lunes, 20 de octubre de 2014

Esteban Peicovich


Cita en Mojácar

En Mojácar ella envuelve en algodón los geranios.
Da de cantar al mirlo.
Desde que ella llegó
el desorden del paisaje quedó planificado.
Otro génesis.
El día no es el revés del naipe de la noche.

Ella llegó con la única misión
de fijar a Canopus en el cielomundi.
Tras el mirador donde revientan las lilas,
ella recuerda sus mapas terrestres:
inscripciones sánscritas en Anacapri,
su evangelio etrusco a los esquimales,
una religión en la isla de Pascua.

Ella encontró y perdió a Cristo varias veces.
Durante una década su sonrisa se estampó en vestiduras,
paraguas, capelinas, pañuelitos, arcones diminutos.
Su sonrisa evitó la tercera guerra mundial.
Hizo lo que pudo.

Ahora se desvela sobre una lente traída del Japón.
En algún lugar del lechoso archipiélago
está Canopus, árbol de luz que cae
furtivamente, como asombro y lluvia
sin dañarle un átomo a la eternidad.

Moviendo arenosos dedos nefertitis
no es casual que ella tenga un temblor en Mojácar.
Que su memoria y el cinturón de estrellas se confundan.
Pienso en la navaja cayendo sobre la mariposa,
en Canopus encapsulado para siempre.

Y en este informe que haré llegar
a los círculos más íntimos
de la Astronomía.

Fuente: Instrucciones al pavo real, Esteban Peicovich, El Archibrazo Editor, Buenos Aires, 1993.


El telegrama

El encuentro en Verona
obliga a considerar como inevitable
que también viaje el ruiseñor.

Es asunto de tres.

Fuente: Instrucciones al pavo real, Esteban Peicovich, El Archibrazo Editor, Buenos Aires, 1993.


Europa

Grandes señoras, las gaviotas desayunan, soberbias
en los bordes morados del mar de Amsterdam.

Cuando el primer Vermeer alumbra el horizonte
ellas untan sus patas en petróleo
y picotean lo que llega del mundo.

Las grandes señoras están ciegas.
Confunden el velero, se posan torpemente
en el mástil de los semáforos de la Wilhelmstraat
y allí se quedan, redondas y blancas,
sin saber cómo morir.

En ninguna se ve ese relámpago que hace volar
a sus famélicas hermanas del Mediterráneo.
Ninguna insinúa perderse en el mar
o aligerarse
más allá del plomo de sus alas.

No hay una sola con forma de mujer italiana
o de guitarra griega.
A ninguna le ha quedado en la estría del ojo
el refucilo último del color de Van Gogh.

Debajo de sus plumas, las gaviotas de Amsterdam
han perdido la estructura del vuelo,
el pájaro que eran.

Grandes señoras, las gaviotas de Amsterdam
ya no son ni de la tierra ni del mar.

Fuente: Instrucciones al pavo real, Esteban Peicovich, El Archibrazo Editor, Buenos Aires, 1993.


Ejercicio de oratoria

En la fiesta del lenguaje hay palabras espejo
como picaflorear y colibrear.

Ambas viven su gemelo silencio en la garganta
y cuando una flor las llama liberan sinonimia.

Una se dirige hacia el polen con aguja.
Otra sobrevuela los pétalos y espera.

Un picaflor es asesino a cara descubierta.
Un colibrí el eufemismo en cómplice saqueo.

Esto es lo que hacen las palabras
con sus pájaros de azogue en la garganta.

Y tal vez sea así
cómo funciona el aparato locutor de la belleza.

Fuente: La bañera azul, Esteban Peicovich, Libertarias / Prodhufi, Madrid, 1994.


La bañera azul

El mejor poema escrito esta semana
son los doce tomates hechos crecer
en la buena tierra de la bañera azul
que se buscó otro oficio en la terraza.

Como yo, están verdes todavía. Y como yo
esperan cada tarde la lluvia y el sosiego.

Busco entablar conversación, la mínima,
pedirles el secreto de vegetar en gloria,
dorados por el sol y amamantados por la noche.

Deseo esa noble genética que los hace nacer
y morir, irrepetibles, en sus pequeños destinos
que cruzan del amarillo al verde humildísimo
hasta apagarse en sucesivo rojo.

Los doce tomates que alumbran mi azotea
han nacido también de las manos de Dios.
Tan sólo reclamo mi derecho a ser tratado
por él de igual manera, con igual cuidado.

Pido que ajuste el mecanismo de su obra
y ese argumento de la huida: el tiempo.
Nacer en primavera, disolverse en invierno,
desconocer la silenciosa edad de la tortuga.

Sólo ser cada año, una vez, ese estallido
de antiguo asombro: la renovación exacta
del jazmín, la locuacidad de la albahaca
y los tomates, amándose de noche,
hasta amanecer repentinamente soles
en la sonrisa de la tierra.

Fuente: La bañera azul, Esteban Peicovich, Libertarias / Prodhufi, Madrid, 1994.


Curriculum

Nací (es un decir).
Guardo entre gasas mi único cadáver,
aquel cordón umbilical que ella mantuvo
en escondite de múltiple avaricia
hasta dármelo a la edad de mis sesenta.

Tozudo soy como una rosa.
Y sucesivo como las hormigas.
Lento, hasta ser todo invierno.
Y dulce hasta mis huesos.

Fui una sólida monja hasta ser padre.

A mi primera hija se la robé a su madre
un día en que el amor andaba
de animal aturdido dando tumbos
casi de farra loca por la casa
y lo atrapamos.

Tengo otra hija con la cabeza revuelta
por los pájaros.
Tres hijos del otro lado del océano,
dos nietos que por dudar de mi existencia
me llaman Sebastián,
y una madre que resiste riendo
la inundación y el tiempo.

De mis cuatro esposas,
la primera se ahogó en sus propios ojos,
la segunda fundó una maternidad,
la tercera regresó a su sitio natural
de un cuadro de Filippo Lippi
y la cuarta me arropa y alimenta
y con cuchillo de azúcar
hace de mi dos hombres que la aman.

