Mostrando entradas con la etiqueta Leandro López. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leandro López. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de junio de 2026

Leandro López

 

Tenía durante todo el día una náusea perpetua.
El extranjero, Camus

 
Extranjero en sí mismo (I)
 
No sabe quién es. No sabe
decirse en la niebla quieta
que domina el pantano. No sabe
si tuvo madre, si tuvo padre.
Sólo recuerda una pirámide de hierba
frecuentada por los pájaros.
 
No sabe quién es. No sabe
hacer de su cuerpo un refugio
que resista el día, la noche. No sabe
si la tierra fluye, si el agua hospeda.
Sólo retiene una nota de campana
entre sus labios de ceniza.
 
No sabe quién es. No sabe
distinguir el yo del otro. Extranjero
en sí mismo, la confusión es ley
y destino.
 
 
Extranjero en sí mismo (II)
 
No sabe qué busca. No sabe
hacer brotar una semilla
desde el centro de su cráneo. No sabe
si el precipicio está en el salto.
Sólo mueve sus manos desesperadas
como un estallido de pavesas.
 
No sabe qué busca, No sabe
entregarse al remolino vegetal
que crece con el horizonte. No sabe
si la piel es límite o religión.
Sólo fuma y bebe despacio
de cara al alba que se lleva el resto.
 
No sabe qué busca. No sabe
leer a los demás. Extranjero
en sí mismo, la intemperie es temblor
y cauce.
 
 
Extranjero en sí mismo (III)
 
No sabe por qué. No sabe
el sentido del mal en el bien,
del suspiro en la llaga. No sabe
aprovechar la enseñanza de la úlcera.
Sólo aviva desde sus entrañas
un rumbo sin profetas ni mártires.
 
No sabe por qué. No sabe
descubrir la parábola del charco
asediado por las moscas. No sabe
conservar los jeroglíficos de espuma
de su vigilia, las llaves de lava
que abren el bosque subterráneo.
 
No sabe por qué. No sabe
besar la distancia. Extranjero
en sí mismo, el azar es leño
y evasión.
 
 
Extranjero en sí mismo (VII)
 
No sabe para qué. No sabe
embarcarse en los ojos de un niño
hacia otros límites. No sabe
proponer un mar distinto, otro culto
entre los quejidos desesperados de un saxo,
evocación de cercanos y ebrios desplazados.
 
No sabe para qué. No sabe
perseguir la consumación de una sombra,
su nítido reverso salvaje. No sabe
verter toda las distorsión en su oficio,
si el absurdo explica su mareo
como crisálida en el barro tibio.
 
No sabe para qué. No sabe
proteger su cardumen. Extranjero
en sí mismo, el desborde es ausencia
y fondo.
 
Fuente: Poemas del extranjero, Leandro López, Proyecto Hybris Ediciones, La Plata, 2026.
 
Leandro López nació en La Plata en 1978. Es Profesor de Lengua y Literatura y corrector literario (posee la Diplomatura Internacional para Correctores de Textos). Como integrante del taller de Ana Emilia Lahitte, dio a conocer algunos de sus poemas en Hojas de Sudestada Nº 288 (2000). Actualmente, su obra poética publicada incluye Caídas sobre caídas (Sudestada, 2001), Postales anacrónicas (Hespérides, 2007), El reino paralelo (El Mono Armado, 2013), Mitología de la noche (detodoslosmares, 2018), Kurt Cobain, el hombre que tomó el desvío (Proyecto Hybris Ediciones, 2022) y Poemas del extranjero (Proyecto Hybris Ediciones, 2026).
 
Foto: Poemas del extranjero
, Leandro López, Proyecto Hybris Ediciones, La Plata, 2026.

