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domingo, 31 de mayo de 2020

Luis Pazos


El cantar de Godofredo de Bouillon
La espada de Dios
(Fragmentos)


I

Ay, Jerusalem.
Las generaciones me recordarán
como el asesino más cruel.
Seré yo para siempre el que cortó
las cabezas de tus enemigos,
el que violó a sus mujeres
y esclavizó a sus hijos.
Seré yo el que convirtió tus calles
en ríos de sangre.
Nunca sabrán que no fui yo el que ordenó la matanza.
Otro lo hizo por mí para que se cumpliera
lo que estaba escrito.
Quiso mi aciago destino que fuera yo
la Espada de Dios.


II

Solo el Señor sabe
a cuántos mutilé sus miembros,
corté sus lenguas y arranqué sus ojos.
Solo el Señor sabe
a cuántos les abrí el pecho
para arrancarles el corazón.
Nunca intenté convencerlos.
Su destino final estaba decidido de antemano.
La cruz que llevo prendida en mis ropas
la gravé a fuego en todo mi cuerpo.
Fue en ella donde crucifiqué a tus enemigos.
No fue por odio mi desdichada Jerusalem.
Lo hice por amor a lo que fuiste,
a lo que eres, y a lo que serás.


VI

No tengas miedo, sombría Jerusalem.
Cuando yo no esté para protegerte,
estarán Baudolino y Eustaquio,
mis hermanos de sangre.
Como lo hice yo,
ellos desatarán el infierno sobre la Tierra.
Los cuerpos de los impuros
serán teas encendidas
que iluminarán tu noche.
No habrá oscuridad
donde puedan refugiarse de nuestra ira.
Los que intenten conquistarte
se ahogarán en el mar de su propia sangre.
No temas madre mía, esposa mía, hija mía.


IX

La espada descansa en mi regazo,
inmisericorde Jerusalem.
Ya no necesito cortar en pedazos
a los que te desean.
Basta que pronuncien mi nombre 
para que huyan al desierto,
donde mueren de hambre y sed,
poseídos por las alucinaciones.
Es el castigo por ser lo que son.
A los que sobreviven, antes de matarlos
les hago cavar sus propias tumbas.
En ellas arrojo sus cuerpos malditos,
que se negaron a ser templo del Espíritu Santo.
Para tu grandeza, Santísima,
maté a más hombres que granos de arena
tiene el desierto.


XVI

Ninguno quedó vivo.
De tus enemigos solo sobrevivió el hedor
de sus cuerpos en descomposición.
Yo, sagrada Jerusalem,
monté guardia frente al Santo Sepulcro.
No dormí, no bebí, no me alimenté.
Nada necesité porque habita en mí
el Espíritu Santo.
El Señor dijo: “A mis enemigos,
a los que se niegan a reconocerme,
traedlos aquí y matadlos delante mío”.
Y así lo hice.
El día aterrador en el que mi torre
de asalto se posó sobre tus murallas
los infieles supieron que los esperaba
el más temido de los infiernos:
la humillación de morir sin intentar,
siquiera, defenderse.
El marido vio morir a la esposa.
El padre al hijo. El hijo al padre.
El hermano al hermano.
No vine a ti para traer la paz sino la espada.
El Reino de los Cielos está hecho
de llanto y rechinar de dientes.


XVII

Yo, tu esposo, por orden del Señor
no necesito el perdón de mis pecados.
Cada infiel que degollé, lo hice
para estar junto a ti en la eternidad.
Matar por ti y para ti, no necesita indulgencia.
En el mar de la sangre que derramé
navegará mi barca hasta tu lecho.
Mi recompensa es hacerte el amor
hasta la locura y mi propia muerte.
Tendremos un hijo que asolará al mundo
hasta lo intolerable. El destino del infiel
es la hoguera y la fosa común.
En ese pozo sin fondo sus quebrados huesos
conocerán el más aterrador de los castigos:
el olvido. Las generaciones nunca sabrán
que osaron desafiarte. Los maté a todos
porque todos eran culpables.
Su culpa imperdonable es haber nacido.


