia”.

Foto: Raquel Sinelli. Fuente: Facebook.

domingo, 31 de mayo de 2020

Luis Pazos


El cantar de Godofredo de Bouillon
La espada de Dios
(Fragmentos)


I

Ay, Jerusalem.
Las generaciones me recordarán
como el asesino más cruel.
Seré yo para siempre el que cortó
las cabezas de tus enemigos,
el que violó a sus mujeres
y esclavizó a sus hijos.
Seré yo el que convirtió tus calles
en ríos de sangre.
Nunca sabrán que no fui yo el que ordenó la matanza.
Otro lo hizo por mí para que se cumpliera
lo que estaba escrito.
Quiso mi aciago destino que fuera yo
la Espada de Dios.


II

Solo el Señor sabe
a cuántos mutilé sus miembros,
corté sus lenguas y arranqué sus ojos.
Solo el Señor sabe
a cuántos les abrí el pecho
para arrancarles el corazón.
Nunca intenté convencerlos.
Su destino final estaba decidido de antemano.
La cruz que llevo prendida en mis ropas
la gravé a fuego en todo mi cuerpo.
Fue en ella donde crucifiqué a tus enemigos.
No fue por odio mi desdichada Jerusalem.
Lo hice por amor a lo que fuiste,
a lo que eres, y a lo que serás.


VI

No tengas miedo, sombría Jerusalem.
Cuando yo no esté para protegerte,
estarán Baudolino y Eustaquio,
mis hermanos de sangre.
Como lo hice yo,
ellos desatarán el infierno sobre la Tierra.
Los cuerpos de los impuros
serán teas encendidas
que iluminarán tu noche.
No habrá oscuridad
donde puedan refugiarse de nuestra ira.
Los que intenten conquistarte
se ahogarán en el mar de su propia sangre.
No temas madre mía, esposa mía, hija mía.


IX

La espada descansa en mi regazo,
inmisericorde Jerusalem.
Ya no necesito cortar en pedazos
a los que te desean.
Basta que pronuncien mi nombre 
para que huyan al desierto,
donde mueren de hambre y sed,
poseídos por las alucinaciones.
Es el castigo por ser lo que son.
A los que sobreviven, antes de matarlos
les hago cavar sus propias tumbas.
En ellas arrojo sus cuerpos malditos,
que se negaron a ser templo del Espíritu Santo.
Para tu grandeza, Santísima,
maté a más hombres que granos de arena
tiene el desierto.


XVI

Ninguno quedó vivo.
De tus enemigos solo sobrevivió el hedor
de sus cuerpos en descomposición.
Yo, sagrada Jerusalem,
monté guardia frente al Santo Sepulcro.
No dormí, no bebí, no me alimenté.
Nada necesité porque habita en mí
el Espíritu Santo.
El Señor dijo: “A mis enemigos,
a los que se niegan a reconocerme,
traedlos aquí y matadlos delante mío”.
Y así lo hice.
El día aterrador en el que mi torre
de asalto se posó sobre tus murallas
los infieles supieron que los esperaba
el más temido de los infiernos:
la humillación de morir sin intentar,
siquiera, defenderse.
El marido vio morir a la esposa.
El padre al hijo. El hijo al padre.
El hermano al hermano.
No vine a ti para traer la paz sino la espada.
El Reino de los Cielos está hecho
de llanto y rechinar de dientes.


XVII

Yo, tu esposo, por orden del Señor
no necesito el perdón de mis pecados.
Cada infiel que degollé, lo hice
para estar junto a ti en la eternidad.
Matar por ti y para ti, no necesita indulgencia.
En el mar de la sangre que derramé
navegará mi barca hasta tu lecho.
Mi recompensa es hacerte el amor
hasta la locura y mi propia muerte.
Tendremos un hijo que asolará al mundo
hasta lo intolerable. El destino del infiel
es la hoguera y la fosa común.
En ese pozo sin fondo sus quebrados huesos
conocerán el más aterrador de los castigos:
el olvido. Las generaciones nunca sabrán
que osaron desafiarte. Los maté a todos
porque todos eran culpables.
Su culpa imperdonable es haber nacido.