lunes, 11 de julio de 2022

Leandro López

Kurt Cobain, el hombre que tomó el desvío
 
I
 
El 20 de febrero de 1967 nació, en Aberdeen, Washington, Kurt Cobain. Ese día una llaga se encendió en la boca del infinito; el mar abierto cantó su despojo de musgo en remolinos.
Ignoro si su destino ya estaba grabado en su primer llanto. Ignoro la primera imagen que sus ojos claros rescataron de esta vorágine sin retorno. Ignoro si un hálito azul rozó su piel virgen. Tal vez su madre, entre sonrisas selladas, lágrimas y caricias, acunó en sus brazos su inevitable orfandad. Quizá su padre, con orgullo de arrecifes, ensayó frente a él un gesto lento de mimo inexperto.
El 20 de febrero de 1967 corrió por las calles de Aberdeen un viento mareado que desorientó las débiles luces del invierno. Una pareja de amantes se hizo raíz y tronco. Los bares, nunca postrados, juraron eternidad en el choque de vasos llenos. La canción por siempre fugitiva insinuó en el puente su hora intacta.
Tal vez solo los subsuelos adivinaron la presencia de su futuro mártir. Quizá una baldosa resquebrajada ofició de bautismo. Quizá un charco impasible fue demasiado naufragio para su propio vaho.
20 de febrero de 1967. Ese día la ausencia supo de su hondura, masticó una dignidad nueva, tempestad arrebolada. Había nacido Kurt Cobain.
 
 
XIV
 
El escenario está dominado por una luz mortecina que traspasa y ausenta. Música como un delirio de jaurías. Ojos rojos nacidos de precipicios con uñas de nácar. Bocas que liberan langostas ígneas. Cuerpos como signos de exclamación –trance de rieles y maleza, islas semihundidas en la cabellera de una mujer sin nombre, eco deshilachado y feroz como soles grises del alba.
¡A cantar, a aullar la travesía mugrienta y el destino partido! ¡A espesar el aire y a desatar la intemperie como moscas ebrias! ¡A crear con la destrucción como ley, a escarbar en las cicatrices! ¡A tajear la luna, a vomitar abismos como tendones!
Kurt Cobain se arroja del escenario al público, que lo recibe con los brazos en alto –lenguaje de agonía y erupción, rompiente de sueños coagulados, contraposición de nubes y estacas. Kurt Cobain, remoto, se pierde en un trance bastardo.
 
 
XVII
 
Sumérgete, sumérgete, sumérgete en mí.
Necesidad humana de comprensión. Rezo pagano que se incrusta en las horas-pleamar. Cuerda sobre un abismo que une el fuego con el fuego.
Necesidad humana de ser habitado. Como un mausoleo y sus velas extenuadas, como una isla atravesada por la flecha del salvajismo y del abandono, como una gruta profunda que oculta la identidad dionisíaca del océano.
Necesidad humana de exhibir las ostras y el barro, el cristal y la bruma, lo exacto y la deriva.
Necesidades nunca satisfechas. Piedra donde despunta un alba dubitativa. Agua que chorrea y se pierde en un mareo de cuervos. Cielo que decanta en un espejismo de sí mismo.
Sumérgete, sumérgete, sumérgete en mí.
 
 
XXVII
 
Alta soledad de las mañanas taciturnas –voces como piras que desconocen todo margen, mirada imposible de gato castrado, piel en estremecimiento de espuma contra las rocas de la negación.
¿Qué pasos en qué campo virgen? ¿Qué ámbar de qué árbol sometido? ¿Qué ancho delirio como una sed de brazos y desprendimiento?
Alta soledad de las tardes abandonadas –luz que se contrae en las redes del abismo, luz estacionada en el nunca de las promesas, luz que aísla hacia franjas de ceniza en las que tiembla la certeza de lo no-cierto.
¿Desde qué melancolía encender un rumbo? ¿Qué religión ofrendar a las ojeras del vacío? ¿Cómo romper la costra del desasosiego?
Alta soledad de las noches hipnóticas –símbolos inconexos esparcidos en la conciencia desgajada: una botella a los pies de un altar, el torso sucio de la luna, el lenguaje torpe de lo inadvertido, una esquina verde tenue donde se rinden los axiomas de la carne.
En lo profundo, lo ignoto, hambriento, cópula y gleba.
 