Por mi árbol genealógico ha descendido
tanta gente que me hace ruido dentro.
Desde el minero empaquetador de azúcar
que me trajo
hasta Vidriera, el licenciado
(a pleno día se me ve la noche.)

Por la palabra, al artefacto que soy
le fue dada la rosa en consideración,
el cordero en cuidado
y el silencio de Dios en cautiverio.

Sílaba a sílaba, comparto el gineceo
de las palabras que me aman.
Un mujerío que teje/desteje como Safo
mi inconcluso diccionario perplejo.

Se presentan, ahora, asuntos nuevos:
del girasol se fuga el amarillo.

Llaman a la puerta. Es la humedad.

Ni el licor de lo eterno, ni Sherezade,
ni la picadura súbita del pezón más colibrí
pueden hacer que reviva lo que olvido.

Veré de poner música esta noche.
No vaya a ser que tope con un golpe
de dados y mi azar no lo sepa.

Fuente: La bañera azul, Esteban Peicovich, Libertarias / Prodhufi, Madrid, 1994.


El viaje

Sólo somos un leve error
en la dirección de vuelo
de las aves del Paraíso.

Y ahora volvemos a casa.

Fuente: La bañera azul, Esteban Peicovich, Libertarias / Prodhufi, Madrid, 1994.

Esteban Peicovich nació en Zárate, Provincia de Buenos Aires, el 22 de diciembre de 1929. Es poeta, escritor y periodista. Cuando sólo tenía tres años, sus padres, de origen croata, se trasladaron a Berisso, donde pasó su infancia y su juventud. “En ese Berisso –confesó en una nota– me doctoré: cociné puchero a los 7 años, recurrí a Dios (por miedo a los fantasmas) a los 9, me enamoré de la Chiappe a los 10 (Dios la guarde), porté la bandera papal al confirmarme a los 12, descubrí que una mujer es más que Bécquer a los 14 (gracias Felisa), llegué a ser metafísico a los 15 y a ganar mi primer sueldo como pesador de chilled beef en un frigorífico en el que entré a los 16 y del que pude huir hacia el periodismo sólo a los 28”. Y añadió, más adelante: “De joven, soñaba con irme al mundo. Y me fui. Mi primera París fue La Plata. La segunda, Buenos Aires. Y así Praga, Budapest, Brujas, Delhi, Tokio, tantas. Un viaje demasiado largo para descubrir al fin que todas ellas estaban en Berisso”. Antes de “irse al mundo”, estudió en el colegio industrial Albert Thomas y en la Escuela de Periodismo de La Plata. En una de sus visitas a esta ciudad, tras muchos años de ausencia, declaró: “Los lazos que me unen a La Plata son tan fuertes como los que me ligan a Berisso. Aquí solía recorrer las librerías junto a Jorge Paladini... Aquí amé, sufrí, soñé y conjugué ese verbo que, después de ‘amar’, es el más hermoso: ‘esperar’. Sin la esperanza los hombres ya no existiríamos”. Fue precisamente en un diario platense, El Día, donde publicó sus primeros poemas con el seudónimo Paul Montain. En 1958, cansado del frigorífico, empezó a trabajar en diario Clarín, convirtiéndose en redactor, columnista y crítico de cine. Su labor en dicho medio lo hizo acreedor del Premio Nacional Kraft al mejor periodista de diarios de 1963. Poco después, en 1964, pasó a ser secretario de redacción del diario La Razón. Ese mismo año, estando de vacaciones en España, consiguió entrevistar al general Juan Domingo Perón, que llevaba casi una década de mutismo. Fruto de tal encuentro es el libro Hola, Perón, publicado al año siguiente. Simultáneamente con su actividad gráfica, ejerció por entonces el periodismo radial y televisivo. Entre 1974 y 1987 vivió en España, desempeñándose como corresponsal de diversos medios, lo que lo llevó a recorrer más de cincuenta países. Luego de regresar a la Argentina en 1988, se afincó de manera estable en Buenos Aires, condujo los programas Sin verso por canal 7 y Noche abierta por Radio Nacional, y fue columnista del diario La Nación.  Actualmente, es columnista dominical de la edición digital del diario Perfil y conduce el programa Los palabristas por Radio Ciudad. Este año, además, la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires lo declaró Personalidad Destacada de la Cultura. Su obra literaria y periodística incluye, entre otros, los siguientes libros: Palabra limpia de mí (1960), La vida continúa (1963), Hola, Perón (1965), Historia viva (1966), Introducción al camelo (1967), La poetisa analfabeta (1974), Reportaje al futuro (1974), El último Perón (1975), Borges, el palabrista (1980), Instrucciones al pavo real (1993), La bañera azul (1994), Poemas plagiados (2000), Gente bastante inquieta (2001), Así nos fue (2002), El ocaso de Perón (2007) y Nuevos poemas plagiados (2009). Asimismo, la editorial española Alacena Roja ha comenzado a publicar en formato digital algunos de los títulos mencionados y otros inéditos. Acerca de su relación con la escritura, señaló no hace mucho: “Toda vida es biografía: ‘vida a escribir’. En mi caso, bien larga ya. Soy siglo 19 por formación, 20 por perdición y 21 por desesperación. Paisajes que me llevaron del soneto inicial al monólogo poético, al relato, el cuento, la novela y la crónica periodística. En todos ellos me place y alimenta permanecer en atenta cuidadosa ignorancia. Para ello cultivo con gusto cierta infancia madura y militante. Dudo que la realidad sea real. Al menos, parte de ella. Por eso mis filias y fobias me aproximan más a un arrojador de botellas al mar que al típico escritor testimonial terrero, hecho y derecho”.

Foto: Esteban Peicovich. Fuente: Revista “Noticias”, Buenos Aires, 30 de septiembre de 2006.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Ana Emilia Lahitte


*

Culpable soy de tantas inocencias.