XXII

Aquí, Jerusalem, en el lugar exacto donde el Mesías
fue escupido, abofeteado y crucificado, yo hice justicia.
Ordené a mis caballeros que violaran a todas
y cada una de las infieles. Consumado el rito
las acusé de adúlteras y ordené lapidarlas,
tal como lo establece la ley.
Sus propios hombres las ejecutaron
porque creyeron en mi promesa de perdón.
Les mentí, amantísima, porque el poder siempre miente.
Les rompí las piernas y los arrojé al desierto
para que se arrastraran bajo el sol
implacable de la justicia.
Todos deben postrarse ante tu magnificencia.
Dueño de la vida y de la muerte,
los declaré culpables para siempre.
Para ellos, por los siglos de los siglos,
la sangre derramada caerá sobre sus cabezas,
tal como lo pidieron al pie de su cruz.


XXX

A la medianoche,
cruel Jerusalem,
estrangulé al oráculo
que profetizó en el Sinaí.
Lo torturé hasta el hartazgo
para que confesara los presagios
que dijo haber visto.
Un cuervo habló frente al Santo Sepulcro.
Una oveja devoró a su pastor.
Un árbol caminó.
Un pez que albergaba a un hombre
en su vientre apareció en el Mar Muerto.
Lo degollé, y para mi espanto, la cabeza habló.
Sólo pronunció cuatro palabras.
Lo maldije y escribí en el viento:
quien cree en mí
no morirá aunque esté muerto.


XXXIII

Tus enemigos me rogaron
que les devuelva el don de la palabra.
Arrogantes, me dijeron
que como hombre de Dios,
debía comprender su necesidad
de orar al de ellos.
Les dije que sí y ordené que les arrancaran
la lengua para que no hablaran,
las manos para que no escribieran y
los ojos para que no leyeran.
Como el más justo de los jueces
les otorgué el don del llanto y el alarido:
el lenguaje de los que invocan
a los falsos dioses.
Ama a tus enemigos, dice el Señor
y yo cumplo su mandamiento.


XLI

Dicen los infieles, amor mío,
que tarde o temprano me vencerán
porque el Dios verdadero
habita en ellos.
Una vez más, en mi infinita bondad,
los saqué del error.
Les di de comer carbones encendidos
para que supieran como era el Infierno
que habitaba en ellos.
Iluminados por dentro y por fuera,
los hijos de la oscuridad se consumieron
como hijos de la luz.


XLIV

Mientras dormía con los ojos abiertos
el Arcángel Miguel puso en mis manos
el látigo con el que Jesús
azotó a los mercaderes del templo.
Lo hizo para que flagelara mi cuerpo
hasta expulsar de mi alma
los demonios que la habitan.
La tortura purifica al torturado.
El Señor es mi exorcista.
Bendito sea el Señor.


L

Aquí estoy Jerusalem de mi desdicha,
en el último día de mi vida.
Ya no cabalgaré más veloz que el viento
sobre las arenas en llamas del Sinaí.
Ya no apaciguaré los deseos imperiosos
de mi carne en las aguas heladas del Jordán.
Ya no me azotaré con el látigo de siete puntas
para expulsar al ángel oscuro
que siempre habitó en mí.
Ya no empuñaré la espada que degolló a los tibios.
Ya no caminaré sobre los cadáveres de los débiles.
Ya no abriré mi boca para ordenar
la matanza inmisericorde de los indiferentes.
Ya no beberé en el Santo Grial
la sangre de los que dudaron.
La peste entró en mí como ladrón en la noche.
Pero no temas, amor mío.
Con otro nombre, con otro rostro,
con otras armas, siempre estaré a tu lado.
El Cielo y el Infierno
saben que soy inmortal.