 
XXVIII
 
El 4 de marzo de 1994, en Roma, Kurt Cobain sufrió una sobredosis, a raíz de la ingesta de hipnóticos y champaña.
Oye la muerte, los pasos firmes de la muerte. Sobre las calles de tu ser, sobre las viñas de tu ser, sobre la arena leve de tu ser. Oye la muerte, la vagabunda.
Oye la muerte, la voz perenne de la muerte. En la hierba desordenada de tu ser, en la fuente de mármol de tu ser, en las nubes en reposo de tu ser. Oye la muerte, la transparente.
Oye la muerte, el roce profundo de la muerte. Donde confluyen las cascadas de tu ser, donde abrevan las lentas bestias de tu ser, donde vacila el dios amputado de tu ser. Oye la muerte, la furtiva.
Oye la muerte, el desgarro infinito de la muerte. Cuando arden los pájaros cautivos de tu ser, cuando se desbordan las partituras como encías sangrantes de tu ser, cuando se escalonan hacia el magno espacio los precipicios de tu ser. Oye la muerte, la desequilibrada.
Y sin embargo regresar, como de un bautismo pagano, entre los muros descascarados de la confusión. Regresar para decir o para ocultar. Altísimo privilegio de los incoherentes, de los que adivinan en el agua constelaciones de larvas, de los que intuyen en los astros la transgresión de toda herencia.
 
 
XXXIV
 
Quedan las canciones de mandíbulas apretadas, de paradojas irresolutas que lastiman la esencia de lo permanente. Desgarro que se bebe del azul pálido de las horas. Libertad de cicatrices. Fuga a los escalones eternos de la apatía. Valles hacia lo hondo.
Quedan las canciones de sexo abierto, de apetitos inéditos que rivalizan con dioses pardos. Éxtasis que hace de la fiebre una bandera desflecada por el primer suspiro del alba. Perturbación de islas como piras en la conciencia, de cielos arcaicos profanados por lo inmediato, de ritos dispersos alrededor de una medalla de niebla.
Quedan las canciones de pasos erráticos, de versos que hablan cuando lo dicho se quiebra. Lengua ávida por explorar el aire y el polvo. Cede lo intraducible en una multiplicación de enjambres contra un eco lábil, la lógica nauseabunda en un mareo de delfines, el despojo del chacal nutrido por la carroña del crepúsculo.
Quedan las canciones como astas en el páramo, como planetas revueltos en el alcohol del infinito, como ruinas erguidas de un esfuerzo paria, como intermitencias rojas entre el follaje de piedra.
Quedan las canciones. Simplemente, totalmente, las canciones. Trozos de pan, denso vino. Para hoy.
 
Fuente: Kurt Cobain, el hombre que tomó el desvío, Leandro López, Proyecto Hybris Ediciones, La Plata, 2022.
 
Leandro López nació en La Plata en 1978. Es Profesor de Lengua y Literatura y corrector literario (posee la Diplomatura Internacional para Correctores de Textos). Como integrante del taller de Ana Emilia Lahitte, dio a conocer algunos de sus poemas en Hojas de Sudestada Nº 288 (2000). Actualmente, su obra poética publicada incluye Caídas sobre caídas (Sudestada, 2001), Postales anacrónicas (Hespérides, 2007), El reino paralelo (El Mono Armado, 2013), Mitología de la noche (detodoslosmares, 2018) y Kurt Cobain, el hombre que tomó el desvío (Proyecto Hybris Ediciones, 2022). Sobre este último libro, explica el autor en el prólogo:

Este trabajo es una aproximación a la personalidad y a la obra de Kurt Cobain. Datos biográficos y citas de canciones sirven de apoyo para interpretaciones personales.
Pero también es un homenaje para un artista que permanece vigente, como un obelisco en la niebla, y cuya influencia, desde su prematura muerte, no ha hecho más que acrecentarse.
Aclaro que, al bucear en la vida de Kurt Cobain, me he encontrado con diferentes versiones sobre hechos puntuales que marcaron su existencia. En consecuencia, es posible que alguna información sea inexacta. Sin embargo, el objetivo de estos textos es ir más allá de los datos biográficos y capturar el pulso, errático y certero, desmesurado, de un hombre que se condenó a sí mismo y, al hacerlo, sacudió nuestras vidas. ¿Valió la pena? Estoy seguro de que valió la pena.

Foto: Leandro López. Ph by Daniel De Bona.

miércoles, 25 de julio de 2018

Leandro López


Mitología de la noche

Ya nunca creas que eres tú.
                            A. Artaud

I

Que se disipe mi sombra entre los cuernos de la apatía
sagrada renuncia aullar aullar aullar
por toda respuesta un lento y azul campanazo
en mi vientre caben los juncos y su pantano
círculo de moscas mareo y descender
dioses de uñas mugrientas trabajan una pierna de luna
replegados en el incesto de flujos paradoja
ensimismada embriaguez abre un arco de fuego
bestias adivinan su comunión con las larvas de ceniza
olor a amapolas que no sabe ser otro puentes aéreos y rocío
viento demorado en un borde en el margen
donde yazgo y espero roto entre los garfios de la apatía.