Comienzo a abandonar la criatura
que nunca pude ser y me acompaña.

*

Pediré a mis pupilas una visión de riesgo
y desengaño.

Desde esa perspectiva me atreveré
a mirar.

*

Conozco el lugar donde morir es siempre
demasiado tarde.

Lo saben ya los pájaros que eligieron
mi sombra por guarida.

*

Hay una saciedad de exilios y regresos
en mi corteza de abandonos.

Búscame en los halcones que no se dejan ver
y esculpen en las nubes el sexo del verano.

*

Me fascina. Me turba el temblor arrasado
de las playas desiertas cuando el mar regresa
y los naufragios dialogan con la arena.

Donde ha caído un roble la tierra garantiza
una entraña de sol.

*

Confié en lo ignorado.

Y fui despedazándome con la cabal certeza
de estar recuperando mi pulso original.

*

Lo que ya fue convive todavía
con la precariedad de lo que existe.

Celebro estar asida a mí misma.
Sin mí.

Fuente: Ser Nunca, Ana Emilia Lahitte, Municipalidad de La Plata, La Plata, 2013.

Ana Emilia Lahitte nació en La Plata el 19 de diciembre de 1921. Su labor creadora abarca la poesía, la narrativa, el ensayo, el teatro y el periodismo. Como poeta publicó, entre otros libros, Sueño sin eco (1947), El muro de cristal (1952), La noche y otros poemas (1959), Madero y transparencia (1962), Al sur de marzo (1969), Los abismos (1979), Los dioses oscuros (1980), El tiempo, ese desierto demasiado extendido (1993), Summa de poemas, 1947-1997 (antología, 2001), Insurrecciones (2000), El padre muere (2006), Gironsiglos (2006) y Ser Nunca (2013). Este último volumen, compuesto por poemas inéditos, fue editado póstumamente por la comuna platense a modo de homenaje. Entre sus ensayos y compilaciones poéticas figuran: Veinte poetas platenses contemporáneos (1962), María de Villarino (1966), Roberto Themis Speroni (1975) y Cinco poetas capitales (1995). Obtuvo, asimismo, numerosas distinciones, algunas de las cuales son: Pluma de Plata del PEN Club Internacional, Centro Argentino (1980), Puma de Oro de la Fundación Argentina para la Poesía (1982 y 2001), Primer Premio Nacional de Poesía, Región Buenos Aires (1983), Premio Konex (1994) y Premio de Poesía “Esteban Etcheverría”, de Gente de Letras (1999). Creó y dirigió por más de 20 años uno de los primeros talleres de poesía de la Argentina, llegando a superar con el sello Hojas y Cuadernos de Sudestada las 300 publicaciones. Su obra fue recogida en varias antologías y traducida al inglés, francés, alemán, italiano y portugués. En 2001, la Municipalidad de La Plata la designó Ciudadana Ilustre. Murió en su ciudad natal el 10 de julio de 2013.

Foto: Ana Emilia Lahitte. Fuente: Cinco poetas capitales, Ana Emilia Lahitte, Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 1995.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Rafael Felipe Oteriño


Memento

Al este y al oeste, muros bajos y puertas entornadas,
en las pupilas, la orilla sin fondo del horizonte,
un reguero de plumas y no el pájaro ni el canto del pájaro,
fuegos en las plazas por los festejos de San Juan,
una abuela y en su tejido la costura negra del duelo,
sonar de llaves y mutismo en las cerraduras,
páginas a medio escribir en cuadernos de hule,
los libros alineados en los estantes
a la espera de un nuevo lector,
un humo espeso llena el vacío entre las cosas,
convirtiendo lo real en irreal y lo irreal en mística,
la efigie del padre, la respiración de la madre,
una sombra que pregunta por un cielo donde hubiera caballos,
frío en los cuartos y tres ascuas tibias rodeadas de ceniza,
en el mercado pregonan olivas verdes y anchoas en sal,
...botellas vacías, hierro y  zinc, demandan más lejos
–la prosa del mundo en un viento huracanado–,
el ojo claro de la luna, la copa tiesa de los árboles.
Entre esas paredes nacía yo.


Las hamacas

a Pilar

Las hamacas que visitábamos de noche nos interpelan,
el bosque que recorrimos juntos nos interpela:
hablan de nosotros y repiten nuestros nombres.

No es todo lo que quisiéramos oír
pero su voz se oye clara en cuanto apoyamos la cabeza.

Dicen sí y no,
dicen claridad y oscuridad, siempre de a pares;
de dos en dos, no se cansan de repetirnos.
Hablan de lo que llega limpio y no tarda en desvanecerse,
de lo que se eclipsa y regresa cuando ya no lo buscas.

En el vaivén está su secreto,
en el soplo y en la brasa, en la aparición y en la desaparición.
Por su abundancia, la luz tiene necesidad de repetirse,
hace nido en la piel y se transforma en memoria.

Dispuestos a partir –no una, sino mil veces–, regresamos;
regresamos porque no hay otro lugar y el mundo es éste
y aceptar la vida es el lugar.

Tu estatura no era elevada como para escuchar esa voz
que se abalanzaba desde las sombras,
pero juntos, tomados de la mano, formábamos una columna
más fuerte que tu miedo y el mío.

Las hamacas nos enseñaron a escribir sobre el agua,
a dibujar grandes círculos en la arena
y a confiar en el bosque del que no hemos salido.


Gallo ciego

Buscamos la forma verdadera de las cosas.
Manos aviesas nos hacen girar tres veces
e iniciamos la búsqueda por un extremo.
Avanzamos, tropezamos, ceñimos el aire,
y otras manos nos apuran
hacia un fondo que no está en nuestra alma.
Reiniciamos la búsqueda por otro extremo.
Un paso, otro paso, una avalancha de sombras
y el mundo entero que se deshace.
Hasta que el juego termina, arrojamos la venda
y sólo esas manos y el miedo eran lo real.


