sábado, 20 de agosto de 2016

Osvaldo Ballina


La última mirada

salí a buscar mi última mirada
aún no es medianoche y no encontré la primera mirada
juego con la arena de una playa eterna
niño o adulto no sé quién soy
lo cierto es que estoy vivo
los manantiales natales parecen profecías
juego con la arena en una playa eterna
veo tierras tumbas
la voz de los ausentes de la tierra
no me alcanza
¿juego es un don efímero?
¿la arena no se ha mudado hacia el mar?
¿la playa desapareció devorada por el agua?
no sé si niño o adulto
pero voy hacia la última mirada
sin pasajeros enfermos


Él o lo que creía era él

él o lo que creía era él, se fue del mundo
no era feliz, no era amante, no era soñador, nada
un aire, silencio vulgar sin tacto, sólo la herencia del vacío
antes y después de su nacimiento, un día sin tiempo
sin pasión, se preguntó por la escritura y le pareció inhumana
fuera del mundo, sin saber si él era él
mirando hacia atrás le nacía, ya perdido,
el sentido de impudor


él que esta vez era él

para Gurí con afecto

él que era él esta vez
selló su paz sin incitación ni jactancia
tributaria de pasadas creencias, pasiones y abismos
tengo derecho a mi soledad, se dijo,
ante los hombres y las cosas
sentencia que alcanza a mis objetos de culto
lo que creyó pérdida fue redención
a expensas de una versión del mal
y la inconciencia, espontánea espuma de vicios
él que esta vez era él
sin saber si estaba fuera o dentro del mundo
sospecha de la reversibilidad del alma


Identidades

él que era él tuvo desde siempre la voluntad
del anonimato en vida y muerte
sereno caminaba por lo interno
que reducía la realidad
hasta casi hacer explotar el destino
permanencia cambiante de sus identidades
él que era él y él que no era él
instinto de un yo dual
ciénaga de lobos y hombres
bajo sortilegios de un cielo irónico
y la sospecha a fin de cuentas de que todo sea
fruición de la nada


El estanque

se propuso vivir
como las flores en el estanque de la casa paterna
la quietud no perdía intensidad con la memoria
un signo de lo imperecedero, se dijo
era una bienvenida a lo inmutable
aunque hubiera que ignorar ciertos hábitos del humano
morir sin que nazca más agua o aire
miraba las flores y era el viaje más largo
perspectivas y visiones conducían a la embriaguez
de estar vivo aunque al final esperara la disolución
pero quería vivir sujeto a un reino personal
más fresco de oscuridad, más fresco de estrépitos
de fuego merecido no robado
eran los nuevos días del inocente sin sed de mármol

Fuente: La mirada / Identidades, Osvaldo Ballina, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

Osvaldo Ballina nació en La Plata en 1942. Es poeta y traductor. Su obra poética publicada incluye más de veinte libros, entre ellos: El día mayor (1971), Esta única esperanza contra todo (1973), Aún tengo la vida (1975), Caminante en Italia (1979), Ceremonia diurna (1984), La poesía no es necesaria (1986), Sol que ocupa el corazón (1991), Verano del incurable (1996), Confines (1998), El viaje (2000), Apuntes del natural (2001), El caos luminoso (2004), Oráculo para dones fatuos ((2006), El pajar en la aguja (2007), Prodigios residuales (2009), Lejos de la costa (2010), Profanaciones ínfimas (2011), Memoria de la India (2012), Refugio de altura (2014), Oficio de extraño (2015) y La mirada / Identidades (2016). En la contratapa de este último, destaca Horacio Salas:

Alguna vez, charlando con Osvaldo Ballina, le manifestaba mi asombro por una característica de su poética: da la impresión de que cada libro nuevo señala, en todos los casos, una superación; ya sea estilística, ya sea creativa, respecto de su obra anterior. Y le aseguraba que en tanto lector habitual de poesía no he encontrado, al menos entre sus colegas argentinos, una apertura semejante, que le permite navegar por una geografía novedosa, una música homogénea, no repetitiva, que toma el aspecto de un acorde/una invención, que se oye como el acompañamiento necesario para las palabras del poema.
En los textos de Ballina, aparecen metáforas que en realidad son descubrimientos personales, surgen, brotan en conjunto, dando la impresión de composiciones armoniosas y no intercambiables. Lo cierto es que Ballina ha logrado que el lector avisado reconozca a través de sus poemas una voz personalísima, que no imita a nadie. Y lo hace con humildad, como si trabajara sólo con palabras sencillas, pero que en el medio de sus trabajos suenan pronunciadas por primera vez.

Foto: Osvaldo Ballina. Fuente: La mirada / Identidades, Osvaldo Ballina, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

lunes, 8 de agosto de 2016

Guillermo Ariel Seminara


Presentación

Ningún signo remite
a lo que somos,
lo que más nos nombra
en realidad es esa dispersión
que inauguran las palabras.


Autorretrato

Nuevamente yo
sin más
y sin menos.
Nuevamente mi mirada triste
que resiste a esta tarde persistente
de enero.
Vacío y necio recorro
los umbrales
más remotos de mi risa
y me hago inútilmente fuerte
en un paulatino adiós,
sin Dios
y me sobran los dedos
de una mano
para contarme.


Arrendatario

(Barcelona, junio de 2002)

Tengo ahora donde
caerme muerto.
El contrato no lo dice
pero he podido con su firma
dotar a la muerte de cierta
seguridad proxémica.
Lo del tiempo,
en cambio,
es algo que aún
resta por discutir
y hasta donde sé
los propietarios
suelen tener
sobre el asunto
criterios más bien
dispares.


Guía

Lo curioso
ante las ruinas
es que el pasado
lo aporta
siempre
el visitante.