II

Entonces la noche cualquier lugar es lejos
el tiempo urna desbordada de cucarachas
exilio en himnos entonados por las cañerías
exilio con base en un cenicero triangular
y los restos que la orfandad no pudo ceder
y tanta plata dispersa hipocampos de neón
y demasiado olvido para la palma de una mano
para la vasija resquebrajada del iluso
inocencia donde copula la locura sabia prostituta
deja deja que ofrende mi córnea a las estrellas
mi más cara maldición en el reencuentro
fortuito inviolable del musgo en la piedra
en el rostro compacto de raíces y después.

Alguien ha dicho abandono fuga hoja
huele a sexo de virgen el cielo bastardo
o tal vez rumor de fuentes rémoras de magma
o fiebre que late en el bulbo del vicio
o nombre sostenidos por ojos de gato a la madrugada
lleva esparce multiplica el golpe de puertas
contra la castrada lógica del renacuajo
y así partirán otros murciélagos hacia
tumbas plenas de luz y barro hacia lluvias
incesantes como enigmas irresolutos
dos astros hablan del bronce corrompido
que clausuró la parábola de tierra
y hierba para frecuentar cortinas rendidas.

Profundidad de ojeras cuando la muerte
de la causa no es la muerte del efecto estampida
de cuervos superpuestos cálices de cuarzo
vino espeso coágulos de la tristeza
paredes con mapas carcomidos de inadvertencia
bogar bogar entre los residuos de lo que no fue
los dogmas de la piel como labios abiertos
y rieles de nubes cárdenas que abisman
en la intuición del centro desplazado
quiero quiero la nervadura de una resaca invicta
para desafiar el choque eléctrico de terrazas
oscilantes en la fantasía de un cigarrillo
apagado en la húmeda tráquea de las calles.

Alguien ha dicho desnudez sin retorno gota
se prolonga el roce de aire de bahía
entre túneles de árboles niebla cautiva
envuelve despoja de cruces a los perros
mientras estigmas recurrentes parasitan en los hombres
temor de forzar los candados de la coherencia
avidez de torres exactas precisas como arañas
y horas dóciles platos de sopa
para la nostalgia del amanecer imposible
despliega despliega la lepra de tus violines
contra tanto bar clausurado tanta erupción sofocada
y así sumergir en alturas la cabeza
pedazo de página roída por las ratas.

Entonces la noche cualquier milagro un ultraje
bello y profundo como corolas de suburbio
mi pulso zanja anegada de inconstancia
entre ruinas de vasos de cerveza al fondo
sucio y claro fondo del percibir
un brote de fuego apertura
un saxo de párpados levedad
un remolino de polen dispersar
y entonces la noche que alguien dijo noche.


III

Raspan las sombras y habla el ídolo en su baba
linaje de sótanos inhabitables y los pasos
del ser todo lluvia y jamás y el desfigurado rostro
de hierba en los baldíos el corazón
late sin rumbo entre eclipses hocico de lobo
la promesa y su juramento y óxido.

Temblor de charcos como yo y otro
nace el sumergido azul en mi muslo
y en mis venas escarabajos y sequía
viaje del escombro a la cúpula al escombro
entonces extrañeza de pétalo en la boca
y epitafio de llagas encendidas para el insomnio
de obsesiones máscaras basurales
para la multiplicación de hojarascas en la memoria
tótem de viento y ámbar centro fecundado
para la digna costra de lo que calla.

Abren las sombras y precipicios inconexos
muerden la percepción de las horas y su nudo
garganta obstruida de bulbos vomitar
lo que queda de desconcierto haz de semillas
sobre el plagio del sueño nuevo como
teatro de úlceras lívidas y transcurrir
en cascada sauce granizo yemas
bajo la mueca absurda de la soledad
una crisálida parece y se pierde.

Olor a tilos en celo fundir
la palabra y su reverso la fe
porque rehenes del bermejo mastican óvulos de vidrio
y ninfas borrachas perpetúan su canto más allá del aire
porque lejanías densas abrazan médula de relámpagos
y tajos no nacidos para la fragua de los opuestos
porque yerran perros famélicos en mi conciencia
y ya no hay prohibición que margine ampute
sólo un ritmo de botellas y guitarras
en armonía con el mítico oro del deseo.

