sábado, 25 de marzo de 2017

Marcelo Vernet


De entrecasa

1.
Ella me ayudó a nacer.
Yo la estoy ayudando a morir.
¿Estaremos a mano?

2.
Más fiel que un caballito criollo
el corazón de mamá siguió trotando sin perder el tranco,
hasta sentir que ni aire había, ni nadie a quien llevar.

3.
Lucía en hombros, tan alta, tan liviana, en el aire aletea.
Vuelvo a ser joven y fuerte y alto yo también debajo de su vuelo.
Llegamos a casa y al final del juego. Los dos nos bajamos.

7.
En la radio, mi música suena en los espacios de la nostalgia. ¿Será esto la vejez?
O es la astucia de mis piernas que en la oculta barranca del río en el Retiro
bordean la Plaza San Martín para no encarar las escaleras.

8.
Con Fuser, el perro que vive con nosotros, damos vueltas
de noche por el barrio. El husmea y mea todo lo que emerge del suelo:
árboles, postes de luz, bolsas de residuos. Yo husmeo deshechos que de pronto
emergen del llano fluir de la conciencia y marco el territorio de la memoria.
Si nos perdemos, cada uno sabrá cómo volver a casa.


Buenos Aires al paso
Buenos Aires, enero - diciembre de 2011

Pensando en voz baja

1.
A veces creo que la carne se hizo verbo,
que se está haciendo verbo todavía
para ir a habitar en otra parte.

2.
¿Qué justicia ejerce el Reino de los Cielos? Justamente cuento
las añadiduras que nunca se nos dan. Tal vez debamos buscar la justicia
de estas repúblicas saqueadas y por añadidura el Reino se nos dé.

3.
Lúcidos desciframos los signos del pasado. Hacemos justicia con los muertos.
Audaces avizoramos el futuro. Anunciamos horóscopos sin astros. Tal vez
por eso se nos escapan las voces del día y no sabemos lo que pasa en la calle.

4.
Leo a Nietzsche en el baño para que las vísceras participen del asunto
y así leyéndolo no creerme un dios. Después un poco de Berceo,
agua clara en vaso de barro sudado de frescor. Y voy tirando.

6.
Charlamos con Oliveira atravesando la ciudad. Más bien lo escucho durante
cuadras y cuadras arrastrar un porteño dialectal y un poco amojosado. Llovizna.
Se sube el cuello de la canadiense y arrimado a un portal enciende un cigarrillo.
No sé si le digo o sólo pienso que aquí la épica nos salva. Suena un cantar de gesta
todavía.

8.
Soy Nadie, el único que es
profeta en su tierra.

9.
Muy tarde, en Plaza Miserere, mientras espero el ómnibus, un hombre intenta
hablar con Jesús y con nosotros. Ensayo recordar la oración que él nos enseñó.
Dudo
sobre el Reino. Pido el pan de cada día y que nos libre del mal, de dios y de la
nada.

11.
Aunque ajena, ciertas rutinas la van haciendo mía, o de ella mis pasos titubeantes.
Conforme una antigua ley, voy andando al encuentro de la tumba del padre
del abuelo de mi padre. Me pierdo en la ciudad que, ahora sé, me pertenece.

12.
El 102 navega a los tumbos por la calle Paraná, que es un río.
Dicen que el viaje recala en la Recoleta, que es el morir. En la ciudad
del silencio se levanta la casa que afirma que yo no soy un forastero.

13.
Elías no es Virgilio pero me guía por las callecitas de la ciudad del silencio.
Hace más de treinta años que cuida las casas de los muertos. Nació en Calabria
y cuando muera sus huesos descansarán en otro barrio sin mármol de carrara
ni apellidos de bronce, con flores de perenne plástico en floreritos de bazar.

14.
Llegamos a la casa del abuelo de mi abuelo. Modesta esquina blanqueada a cal.
Elías
me ha venido contando los chismes del barrio, relatos de los mudos gestos del
mármol.
La casa del vecino es más modesta aún y más desangelada. Pedro de Angelis dice
la placa
verdosa de olvido. Recuerdo que El Lucero publicó la partida de Luis hacia
Malvinas.

15.
–Luis Vernet está abajo –me dice Elías, el profeta que alimentaron los cuervos.
Un crucifijo
sobre el altar de piedra es lo único que brilla a través de los espesos cristales de la
puerta.
Debajo del altar, una urna pequeña. María Sáez de Vernet se nombran las cenizas.
Carpe diem.


Informe de gestión

1.
Me dicen hoy que el corazón tiene cuerdas.
Suben dos muchachos a mi vagón del subte E rumbo a Medalla Milagrosa,
con unas guitarritas intentan cruzar el “Puente Pexoa”. En el estrépito apenas se
los oye.
Tal vez mi corazón también esté sonando, doblemente rasgado.

2.
Por Avenida Independencia arriba
me alejo del Río. Emponchado,
voy adentrándome en América.

3.
Llegó la carne congelada que manda el gobierno de la muy culta ciudad de
Buenos Aires.
Pese a que el paraje se llama La Esperanza, el fuego arrasó las casillas.
En la asamblea que humea sobre los escombros se murmura en guaraní.
La dulce lengua que los une es lo único que se salvó del incendio.

4.
En medio del trajín llega un mensaje que ilumina el teléfono: “Hay una pareja
besándose
en el anfiteatro; esto está más vivo que nunca”. Es Joaquín desde el frente de
batalla
de la estación Medalla Milagrosa. Me manda un parte de paz de la modesta épica
barrial
en la que estamos empeñados. Ganar para la vida un rincón de la ciudad inmensa.