Matemáticas

Si tres por tres es nueve
y nadie a estas alturas dice nada
es sólo porque nos sigue
proporcionando un gran placer
poder controlar
cierto futuro del tres
aunque sea en esta escala
tan modesta.


Noche

I

Abro la ventana
para que entre un poco la noche,
esa exterioridad
que por comodidad ubicamos,
sobre todo,
en el cielo.
Lozanea la ingravidez del silencio
y todo parece ahora sostenerse a sí mismo.
Debería encender un cigarro
de una buena vez
y celebrar lo tácito de casi todas las cosas,
y también de paso ignorar la muerte
y su sorpresa.
Pero no lo hago,
no fumo más.

II

(A Charles S. Peirce)

Constato:
No es infrecuente
en el mundo sublunar,
que ciertos resultados
se nos presenten como casos
de un conjunto de reglas que ignoramos.
De ahí que pueda decirse:
“Todas las piedras de la playa pertenecen al olvido.
Esta piedra que adorna mi escritorio proviene del olvido.
Esta piedra es de la playa”.

III

Lo blanco ya viene con la hoja,
es el color que adquiere a veces
el vacío interiorizado.
Sólo resta quitar ahora el silencio
adherido en el papel,
lograr que falte lo que digo
e indicar posibles recorridos
que guíen hasta dar,
por fin,
con esa ausencia
que me nombre.

IV

Cerraré los ojos
hasta mañana,
y una vez alejado lo suficiente
del existir sin tregua
esperaré a que sea la noche
la que me sorprenda,
detrás, quizá, de mis propias huellas,
y recogiendo
algunos restos de olvidos
de la playa.


Productividad

Pierdo el tiempo.
Siempre me pasa.
Y es que suelo dedicarme a cosas
que a cambio no dan tiempo,
sino más cosas.
Si se lo piensa,
nos pertenece más la eternidad
que el tiempo,
que en verdad es pura pérdida.
Y si se lo sigue pensando,
allí está la nada imponiendo su no cesación
sobre la nuestra.
Como una melodía
que dura más que
los músicos,
como un principio
que siempre antecede a lo principiado.
Y así,
en lo sucesivo,
uno se muere.
Guardando distancia,
respetuosos de un orden
callado y célibe,
que nos regresa al silencio;
el que resulta del tiempo
coincidiendo,
por fin,
consigo mismo;
justo en ese segundo
que dura toda
la eternidad.


Muerte

La muerte está en todos lados
menos en ella misma.
En ella no hay oscuridad,
ni soledad.
Tampoco allí descansa nadie.
No existen días grises
ni caracoles
lentos.
Ni hablar de la desgracia
que es la ausencia de gracia.
En la muerte nunca llueve
ni deja de llover.
No está Hugo.
Etcétera.
No, la muerte no es la morada final
de todas esas vidas
y nada nos aleja más
de ella
que su propio
nombre.


Destinos

Llego a la esquina
y me detengo ante
un grupo humano benigno.
Conversan.
Arriba las nubes
dibujan formas olvidables.
Creo entender que intercambian
algunas ideas de cómo llegar
a un sitio de la manera más efectiva
y al cabo de unos minutos
logran ubicar la representación
de su júbilo
en un mapa.
Prosigo.
No tengo ese problema,
soy, a diferencia de las nubes,
pupilo en mis propias
redundancias.


Hallazgo

Hallan indicios de la existencia
de la tarde de ayer.
Según han afirmado
la tarde de ayer pudo
haber existido “tranquilamente”
y luego haberse extinguido
paulatinamente hasta
desaparecer por completo.
El fenómeno
–dijeron–,
en apariencia imperceptible,
ha sido
especialmente verificable
desde la playa y
desde los balcones,
incluso con los ojos cerrados,
así como también
dentro del silencio
que en ocasiones impone
la habitual incomodidad
de uno mismo.


Ortodoxia

Dos calandrias merodeaban
desde hacía algún tiempo
en mi cabeza.
Una tarde más silvestre que común
decidí hacer algo con ellas
y las imaginé posadas
sobre una parra repleta de uvas
y de sol.
Luego,
por fin,
las dejé volar
y entonces apenas
si lograron estas aves
en mi vuelo
desenvolver algo del orden
de su concepto.


Confites

Me pregunto por qué
nunca di con su tan
particular versión
de la felicidad.


Principio

Definitivamente,
las cosas son y
no son.

Fuente: Apuntes sublunares, libro inédito. Gentileza de Guillermo Ariel Seminara.

Guillermo Ariel Seminara nació en La Plata en 1965. Estudió en la Universidad Nacional de dicha ciudad (UNLP). Es Licenciado y Profesor en Comunicación Social. Su área de especialización es la semiótica. Ejerce la docencia y la investigación. También escribe cuentos y poemas; mucho de éstos se hallan dispersos en páginas virtuales. “Apuntes sublunares” es el título de su primer poemario, que aún permanece inédito. Desde 2002 reside en Barcelona. Para leer más textos de su autoría pinchar el siguiente enlace: https://www.facebook.com/ApuntesSublunares/

Foto: Guillermo Ariel Seminara. Fuente: gentileza de Guillermo Ariel Seminara.

martes, 7 de junio de 2016

Alfredo Benialgo


Taller de Alicia

Escribo una novela.
Releo otra.
Escribo un cuento.
Corrijo el de la semana anterior.
De este pantano de palabras
se levantan columnas de vapor
de vez en cuando.
Algunas, me dicen, son poemas.


Sara

Vi, de la ventana,
cuatro luces titilando.
Volaban en la ribera de la noche.
Orlaban el cuerno de la luna,
la oquedad de la piedra,
la espuma de la fronda.
Dije: son cuatro luciérnagas
escapándole al frescor de la noche.
Dije: son cuatro rubíes
replicando el fulgor de la luna.
Dije: son las lágrimas
de un ángel.
Dije: son las cuatro letras
que forman tu nombre.