XXII

Aquí, Jerusalem, en el lugar exacto donde el Mesías
fue escupido, abofeteado y crucificado, yo hice justicia.
Ordené a mis caballeros que violaran a todas
y cada una de las infieles. Consumado el rito
las acusé de adúlteras y ordené lapidarlas,
tal como lo establece la ley.
Sus propios hombres las ejecutaron
porque creyeron en mi promesa de perdón.
Les mentí, amantísima, porque el poder siempre miente.
Les rompí las piernas y los arrojé al desierto
para que se arrastraran bajo el sol
implacable de la justicia.
Todos deben postrarse ante tu magnificencia.
Dueño de la vida y de la muerte,
los declaré culpables para siempre.
Para ellos, por los siglos de los siglos,
la sangre derramada caerá sobre sus cabezas,
tal como lo pidieron al pie de su cruz.


XXX

A la medianoche,
cruel Jerusalem,
estrangulé al oráculo
que profetizó en el Sinaí.
Lo torturé hasta el hartazgo
para que confesara los presagios
que dijo haber visto.
Un cuervo habló frente al Santo Sepulcro.
Una oveja devoró a su pastor.
Un árbol caminó.
Un pez que albergaba a un hombre
en su vientre apareció en el Mar Muerto.
Lo degollé, y para mi espanto, la cabeza habló.
Sólo pronunció cuatro palabras.
Lo maldije y escribí en el viento:
quien cree en mí
no morirá aunque esté muerto.


XXXIII

Tus enemigos me rogaron
que les devuelva el don de la palabra.
Arrogantes, me dijeron
que como hombre de Dios,
debía comprender su necesidad
de orar al de ellos.
Les dije que sí y ordené que les arrancaran
la lengua para que no hablaran,
las manos para que no escribieran y
los ojos para que no leyeran.
Como el más justo de los jueces
les otorgué el don del llanto y el alarido:
el lenguaje de los que invocan
a los falsos dioses.
Ama a tus enemigos, dice el Señor
y yo cumplo su mandamiento.


XLI

Dicen los infieles, amor mío,
que tarde o temprano me vencerán
porque el Dios verdadero
habita en ellos.
Una vez más, en mi infinita bondad,
los saqué del error.
Les di de comer carbones encendidos
para que supieran como era el Infierno
que habitaba en ellos.
Iluminados por dentro y por fuera,
los hijos de la oscuridad se consumieron
como hijos de la luz.


XLIV

Mientras dormía con los ojos abiertos
el Arcángel Miguel puso en mis manos
el látigo con el que Jesús
azotó a los mercaderes del templo.
Lo hizo para que flagelara mi cuerpo
hasta expulsar de mi alma
los demonios que la habitan.
La tortura purifica al torturado.
El Señor es mi exorcista.
Bendito sea el Señor.


L

Aquí estoy Jerusalem de mi desdicha,
en el último día de mi vida.
Ya no cabalgaré más veloz que el viento
sobre las arenas en llamas del Sinaí.
Ya no apaciguaré los deseos imperiosos
de mi carne en las aguas heladas del Jordán.
Ya no me azotaré con el látigo de siete puntas
para expulsar al ángel oscuro
que siempre habitó en mí.
Ya no empuñaré la espada que degolló a los tibios.
Ya no caminaré sobre los cadáveres de los débiles.
Ya no abriré mi boca para ordenar
la matanza inmisericorde de los indiferentes.
Ya no beberé en el Santo Grial
la sangre de los que dudaron.
La peste entró en mí como ladrón en la noche.
Pero no temas, amor mío.
Con otro nombre, con otro rostro,
con otras armas, siempre estaré a tu lado.
El Cielo y el Infierno
saben que soy inmortal.

