martes, 6 de junio de 2017

Ángel Poncio Ferrando

¿Primer poeta nacido en La Plata?


Los trebejos

Inválido sofá flordelisado
que de fastidio en el desván bosteza,
circuido en telarañas de tristeza
como asmático abuelo desdentado;
que antes fuera sitial, púlpito y trono,
confesor, confidente y consejero
y, cual rey destronado, en el granero
aún sabe ser señor y darse tono,
con esa voz quebrada de los viejos,
arrítmico y con tos, pontificaba
metafóricas frases que escuchaba
boquiabierta la corte de trebejos.
Todo era calma y polvo. La polilla
suspendió sorprendida su trabajo
y el maniquí atáxico se abstrajo
ante tan estupenda maravilla:
–Vida es evolución, cambio, renuevo,
prorrumpió el buen sofá, nada subsiste
para in eternum. Todo, alegre o triste,
tiene un comienzo y un final. Del huevo,
la semilla, el esporo, hasta la tumba,
sólo hay un lapso más o menos corto:
errante estrella que ha tenido un orto,
una elipse fugaz y se derrumba.
Dioses, células, gloria, poderío,
son momentos no más de la existencia
que no tienen al tiempo otra adherencia
que al río las ramas que se lleva el río;
pero la vida en sí, la vida misma,
que es energía, impulso, progresión,
impertérrita, cruel, sin emoción,
a todo da vigor y a todo abisma.
¿Murió el rey? ¡Viva el rey! Y todo pasa.
Ni el minuto ni el siglo dejan huella.
La vida más notable, la más bella,
rueda en la vida sin que quede traza.
¿Murió el rey? ¡Viva el rey! La ley eterna
no se ocupa de esas nimiedades.
Indiferente rige las edades
sin consultar jamás lo que gobierna.
Yo fui nogal fecundo hasta que el hacha
me abatió, luego adorno de una sala
toda luz, toda lujo, toda gala
y hoy ocupo un lugar de esta covacha.
Y lloro mis recuerdos de ventura.
Mañana seré leña y seré fuego...
El destino me empuja y a él me entrego
hasta dar, como todo, en la basura.
Y vosotros, bártulos oyentes,
que os asombráis de oír que filosofo,
haced cual yo, que del vivir me mofo:
filosofad también indiferentes.
No toméis por lo trágico la vida,
ni os forjéis esperanzas o ilusiones;
más felices seréis sin corazones
en esta larga ruta indefinida.
Convenceos que sois pasos, peldaños
en maremágnum, arlequín informe
de una escalera interminable, enorme
por donde pasan sin cesar los años.

Dijo y calló vencido bajo el peso
de su propia sentencia.
La polilla
reemprendió su roer y, en la bohardilla,
estalló un amplio, colosal bostezo.

(1912)


Sale el tren

La estación, hirviente
de gente.
La hora se acerca y todo se apura,
parece una selva que al viento murmura.
Desfilan paquetes, cajones, baúles...
Van en carretillas y hombros sudorosos.
Mil nombres se cruzan. Pasan Sinforosos,
Marías, Rosarios, Rupertos, Raúles,
y cien otros más.
Se aprietan, se empujan, se esquivan, se ignoran...
Pasan conocidos... Pasan los demás...
Unos se sonríen, mientras otros lloran.
“¡Adiós...! ¡Hasta pronto...!
¡Vamos, no seas tonto...!
¡Escriban...! ¡Buen viaje...! Recuerdos... ¿Te vas?”

Y es un maremágnum de idiomas y trajes
y voces distintas,
pues hay pasajeros de muchos plumajes:
rusos de levita, franceses de pera,
turcos bigotudos, fascistas (de cintas,
llevan la solapa como una bandera),
españoles, yankees, ingleses, letones,
dos o tres criollos
(el chiste político, la última carrera),
chiquilines, viejos, rudos mocetones,
algunas matronas que, como repollos,
cuidan de unas chicas como salsifís...
Y, en el rumoroso bullir de la espera,
parece la máquina decirles: ¡Chis...! ¡Chis...!

Ya falta un minuto. El adiós se activa.
–¡Por aquí!
–¡Ya sale!
–¡Subamos!
–¡Arriba!
Se alzan los cristales de las ventanillas...
El último beso... La última mirada...
Una que otra lágrima que rueda callada
por las sonrosadas o viejas mejillas...
“¡Caras y Caretas! ¡El Hogar! ¡La Prensa!
¡El Mundo! ¡Nación!”

¡Momentos de angustia, momentos de intensa,
fraternal, sincera, última emoción!
El jefe –de gorra– toca la campana:
tan... tan... tan... tan... tan...
El guarda –gallego– los brazos agita,
flamea un trapo verde, como banderita
y, desde allá lejos, se le ve venir.

¿Listos? ¿Vamos? Fiiiiiiii
La caldera hierve. La hornilla crepita.
Muestra el maquinista su rostro un momento
(rojo, negro, sucio) a la multitud...
Baja una manija, hace un movimiento...
Y, de pronto: Uuuuuuu

La máquina tose y estornuda: ¡atchís!
Las ruedas patinan... se afianzan... se anudan...
Pañuelos, sombreros y brazos saludan...
El tren se conmueve... y se va.
Chis... chis...

(1930)

Fuente: Prosa y verso, Ángel Poncio Ferrando, Edición de homenaje publicada por sus amigos, La Plata, 1949.