V

Había un cerco de madreselvas.
Parece un invento tanguero decir
que en la casa de mi madre
había madreselvas.
Pero las había.
Y una pileta de lavar la ropa
como en un verso de Carriego.
Pero la había.
Y macetas con malvones.
Y ella, mi madre,
que se secaba las manos
en el delantal.


VI

En el patio de mi casa había una parra de uva chinche
que mi viejo cuidaba como una tejedora.
Trenzaba las ramas en la época precisa.
Lo que sobra se corta, me decía.
Que los racimos nunca se malogren,
que la sombra jamás se despareje.


VII

¿Qué pedazo de mármol griego, qué hoja de laurel,
qué jirón de toga, que gota de hidromiel,
vino a caerse del Olimpo y pegarme justo en la cabeza
para decirme que ya no tengo miedo?


Tía Blanca

Todos tenemos algo que callar, querido,
me dijo con el mate en la mano.
Nadie hizo nada por hacerme feliz.
A nada dije que no,
a todo dije que sí.
Como dice esa canción estúpida de Julio Iglesias:
me olvidé de vivir.


VIII

Hoy, sábado cinco de marzo, km 214, ruta 226,
un auto rojo en la banquina partido al medio,
un camión atravesado en la ruta,
una mujer rubia hasta el destello
sentada en el borde del asfalto con la cara
roja de sangre,
un tumulto de brazos deteniendo a una criatura de ocho años
que grita y quiere sacar del auto rojo
el cadáver desbaratado de su padre.
Imágenes de una tarde horrible,
a cincuenta kilómetros de una ciudad llamada Azul.


IX

Diestro,
arma un cigarrillo frente a mí.
Es mi hijo.
Es jueves.
Es un octubre quebrado de revelaciones.


X

Sobre la mesa estaba aquel vino
que palpitaba en la copa como el sexo de una mujer.
Antes de beberlo había que aguantar el discurso de un experto.
Yo no recuerdo otra cosa que el sabor.

Fuente: gentileza de Alfredo Benialgo.

Alfredo Benialgo nació en La Plata en 1951. Es  Licenciado en Geología y trabaja en el Centro de Investigaciones Geológicas (CIG, CONICET - UNLP). Escribe novelas, cuentos y poemas. Su obra narrativa publicada incluye: Cuentos dañinos y maledetto amor (2006), Calculando con Gloria (2012) y ¡Mamá Boom Boom, tire ese avión! (2012). Relatos suyos fueron recogidos en varias antologías, entre ellas: Diez Narradores Regionales (1996), Juegos Florales Nacionales San Francisco (1998), Letras de Oro (2001), Certamen Literario Nacional del Inmigrante (2002), Primer Concurso Nacional de Cuentos Históricos (2003), Antología del Club Platense del Horror y el Misterio (2003), Colección Negra I (2007) y Colección Negra III (2012). Su novela Una mujer somalí fue seleccionada finalista en el Certamen Internacional de Novela Clarín 2015. Algunos de sus cuentos se hallan publicados en la página web de la Embajada Argentina en Francia (http://www.efran.mrecic.gov.ar/node/19086). Dirigió la revista 1000 Palabras y, actualmente, dirige la editorial La Terminal Gráfica. Los poemas publicados en esta página son inéditos.

Foto: Alfredo Benialgo. Fuente: Facebook.

lunes, 30 de mayo de 2016

Azucena Salpeter


Lo que no vemos nos ve

Descubre mis ojos y miraré las maravillas de tu luz
Salmo 119-18

De pronto
se abre una flor detrás del ojo,
un cuarzo
que nadie, ni Linneo, es capaz de describir.

Para papá, el constructor,
la flor es un puente con ventanas redondas
como las del barco que zarpó de Trieste.
Para mamá
es un idioma extraño
que le tocó develar pacientemente
entre sábanas y acordes de violín.
Y así para el resto del mundo que levanta vuelo en los andenes
cada uno, a su manera, con su flor.

Es así como Dios pasa por el hombre.


Afuera el mundo no es legible,
gente con paraguas nos mira desde la orilla

De vez en cuando
a mi padre se le escapaba una lágrima
y era una voz espesa
en la sopa

de vez en cuando veía a Dios

un albañil con la ropa manchada de cal
y manos fragantes
como la leche que bebíamos al pie de la vaca

sólo quiero saber
si mi abuelo David
tenía visiones tan inútiles y grandiosas

de vez en cuando a mí también
se me cae una lágrima


El poeta muere

El poeta muere sin rezar
como quien lleva a los chicos a la escuela

Muere de muerte imperceptible
como quien está de paso por el mundo
por fragmentos
sin ninguna certeza
delgadísimas láminas de un árbol de cristal
entre el Éufrates y Tigris
todo es transparente en esa franja
entre sus brazos ojos piernas
en la distancia entre una silla y una mesa
todo es transparente sin motivo y fugaz
como un beso
como pisadas en la arena que lleva y trae el mar

Así la arena vuelve al interior de sus pensamientos
las pisadas al interior del mundo
hecho de materia oscura y olvido

El poeta muere sin rezar
entre el Éufrates y Tigris
tierno y levitado como quien despierta y va a la escuela

cree firmemente que ésa es la Tierra Prometida.