Fuente: Poesía reunida II, Luis Pazos, Ediciones Atelier, Buenos Aires, 2019.

Luis Pazos nació en La Plata el 5 de agosto de 1940.  Viajero incansable, reside actualmente en su ciudad natal. Es poeta, artista conceptual y periodista. En 1971, un jurado compuesto por Alberto Girri, Carlos Mastronardi y César Magrini le otorgó el premio del Fondo Nacional de las Artes por El cazador metafísico, obra publicada al año siguiente por Editorial Noé. Escribió, entre 1971 y 2006, doce libros que son, según sus propias palabras, “producto de la desesperación”. Los cuatro primeros fueron dados a conocer en un solo volumen por Libros de la talita dorada en 2011 con el título El cazador metafísico. Poesía reunida I. Poco después, publicó Señor de la alucinación (Cuadrícula Ediciones, 2013), Poema inconcluso para Luisa Pazos (incluye un CD con el poema leído por el autor, cuya edición estuvo a cargo de Julio César Otero Mancini, edición independiente, 2016) y Poesía Reunida II (Ediciones Atelier, 2019). Como artista conceptual, integró, entre otros, los siguientes grupos: EL Esmilodonte, Diagonal Cero (liderado por Edgardo Antonio Vigo), Grupo de los 13 (organizado por el crítico Jorge Glusberg) y Escombros (del cual fue cofundador). Siendo integrante de Diagonal Cero, publicó en 1967 dos libros-objetos: El dios del laberinto y La corneta. El primero es una botella tapada con un corcho, a la manera del mensaje de un náufrago; el segundo consiste en diez poemas fónicos enrollados en el interior de una corneta de plástico. A éstos, deben sumárseles dos libros de poesía visual compartidos con Claudio Mangifesta, publicados en los últimos años: Letra suelta (Tiempo Sur Ediciones, 2015) y Del silencio como mirada (Tiempo Sur Ediciones, 2016). De su vida y su obra se ocupó Fernando Davis en el libro Luis Pazos. El fabricante de modos de vida. Acciones, cuerpo, poesía (Document-Art, 2013). Participó, asimismo, en numerosas exposiciones en diversas ciudades del mundo. Su primera muestra retrospectiva tuvo lugar en el MACLA (Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano) en 2013. Pazos –para quien el arte es “un acto de libertad” y una herramienta de crítica y denuncia social– fue, en la Argentina, uno de los primeros impulsores del arte de acción y del arte de intervención en espacios públicos y lugares no convencionales, como supermercados y discotecas. Recientemente, algunas de sus obras (“La cultura de la felicidad”, “Monumento al prisionero político desaparecido, “Proyecto de solución para el problema del hambre en los países sub-desarrollados según las grandes potencias” y “La realidad subterránea”) fueron incorporadas al patrimonio del Museo Reina Sofía de España. En su carácter de periodista, trabajó para varios diarios y revistas (Diario PopularSomosPerfilEl DíaGenteClarín) y publicó los libros No llores por mí, Catamarca (con Alejandra Rey, Sudamericana, 1991), Así se hace periodismo (con Sibila Camps, Beas Ediciones, 1994), Ladran, Chacho (con Sibila Camps, Sudamericana, 1995), Graciela, esa mujer (Perfil Libros, 1997) y Justicia y televisión. La sociedad dicta sentencia (con Sibila Camps, Perfil Libros, 1999). “El cantar de Godofredo de Bouillon. La espada de Dios”, reproducido parcialmente en esta página, es un extenso poema compuesto por cincuenta cantos e incluido, junto a “Señor de la alucinación” –otro poema de largo aliento–, en Poesía reunida II. Para conocer mejor al protagonista y entender el sentido crítico de la obra, vale la pena trascribir el prólogo del autor:

Godofredo de Bouillon nació en Boulogne, Reino de Francia, en el año 1058 d. C. y murió en Jerusalem, en el año 1100. Fue el jefe de la primera cruzada, la única en la que triunfaron los príncipes cristianos. Godofredo recibió la orden del Papado de librar la ciudad, en ese momento en manos de los musulmanes. Sitió la ciudad durante cuarenta días y exterminó a musulmanes y judíos. Lo hizo sin piedad, hasta tal punto que la sangre de sus enemigos corrió por las calles como si fuera un río. La reconquistó a sangre y fuego. Fue un guerrero feroz y a la vez un creyente de alta espiritualidad. Su coraje legendario hizo que le ofrecieron ser el Rey de Jerusalem. Rechazó el nombramiento aduciendo que él no era digno de portar una corona de oro cuando Jesucristo soportó una de espinas. Solo aceptó ser nombrado Defensor del Santo Sepulcro.
Fue el personaje más popular de la Edad Media, a tal punto que el célebre escritor italiano Torquato Tasso escribió su biografía que lo muestra como un héroe cristiano.
Mi libro no es, desde ya, un libro de historia. Es mi interpretación de su psicología y de su concepto del cristianismo. En él convivieron el cielo y el infierno sin que se arrepintiera de nada.  Más allá de Godofredo, el personaje principal es el poder y las consecuencias, siempre terribles, de quien lo ejerce.
Hoy, mil años después, Jerusalem sigue siendo el campo de batalla de las tres religiones más poderosas del mundo: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. ¿Estamos muy lejos de la edad de las tinieblas?

Foto: Luis Pazos. Fuente: Facebook.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Luis Pazos


Poemas visuales

Acumulación    1966




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido doble    1966




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido roto    1967




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido antropométrico    1967




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Nueva York    1967




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido de la fama    1969




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido del tiempo    1969




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.


De la serie “C - La letra como forma”, 2012 / 2016

La vedette




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El ególatra




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El intelectual




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El demagogo




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El posesivo




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El individualista




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El atentado




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

Retrato del pintor Salvador Dalí




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

La Pareja




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

Luis Pazos nació en La Plata el 5 de agosto de 1940.  Viajero incansable, reside actualmente en su ciudad natal. Es poeta, artista conceptual y periodista. En 1971, un jurado compuesto por Alberto Girri, Carlos Mastronardi y César Magrini le otorgó el premio del Fondo Nacional de las Artes por El cazador metafísico, obra publicada al año siguiente por Editorial Noé. Escribió, entre 1971 y 2006, doce libros que son, según sus propias palabras, “producto de la desesperación”. Los cuatro primeros fueron dados a conocer en un solo volumen por Libros de la talita dorada en 2011 con el título El cazador metafísico. Poesía reunida I. Poco después, publicó Señor de la alucinación (Cuadrícula Ediciones, 2013) y Poema inconcluso para Luisa Pazos (edición independiente, 2016). Esta última publicación incluye un CD con el poema leído por el autor, cuya edición estuvo a cargo de Julio César Otero Mancini. Como artista conceptual, integró, entre otros, los siguientes grupos: EL Esmilodonte, Diagonal Cero (liderado por Edgardo Antonio Vigo), Grupo de los 13 (organizado por el crítico Jorge Glusberg) y Escombros (del cual fue cofundador). Siendo integrante de Diagonal Cero, publicó en 1967 dos libros-objetos: El dios del laberinto y La corneta. El primero es una botella tapada con un corcho, a la manera del mensaje de un náufrago; el segundo consiste en diez poemas fónicos enrollados en el interior de una corneta de plástico. A éstos, deben sumárseles dos libros de poesía visual compartidos con Claudio Mangifesta, publicados en los últimos años: Letra suelta (Tiempo Sur Ediciones, 2015) y Del silencio como mirada (Tiempo Sur Ediciones, 2016). De su vida y su obra se ocupó Fernando Davis en el libro Luis Pazos. El fabricante de modos de vida. Acciones, cuerpo, poesía (Document-Art, 2013). Participó, asimismo, en numerosas exposiciones en diversas ciudades del mundo. Su primera muestra retrospectiva tuvo lugar en el MACLA (Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano) en 2013. Pazos –para quien el arte es “un acto de libertad” y una herramienta de crítica y denuncia social– fue, en la Argentina, uno de los primeros impulsores del arte de acción y del arte de intervención en espacios públicos y lugares no convencionales, como supermercados y discotecas. Recientemente, algunas de sus obras (“La cultura de la felicidad”, “Monumento al prisionero político desaparecido, “Proyecto de solución para el problema del hambre en los países sub-desarrollados según las grandes potencias” y “La realidad subterránea”) fueron incorporadas al patrimonio del Museo Reina Sofía de España. En su carácter de periodista, trabajó para varios diarios y revistas (Diario Popular, Somos, Perfil, El Día, Gente, Clarín) y publicó los libros No llores por mí, Catamarca (con Alejandra Rey, Sudamericana, 1991), Así se hace periodismo (con Sibila Camps, Beas Ediciones, 1994), Ladran, Chacho (con Sibila Camps, Sudamericana, 1995), Graciela, esa mujer (Perfil Libros, 1997) y Justicia y televisión. La sociedad dicta sentencia (con Sibila Camps, Perfil Libros, 1999). Acerca de su poesía visual, señala Rodrigo Alonso en el prólogo de Letra suelta:

Su trabajo llama la atención por su extremado poder de síntesis. Se basa, en gran medida, en la manipulación estructural y tipográfica de conjuntos de letras, a las que se suman algunas pocas notas de color. Este ascetismo formal no le impide desplegarse en los más variados sentidos (...)
Uno de los ejes principales de la producción de Luis Pazos gira en torno a la traducción visual del sonido. Muchos de sus títulos no dejan ninguna duda al respecto (Sonido doble, Sonido antropométrico, Sonido roto, Retrato fonético de Edgardo Vigo). Éste se manifiesta a veces mediante onomatopeyas más o menos establecidas (Acumulación, El beso, Sonido del tiempo, sonido de la fama), y otras, a través de conglomerados de letras con cualidades fonéticas (Sonido doble, Sonido roto). En casi todos los casos, la modulación espacial y tipográfica aporta unos efectos que contribuyen a una suerte de percepción “auditiva” (...)
La serie La letra como forma se fundamenta en la apreciación visual de carácter gestáltico que subsume al signo a la configuración de una imagen reconocible. Una única unidad lexical, en diferentes orientaciones, compone estos cuadros de interpretación sencilla e identificación casi inmediata. Aquí, el poema es un señuelo engañoso para la mirada: nos sumerge en su seducción (La vedette es, quizás, la más indicada para esto), nos empuja al alivio del entendimiento, pero, en realidad, su sentido es mucho más profundo: apunta hacia la forma y la letra como orígenes de nuestras capacidades interpretativas, como fuente de las percepciones y los pensamientos a partir de los cuales organizamos el mundo.

Foto: Luis Pazos con la máscara de “La cultura de la felicidad”. Fuente: diario El Día, La Plata, domingo 16 de abril de 2017.

jueves, 11 de mayo de 2017

Luis Pazos


Poema inconcluso para Luisa Pazos
  
I

El día de mi muerte sabré,
con la certeza de lo irreversible,
que ya no pasará por mi puerta
el río que nunca pasó. Que dejaré
de soñar el jeroglífico que fue
mi vida. Y sin embargo, no sentiré
pena. Porque ese día se irá el peso
invisible que dobla mi espalda, la
enfermedad incurable del amor,
tantos y tantos arrepentimientos.
Se irá la incertidumbre del terrible
futuro, y la decepción de no haber
llegado a ninguna parte. Se irá la
tentación de la esperanza y este
sentimiento de vacío que convirtió
en abismo cada uno de mis caminos.
El día de mi muerte seré feliz por
primera vez porque ese día, madre,
se irá la nostalgia de tu ausencia.