Cantan las sombras y liberan
al demonio seguro de sí mismo al santo
desconfiado de sus rodillas al demonio
que se retuerce al santo que agradece
transpiran por el mismo culto no importa
qué pozo celda o trigal
qué marea erosione las mejillas de lo que debe ser
qué fuego exalte el sexo de lo falso
no importa apariencia realidad o dios
lo que pesa es la tenue mirada del niño
en el límite del absurdo follaje desgarro.

Hipnosis en el lento desmoronar
de metáforas que justifican el hastío vigilia
de los miedos con ojos de gárgola
y tantas franjas rojizas entrecortadas
en la viscosa procesión de las distancias
malditas por el agrio zumo de lo innombrable
criaturas difusas ofrecen su calvario
como único y último pájaro hacia la nada
emerger de la voz que el vino no pudo desviar.

Alzan las sombras hemisferios incongruentes
cada flagelo con su banco de peces esmeralda
cada placer retenido en la mandíbula del ocio
cada estructura de conchilla sobre el lago ignorado
y tanto país convulso de pestes indescifrables
tanto reptar entre lágrimas que horadan bendicen
el crimen la humillación lo para siempre oculto
bajo la piel que recita sus vestigios esculpidos
en el olor de la brisa espesa estancada
islas como templos desafinados escalones
hondo destierro en el desenfreno
del disco que lacera y germinar
tibias visiones en la escarpa del delirio.

Fuente: Mitología de la noche, Leandro López, detodoslosmares, Córdoba, 2018.

Leandro López nació en La Plata en 1978. Es Profesor en Lengua y Literatura y Corrector Literario. Como integrante del taller de Ana Emilia Lahitte, dio a conocer algunos de sus poemas en Hojas de Sudestada Nº 288 (2000). Actualmente, su obra poética publicada incluye Caídas sobre caídas (Sudestada, 2001), Postales anacrónicas (Hespérides, 2007), El reino paralelo (El Mono Armado, 2013) y Mitología de la noche (detodoslosmares, 2018). Acerca de este último libro, señala Adrián Ferrero en el prólogo:

Si todo yo lírico aspira a dirigirse a un tú, es decir, su alteridad, este libro lo logra. La construye desde el vacío hacia la plenitud, que puede premonitoriamente advertirse. En el poemario, es cierto, hay prostitutas y se nombran suicidios. Ambos, cada uno a su irónica manera, son formas del sinsentido y del fracaso. En un caso, de la incapacidad de introducir, en el seno de un vínculo, el cuerpo del amor. En el otro, el hallazgo de que ya no lo tiene el mundo o, peor aún, el universo todo. Se ha perdido el sentido y el yo lírico se extravía en ese marasmo porque sólo le queda el abismo que, como siempre, resulta irreductible. Por eso permanece en la noche. La entiende como su refugio y su resguardo pese a que siempre alberga ciertos riesgos: intemperies graves y la imposibilidad de orientarse demasiado.
Tras los pasos del alba, porque “El reverso de la luz no es la sombra/ es la Ausencia”, las mayúsculas invitan a resignificar esa experiencia de la alteridad. Porque la ausencia, con esas mayúsculas que la vuelven la jugosa hipótesis de un verso, supone una ausencia reduplicada. Una ausencia que se resignifica en toda su magnitud porque es una ausencia mayor y una ausencia que el sujeto siente de modo desgarrador. De modo que si la noche es la ausencia (y, convengamos, la ausencia se percibe particularmente por las noches) la mitología de la noche es la mitología de la ausencia y, agregaría yo, de una ausencia en especial.

Foto: Leandro López. Fuente: Mitología de la noche, Leandro López, detodoslosmares, Córdoba, 2018.

sábado, 24 de agosto de 2013

Leandro López

























El reino paralelo

III

Habitación entre dos silencios concha
en la marea ensimismamiento de pulpo
célula filtro tumba asistida por demonios
amables la virtud está en dejar un margen
a lo confuso dirijo mis murciélagos estoy
indemne poesía de roces y descalzo
a veces en mi pecho lo que no fui y ser
la araña expectante el disco ya sucio el espejo con montañas
entre dos caídas puñal en la víspera
de bautismo los años aferran pronuncian
sílabas robadas a mi desgaste espiral repetir
un sueño como babosa en la conciencia hunden
entre dos rezos lisas paredes pantallas
vírgenes no pueden salvarme mi voluntad
sólo conoce de vísceras costillas músculos
y un indefinido entre polos irreconciliables.