Soñar con agua y con fuego

Volverse sabio:
decir dos palabras en lugar de ninguna
y una sola
cuando se escucha más fuerte la voz del abismo.

Recibir el día como una propiedad
y de inmediato devolver esa propiedad
a los que todavía no despertaron.

Observar el río correr dentro del río,
rápido como las nubes, persuasivo como las olas.

Sentir la dureza de la piedra y la docilidad del viento
y saber que ambos son argumentos de Dios.

Porque el viento sube a los techos,
y las ráfagas son montañas
y el cuerpo es una ráfaga que se deja llevar.

Volver al lago donde se hundió la infancia
y ver que en su bosque anegado está tu imagen.

Quizás el polvo sea una maniobra de purificación
en cuyo puente estamos solos, suspendidos.

Dar señales de cuál es el lugar
y al instante borrarlas
porque no son claras ni precisas
y todas conducen a un sitio que no es el lugar,
pero que lo anuncia.

Buscar abrigo en lo invisible y en lo callado,
soñar con agua y con fuego.


Andante

1

Puedo dejar que la hoja amarillee antes de caer,
que el gato continúe su siesta indolente,
que la pared se desgrane como una imagen del tiempo.
Comenzaron antes y seguirán después,
urdiendo combates sobre secas laderas.

Lo que no puedo es dejar de observarlos
y de unirme a otra alianza que no sea la suya.
Cautivo de galas que se cumplen sin reparar en mí,
yo las recibo como si hubieran nacido para mí.
No puedo rehusarme: mi deber es decirlo con palabras.


2

Hablo de “nieve” pero en mi país no hay nieve,
escribo “montaña” pero no he subido a ninguna,
menciono “grifo” y no hay hilo de agua
ni animal fabuloso bajo los pies.

Porque las palabras son fuentes, avenidas, excesos.
Dicen carbón y, al mismo tiempo, diamante,
dicen viajero y en su hospitalidad dicen agua.

“Relámpago” es mi palabra preferida.
Libra a la noche de la noche y a la hoja de reverdecer,
cruza el río, atraviesa el puente,
trae la llave aunque la luz derrame oscuridad.


3

Palabras que se aproximan como un rebaño.
Vienen de luchar con palabras de acero que dejaron atrás.

Yo estaré aquí para protegerlas,
pero sólo por un tiempo.

Porque no es posible establecer la paz definitiva.
Son necesarios el laúd y la pólvora para vivir.


Segunda naturaleza

El amanecer comienza como siempre, en voz baja.
Lo acompaña un trino que, con el paso de las horas, se apaga.
Entonces entran los grandes autobuses,
palas mecánicas y grúas a reinar sobre el planeta.
Un taladro anuncia que el mundo ya está en marcha.

En el silencio de la habitación continúa aquel trino,
aunque sólo esta página lo escucha.

Levanto la vista
y sobre la pared cuelgan fotografías de familia.
Cuadriculan el tiempo, lo fijan: es su modo de reinar en el silencio.
Pero padre, madre, abuelo, hermana, no están allí.
Son como esos pájaros del amanecer
que una luz, casi dorada, despierta.

Hojas de papel, paredes blancas: escudos contra la desaparición.


Adiós a Symborska

Murió Symborska.
Quedaron más solos los gatos, las semillas y las cucharas.

Los traductores se verán en aprietos
para completar su “Poesía no completa”.
No podrán localizar la ironía que escapa por los márgenes
y corre a refugiarse en el silbido de un tren.

Pero también en la letra sucia de los periódicos
y en la borra de los cafés de la ciudad barroca.

Sin metáforas ni metonimias, rimas ni ecos,
porque no hubo tiempo para tallar diamantes,
aunque los diamantes, con su silencio, dijeran toda la verdad.

También los críticos deberán cuidarse
de censurar sus diálogos de feria.
Son escenografías en las que el cosmos se adelgaza
para hablar al oído.

Confesiones de una persona alegre
que pone los platos sobre la mesa y da de comer a los fantasmas.

Tienen años de elaboración y comparaciones traviesas,
nacen de  una boca que adoptó el lenguaje de las hormigas
hasta que los gendarmes dejaron de pasar por su puerta.

Así es su poesía:
un juego irónico plagado de sobreentendidos,
en parte puestos en acto, en parte crónica viva.

Vuelo de saetas que fueron dando en el blanco.

Fuente: Viento extranjero, Rafael Felipe Oteriño, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014.

Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata en 1945. Publicó doce libros de poesía: Altas lluvias (1966), Campo visual (1976), Rara materia (1980), El príncipe de la fiesta (1983), El invierno lúcido (1987), La colina (1992), Lengua madre (1995), El orden de las olas (2000), Cármenes (2003), Ágora (2005), Todas las mañanas (2010) y Viento extranjero (2014). Su obra fue recogida parcialmente en Antología poética (Fondo Nacional de las Artes, 1997) y En la mesa desnuda (Ediciones al Margen, 2009). Recibió las siguientes distinciones: Premio Fondo Nacional de las Artes (1966), Faja de Honor de la SADE (1967), Premio Sixto Pondal Ríos de la Fundación Odol (1979), Premio Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias (1983), Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (período 1985-1988), “Premio Konex” de Poesía (período 1989-1993), Premio Consagración de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires (1996), Premio Esteban Echeverría (2007) y Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2009). Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras y codirige, en Ediciones del Dock, la colección Época de ensayos sobre poesía. Reside en Mar del Plata, donde fue Magistrado y donde ejerce actualmente la docencia en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. “Desde sus primeros libros –escribió Guillermo Pilía–, Oteriño ha manifestado una constante vocación hacia la interrogación metafísica. Indagar sobre los hilos que sostienen la arquitectura del mundo y los que apuntalan nuestra existencia es la misma cosa. Ser uno con la flor, con el agua, con la piedra: de ahí que su poesía esté pudorosamente llena de humanidad. Con el tiempo, ese viaje hacia profundidades cada vez más abisales no lo ha apartado –como a otros poetas de su generación– de la transparencia. Al igual que Eneas, que al fin de su viaje al inframundo no encuentra las tinieblas, sino la luz de los Campos Elíseos, así también la más reciente poesía de Oteriño se nos presenta atravesada de claridad: de la dérvica sabiduría de quien ya ha aprendido mucho en este viaje: la derrota, el hablar a solas, la indiferencia; y el arte de no ver nada/ aun viéndolo todo”.