5.
24 de agosto. Siro en el cielo señala que la puerta está abierta. Mundus patet.
Reviso mi cuaderno poblado de urgencias y no sé si el mundo está arriba o abajo,
si es oquedad o cuenco, si han podido volver mis compañeros,
si el aliento que empujó mi día fueron ellos.

6.
Mis libros se van llenando de boletos de ida y vuelta que alguna vez
marcaron entradas a ese otro viaje que cargo en la mochila.
¿Cuál de los caminos me llevó más lejos? ¿De cuál volveré? ¿A qué casa?

7.
Me bulle la cabeza de voces y llamadas.
Pido una tregua, una bandera blanca;
estoy cansado, una mortaja.


Trafalgar Square
Londres, febrero de 2013

1.
Nada he visto de la ciudad que ardió hace tiempo en una tonadita infantil
que yo cantaba a mis hijos y ahora silbo a lo largo de las pocas cuadras
y del mucho frío que separa el hotel de la casa donde los conjurados nos
reunimos.
“Arde Londres, arde Londres, se incendia, se incendia” canto ahora apurando el
paso.
En Belgrave Square, cuando ya me creía perdido, veo la banderita. Estoy salvado.

2.
¿Sabrá Nelson que en el 49 de Belgrave Square nos reunimos? Desde un alto
mirador
de la Plaza Trafalgar, vigila. Los conjurados van llegando y yo con ellos. Hay
griegos,
franceses, suecos, italianos, alemanes, españoles, búlgaros, argentinos de muchas
lenguas
y naciones que llegan aquí desde la única tierra del exilio. Unas ventosas islas y el
viento
de la historia nos convocan. Tomo unos mates. Nelson está demasiado alto para
oírnos.

3.
Londres está poblada de almirantes y generales pétreos,
férreos, tiesos. Atacan en cualquier plaza, vigilan avenidas.
Más que la gloria, testimonian la refinada barbarie de este pueblo.

4.
La de mi barrio es más modesta. Y en lo alto de la columna
se ha posado un águila, más apropiada para el cielo de la Plaza Italia.
Monumento a la Fratellanza es el sonoro nombre que le han puesto.
Desde luego, nada tiene que ver con los ingleses. El águila sostiene
las banderas de Italia y Argentina. Afirman que no fue admiración lo que movió
a Giovanola y Vecellio a erigir en La Plata esta réplica de la columna de Nelson
con sus líneas clásicas y su remate dórico. Fue un acto de desagravio.

5.
En las cuatro esquinas de Trafalgar Square hay pedestales. Al sureste
el general Sir Henry Havelock que sofocó la Rebelión hindú de 1857,
héroe de la Honorable East India Company. Al suroeste
el general Sir Charles James Napier, derrotó a los musulmanes
y conquistó la provincia de Sindh. El del noroeste sostiene
a un ecuestre George IV que, dicen, sólo conquistó siete mil mujeres,
El pedestal de la cuarta esquina que estaba destinado a William IV está vacío.
Tal vez espera a un gran artista. Una gran obra. Un extenso pedido de perdón.

Fuente: Breviario, Marcelo Vernet, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

Marcelo Vernet nació en La Plata en 1955. Es tataranieto de Luis Vernet, primer gobernador argentino de las Islas Malvinas. Con un grupo de amigos, fundó en su ciudad natal el Centro de Identidad y Desarrollo para la Región Cultural del Río de La Plata y el Instituto de las Islas Malvinas “Padre Mario Magione”. En la función pública desempeñó, entre otros cargos, el de Director de Cultura de la Municipalidad de La Plata. Fue guionista en medios de comunicación y coordinó talleres de escritura en diversas instituciones. Publicó cuatro libros de poemas: Último tren (Ediciones Al Margen, 2000), Don de profecía (Ediciones Al Margen, 2005), Pasen la voz / Cantar de gesta (incluye los dos primeros y Razón de ser, conjunto de poemas inéditos, Ediciones Al margen, 2010) y Breviario (Ediciones Al Margen, 2016). Este último lleva como subtítulo Cuaderno de viajes / Álbum de figuritas y fue ilustrado por Josefina López Muro. Para Guillermo Pilía, “La poesía de Marcelo Vernet tiene su sello propio, se identifica claramente entre las voces de los muchos poetas de nuestra generación. Y sin embargo, no es una poesía que reniegue de las antiguas voces. Hay ecos de los versos coloquiales de Machado, de la edad de oro de Marechal, también cierto gusto bíblico. Su poesía se injerta, asimismo, en una tradición poética platense, que brilló en forma inusual con la generación del 40. El tono elegíaco, el dolor por el tiempo, la patria, el retorno a la tierra y a los hombres de la tierra, son todos tópicos de aquella promoción. Y en parte de la nuestra, como si la historia nos obligara dramáticamente a caminar siempre en círculo”.

Foto: Marcelo Vernet. Fuente: Breviario, Marcelo Vernet, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

3 comentarios:

  1. Veo mucho del dolor del tiempo y escucho una voz desenfadada, bastante escéptica en su poesía, humana hasta los huesos. Conmueve.

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  2. Muy valiosa esta historia poética de tu ciudad, César, con una elocuente galería de poemas. Te felicito.

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    1. Gracias, Alfredo, por tu lectura y tu comentario. Te mando un abrazo.

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