Desde aquí los hombres están lejos y quiero
ver sabiduría en esa distancia velador dispara
oleaje con aguavivas de cobre techo hospeda
descascarado signo de la permanencia aire rompe
en parto prematuro de acordes bálsamo aquí
los dioses borrachos putrefactos sin después
un insulto de telaraña perfecta osadía
remordimiento pedazo de baldosa charco
que sube y no tapa pasillo puedo olerlo
su angustia de ruptura desde aquí.

Habitación eternidad en suspenso maxilares
contracturados piel de lagarto ojos
como beso de estacas quietos desollar
lo imposible la hostilidad en el éxtasis
monotonía de tazas de porcelana despejada y macetas
germinan las voces del destierro pueblan rebasan
la desesperación ha cedido en molinos
campo arriba pero no ansiedad de saliva en estalactitas
paladar como galería de báculos dagas rostros
y bufones solemnes alrededor del trono desocupado y
siervos enaltecidos por su ambición
el cuerpo reclama un descanso de brisa
sobre humillantes vanidades despuntar
las alas de cisne del aturdimiento correr
perseguido por mi propio eco de pronto
apesta a niño ultrajado las sienes inclinadas
leer la profecía el desmayo de colores líquidos
rojo bermejo poema de sustancia volátil
lo que queda lunar en nariz aguileña.

Desde aquí las cosas cobran dimensiones inusuales
y quiero ver un hechizo de pezón tibio en esos rasgos
racimo de pupilas órbitas caprichosas ordenan
excepciones en degradé la palabra hermética y planear
como inocencia de tigre aquí las cruces bostezan
opacos promontorios advertencias prostituidas la vigilia
con sexo de estribillo con extravío de balcón hacia
el andén y curvas en los hombros chatos
recurrencia de fetos en el evangelio del azar
extrañeza de cripta zona vedada desde allá.

Fuente: El reino paralelo, Leandro López, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2013.

Leandro López nació en La Plata en 1978. Es docente y corrector literario. Como integrante del taller de Ana Emilia Lahitte, dio a conocer algunos de sus poemas en Hojas de Sudestada 288 (2000). Actualmente, su obra poética publicada incluye Caídas sobre caídas (2001), Postales anacrónicas (2007) y El reino paralelo (2013). En la contratapa de su segundo libro, señala Horacio Preler: “Desde la sensibilidad de Leandro López la tarea de crear y crecer se transforma en una ardua labor que se alimenta de la soledad... Poeta de soledades, Leandro López nos da la sensación de una presencia incierta frente a lo cotidiano... El niño inseguro que guía sus pasos le impide encontrar la claridad que su corazón reclama, mientras describe en sus temas un mundo dolorido y contradictorio que lo lleva al descubrimiento y al asombro”.

Foto: Leandro López. Fuente: www.tuertorey.com.ar 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Leandro López




















El reino paralelo

I

Nadie entra en mi reino deshabitado púrpura
ni siquiera yo estoy seguro de su existencia
a veces un olor carcomido de sauce frondoso
denuncia una cruz o un pájaro otras
un golpe de vasos colmados derrama una intemperie
azul otras mi lengua transpira un zumo
de brote estallido de peñasco en punta.

Nadie comparte la flor que muerdo cada mañana
cuando las hebras de un sol eunuco y el vómito
recurrente y la ceniza desplegada en los cristales
y la madera abierta con ojos saltones de insecto borracho
y el chirrido de una cortina al cerrarse
cuando el impulso niega el borde y el cielo
con tarántulas cede en retazos bermejos y los abismos
reunidos en un culto que los supera y la transición
hacia colillas de esperma gira sobre la cuna vacía
y los héroes imposibles agitan el fantasma paria
que no alcanza a justificarlos y entonces
una mancha de ameba atragantada en todo suspiro.

Nadie recuerda haber dejado las huellas que me nutren
estigmas con uñas como brasas y en carne viva
un dios harapiento barrotes gélidos y espinas
que clausuran las posibilidades con cabeza de medusa
llagas en erupción de miedos aguijonados como
estatuas mohosas señales en desvarío al fondo
de un cenicero como páginas arrancadas a la voz
de los tachos de basura hablan los floreros abandonados
en casas de niebla y la persistencia de los topos
y las terrazas y las raíces y el hombre
engendrado por la bestia en sus horas de ocio.