Fuente: Poesía reunida II, Luis Pazos, Ediciones Atelier, Buenos Aires, 2019.

Luis Pazos nació en La Plata el 5 de agosto de 1940.  Viajero incansable, reside actualmente en su ciudad natal. Es poeta, artista conceptual y periodista. En 1971, un jurado compuesto por Alberto Girri, Carlos Mastronardi y César Magrini le otorgó el premio del Fondo Nacional de las Artes por El cazador metafísico, obra publicada al año siguiente por Editorial Noé. Escribió, entre 1971 y 2006, doce libros que son, según sus propias palabras, “producto de la desesperación”. Los cuatro primeros fueron dados a conocer en un solo volumen por Libros de la talita dorada en 2011 con el título El cazador metafísico. Poesía reunida I. Poco después, publicó Señor de la alucinación (Cuadrícula Ediciones, 2013), Poema inconcluso para Luisa Pazos (incluye un CD con el poema leído por el autor, cuya edición estuvo a cargo de Julio César Otero Mancini, edición independiente, 2016) y Poesía Reunida II (Ediciones Atelier, 2019). Como artista conceptual, integró, entre otros, los siguientes grupos: EL Esmilodonte, Diagonal Cero (liderado por Edgardo Antonio Vigo), Grupo de los 13 (organizado por el crítico Jorge Glusberg) y Escombros (del cual fue cofundador). Siendo integrante de Diagonal Cero, publicó en 1967 dos libros-objetos: El dios del laberinto y La corneta. El primero es una botella tapada con un corcho, a la manera del mensaje de un náufrago; el segundo consiste en diez poemas fónicos enrollados en el interior de una corneta de plástico. A éstos, deben sumárseles dos libros de poesía visual compartidos con Claudio Mangifesta, publicados en los últimos años: Letra suelta (Tiempo Sur Ediciones, 2015) y Del silencio como mirada (Tiempo Sur Ediciones, 2016). De su vida y su obra se ocupó Fernando Davis en el libro Luis Pazos. El fabricante de modos de vida. Acciones, cuerpo, poesía (Document-Art, 2013). Participó, asimismo, en numerosas exposiciones en diversas ciudades del mundo. Su primera muestra retrospectiva tuvo lugar en el MACLA (Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano) en 2013. Pazos –para quien el arte es “un acto de libertad” y una herramienta de crítica y denuncia social– fue, en la Argentina, uno de los primeros impulsores del arte de acción y del arte de intervención en espacios públicos y lugares no convencionales, como supermercados y discotecas. Recientemente, algunas de sus obras (“La cultura de la felicidad”, “Monumento al prisionero político desaparecido, “Proyecto de solución para el problema del hambre en los países sub-desarrollados según las grandes potencias” y “La realidad subterránea”) fueron incorporadas al patrimonio del Museo Reina Sofía de España. En su carácter de periodista, trabajó para varios diarios y revistas (Diario PopularSomosPerfilEl DíaGenteClarín) y publicó los libros No llores por mí, Catamarca (con Alejandra Rey, Sudamericana, 1991), Así se hace periodismo (con Sibila Camps, Beas Ediciones, 1994), Ladran, Chacho (con Sibila Camps, Sudamericana, 1995), Graciela, esa mujer (Perfil Libros, 1997) y Justicia y televisión. La sociedad dicta sentencia (con Sibila Camps, Perfil Libros, 1999). “El cantar de Godofredo de Bouillon. La espada de Dios”, reproducido parcialmente en esta página, es un extenso poema compuesto por cincuenta cantos e incluido, junto a “Señor de la alucinación” –otro poema de largo aliento–, en Poesía reunida II. Para conocer mejor al protagonista y entender el sentido crítico de la obra, vale la pena trascribir el prólogo del autor:

Godofredo de Bouillon nació en Boulogne, Reino de Francia, en el año 1058 d. C. y murió en Jerusalem, en el año 1100. Fue el jefe de la primera cruzada, la única en la que triunfaron los príncipes cristianos. Godofredo recibió la orden del Papado de librar la ciudad, en ese momento en manos de los musulmanes. Sitió la ciudad durante cuarenta días y exterminó a musulmanes y judíos. Lo hizo sin piedad, hasta tal punto que la sangre de sus enemigos corrió por las calles como si fuera un río. La reconquistó a sangre y fuego. Fue un guerrero feroz y a la vez un creyente de alta espiritualidad. Su coraje legendario hizo que le ofrecieron ser el Rey de Jerusalem. Rechazó el nombramiento aduciendo que él no era digno de portar una corona de oro cuando Jesucristo soportó una de espinas. Solo aceptó ser nombrado Defensor del Santo Sepulcro.
Fue el personaje más popular de la Edad Media, a tal punto que el célebre escritor italiano Torquato Tasso escribió su biografía que lo muestra como un héroe cristiano.
Mi libro no es, desde ya, un libro de historia. Es mi interpretación de su psicología y de su concepto del cristianismo. En él convivieron el cielo y el infierno sin que se arrepintiera de nada.  Más allá de Godofredo, el personaje principal es el poder y las consecuencias, siempre terribles, de quien lo ejerce.
Hoy, mil años después, Jerusalem sigue siendo el campo de batalla de las tres religiones más poderosas del mundo: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. ¿Estamos muy lejos de la edad de las tinieblas?

Foto: Luis Pazos. Fuente: Facebook.

domingo, 3 de mayo de 2020

Matías Fittipaldi


3-De los hijos

Trastocado el mísero
orden de nimiedades:
los regímenes
que gobiernan los estantes de mis libros,
las secuencias de los CDs,
el descanso programado
de los lunes,
el goce burocrático del tiempo,
el egoísmo compartido de la pareja.

Día a día una revolución.

Todo se subvierte y sucumbe
al jacobino ímpetu

de los hijos.


10-Fronteras

Cómo cruzar esa frontera
donde el viento
incontrolable
oscurece el horizonte,
remueve la marea.

Allí donde no se distingue
la proa de la popa,
el sol de la luna,

y la esperada claridad
se hunde
en las peores pesadillas.


14-Cuando callo

Cuando callo trago árboles, rocas,
cúmulus nimbus, pequeños estuarios,
ciempiés que cosquillean mi garganta.

Cuando callo trago cada una
de las veces que sangré por amor,
un puente del arroyo
de infancia,
la insoportable eficacia
de la muerte.

Cuando callo trago
los destinos que no quiero transitar,
las artes ocultas del miedo
y la desazón,
el pequeño apocalipsis
del llanto.

Cuando callo
y descanso
en la planicie cómplice
del silencio.


16-Los amantes

Polizones del tiempo
viajan
por un espacio invisible,
retornan
de un más allá
sin gravedad

ciudadanos
de un país inesperado
que surge
en la vecindad del secreto

sus reglas rompen
todo orden patrimonial

con la tinta de la ocasión
rubrican sus nombres recónditos

criaturas inacabadas,
su condición es la indigencia.


25-Go ahead John (*)

Por ruta 29
entre General Belgrano
y Casalins
un hongo negro de nubes
encapotó el horizonte.
Desde sus entrañas
destellos intermitentes parecían
vomitar al mismo diablo
encima nuestro.

Un rayo
en medio de la pampa húmeda
descargó su torrente eléctrico
iluminando la planicie.

La trompeta de Miles Davis
soplaba el frente frío
y la masa de aire caliente
ascendía en volutas.

El látigo de la guitarra
de John McLaughlin
se convirtió en una señal
que se alejaba con las ráfagas
de viento y lluvia,
como un holograma.

Una serpiente de sonido
retorciéndose furiosa,
cargada de electricidad
estática,
reverberaba.

Una especie de tornado
cruzó delante del auto,
elevando por el aire
una motosierra en funcionamiento.

El camino apenas se divisaba,
un cable de alta tensión
hacía chispas
sobre el asfalto,
ruidos de motores
llegaban desde el vórtice.