Foto: Rafael Felipe Oteriño. Fuente: Tuerto Rey

miércoles, 6 de agosto de 2014

Horacio Fiebelkorn


Ambientación
   
Hay una mesa, un
espejo, un mantel sucio, la huella
de alguien en la pared. Hay
dedos ausentes en cada objeto,
en el libro abierto, en la página 9.
Ropa colgada, bufanda. Sonidos
que nadie llama. El reposo del eco
retenido en su borde. Hay un lugar
que escapa del ojo, un crujir de maderas.
Pasos, una respiración,
una mano, una garganta que gime,
una descarga de sombra, un cabello que
cae, una escena inconclusa.
Hay quien se escucha a sí mismo
sin poder mirarse porque está
en zona muerta.

Fuente: Zona muerta, Horacio Fiebelkorn, La Bohemia, Buenos Aires, 2004.


Pedazos de algo

Alguien ató pedazos de algo
en los extremos de un hilo.
Hizo boleadoras y las tiró
para que cuelguen
del cable de la luz, allí
donde acaba de posarse
un manojo de plumas.

Fuente: Elegías, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Al Margen, La Plata, 2008.


El temporal levantó los techos

El temporal levantó los techos,
cambió los ruidos de lugar,
barajó caras, pasos, nadie
levantó la mano. Pronto llegará el frío,
más vale reunir hojas para el fuego
antes de acariciar los bloques húmedos
o dibujar una cara en la arena de la plaza.
A la hora del fastidio y los despertadores
la noche guardará su música para el cuadro siguiente.
Nada más que el agua bajo los pies que me llevan
a ninguna parte.

Fuente: Elegías, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Al Margen, La Plata, 2008.


Todavía

Todavía está por responder una pregunta
hecha dos décadas atrás, que lo dejó
paralizado.
Con un poco de suerte, en quince años más
podrá explicar lo que le ocurre
esta misma noche.

Fuente: Elegías, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Al Margen, La Plata, 2008.


Hablabas de aquel alemán loco

Hablabas de aquel alemán loco
que vivía en medio del campo
en un rancho a medio destruir,
en la soledad más completa y comía
pan frito. Decías que comía
pan frito. No decías
lo que nunca te contaron
de aquel alemán loco.

Fuente: Elegías, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Al Margen, La Plata, 2008.


Sobre el tiempo que se pierde en buscar el tiempo perdido

Los discos de vinilo decían
“33 ½ r.p.m.” aunque las bandejas
andaban siempre un poco más lento
o un poco más rápido. De modo tal
que la música nunca fue
lo que nuestro oído creía percibir. Y así
de las miles de veces que escuchamos
“A day in the life”, “Las cuatro estaciones”,
“Lady Jane”, “Los mareados” o
“Visions of Johanna” resultan
largas horas robadas por el tocadiscos
a la pieza original, o en su defecto
versiones prolongadas que agregaban
minutos a la música, voces más gruesas,
bajos más bajos, largos pasillos entre notas.
Acaso la única opción a mano para que vuelva
la música perdida sea girar el disco en sentido inverso
lo que permitirá escuchar,
encriptada y secreta,
la vieja canción del pelotudo.

Fuente: Elegías, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Al Margen, La Plata, 2008.


Una radio bajo el agua
(Fragmentos)

Tan animal como el caballo del lechero.
O el que estaba detrás del alambrado,
con los tranvías que callaban, y todavía
no había monoblocks. La bestia
mascaba pasto frente a un chico
detrás del alambre. O tal vez
como el caballo del cuadro
de la casa parroquial. Ése que iba
sobre el mar y se lanzaba
sobre una mano gigante que interrumpía
la tormenta. O el que estaba echado
en un cuarto secreto entrando por detrás
de la catedral. Pero eso no podrá saberse,
no hay testigos,
ya se fueron y cerraron todo con llave.

***

Un pájaro pega en el palo.
En las avenidas, bajo los árboles,
en los caminos de cintura,
quieren saber qué pasa con el cruce
de un pájaro y un palo,
qué fue del pájaro después del palo,
qué quedó del vuelo, dónde
cayó lo que volaba, qué marca en el palo
dejó aquello que venía y sacudió el aire,
quién puso ahí ese palo, cómo fue,
de dónde vino lo que se estrelló.
Nadie vio nada, nunca se sabe
qué música suena
en el cuerpo de un pájaro
que pega en el palo.

Fuente: Elegías, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Al Margen, La Plata, 2008.


Hotel Room

Mi padre esperaba en el cuarto del hotel.
Yo me demoraba en una disquería de la esquina.
Era verano en nuestras vacaciones de hombres solos.

Cuando subí a la habitación, el viejo me dijo:
“Acaban de robarme, nos quedamos sin nada”.

Supe que no era verdad, porque mi padre
está muerto, y lo veía joven y flaco,
demasiado parecido a mí.

Así nos despedimos. En un sueño,
en un cuarto de hotel desconocido.

Fuente: El sueño de las antenas, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2013.


Bajo consumo

No es este bar lo que está enfermo.
Siglos de visiones torcidas hicieron lo suyo, pero
todo es culpa de esa lámpara que esparce
una luz extraña y llena de dudas.

No está enferma la cena de urgencia,
ni la botella de Pineral que intercambia moscas
con la de Veterano Osborne –de donde
podría derivar la palabra sbornia–.