Encuentro con Alfredo Veiravé

Fue un domingo al mediodía
de ésos en los que uno camina con el alma inacabada
Alfredo estaba sentado bajo los peces transparentes
del zamuú, yuchán o palo borracho
árbol originario de las estaciones ferroviarias y las despedidas
tecleaba en su máquina de escribir
una Remington altísima de los años 70
con letras recién emergidas del tóhu vabóhu
y eran soles en la voz de Chavela Vargas.
No me vio
de tanto en tanto despejaba las moscas del yuchán
los falsos rumores sobre el dólar y los levantamientos militares
disimulaba así, con su ojo de búho
cualquier duda sobre los cálculos de Copérnico
y los vestidos de seda de la muerte.
Por su hombro izquierdo marchaba la soledad de las hormigas
que “delicadamente transportan grandes piedras para las pirámides de los faraones”
de su hombro derecho subía el palo mayor del philodendron
-del griego philo: amar, dendron: árbol-
con su vela a barlovento
prueba de que nos salvaría a todos
a pesar de la caída de los grandes imperios.
De pronto, una de esas “flores ebrias de orquídeas”
le estampó un sonoro beso en la boca
y ya no lo vi más
o sí, al menos vi sus sombra de Orfeo:
se paró arriba de la silla y extendió los brazos
“estoy vivo”, dijo.


Marcas de lápiz en el marco de la puerta de la cocina

para Emilia

como esas patas de gallo que se hacen en las comisuras de los ojos
que demuestran que la vida es bella
así las rayas que trazamos
para crecer
el equivalente de un pergamino de versículos
enrollado en nuestro interior
y que intentamos deletrear:

aquí, cuando ibas al jardín de infantes
aquí, después de la fiebre
que fue como cruzar el Mar Rojo
aquí, a los 10 años
cuando curamos las heridas
de un dibujo mal hecho,
ésta, ahora, que me llegás a la cabeza, estamos iguales
vos con tu cabeza llena de flores
yo con mi cabeza llena de manos para cuidar tus flores.


Una taza de té a medio beber sobre la mesa

me recuerda al éxodo
un trozo de pan y siete granos de pimienta
me recuerda al borde cachado de la libertad

el son del andar de las jirafas
me recuerda el movimiento de los planetas
un séptimo color invisible
me recuerda el país de ninguna parte

en el borde de ninguna parte
gira un nómade en blanco y negro
con una fotografía entre los dedos
lee el rostro invierte la imagen desacomoda el nombre
la fecha y la taza de té sobre la mesa

al menos rescata el número Pi

el número de 216 dígitos
me recuerda que sólo los pastores
conocen el rugir del león.


La escala de Jacob

Bajan con grúas
alef escaleras cuerdas cristales de cuarzo ladrillos de la creación
no les prestamos atención
y olvidan lo que venían a decir

sólo el dedo de un niño pregunta
sigue el derrotero de rayas y manchas azules sobre la mesa del cielo de los olivos

ellos lavan y cepillan
suben las ruinas en grandes recipientes rotos
a la manera de alas
y el día se vuelve más claro
la mano en estrella del padre bendice
pregunta bendice
recuerda un momento y olvida

la rueda de la escala de Jacob gira
el mundo sigue siendo campo minado.

Fuente: gentileza de Azucena Salpeter.

Azucena Salpeter nació en Formosa el 9 de noviembre de 1942. Desde 1957 está radicada en La Plata. Es médica, poeta, narradora y pintora. Publicó: El pescador de sombras (poesía, 1979, sello de honor de la SADE), Y el cielo sonrió (poesía, 1989), Las puertas del cielo (poesía, 1996, premio bienal profesor Dr. Pedro Laín Entralgo) y La mitad del cielo (novela, 1998, premio Mercosur). Los poemas publicados en esta página son inéditos y fueron escritos en los últimos tiempos.

Foto: Azucena Salpeter. Fuente: Facebook.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Gustavo Caso Rosendi


Estoy saliendo. Algo hace fuerza, algo
que no soy, me ayuda, me destierra.
Alguien dice es un varón.
Alguien me recibe.
Su pecho es agrio.
Bebo lo cuajado.
Vomito.
¿Qué estoy haciendo aquí?
¿Quién ha osado despertarme?

Mi territorio ha ido a parar a la basura.



La noche se engendra en sus ojos.
Sus dedos trituran arroces. Es como
un molino que no puede dar nada.
En el susurro del rezo, las manos le tiemblan
como si disparara una ametralladora.
Dios me castigará, piensa, nos castigará a todos.
Afuera, llueve.
No habrá diluvio, al menos esta vez, aunque
ella quisiera que se termine el mundo.
No puede tener otra cosa entre las manos
que el pobre rosario y una colección de
espantosas estampitas.

Se ha muerto hace ya tiempo; aunque sigue ahí,
sentada, esperando el azote que la redima.
Absolutamente convencida de que la vida
no ha servido de nada.

Y yo me voy –no se da cuenta–.
Nunca fui un santo. Sólo pretendía
ser un hijo. Pero no pude.



A Nelly Pacheco,
  a Jorge y Oscar Arballo

¿Te acordás cuando me decías
que el río era peligroso mientras me tiraba
en ese pozón y me aguantaba tanto ahí abajo
que te llevaba a pensar que no saldría
y vos mirabas hacia todos los lados del remolino
y te desesperabas como si mi actitud hiciera que nunca
hubieras sido madre más que de una espuma amarillenta
que se iba disolviendo en la corriente?
¿Y te acordás cuando salía como un pez que nunca antes
nadie hubiera visto y vos eras feliz
porque no me habías perdido?

¿Te acordás cuando ibas en busca
de una toalla y me envolvías?



A Carlos Aprea

Estás deshidratada, me dicen.
Al lado de tu cama un fierro de esos
que sostienen al suero, pero sin suero
está cuidándote.
Te riego como si fueras una planta.

¿Te acordás –me decís, entre dientes–
aquel día en que viniste a casa con tu bolso
y no parabas de llorar?
–Sí, cómo olvidarlo. Puse mucho de mí
para salir de eso. De lo contrario tu ayuda
no hubiera servido para nada.
¿Pero qué estás poniendo vos, ahora?