La tormenta pasó,
la calma volvió al campo
mojado, estremecido
por el vendaval.

Miles y John
me saludaron sonrientes
desde ambos lados
del camino,
Teo Macero bajó el volumen
en la consola del cielo.

(*) "Go ahead John", del disco "Big fun" de Miles Davis.


26-Palabras

Cruzan como una ráfaga
mi pensamiento

y despiertan en mí el deseo
de adivinar su sentido,

de armar la estela de
sus ideas

perseguir esas huellas
que se escapan
entre los caprichos del día

como esa melodía
que resuena en el cuerpo
trayendo ecos de otro tiempo

sonidos que dialogan con el sentido
en busca de un nuevo hospedaje.


29-Pesca

–Descansa, pajarito, descansa –dijo–. Luego ve a correr
fortuna como cualquier hombre, pájaro o pez.
                                                            Ernest Hemingway

Encarno y tiro la caña,
la esperanza flota
a pesar del lastre.

La laguna no dice nada.

El otro lado de la espera
sepulta certezas,

guarida de fantasías
que resiste vientos de lo real.

Peces ocultos
persiguen
señuelos del hambre
y la sed

como imágenes  
se enredan en    
anzuelos del tiempo

Fuente: Gentileza de Matías Fittipaldi

Matías Fittipaldi nació en Mar del Plata en 1977. Vivió en Ayacucho. Desde 1995 reside en La Plata. Es Licenciado en Psicología. Trabaja en el Área de Salud Mental de PAMI y participa del Colegio de Psicólogos de La Plata. Publicó: Pájaros como palabras (poesía, 2014). Los poemas incluidos en esta página son inéditos y forman parte de su próximo libro.

Foto: Matías Fittipaldi. Fuente: gentileza de Matías Fittipaldi

miércoles, 1 de abril de 2020

Adrián Ferrero


Nuevo comienzo
a mi hija Emilia

En ocasiones me dije:
“quisiera ser poeta”
(la porfía más secreta). La apuesta
más audaz
También (convengamos)
la más
peligrosa
En casos como este
conviene estudiar(se)
antes
Ser un cobarde
toda la vida
Hasta un
determinado día
en que uno decide hacer cenizas
todo lo escrito
O se hace solo
sin hacerlo, todo fue
demasiado por dentro
Se lo olvida para mejor
Nuevo comienzo
Día brutal,
que no se puede eludir
más. Ser descarnadamente honesto
Pero después
no admitir
que ciertas escenas pasen
de largo
apresarlas como al jade
sus vetas
de lujosas
como un harem
Ay, los nenúfares de Monet
que parecían tan bellos
Eran demasiado inocentes
Hizo falta
conocer a ciertas personas
Un poeta
seduce con el cruce
El beso en eso
consiste el enigma del estigma
fogoso de un poeta.
Su sin-gu-la-ri-dad
¿ocultar que uno es un poeta
 como la cicatriz al desnudarse?
Al igual que la esfinge
tu llave está
en otras manos
¿el Idioma?
Aborrecer ciertas palabras
“el verbo Amar” (sin desinencias)
ahora sí lo dijo
Amo la primera persona
por fin
Fin


Mirta Rosenberg traduce a Marianne Moore, mientras cavila
a Mirta Rosenberg, in memoriam

