Con alguna frecuencia
Con alguna frecuencia me encamino
hacia mi corazón e intento darme
caza o, al menos, verme, confirmarme,
sentir que soy mi propio peregrino.
A veces doy conmigo, un desatino
absoluto, un bastón, un conformarme
sólo con adjetivos, un llorarme
con excesiva lástima, un camino
en caracol, desierto, inconducente.
Otras veces, no encuentro la manera
de encontrarme, mirarme, de repente,
en lo que creo ser, una persona
común, puro no ser, linfa, madera,
cal, duda, enfermedad que se amontona.
A Roberto Themis
Speroni
Adiós poeta, sauce, compañero,
aviador de las sílabas, navío,
adiós laurel, faisán, amigo mío,
inventor de la seda, panadero.
Adiós balcón, atardecer, madero
y redención de la palabra, estío,
honor de la cordura, desvarío,
adiós huemul, ramaje, jazminero,
fundador de las letras, voladura
de la realidad y el mundo, buzo,
niña, rubí, relámpago, blandura
de la dureza. Adiós, única suerte
del hombre, adiós fragilidad, abuso,
poema, llanto, lujo de la muerte.
Habla el último indio
No sé por qué ni
cómo sobrevivo
ni cuál es la razón
que me sostiene,
ni de dónde proviene
y me mantiene
la parte de tristeza
que recibo.
Tengo la libertad y
soy cautivo,
el corazón me tiene
y no me tiene,
vengo desde los
dioses y no viene
ningún dios a
decirme que estoy vivo.
Apenas si perduro,
si comprendo
el triste oficio de
seguir latiendo
en mitad del
silencio y el despojo.
Dadme al menos un
agua y una arena,
una ilusión, una
verdad, un ojo.
Quiero mirarme
adentro de mi pena.
El soldado de la Independencia
Anduve, desde chico, dando vueltas
por los cuatro costados del coraje
y el miedo, levantando viaje a viaje
derrotas juntas y victorias sueltas.
Desde entonces anduve en las revueltas
de la patria empujada y el gauchaje,
y entre malones y malones, traje
hijos difuntos, lágrimas disueltas,
mi caballo partido en matadura
-un luto galopando- y esta dura
costumbre de aguantarme sin quejido.
Que nadie llegue hasta mi rancho abierto.
Vivo junto a los golpes y al olvido.
Además, hace leguas que estoy muerto.
Malambo
Como un potro de furias, como un viento
óseo y desesperado, como un duro
verano vertical, hosco, inmaduro,
golpea, golpetea el sufrimiento
de la llanura, el cruel advenimiento
del hombre mineral, polen oscuro,
héroe de los caballos y el futuro,
tristemente agobiado y somnoliento.
Pero él golpea el suelo, golpetea
la fría piel del mapa, y danza, crea
su propio sexo, su pasión, su savia,
viola su sombra, estupra su espejismo.
Su mujer, sus amores son él mismo.
Y baila, baila, baila con su rabia.
Van Gogh
Aunque estoy a menudo en la miseria...
Van Gogh
Tal como corresponde a su locura,
trabaja y piensa. Piensa en algo grave,
sin duda, terrorífico: en un ave
que se engulle pintores, o en la impura
elementalidad de la pintura,
de una silla de paja, un blanco, un suave
autorretrato, un amarillo (sabe
Dios con cuál de ellos hizo su impostura
de limoneros, sol, ducados de oro,
insólitos maizales, un tesoro
enterrado en la luz, un cruel taladro
de bondad). Traza trazos, llora. Dice
incongruencias congruentes. Se desdice.
Impreca, sufre. Nunca vendió un cuadro.
Soneto para las
iniciales grabadas en un árbol
¿Qué dedos, qué suspiros, qué mensaje,
qué silencio con lilas, qué limpieza,
qué rosado mal gusto, que simpleza
son esta savia dura, este tatuaje?
¿Qué buscados crepúsculo y follaje
con nubes o palabras, qué promesa
de corazón nacido en la corteza,
qué boca y juramento, qué homenaje
son estas cicatrices, esta muerte
de vanas consonantes, esta suerte
definitivamente abandonada?
Letras que el tiempo roe como a un hueso,
máscara vegetal, gastado beso,
endurecida fe, última amada.
Las putas
Como algas lentísimas y fieles,
como ríos de pan, como pedazos
de golondrinas, suben por los brazos
de la melancolía y los paneles,
trepan por el murmullo con sus mieles
feroces y sus pálidos ocasos,
con sus temblores y los cielo-rasos
de la cursilería y los hoteles,
ascienden por los besos, se abandonan
a las monedas del amor, perdonan
nuestra insaciable sed, nuestras impuras
maneras de quererlas, oh! lejanas
y próximas, oh! dulces hermosuras,
oh! silenciosas, húmedas campanas.
Fuente: Obras completas, Gustavo García Saraví (Edición de Sara M. Parkinson de Saz), Empeño 14,
Madrid, 1981.
Gustavo García Saraví nació en La Plata el 29 de diciembre de 1920 y murió
en Buenos Aires el 19 de mayo de 1994. Durante varios años vivió en Posadas,
Provincia de Misiones, ciudad que lo declaró Huésped de Honor en 1992. Fue
poeta, escritor y abogado. Publicó, entre otros, los siguientes libros de
poesía: Tres poemas para la libertad
(1955), Monografía para mi muerte y
otras soledades (1956), Los sonetos,
(1958), Los viajes (1960), Sonetos de amor (1963), Con la patria adentro (1964), Del amor y los otros desconsuelos
(Prólogo de Jorge Luis Borges, 1968), Libro
de quejas (1972), Cuentas pendientes
(1975), Cuadernos del Ecuador
(1976), Segundas intenciones (1976),
Salón para familias (1977), Última instancia (1979), Ensayo general (1980), Escalera de incendio (1981) y Puerta de embarque (1986). Como
reconocimiento a su labor poética, la editorial madrileña Empeño 14 dio a conocer en 1981 sus Obras completas. Recibió, asimismo, numerosas e importantes
distinciones, entre ellas: Primer Premio de Literatura de la Provincia de
Buenos Aires (1952), Premio Internacional de Poesía del diario La Nación (1963), Premio Regional y
Nacional de Poesía (1974 y 1977), Premio Internacional de Poesía Leopoldo
Panero (1981), Premio José Luis Núñez (1981) y Diploma al Mérito de la
Fundación Konex (1984). En 1990, la Municipalidad de La Plata lo designó
ciudadano ilustre. De espíritu escéptico, García Saraví cultivó el soneto y el
verso libre por igual. Su pluma abordó los temas más diversos, como el amor, la
familia, la soledad, el tiempo, la vejez, la muerte, la patria, los héroes, la
injusticia social, y lo hizo, unas veces, con dolorido acento y, otras, con
ironía impiadosa. Perteneció a la generación neorromántica del 40.
Foto: Gustavo García Saraví.
Fuente: Letras N° 8, revista de la Sociedad de Escritores de la Provincia de
Buenos Aires, 1997.
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