Cuando arranco miro los árboles de la cuadra.
Verdes, muy verdes, sacudiéndose en el frío.
Ellos sí que saben arreglárselas.
La vida es tan sencilla, tan elemental,
tan poderosa en su pulsión.

Pulsión. Esa es la palabra que debería
haber colgado de ese fierro
para que se quede ahí con vos
todo lo que dure este domingo.



Llevo una pala invisible.
La dejo en un rincón, para luego besarte.
¿Pero por qué siempre el que ha besado
fue uno solo, mamá? Mis mejillas también
de alguna manera están enfermas y esperan
que vengas todavía a caballo del cuento
que nunca me contaste.

Te miro como lo hacen los buitres,
desde una rama alta y retorcida.
Van a darte de comer.
Cada vez que van a darte de comer, me voy.
Me agarra el miedo y no me suelta.
No quiero verte comer así
como lo hacés ahora.
Pareciera que estás comiéndome.

Miro al rincón. No sé si dejar la pala
o llevarla conmigo.
Me la llevo.
Sin ella no sabría de qué manera salir.
Ni cómo regresar.



El destino de estas rosas
no era otra cosa
que dejártelas
en la tierra removida.
Por eso las compré.
Ya estaban cortadas,
moribundas.
Fue para darles algún tipo
de sentido; no por vos.
Fue por las rosas, mamá.
Tuve mucha pena por ellas.
Vos entenderás.

No estoy llorando. Sólo tengo
estrellas en los ojos.

Fuente: Lucía sin luz, Gustavo Caso Rosendi, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2016.

Gustavo Caso Rosendi nació en Esquel, Chubut, en 1962. Reside en La Plata. Publicó los siguientes libros de poesía: elegía común (edición artesanal, 1987), bufón fúnebre (Último Reino, 1995), soldados (Ministerio de Educación de la Nación, 2009, reeditado este año por Último Recurso) y Lucía sin luz (Ediciones El Mono Armado, 2016). Cabe agregar que la primera edición de soldados incluye un cuadernillo anexo para uso pedagógico en las escuelas como material destinado a la capacitación de docentes en temáticas relacionadas con la memoria crítica de la historia argentina. Poemas suyos figuran en varias antologías, entre ellas: El viento también recuerda (compilación de textos de ex combatientes de Malvinas, Último Reino, 1996), 8 poetas regionales (Editorial Vinciguerra, 1997), Poesía 36 autores (La Comuna Ediciones, 1999) y Naranjos de fascinante música (Libros de la Talita Dorada, 2003). En 2000 grabó junto a Martín Raninqueo el CD titulado Poemas. Acerca de Lucía sin luz, escribe Leopoldo Castilla en la contratapa del libro:

Hay poesía –y no es demasiada ni frecuente– que se impone por su implacable desnudez. Como una espada. Este es el caso de Lucía sin luz este nuevo libro de Gustavo Caso Rosendi donde se consolida, con igual certeza expresiva, un lenguaje impulsado por una conmoción interior que, aun en los cuadros más feroces, no cede a fáciles efectismos. Ni claudica en su alta tensión.
Estamos ante una voz con un perfil inconfundible que hace de Caso Rosendi un nombre en la primera línea de la poesía de su generación, calidad que ya se vislumbraba en soldados, libro en el que recogió la experiencia de los combatientes en la guerra de las Islas Malvinas.
Atraviesan estos poemas tallados en carne viva, un racconto de despedida con la madre y un monólogo del hijo. Y son simultáneos la muerte de ella y el nacimiento de él. Los versos no se permiten ninguna concesión que viole su certitud: No más nacer la criatura, dice: “Mi territorio ha ido a parar a la basura”. Y después, frente a la madre yacente: “beso tu mejilla como si besara tu lápida”.
Un discurso directo en el que verso a verso el lector es vulnerado por golpes de despojada hondura en un conjunto de alto y claro talento.

Foto: Gustavo Caso Rosendi. Fuente: Lucía sin luz, Gustavo Caso Rosendi, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2016.

jueves, 28 de abril de 2016

Norma Etcheverry


Cuadernos del agua

Yo me escudriñé a mí mismo.
                              Heráclito

1

Entrar al mar dejar
a la orilla
los restos del mundo
las formas de lo pequeño
tanto ruido,
crecer con el oleaje
llegar hasta el fondo del tiempo
silenciar los detalles que hacen a los hombres
diferentes
las miserias el olvido
entrar al mar
dejar afuera lo corrupto
la carne las ideas los deseos
llevarse sólo la impronta
del animal acuático que fuimos
alguna vez
volver
a ser de agua flotar

como si fuera latir
eternamente.


2

Debí quedarme en casa no salir
al camino la tierra se partía en dos
bajo la mesada el fuego
donde las cacerolas crepitaban
¿era un pequeño infierno o era
el lecho de Ariadna?
No debí jamás espiar por la mirilla y ver el mundo
aunque eso sucedió mucho antes
del enigma
algo sucedió entre las carnes del océano
que  resultó asfixiante
hice un tajo consciente con mis uñas de feto y rasgué
el velo oscuro
y vi todo
y ya no pude volverme ciega
y quise ahogarme
y no pude
dejé de respirar y aun así la vida
me aspiró desesperadamente
a causa de la muerte.
Elegí las palabras como un maleficio
“me quedaré en tu abrazo para siempre
ciega para siempre” pero ella me expulsó
de la tibieza 
entornado el ojo en la curiosa desfachatez
del lenguaje
volvió a enhebrar filosas palabras en mi lengua.
Su abrazo me dolía y sin embargo eran mis propias uñas
escarbándome el alma.