Ángel Poncio Ferrando nació en La Plata el 19 de noviembre de 1887, día en que la ciudad celebraba el 5° aniversario de su fundación y por cuyo patrono recibió el nombre de Ponciano, el cual se transformó familiarmente en Poncio. Próximo a cumplir los 61 años, murió en la misma ciudad que lo vio nacer el 5 de agosto de 1948. Ferrando fue médico, narrador y poeta. Estudió en la Escuela Normal, dirigida por la recordada Mary O. Graham, en el Colegio Nacional Rafael Hernández y en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. En 1908 ingresó como practicante ad honorem en el hospital neuropsiquiátrico de Melchor Romero (entonces denominado Hospital General de la Provincia de Buenos Aires), en el partido de La Plata. Allí conoció a su director, el Dr. Alejandro Korn, destacado médico y filósofo, de quien se haría amigo en poco tiempo y a quien acompañaría en su lecho de muerte como médico de cabecera. Tras su paso por el hospital de alienados, se trasladó a la ciudad de Córdoba, donde completó sus estudios de medicina con el padrinazgo del mencionado Dr. Korn. Su primer destino como profesional fue la colonia agrícola de Oncativo, en la Provincia de Córdoba, que le inspiró el poema titulado “Oda a Oncativo”, cuyos versos no dejan bien parados a sus habitantes: Pueblo estómago, pueblo bolsillo,/ llenar ambos es tu única ambición./ Eres bueno, eres plácido y sencillo,/ pero te falta corazón./ (...)/ Salvándote la lluvia, la seca te anonada/ y del cielo ha de llegarte alguna de las dos./ Después de sembrar ya no tienes que hacer nada:/ ¡Tu cosecha ha quedado en las manos de Dios!/ (...)/ No te importa la política ni el gobierno./ Lo mismo da demócrata que radical./ ¿La religión? ¿La patria? ¡Un cuerno!/ ¡Venga el dinero que es internacional! En 1930, Ferrando abandonó Oncativo para radicarse definitivamente en La Plata, donde estableció su consultorio y pasó a formar parte del cuerpo médico del Hospital Italiano. Muchos antes, el 24 de enero de 1917, había contraído matrimonio con María Luisa Cobanera. En la función pública, supo desempeñarse como médico inspector de la Dirección de Higiene de la Provincia de Buenos Aires, pero pronto fue dejado cesante por oponerse a prácticas políticas deshonestas. Otra prueba de su intachable conducta la dio cuando fue expulsado del Jockey Club por exigir, con un grupo de socios, mayor transparencia en los manejos de dicha institución. Paralelamente a su actividad profesional, Ferrando escribió y publicó en diarios y revistas numerosos poemas y textos en prosa, algunos de los cuales fueron recogidos por sus amigos y editados poco después de su muerte con el título Prosa y verso. Este libro, impreso en la primera quincena de junio de 1949 en los Talleres Gráficos “El sol” (calle 49 N° 729, La Plata), consta de 133 páginas, incluye dos fotos del autor, una nota preliminar y está dividido en dos secciones: la primera reúne siete textos en prosa de distinta índole y la segunda, veintitrés poemas escritos –sólo cinco no están fechados– entre 1909 y 1944. Por otra parte, considerando que La Plata fue fundada en 1882 en una llanura prácticamente deshabitada, es muy probable que Ferrando haya sido el primer poeta de cuna platense. Al parecer, no hay registro de otro poeta nacido en dicha ciudad con anterioridad a él que haya tenido algún reconocimiento. En relación con su personalidad y su quehacer literario, destaca la nota preliminar de Prosa y verso:

Con su boina, su campera y su automóvil inverosímil –movido por la voluntad del piloto mejor que por los maltrechos engranajes–, el doctor Ferrando estaba consubstanciado con el carozo recóndito, germinal, de nuestra ciudad. Su don de simpatía, trascendiendo el ambiente profesional, lo aproximaba a los refugios donde alienta la creación silenciosa de los artistas y los soñadores del pensamiento y de la acción (...)
Poseía el doctor Ferrando un sentimiento vital de la cultura. Lo había madurado en su larga experiencia médica en la que adquirió un concepto humano del sufrimiento y una aguda penetración social de su profesión y de la realidad argentina. El hábito de condensar esa experiencia en conclusiones filosóficas, encuadradas en una jocunda bonhomía, conformaron en este médico una personalidad que subyugaba (...)
Sus poesías humorísticas son recordadas en el ambiente médico, tanto como su capacidad dialéctica pronta en el debate científico, en la respuesta sagaz y contundente o en el diálogo de la sobremesa y la intimidad. Menos conocidos son sus poemas líricos y sus buenas páginas en prosa.
Aparentemente, escéptico frente al hombre y a la vida, el doctor Ferrando fue un ferviente demócrata que se jugó en los momentos decisivos para las libertades públicas y los derechos del hombre. De su pluma salieron en tales horas estrofas civiles vibrantes que fueron espontáneamente aprendidas y coreadas por el pueblo en los desfiles de afirmación constitucional y de la libertad. En su automóvil traqueteante transportó millares de gacetas clandestinas de la resistencia civil, bajo el estado de sitio (...)
Como médico y como artista entendió servir a la naturaleza.

Foto: Ángel Poncio Ferrando. Fuente: Prosa y verso, Ángel Poncio Ferrando, Edición de homenaje publicada por sus amigos, La Plata, 1949.

1 comentario:

  1. Agradezco a Cristina Sathicq el obsequio de "Prosa y verso", de Ángel Poncio Ferrando, libro que me permitió confeccionar esta entrada.

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