Nadie comprende el aislamiento de reloj detenido
el saco apolillado y febril las costumbres
inútiles que entretejen el hastío y el grito
no nacido propaga el fuego de la súplica pagana
el aislamiento de tortuga caparazón impenetrable
y el vaho de charcos constantes fecundación
de la espera con tentáculos de ámbar
y el río que muere en el sacrificio de la luz
negación que corroe el sexo de lo dado desde el margen
de lo puro el aislamiento de cañería rota
cada lágrima sobre la piedra vocación de altar
cada suburbio párpados sucios y semillas.
Nadie reconoce esta dignidad de ostra hueca
la tristeza con colmillos hincados en el cuerpo
veneno circular ardor de úlcera y precipicio inconexo
un calambre esparce escarabajos en la piel
la piel sabe a tiempo y a olvido las yemas
sobre la memoria templada de triunfos ya obsoletos
y el remordimiento hongo cristalino
que succiona raspa abisma en el abandono
la dignidad es un callejón húmedo sin fin
siempre hacia nunca dónde el desnudo
mártir en descenso entre hiedras lascivas
como mareo escoltado por la renuncia.

Nadie sostiene esta tierra porosa estremecimiento cautivo
las manos ajadas en sangre teatro dionisíaco
en el anuncio de las eras y la memoria
islote a la deriva con nudos de serpientes
capullos cayendo ser los capullos cayendo
en el aire espeso el alba después del sentido
torres escalonadas en turbación de rosas libres
este perfume de musgo óxido en los huesos
y el despojo en balanceo de viento ley
proferida entre criminales seguros de su santidad
y la abundancia en un eco tajeado ser
en otro plano cerca en la lejanía campo
rendido en el marco de una reproducción barata
esta tierra exhausta sin brotes sin néctar sin
el reclamo a martillazos de los hambrientos
sola ignorada el valor de un anillo en un dedo
amputado esta tierra febril huérfana muda
secuencia sin causa sin porvenir sin hogueras
contra lo marchito lo certero lo inevitable.

Nadie sueña la impiedad de este claustro
belleza de escorpión de cucaracha aplastada
de límite abierto a tormentas más allá
donde el roce de una frase infinita
agregar una palabra y morir y círculo
la órbita desprovista de excusas este letargo
prolongado en un gesto rígido que denuncia
y somete extraña paz revuelta de cigarrillos
fugaces de alcohol de cartas incongruentes
la vida es una partida de póker sobre la mesa
del aburrimiento aturde brújula frenética
desperdicio de pies descalzos hacia
la quema final del único testimonio.

Nadie pregunta por esta inmolación gratuita
lo fácil es la devoción con templo y con rodillas
la locura enseña relatividades altera el centro
puntos suspensivos paréntesis puntos suspensivos
cuando las estrellas trazan la ruta del fuego
y el tiempo se comprime en agujeros densos
lo inapelable el filo de las contradicciones
para siempre irresolutas ese es mi tiempo
en la frontera de los cipreses piramidales
y decir he partido he penetrado he vuelto
para este tiempo no mío desviación desgarro.

Fuente: Gentileza de Leandro López

Leandro López nació en La Plata en 1978. Es docente y corrector literario. Como integrante del taller de Ana Emilia Lahitte, dio a conocer algunos de sus poemas en Hojas de Sudestada 288 (2000). Actualmente, su obra poética publicada incluye Caídas sobre caídas (2001) y Postales anacrónicas (2007). Acerca de este último libro, escribió Horacio Preler: “Desde la sensibilidad de Leandro López la tarea de crear y crecer se transforma en una ardua labor que se alimenta de la soledad... Poeta de soledades, Leandro López nos da la sensación de una presencia incierta frente a lo cotidiano... El niño inseguro que guía sus pasos le impide encontrar la claridad que su corazón reclama, mientras describe en sus temas un mundo dolorido y contradictorio que lo lleva al descubrimiento y al asombro”. El poema publicado en esta página pertenece a El reino paralelo, libro que editará próximamente El Mono Armado.

Foto: Leandro López. Fuente: C. C.