Debí quedarme al calor de las hornallas
cocinar con especias sabores de este mundo
ordenar mi cabeza con tinturas fosforescentes
y flores
amar la luz artificial

pero no pude
no pude ser más fuerte que yo misma y me lastimé
las manos y los pies hasta saltar el cerco de la superficie
y caer
hace tanto tiempo que caigo en la cuenca ilusoria
lo deshabitado me rodea 
un soplo de materia me retiene en este laberinto
adonde
nunca
doy con el fondo de mí.


3

Si vas a nadar que sea en aguas profundas
no golpear en la vana superficie
sí flotar de cara al mundo
saber exactamente en qué punto lanzarse a pique
aventurar el cuerpo en medio del espasmo
apartarse en la cresta de la ola
y disfrutar a pleno la marea
del acto y su contorno.
Es imprescindible fundirse al sol en la profunda
noche
y regresar de cualquier modo más tarde hasta
la playa.
Nadar, nadar... ¡qué plenitud!
nadar, nadar… ¡qué tristeza!

Si vas a nadar
que sea en aguas profundas
y hasta no poder más,
hasta tenderse
a la orilla del mundo y acabar
liquidado.


4
Kay                                                                                                            

(a Ignacio Martín)

Enterramos al viejo perro negro una tarde de marzo.
Llueve ahora sobre ese montículo de nada
caen gotas como esquirlas que salpican fotos donde la casa
era una casa en construcción. En el retrato,
se ve al niño, pequeño, colgar en un extremo del brazo de su padre.
Al otro lado, un cachorro de pelo renegrido luce un flamante collar
de color rojo. Atrás, el níspero y el manzano crecen en la espiral del tiempo.
Hojas vecinas del otoño temprano se doran en el suelo del parque, al calor
del hogar en crecimiento.
Olores  de comida, guisados del invierno, parrillas del verano, los amigos,
el niño que juega mansamente, detalles más,  detalles menos, se escabullen
del cuadro.

El perro negro y manso que acató las tormentas duerme allí,
en larga sombra las noches del silencio. El perro negro que tuvo
un nombre pequeño: “¿Cai eso mamá?” Eso era el perro negro.
y eso  fue Cai, o Kay. El perro.
¿Qué es esto? debería preguntar yo ahora frente a este pozo adonde han
ido a dar sus huesos.
El cachorro, como el amor de la vida entera,  ya no es nada y cada  nueva  lluvia
lo aleja de todo lo que ha sido. La historia, la lluvia, nos hacen, nos deshacen.
Así el perro negro se diluye en el parque.
Pero ha dejado un flamante collar rojo
lleno de recuerdos que se echan a mis pies.
Su espíritu deambula por el patio
vigila que el niño se haga hombre,
custodia que la casa esté clara, y sobre todo,
que yo no pierda la memoria.


5

No querer saber.
Ya no querer saber.
Terminé de copiar los deberes
sobre el último punto,
el de la resolución contra la muerte.
Un frágil equilibrio
hace que las cosas mundanas
y la lucidez
permitan ver
lo pequeño humano y su belleza.
No querer saber,
Ya no querer saber más
sobre lo verdadero que yace
en el corazón del lenguaje.
No querer saber
ya no querer saber más nada.
Hay
un delicado puente entre el conocimiento
y la ignorancia
un detalle mínimo y mudo
a los pies de la palabra.


6
El Círculo Polar

Sabés que estoy cuando la luna llena
pero la nada.
Minä ollen
Sinä ollet
pero nada.
Viajaré a Finlandia.
Aprendo ese extraño idioma
para extrañar todo de mí cuando viaje a Finlandia.
Näkemiin.
De alguna forma siempre
lo blanco me persigue.
Moikka será, entonces,
la palabra.
Menos mi mente
todo lo demás
vuelve a estar en blanco
cada viaje cada vez
el mismo
círculo polar.


7
La Habana ocho aeme

Me despierto en La Habana ocho aeme,
hora local.
Malditos gallos que entraron a mi sueño desde la madrugada
y no he vuelto a cerrar los mismos ojos que ahora abro
definitivamente.
Adivino en las sombras las piezas de bronce
que penden sobre mi cabeza. La araña desde el techo
da una pista sobre el sitio del mundo
en donde estoy.
En La Plata –deduzco–, serán las diez de la mañana
y el celular ha muerto.
En la casa de Patria respira Rogelio,
viejo General de la Revolución. Entro a la cocina
con privilegios de clase
ganados a la Historia: horno eléctrico, variadas hornallas,
lavarropas automático, y sobre todo,
generosos frascos de azúcar de la buena,
plátanos abundantes,
pan.
Con el café humeante subo a la terraza
por la escalera roja de caracol,
arriba me espera la ciudad somnolienta… los gallos…
los automóviles
con sus pequeños rugidos de gasoil
los bidés-maceteros me miran desde el borde
y se burlan de mí con sus ojos de ramas.
Cómo se me ocurre pensar (ahora mismo)
que no hay bidés en los baños de Cuba. Sí en los jardines,
las terrazas,
los rincones del arte (lo utilitario transformado en objeto artístico):
la palabra artefacto me examina cuando el formalismo ruso
despunta la
mañana.
El café, la sal marina, el sol, detalles que se mezclan
de cara al Malecón. (Otro sí digo: “ostranenie”, amigo Víctor,
palabra fundamental en cualquier caso que uno despierte
lejos de casa, lejos
de los objetos amados).
Desde la terraza de Patria apuro el último trago,
espío los tendederos obscenos,
las intimidades de los vecinos de El Vedado.
Por primera vez soy consciente de los límites,
de la “terrible circunstancia” del mundo entero
en otra parte que no es acá.
Miro bajo de mí: la oficina municipal con su gentío agobiante,
el murmullo que no cesa, el mismo
que ha subido temprano hasta mi cuarto
cuando los gallos dejaron de cantar.
Un cansancio físico me invade, años de revolución y de bloqueo
me obnubilan
¿cómo se sobrevive en la nada? ¿cómo se sobrevive todos estos años?
“Recreándonos”...
la voz de Tania vuelve desde ayer, en su casa de Mantilla,
entre el arroz y las mariquitas.
Le he dicho que me encantan las mariquitas,
¡ah, plátano generoso!
“si hasta hemos hecho paté con su cáscara… ¿te lo imaginas?”
dice, y luego ríe, y luego canta.
El cielo de La Habana en la terraza de Patria cae
pesadamente sobre mí…
un ligero mareo me gana, tal vez el mar…los dientes del Caribe…
el avión que me trajo hasta perderme.
En La Plata mientras tanto serán las diez aeme,
otro día más sin conexión.
Los gallos, la distancia, todo lo que en los viajes
se gana o se pierde
todo lo que en los viajes queda
para siempre
en algún lugar.