Es la hora del lobo
y yo acá entre papeles
¿habrá algún polizón a mis espaldas?
Es que los animales de Marianne
son tan bellos a medida que ella
los iba escribiendo
eran suaves, tibios
parecidos a la seda
Pero ahora
que ya están puestos por escrito
qué pena
su osamenta
su pelambre viscosa
se ha petrificado
Tal vez sea el caso de la serpiente
(presiente que lo anunciaron
las aves del Paraíso)
Ella me conquistó
Ya no creo en un Edén
ahora vivo en Flandes
helénica pagana
como Helena
La otra etapa
que con tapa
El mundo salvaje galopando el pecho
estos mandriles de Marianne
sus mandalas secretos
sus mantras
Antes parecían
una burbuja
a punto de estallar
para adentro
Todo guarda
cierto aire
a la lata de baibiscuit
de mi abuela en el ghetto
Sí me alojas
tu mano se asemeja a la rabia del rabino
Mis hijos son los que
acompañan ahora
los dolores del parto
ligeramente distintos (la madurez tiene esas cosas)
Alumbro el calambre
el calamar escupe su uña
Solo decirte esto,
todo
hacía suponerlo
Los astros, Dios, Jehová, la Pitonisa
Eleusis, sí, Eleusis
tomaron cartas en el asunto
Acaté acá a Hécate
Es una dama tan dulce y tan amarga
fue miel su piel acidulada
Seguiré con Marianne
Apenas voy por la segunda estrofa
de mi historia


Castrati
a  mi madre

Cantó con registro de soprano
cierta sonatina de Scarlatti
de esas que le gustan
a Margo Glantz
Rapsoda eunuco
Ocurrió cuando tenía apenas cinco años
A tal edad no se conoce la gloria
de las mujeres con esclavas en los brazos
ni el color de la seda sobre el vientre
ni las sandalias de cuero de jabalí con cascabeles
Cuentan que lo aplaudió de pie
la Corte entera de Luis XIV
Pero eso sí
con la reticencia y los remilgos suspicaces
de quien aclama a un plebeyo
Él era un paria sobre el escenario
de un paraíso profano
pero tenía un talento olímpico
Los reales fuegos artificiales se dejaban oír
en tanto él procedía a guardar su canto  
en un cajita de piel de camello
Su padre fue un manager idiota
lo más parecido a un Mr. Hyde con sobrepeso
que lo acompañó por el sendero
que conduce derecho a la pena negra
La repulsión hacia el deseo
de carne de mortal
lo volvió primero casto
En cambio
esa adoración aparentemente irresistible
se volcó a otros excesos
Pretendió alcanzar lo todopoderoso
como ser el dueño del soplo de la palabra
Ese fue un traspié grave
aquel que lo derruyó como el mar
a una hilera de huellas
Todo había acontecido
cuando apenas tenía uso de razón
Claro, estaba en manos de la ambición
Luego comenzó a romper con facilidad
tazones de loza durante el desayuno
sobre las lajas color ciruelo
que comenzaron a crujir
cuando las tomaba entre sus manos
(¿por su canto?) 
en tanto engullía como un cancerbero
miga de pan
untada en mermelada de damascos
Comenzó a evitar a los ibis, los flamencos y los cisnes
todas aves nobles
que ningún mortal
puede permitirse repudiar
porque no conocerá las delicias
de la vida apacible del manantial y los viñedos
Pero ya era tarde
Llegó incluso a odiar el canto
Y bebió de un oporto prohibido
hasta quedar ebrio
y sentir lo más triste:
que ni vivir vale la pena
ni quitársela tampoco

(Inéditos)

Fuente: Gentileza de Adrián Ferrero.

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Se graduó en la Universidad Nacional de dicha ciudad (UNLP) con los títulos de Licenciado y Doctor en Letras. Es poeta, narrador, crítico literario y ensayista. Su obra publicada incluye libros de poesía, narrativa, investigación y entrevistas a autoras argentinas. Figura en varias antologías poéticas. Escribió para medios de prensa artículos críticos sobre poética y poesía y publicó otros del mismo tenor en revistas académicas de EE.UU. y de Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación y un Subsidio para Jóvenes Investigadores de su Universidad. Cuentos suyos fueron publicados en EE.UU. en español y en inglés. Asimismo, algunos de sus trabajos académicos vieron la luz en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. También publicó poemas en numerosos blogs y reseñas de films documentales sobre poetas en publicaciones de EE.UU. Fue finalista y obtuvo menciones en diversos concursos literarios. Este año, precisamente, la SADE filial La Plata le concedió el Primer Premio de Ensayo por un trabajo de crítica literaria sobre poesía argentina. Reside en su ciudad natal.