No están, no estuvieron, nunca, enfermos,
los que no duermen, los que miran televisión
o boquean ante la pantalla. Tampoco
los parroquianos están apestados,

no lo estuvieron ayer, no lo estarán,
y hace demasiado calor para pensar
en que la luz es tísica, palabra que antaño
tuvo un prestigio que no aparece ahora en escena.

Todo es culpa de esa lámpara, centinela que
viene a revelar que en lugares así
y en noches como ésta, tu vida no es un interrogante
sino el buzón de las malas noticias del verano.

Fuente: El sueño de las antenas, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2013.


Dos versiones de un hombre que fuma

I

Un hombre fuma en la oscuridad.
Sólo un farol callejero lo ilumina. A lo lejos
un tren se deja oír.
Sólo fuma, no mira atrás ni adelante
ni al costado. Fuma y nada más.
Es un hombre que fuma en la oscuridad,
acompañado de un farol que tal vez se apague
y el ruido de un tren que se aleja.

II

Un hombre desnudo fuma en la oscuridad.
Sentado en su cama, pierde los ojos
en una luz vaga que entra por los ventanales.
Oye unos pasos alejarse por el corredor del edificio.
Escucha un ascensor que sube o baja.
Sólo es un hombre desnudo que fuma,
aplasta la colilla
y se apaga con las brasas.

Fuente: El sueño de las antenas, Horacio Fiebelkorn, Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2013.

Horacio Fiebelkorn nació en La Plata en 1958. Actualmente, reside en Buenos Aires. Es poeta y periodista. Trabajó en Radio Universidad de La Plata, donde condujo los programas “El cazador americano” y “La hora de los magos”. Colaboró con la revista “Humor Registrado” y fue coeditor del tabloide de poesía “La Novia de Tyson”. Su obra poética editada comprende los siguientes libros: Caballo en la catedral (Ediciones El Broche, La Plata, 1999), Zona muerta (La Bohemia, Buenos Aires, 2004), Elegías (Ediciones Al Margen, La Plata, 2008), Tolosa (Eloísa Cartonera, Buenos Aires 2010),  Elegías (2a. edición, Determinado Rumor, Buenos Aires, 2011), Pájaro en el palo. Antología personal (Civiles Iletrados, Montevideo, 2012) y El sueño de las antenas (Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2013). Algunos de sus poemas fueron traducidos al portugués por Virna Teixeira y publicados en una plaqueta con el título O tempo que se perde em buscar o tempo perdido (O Arqueiro Verde, San Pablo, 2011). Figura, asimismo, en diversas antologías, entre ellas: Poesía, 36 autores (La Comuna Ediciones, La Plata, 1999), Poesía erótica argentina (Manantial, Buenos Aires, 2002) y Naranjos de fascinante música. Poesía contemporánea de amor en La Plata (Libros de la talita dorada, La Plata, 2003). Hincha confeso de Estudiantes, se formó, según sus propias palabras, en “la escuelita de Zubeldía”. Descree de las “misiones” que suelen adosársele a la creación poética y asegura no tener “misión, ni mandato, ni programa”. Dice, además, llevarse bastante bien con su componente irracional y escuchar todo el tiempo la voz del instinto cuando escribe un poema. Su estilo es irónico y agudo y ha ido mudando de un tono enfático a otro más sugerente y reposado. En una ocasión escribió, a modo de arte poética: “Tengo un ojo hacia afuera y otro hacia adentro, y lo que resulta es algo que tiende un puente (o lo rompe, según) entre lo real y lo onírico”.

Foto: Horacio Fiebelkorn. Fuente: Gentileza de Horacio Fiebelkorn.

miércoles, 30 de julio de 2014

Felipe Villaro


Bienaventuranza

Bienaventurados los pobres
porque de ellos serán las margaritas
pálidas y sin perfume;
los charcos malolientes de agua estancada,
la tierra yerma
y las paredes de cal,
descascaradas.

Bienaventurados porque de ellos serán los vagones sucios
de los trenes que se atrasan;
los hospitales públicos donde faltan vendas
y antibióticos;
de ellos será la televisión idiota y repetida,
las aguas contaminadas,
los semáforos siempre en rojo
y los accidentes absurdos.

Bienaventurados los pobres
porque de ellos serán los ojos de vidrio,
las piernas de madera,
las escaleras mecánicas,
los pasamanos ennegrecidos,
las moscas del verano,
los diarios viejos
y el vino barato y sin medida.
De ellos serán las cadenas robadas,
los naipes marcados
y alguna rosa olvidada en la basura.
Bienaventurados los pobres
porque de ellos será la pobreza.

Siempre.

Fuente: Adasmeuq: pequeñas cosas y otros poemas, Felipe Villaro, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires 1999.


Mediodía

Los acordeones y los bajos
suenan graves y apacibles
en este bar de la calle 48
en el que nadie atiende a la música
sino a sus cosas.

Ignoro por qué
pero está aquí el príncipe de los lirios,
que ha venido desde Cnossos.
También está Homero
que observa distraído,
pero satisfecho,
cómo sus dos rivales siguen corriendo en torno de la ciudad:
Héctor siempre adelante.
Y Aquiles, el de los pies ligeros,
persiguiéndolo.

A través del vidrio empañado
veo pasar la niña rubia,
el vendedor de cuchillos,
la florista con sus claveles húmedos y marchitos,
y algunos hombres
y algunas mujeres
que van y vienen.

En esta pequeña historia
que cabe en el pocillo de café
todos los que pasan
y yo con ellos,
seguimos corriendo en torno de la ciudad,
aunque nadie nos persigue.

Fuente: El sueño de Ulises, Felipe Villaro, Alción Editora, Córdoba, 2008.