Fuente: Cuadernos del agua, libro inédito. Gentileza de Norma Etcheverry.

Norma Etcheverry nació en Ranchos, Provincia de Buenos Aires, en 1963. Desde 1981 reside en La Plata. Es periodista. Publicó cuatro libros de poesía: Máscaras del Tiempo (1998), Aspaldiko (2002), La ojera de las vanidades y otros poemas (2010) y La vida leve (2014). A ellos debe sumárseles el cuadernillo Lo manifiesto y lo latente (2011), incluido dentro de la colección Cuadernos Orquestados, dirigida por Abel Robino. Además de haber participado en numerosos festivales de poesía, dentro y fuera del país, este año estuvo en la Feria Internacional del Libro de La Habana, donde presentó La isla escrita (2015), una antología de 35 poetas cubanos que preparó a la vuelta de su anterior viaje a Cuba. Poemas suyos fueron traducidos al francés, portugués y euskera. Figura en varias publicaciones compartidas.

Foto: Silvia Montenegro, el poeta cubano Pierre Bernet Ferrand y Norma Etcheverry en La Habana,  2015. Fuente: Gentileza de Norma Etcheverry. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Diego Roel


San Menas de Alejandría
(11 de noviembre.  Padre del desierto. Anacoreta, mártir y taumaturgo)

Delante de un ícono de Santa María
mi madre rogó al cielo que le otorgara descendencia.

El ícono dijo: “Amén será su nombre”.

Desde ese día escucho el paso sigiloso de los ángeles,
la lenta caída en la temperatura de la muerte.
Desde entonces veo el giro de la luz,
la velocidad de Dios sobre los cuerpos.

Delante de un ícono de Santa María
mi madre rogó al cielo.

Amén es mi nombre.



Amma María
(Hermana de san Pacomio. Fundó los primeros cenobios femeninos)

Me sacude el viento del Señor.

Estoy parada en el lugar del exterminio:
mi almohada es la piedra del camino.

Yo soy la santa de ojos torvos y cabellos hirsutos.
Soy la que olvida las señales del regreso,
la que incuba en la mirada
los huevos dorados del crepúsculo.

Soy la que duerme sobre el filo de la espada.             



Santa Pelagia de Antioquía
(8 de octubre. Ermitaña. La apodaban la Venerable)

Un día me hablaron de un Dios que bajó del cielo.
Me dijeron que una palabra de Su boca
levantaba a los muertos del sepulcro,
que Su mano detenía y desataba la lluvia.

Me dijeron que Su sangre era más dulce que la miel.

No quiero probar la almendra negra de la muerte:
voy a repartir mis bienes y mis joyas,
voy a ocultar mi nombre en un nombre de varón.

Kirie eleison, Christe eleison, Kirie eleison.

Mis pies se hunden en el borde del desierto.



Amma Domnina
(5 de enero. Anacoreta en Siria)

Olvidada por los hombres,
lejos de las ciudades y del mar
repito día y noche:
Santo, Santo, Santo.

Mi cuerpo es una herida interminable.

Me rodearon las bestias del desierto:
¿quién salvará mi alma?

Me rodearon y asediaron las sombras:
¿quién romperá el lazo de la muerte?

Olvidada por los hombres,
lejos de las ciudades y del mar
riego con lágrimas el suelo,
espero la preciosa semilla.



San Simeón el Loco
(1 de julio. Patrono de los santos locos y de los titiriteros)

Yo dormí junto a los dendritas en el vientre de los árboles.
Me senté en la orilla del desierto y mastiqué el aire
con aquellos que buscaban la inmovilidad absoluta.                      
Yo caminé días y noches con los acemetas:
los ojos en blanco, la mirada perdida en la espalda de las cosas,             
la cabeza clavada en la pica del silencio.

Mis manos se extendían hasta el cuerno de la luna.

Ahora bailo desnudo en la plaza de Emesa,
abro los ojos de los ciegos,
bendigo a las prostitutas y a los locos.
Llevo en mi cuello la inmundicia de los hombres.



San Onofre
(12 de junio. Protector de los tejedores y de los viudos)

El Ocultísimo puso Sus palabras en mi boca,
apoyó Su lengua sobre mi lengua.

Como un potente nadador
atravieso el mar en un segundo.

En mi mirada cabe el latido del incendio,
la entera manada de la luz:
veo la curva donde se quiebran las vasijas,
el punto donde la vida inicia su larga fuga invisible.

El que ata y desata las sandalias de la noche,
el que arranca el asta de los unicornios,
apoyó Su lengua sobre mi lengua.


San Simeón estilita el Joven
(24 de mayo. Hijo de santa Marta. Discípulo de san Juan estilita)

El paisaje aquí
es como una herida en la frente.