Foto: Adrián Ferrero. Fuente: gentileza de Adrián Ferrero.

jueves, 6 de febrero de 2020

Jorge Chiesa


Dos perros

Mi padre compró un perro nuevo
en reemplazo del perro muerto.
Eso fue hace diez años y desde entonces
pasaron muchas cosas en el medio:
Mi padre tuvo un accidente y casi se muere.
Ahora el que está por morirse es el perro nuevo
en el patio interno:
un lugar donde los brotes del pánico
han empezado a cubrir las paredes.
Para combatirlo repetimos la historia
de tener hijos
de comprar perros
cuando no deberíamos hacerlo
cuando debería ser suficiente
con dos perros muertos.

Fuente: Los libritos, Jorge Chiesa, Goles Rosas, Mar del Plata, 2011.


1

Desde el colectivo en movimiento
se queda mirando un pueblo
llamado Coronel Vidal.
Sea de día, sea de noche,
nunca nada se mueve
en esa clase de pueblos.
Nadie alzando la mano,
invitándolo a bajar.
Ningún gesto de amparo
en medio de tanta
desolación.


2

A lo mejor quiero decir la imagen sesgada de un pueblo
viviendo solo en la llanura,
o de unas pocas almas viviendo una vida de pueblo:
casas de ventanas y puertas abiertas
de gente que barre la vereda bajo la luz tenue
o anda en bicicleta al ritmo de los perros.
A lo mejor quiero decir todo eso
en el ojo de un observador que se desplaza,
durante todo un invierno entre dos ciudades,
tironeando entre lo que se posee
y no se posee.


7

Al principio son pequeñas diferencias,
fisuras, si se quiere, de la trama.
Luego peleas que,
como desperfectos de la tela,
atentan contra la vida
tejida en común.
Entonces eso que llamamos familia,
ese lugar, se desgarra.
De pronto la separación equivale a la distancia
que una de las partes debe recorrer
para arribar al desencuentro
de su pasión.


13

Hablo de cerrar los ojos y sacarse las ventosas
de la cabeza.
De tomar vodka y dormir envuelto
en pieles de oso
durante todo un invierno,
esperando la primavera pero sintiendo
que hay nieve por todas partes.
Nieve en las manos,
en las axilas,
nieve en los ganglios.
Fecunda,
silenciosa nieve cayendo
dentro de uno.


14

Soñar con un plato de comida y una cama
luego de un trabajo pesado
es todo lo que pido.
Dormir en el interior de un iglú,
junto al calor de los rescoldos.
Pasar una temporada aprendiendo de los esquimales
que viven en casas idénticas y encienden un único fuego.


15

De eso se trata la escritura:
de volver adonde no se puede volver.
La imagen de un balde rojo
con dos peces negros
nadando en círculos.
Esas son las tierras de la memoria.
Impresiones de toda una vida; nada más.
A pesar de todos los cuadros,
lo único que Rembrandt quiso pintar
fue un poco de polvo
flotando en el interior de un rayo de luz.
Luz que solía iluminar
las entrañas del molino de su padre.
La forma que tenía ese polvo deslumbrante
de transformarse en materia; nada más.


18

Cada vez que paso por un pueblo como Vidal
me pregunto si realmente estaría dispuesto
a bajarme justo en ese sitio
y nunca llegar a destino.
Hacer de cuenta que yo también
soy pasajero en extinción,
pariente lejano del gran Wakefield.
Me pregunto si eso sería posible:
bajarse en un pueblo en medio de la nada,
en busca de casa, manta o piel,
donde envolverse y simplemente
desaparecer.

Fuente: Un invierno ruso, Jorge Chiesa, Olmo Ediciones, Buenos Aires, 2012.