“El bosque aguarda. La lluvia fluye”

Martin Heidegger. La experiencia del pensar

–Dónde habitas?
–En la tierra y en el aire.
–Cuál es tu nombre?
–Ustedes me nombran árbol y a veces pino, pero no tengo nombre.
–Todas las cosas tienen nombre: es una condición del existir.
–Yo no tengo nombre porque no existo.
–Si no existieras no podría hablarte ni escucharte.
–Es que en verdad hablas y te escuchas a ti mismo.
–Al principio me dijiste que habitabas en la tierra y en el aire.
–Te dije lo que querías escuchar.
–Y dónde habitas entonces?
–Ya debieras saberlo: sólo habito en tus palabras.

Fuente: El sueño de Ulises, Felipe Villaro, Alción Editora, Córdoba, 2008.


Oficio vespertino

En la apacible tarde
la vaguedad de la luz deambula
por las calles.
No se oyen bocinas
aunque sí, de tanto en tanto, el sonido
de automóviles que ruedan sobre el asfalto.
Es domingo. Este día
se llama domingo porque está dedicado
al Señor, pero en verdad
parece no estar dedicado a nadie
sino a la ausencia.
Una pareja de jóvenes
y una pareja de ancianos
pasan frente a mí.
Los miro alejarse hasta ya no verlos.
En su lugar veo tilos y acacias.
La tarde sigue apacible pero
la luz es poca.
Suenan las campanas de la catedral. Debo irme.
Hoy, además,
las palabras no se traducen.

Fuente: Como las hojas que caen, Felipe Villaro, Alción Editora, Córdoba, 2014.


Los hombres de otra edad

Los hombres de otra edad
caminan con nosotros
pero no los vemos;
hablan nuestro idioma
con distintas palabras.
Los hombres de otra edad
ocupan su tiempo de diversos modos:
a veces en los surcos de sus días
hacen correr un vino blanco
aromático y ojeroso
como las hojas secas de los tilos;
otras veces
en la planicie de sus noches
erigen muros de sueños
para defenderse de las sombras;
casi siempre
en sus ratos libres,
apostados en esquinas sin ochavas,
gritan su nombre a los que pasan
intentando que alguno lo recuerde
para salvar su identidad.
Los hombres de otra edad
no le temen a la muerte:
simplemente
le temen al olvido.

Fuente: Como las hojas que caen, Felipe Villaro, Alción Editora, Córdoba, 2014.

Felipe Villaro nació en Trenque Lauquen, Provincia de Buenos Aires, en 1939. Desde 1964 reside en La Plata. Es abogado y autor de libros y trabajos relacionados con su profesión. Fue, además, profesor universitario. En poesía publicó Adasmeuq: pequeñas cosas y otros poemas (Grupo Editor Latinoamericano, 1999), El sueño de Ulises (Alción Editora, 2008) y Como las hojas que caen (Alción Editora, 2014). Con anterioridad a estas publicaciones, sus poemas habían aparecido en diarios y revistas. También abordó la ficción en Bateristas numerosos (Alfaguara, 2001) y el ensayo en Decadencia y Nación: ensayo de la Argentina, 1862-2005 (Scotti Editora, 2005). 

Foto: Felipe Villaro. Fuente: Adasmeuq: pequeñas cosas y otros poemas, Felipe Villaro, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires 1999.

martes, 1 de julio de 2014

Carlos Aprea


Raúl

Dónde andarás Raúl,
por qué difícil cálculo.
La tierra, al fin, sigue anchísima y ajena
y no te alcanzo a ver por el google earth.
Juntos comenzamos a explorarla
remontando en verano el Maldonado
y fue nuestro el festín de garzas y flamencos,
nuestra patria primera, sin fronteras ni ley.
Y siempre tu rostro,
sin dudas ni jactancia alguna
que te hayas permitido;
un cruzado que siempre entrevió a Dios
en el horizonte
de su propio esfuerzo;
los demás hacíamos lo nuestro,
lo de todos: dudábamos,
vagueábamos o nos enredaba
el diablo en las diagonales
más sórdidas del centro.
Cómo andará tu fe prodigiosa
en las virtudes de la técnica,
el progreso como un horizonte luminoso,
lejos de la miseria y el temor,
que siempre golpeó más a los morochos,
aseguraba tu madre;
cómo andarán tus superhéroes
y nuestras estampillas: mares lejanos,
animales fabulosos, países de nombres
sorprendentes;
dónde guardarás esa placa de bronce
de los ferrocarriles ingleses del Chubut,
juntos la arrancamos de una máquina
muerta, una ballena de hierro en
pleno Puerto Madryn, “Manchester 1888”,
nos pesaba como una culpa;
o esos trozos de carbón
de coke que desenterrábamos
entre las vías muertas del baldío,
mientras soñábamos mansamente
con el porvenir. No eran tiempos
para entender demasiado,
ni vislumbrar la tempestad en ciernes.
Tanta agua pasó
que no quedaron puentes entre
tu vivir y el mío, sólo alguna
foto escolar, el sonido
de tu nombre llamándote
desde el jardín,
frente a tu antigua casa,
atrás del descampado y el olvido.


López Selección

Carga contra el olvido en cada copa,
bebe para recordar que bebe,
para tener un recuerdo cierto,
lo que dura su brillo en las pupilas.
Nunca es tarde
cuando la desdicha es buena.
Ríe. Alguna vez trabajó en algo,
alguna vez gozó en su propia cama. Me dice:
la mujer empuja y el hombre está en llanta.
Amargo, Epicuro emerge del alcohol.
No hay bares en el barrio ahora,
se fueron los valientes Caballeros
de la Botella, maestros de bota y damajuana.
Se fueron a otros bordes,
con caballos y potreros
y la virginidad perdida
de las muchachas.
Ellas consumaron su primer ardor
y se fueron,
lo dejaron pagando
su ración de vino malo.
Ya no hay códigos de silencioso
brillo ni cuchillos de temple criollo,
esos que entran en la carne
y sacian la sed, mirando escapar
la sangre ajena, la sangre
de un traidor por ejemplo.
No hay más bares, me dice,
tetra en mano, un tigre viejo, esperando
que le devuelva un gesto
de complicidad y me vaya,
esperando que pase el tren,
aquí, donde no quedan ni las vías.