II

Con la terquedad de los que aman
no acepté tu muerte. ¿Cómo ibas a
morir antes que yo? Se suponía que
ibas a estar ahí, siempre, para
protegerme del mundo. No fue así.
Arrojado a la intemperie vi como la
Tierra dejó de ser redonda, como me
habían enseñado y yo creía,
para adquirir la forma de la pena. Y
algo pasó, madre, algo tan poderoso,
que nunca más volvió a tener su
forma original.


III

Jamás sabré cuál era mi destino
y ya es tarde para elegir uno.
Tu partida decidió que fuera un
peregrino. Mi camino nació al
borde de tu muerte. A diferencia
del resto viajé sin báculo y sin
templo. Nunca tuve dónde
apoyarme y nunca supe adónde
iba. Ya no recuerdo el nombre de
los reinos que atravesé. Creo que
alguna vez fui amado. Creo que amé
alguna vez. Pero no estoy seguro de
que así haya sido. Es probable que en
algún lugar esté registrado mi nombre.
¿Tal vez en la ciudad que devoró un
volcán? ¿O aquélla en la que adoraban
a un Cristo africano? No lo sé y no me
importa. Recuerdo, sí, que escribí en el
agua y dibujé en el viento. Si no te pude
retener ¿por qué iba a querer retener
cualquier otra cosa? Hoy, que el camino
ha terminado, comprendo el sentido del
viaje. Caminé toda mi vida para llegar al
lugar de donde había partido.


IV

Recorrí el mundo para contártelo.
En Aracataca me dijeron que el río
estaba hecho de lágrimas. Me arrojé
a sus aguas para saber si estaban las
que había derramado por ti. Y qué
sorpresa, madre, todas me pertenecían.
En Azemú la Santa, un sabio me dijo
que el tiempo no existía. Yo le respondí
que la medida del tiempo era lo que
faltaba para volver a verte. En Balde
de Leyes no pude explicarle a una
adolescente lo que era el cine. Y bueno,
cuando yo era adolescente nadie supo
explicarme por qué te habías muerto.
En el Atlántico Sur, rumbo a Puerto Español,
me extravié en un temporal casi tan
devastador como el de la mañana de tu
muerte. Lo atravesé atado al timón para
verle la cara a la que te había llevado. En
Belén do Pará, al bajar de un avión, una
desconocida me dijo que me amaba.
Por supuesto, era mentira. Pero yo se
lo agradecí toda mi vida. Hacía tanto
tiempo que no me lo decías... Por eso,
no estés triste si a veces me ves llorando
sin motivo. Estoy contento porque cada
día que pasa estamos más cerca.


V

Tu muerte me enseñó que
la felicidad no es el sentido
de la vida: apenas una excusa
para seguir viviendo. Que el coraje
es la capacidad de un hombre para
soportar la ausencia del amor. Que
el amor es perderlo todo. Incluso lo
que nunca se tuvo. Que todo viaje
es volver al punto de partida.
(El viaje más largo de mi vida fue
atravesar el cuarto donde te vi
morir.) Que el tiempo no cura
porque la memoria no tiene remedio.
Que no debo temerle al mundo
porque desde el día que te fuiste el
mundo es sólo una apariencia.


VI

El dolor se fue. La pena,
a medias. La nostalgia quedó.
La soledad creció. Tanto, que ya
no es parte mía. Yo soy parte
de ella. La cuenta, cuarenta y
cuatro años después, es la misma:
el día que te perdí lo perdí todo.


VII

No pude detener el viento.
¿Podía alguien detenerlo?
No pude evitar que se lo
llevara todo. Mi juventud
y la casa. Tan frágiles las dos
que casi no opusieron resistencia
Le costó un poco más –no demasiado–
llevarse mi última esperanza. ¿Qué
podía esperar un desesperado? Cuando
la tierra se abrió bajo mis pies porque
el viento se había llevado el futuro,
supe que sólo quedaba lo que me
habías dado: un cuerpo maltratado
por la pena y la intemperie. Hoy, que soy
arrastrado como una hoja en la tormenta,
sé que hay algo que ningún vendaval podrá
arrancar: el instante de vida que
compartimos.