7

Aunque esto no deje de ser una idea,
primero fue la palabra y después la idea
y por eso, como dijo el poeta,
se trata menos de buscar palabras para tus ideas
que ideas para tus palabras.
Ellas son el punto de partida,
eso a lo que aferrarse y que sirven para iniciar
esta narración que por incapacidad
llamo poema.
El lenguaje vendría a ser algo así,
una incapacidad, una linterna confusa
encendida de a ratos,
que está aprendiendo a enfocar
en el interior de un cuarto
lleno de oscuridad y sucesos.
Con haces de luz que pretenden captar
imágenes deshilvanadas,
encandilando por un instante
las palabras que te definen
y no paran de moverse
como abejas enloquecidas.


8

Todo lenguaje proviene
de su propio diálogo
con el silencio,
como si las palabras nacieran
de la sequía
de una gran luz
pero en seguida buscaran
un poco de sombra en la voz,
y eso las aliviara.
No el hallazgo
de una voz
sino el asilo
de una sombra.
 

9

Me pregunto si un grafólogo
podría revelarme algo importante,
eso que todo hijo debería saber
acerca de su madre.
Un rasgo inevitable de su carácter
o una faceta desconocida,
incluso para ella misma,
oculta en su propia letra.
La explicación del porqué
de nuestra relación enterrada,
y de todo aquello que saldría a la superficie
por obra y gracia de una ciencia
aplicada a hurgar en la escritura.

Fuente: El animal equivocado, Jorge Chiesa, La Bola Editora, Mar del Plata, 2014.


3

Me quedé mirando una botella
mantenerse a flote y derivar
en el agua silenciosa de la laguna
mientras buscaba palabras duraderas
antes de nombrar las cosas
pero también para mostrarte que a veces
hay dignidad y belleza
en las cosas que se abandonan.
Que no sea viento, me pediste,
quien decida.
Pero cómo hablar un lenguaje
más resistente que nosotros,
que el vidrio de una botella
cuyo único mérito consiste en saber flotar
y estar vacía.


8

La boya de color rojo
flotó toda la tarde entre los juncos,
alargados y verdes,
mientras el pescador esperaba verla hundirse,
verla desaparecer.
Quién no ha deseado
después de años de sequía
ser arrastrado hacia lo profundo
por una fuerza invisible.
La vista fija,
castigada por el reflejo
del sol en el agua,
y aun así
a la espera de un acontecimiento,
de una ilusión.
Porque algo hay que mirar.
No hablo del momento cruel
del pez colgado por la boca
sino lo que pareciera decirnos
la modesta lección del ojo
en su silencio y desnudez.

Fuente: Las nubes, Jorge Chiesa, Municipalidad de Las Flores, Las Flores, 2019.

Jorge Chiesa nació en La Plata el 27 de noviembre de 1969. Obedeciendo a su pasión por el surf, en 1996 se mudó a Mar del Plata, donde reside desde entonces. Es abogado, narrador y poeta. Su obra publicada incluye: La pesquita (poemas, Dársena 3, 2007), Los libritos (poemas, Goles Rosas, 2011), Nilsen (poemas, Ediciones Suárez, 2011), Dinamarca (cuentos, Ediciones Suárez, 2011), Tony (novela, Clase Turista, 2012), Un invierno ruso (poemas, Olmo Ediciones, 2012), El animal equivocado (poemas, La Bola Editora, 2014) y Las nubes (poemas, Municipalidad de Las flores, 2018). Obtuvo, entre otras distinciones, el “Premio Municipal de Literatura Osvaldo Soriano” de la ciudad de Mar del Plata en cuento y poesía (2009), el primer premio en el concurso de poesía “Premio Fundación Banco Ciudad” (2012), organizado por la Fundación Victoria Ocampo y Olmo Ediciones, y el primer premio de poesía en el “Concurso Nacional de Cuento y Poesía Adolfo Bioy Casares”, organizado por la Municipalidad de Las Flores (2018).

Foto: Jorge Chiesa. Fuente: Suplemento de Cultura, diario La Capital, Mar del Plata, 22 de junio de 2014.