Pasan los hombres.
Pasan los hombres que entierran a los hombres.

El viento trae
un palmo de sol hasta mi cara.

Hace años que observo
lo que muestran y ocultan estas piedras:
la abierta herida de la luz,
el balbuceo secreto de las cosas.

Abba, ¿quiénes abren las puertas?



Amma Eufrasia de Constantinopla
(Anacoreta. Taumaturga. Hija del gobernador de Licia)

Para soportar la lluvia y el viento                                     
cubro mi cuerpo con telas de cáñamo,
duermo sobre la herida de la tierra.                   

Sí, en esta cueva escapo de las trampas del mundo:
no estoy sujeta a ley alguna.

Juego con serpientes y con lobos.

En esta gruta espero la llegada del mar,
la ola de fuego de la muerte,                              
una mañana poblada de niños y caballos.



Santa Alfreda de Crowland
(2 de agosto. Hija del rey Offa de Mercia. Virgen y eremita)

En este valle en sombras
usamos un disfraz de piel de rata,
una máscara de mono.

Lo sé:
del otro lado del reino de la muerte
un hombre ve maderos en cruz
desperdigados por el campo.

This is the dead land.

Aquí las piedras levantan su edificio de cenizas.
Aquí los labios besan el polvo y se marchitan.
Aquí se alzan las voces del desierto.

Cuando la tarde declina
damos vueltas alrededor de una cisterna seca,
damos vueltas e imploramos.

Porque Tuyo es el Reino, Señor.
Tuyo es el Reino.

Tuyo es.

Fuente: Kyrios, libro de próxima aparición. Gentileza de Diego Roel.

Diego Roel nació en Temperley, Provincia de Buenos Aires, en 1980. Desde hace varios años vive en La Plata. Publicó siete libros de poesía: Padre Tótem / Oscuros umbrales de revelación (Libros de Tierra Firme, 2004, reeditado por Ediciones El Mono Armado en 2013), Diario del insomnio (Libros de Tierra Firme, 2005, reeditado por detodoslosmares en 2013), Cuaderno del desierto (Libros de Tierra Firme, 2007), Las variaciones del mundo (Ediciones El Mono Armado, 2010, reeditado por detodoslosmares en 2014), Los Jardines del Aire (Ediciones El Mono Armado, 2012), Dice Jonás (Ediciones El Mono Armado, 2015) y Vía Lucis (Ediciones del Dock, 2015). Próximamente, detodoslosmares publicará Kyrios, su nuevo poemario. Con referencia a este último, señala Gerardo Burton en el prólogo:

En Kyrios (Roel) narra, mejor dicho, dramatiza, se pone en la piel de los estilitas (Simón el Viejo y Simón el Joven; Juan; Lázaro; Daniel), habla desde la kénosis de amma Sara (“en este recodo del camino/escucho la música/la plegaria que duerme en las piedras”); desde el mensaje escatológico de Juan (“no atesoren los huesos de los mártires/escondan bajo tierra sus ataúdes./Aprendan a morir en silencio”); desde la existencia sentida como efímera de santa Emelia (“Tus manos tocan/la piedra, el agua, el fuego.//El peso de Tu cuerpo me sostiene”).
La ficción poética afirma esta situación de rechazo de los padres del desierto a eso que el cristianismo primitivo denominaba genéricamente “el mundo”, que se prolongó en los siglos IV y V. El mundo como concepto negativo y antivital asociado al cuerpo, a la carne, a lo oscuro, en fin, al abismo en que el creyente puede naufragar si su fe no lo sostiene.
Roel pone en escena las voces de estas mujeres y estos hombres que con gran belleza rozaban lo poético y las recrea. Los datos biográficos son exiguos y apenas permiten imaginar la escena: las fechas, los parentescos, las menciones geográficas, y las palabras que reproducen el incendio interior, el alma ardiendo y luchando, siempre hacia el límite, como asomándose al otro lado de los bordes de la realidad, permiten hacer una analogía. La negación del mundo de esos santos y santas puede asimilarse en nuestros días a la negación del capitalismo y de la sociedad de consumo que destruyen el mundo que habitamos. En estos poemas hay un eco político, una pequeña asimilación al cansancio respecto de las cosas e instituciones que las sociedades crean y que suponen una amenaza para la verdadera vida.
En Kyrios la religión de los padres y las madres le permite atisbar el alimento invisible que se encuentra en el desierto. No es casual que este libro comience con una cita de Rimbaud, un poeta que luego de componer los poemas más abrasadores hacia finales del siglo XIX, se despojó de su arte, proclamó que era necesario cambiar la vida y se zambulló en el desierto abisinio al final de un itinerario que enlazó Chipre, Indonesia y Yemen.
La poesía así surgida “de la confusión, la soledad y el derrumbe, nos habla de algo que no es ya confusión, soledad ni derrumbe. Porque nos habla y hace que le hablemos. Y hablar es superar todo eso, de alguna manera” (otra vez cito a Aguirre).
Todo concuerda: Roel, sus voces, Rimbaud. El desierto está más cerca de lo que se piensa. Acaso estos poemas, estas voces, sean hijas de la prédica con que Isaías anunció al Salvador. Acaso sean una tentativa donde la verdad y el error se hermanan. Y entonces, valgan sólo como tentativa. Es decir, como camino, como construcción, como indagación.
Así ya no será un saber religioso ni filosófico, sino poético, un saber que tendrá la austeridad de la poesía acunada en la intemperie. Quizás ahora habrán adquirido estos poemas su altura máxima, su profundidad más honda, su extensión más amplia, con una claridad que ilumina el pasado al que se refieren, el presente de la escritura y el ignorado porvenir.

Foto: Diego Roel. Fuente: gentileza de Diego Roel.