Margarita

Al único teléfono del barrio
lo custodiaba Margarita,
en la estafeta postal.
Sus mofletes curtidos brillaban
con el sol de las tardes de octubre,
ah, look at all the lonely people,
rubia pulpera sin pulpería.
Un sagrado corazón
con tintas de oro y carmesí,
asomaba tras la cortina de su comedor,
espiaba, mate en mano, quién
y cómo usaba el aparato,
cada minuto de sus interminables horas,
y con su radio de Mañanitas Camperas
despertaba las calles somnolientas.
Margarita saludaba ¡chau, querido!
a los chiquilines en guardapolvos
y les miraba a los hombres
la entrepierna para distraer su soledad.


El agua y el aceite

En las manchas del colchón
habita, oculto, el pasado.
Mientras vamos a la escuela,
las putas de la vuelta de casa,
madre e hija, salen a saludarnos
desde la tapera del fondo,
una pintura de Molina Campos,
ballenas voluptuosas, pintarrajeadas,
con toda la resaca de la madrugada.
En el recreo, los más grandes
dicen que la rubia tiene la uterina,
Martita, desde su pupitre
se ladea, levanta el guardapolvo
y pide que nos despidamos de ella
autografiándole los glúteos.
Doña Martina ve nuestros pecados
en el aceite vertido sobre el agua.
Las gotas se estiran sobre el plato.
–Estás ojeado, nene. Te lo están mirando
mucho las mujeres, Teresa.


Cuando vuelven los días

No es mi flaca alegría la que empuja otras voces
a poblar las veredas en los días de fiesta,
pero sube al mirarlos algo que se asemeja
a ese aliento que sana. No soy quien
para juzgar cualquier intento
de hacer de una manada un pueblo,
mis derrotas deben morir conmigo, es vileza
alimentar el odio propio con esperanza ajena.
Ellos pueblan de niños, ladrillos y paredes
y ropa colgada al sol y cocinas humeantes
y madrugadas limpias, las calles de un barrio
cuyos límites ya no reconozco.
Ellos brotan sin tutores de ninguna especie,
y no piden permiso ni viven de prestado,
apenas tienen llave y contrapiso,
apenas un umbral, un patiecito,
dueños de rabias propias y desprecios ajenos,
de solidaridad callada y plena, pelean,
por las buenas o no, pelean cada día.
Hay un sol que apenas los alumbra y salen
a festejar la vida. 


Supongamos Turkestán

a Pablo Ohde  

Prefiero imaginar tu parada argentina
sobre la proa de un barco ennegrecido,
ese porte ajeno a todo carnet de afiliación
o pertenencia,
salvo ese infinito océano primordial
donde la vida copula y renace cada día.
Tu sonrisa irónica y transoceánica
surcando el mar la mar
la rosa bisexual,
el humo de los fumaderos,
la sal de los monstruos marinos,
lo viviente como equipaje denso:
latidos desenfrenados en un cuerpo lento,
tu altavoz que no cambia
el alcohol más preciado
ni la madrugada más bella
por el recuerdo de esa bahía de hembra alucinada.
La alondra Spinoza posada sobre tu hombro,
avizorando desde tu altura
la espuma de esos días fáusticos
sobre los acantilados de la Costa Brava,
y murmurándote, como una pasión triste,
la dulce canción final
de los desterrados.
Ahora parece que te fuiste
al carajo, marinero,
supongamos Turkestán,
a seguir arrastrando
tu voz en la poesía –poesía sobre tu voz–
con las maravillas que no morirán.
Escupiendo versos contra toda servidumbre,
sobre la grisura de un mundo
un poco más miserable y solitario.

Fuente: Gentileza de Carlos Aprea.

Carlos Aprea nació en La Plata en 1955. Vive, desde siempre, en el barrio Villa Elvira de dicha ciudad. Cursó estudios en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la UNLP. Es Técnico Químico y cofundador de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la UNLP. Comparte su condición de poeta con la de actor, autor y director de teatro. Publicó cuatro libros de poesía: La intemperie (1999), Abrigo (2006), La camisa hawaiana (2010) y Pueblos fugaces (2012). En 2009 dio a conocer, conjuntamente, las siguientes plaquetas: Conociendo gente se viaja, El pájaro de las cinco y media, This is the end, week end, Política líquida y Teatros. Algunos poemas y textos diversos de su autoría aparecieron también en compilaciones poéticas y revistas culturales como Talita, El Hormiguero, El Espiniyo, Pasajes y Sismo Trapisonda, entre otras. Acerca de su poesía escribió Juan Octavio Prenz: “No vacilamos en atribuirle la cualidad de poesía necesaria, cuyos procedimientos y recursos poco o nada tienen que ver con la dispersión retórica, como tampoco con la búsqueda de fáciles complicidades con el lector, y sí, en cambio, se comportan siempre como elementos funcionales. Cuando hablamos de poesía necesaria, queremos subrayar que la misma apunta menos a los efectos exteriores o a producir un cambio voluntarista en la ‘serie literaria’ que a dar respuestas a una necesidad interior de expresión. Por otra parte, esta necesidad de expresión no es gratuita ni lúdica y obedece a razones profundas que hacen a la posición del hombre en el mundo, a sus relaciones con la realidad y con los demás seres humanos. No es extraño, pues, que de esta necesidad participe también un uso adecuado, con-veniente, de la palabra, que se presenta aquí con toda su carga y su peso de significado, sin dejarse desbordar por los efectos múltiples que la misma puede producir. Aprea es, en este sentido, un poeta sustancial, con versos ‘llenos de mundo’ y en comunión permanente con una realidad compleja hecha de certezas y vacilaciones, alegrías, frustraciones, posibilidades”. Los poemas publicados en esta entrada pertenecen a Villa Elvira, libro inédito.

 Foto: Carlos Aprea. Fuente: Gentileza de Carlos Aprea.