VIII

Cada noche desde que te
fuiste me duermo llorando.
Como cuando vivía en tus
brazos y el mundo no existía.
Cada mañana cuando me
despierto me niego a abrir los
ojos. No quiero ver el vacío
de tu ausencia. Un abismo tan
profundo y tenebroso, madre,
que la noche cabe el él.


IX

No te lloro, madre, porque
tengo miedo de que mis
lágrimas se conviertan en el
mar donde me ahogue. No
le tengo miedo a la muerte.
Le tengo miedo a no poder
pensarte. A no seguir
buscándote. A no
reconstruirte cada noche
con la materia del insomnio.
No le tengo miedo a la
muerte. Le temo a
nuestra separación
definitiva.


X

El día que vi arrugas en mi
cara. Que hacer el amor
no me dio placer sino
cansancio. Que caminar
no me llevó a ninguna
parte. Que mi piel no
pudo evitar ser lastimada
por el frío. Que comencé
a olvidar lo que siempre
había sabido. Que me
importó más dormir que
mirar al mundo. El día que
vivir dejó de ser un desafío,
no sentí pena de mí mismo
como siempre lo había creído.
Supe, simplemente, que
había vuelto a casa.


XI

Estoy tan triste, madre,
que no muero de tristeza
en este mismo instante
por la necesidad desesperada
de seguir pensándote.
A lo mejor no es cierto
lo que me contaron de niño.
Pero a lo mejor sí es cierto
y la muerte no es el fin de la
vida sino el oscuro
comienzo de otra. A lo
mejor existe la resurrección
de los cuerpos y volvemos
a vernos aunque tu lugar
va a ser uno y el mío otro.
Muero en vida esperando
el reencuentro.


XII

El día que me juzgues,
Señor, no pediré perdón
porque de nada me
arrepiento. Soy
responsable de todos
mis actos. Los que
cometí contra las leyes
y los que cometí contra tu
ley. Sólo te pido que antes
de mostrarme tu rostro y
condenarme a tu ausencia
(¿qué otra cosa es el infierno?)
me permitas verla por última vez.
Sabrás que es mi madre
porque te recordará a la
tuya. Te cambio, Señor,
la eternidad por un
instante.


XIII

Al pie de tu tumba,
donde nunca volví
desde el día que moriste,
llego para despedirme.
Que esté leyendo tu nombre
escrito en una lápida
significa que acepté lo inaceptable:
ya no estás en el mundo.
El día del juicio final,
donde tú serás bendecida
y yo juzgado, el anciano
que se arroje a tus pies
bañado en lágrimas
seré yo, tu hijo.
Este hijo al que
tu muerte le enseñó
que el amor es la respuesta
a todas las preguntas
y el punto de llegada
de todas las partidas.
Hasta luego, madre.

Fuente: Poema inconcluso para Luisa Pazos, Luis Pazos, edición independiente, La Plata, 2016.

Luis Pazos nació en La Plata el 5 de agosto de 1940.  Viajero incansable, reside actualmente en su ciudad natal. Es poeta, artista conceptual y periodista. En 1971, un jurado compuesto por Alberto Girri, Carlos Mastronardi y César Magrini le otorgó el premio del Fondo Nacional de las Artes por El cazador metafísico, obra publicada al año siguiente por Editorial Noé. Escribió, entre 1971 y 2006, doce libros que son, según sus propias palabras, “producto de la desesperación”. Los cuatro primeros fueron dados a conocer en un solo volumen por Libros de la talita dorada en 2011 con el título El cazador metafísico. Poesía reunida I. Poco después, publicó Señor de la alucinación (Cuadrícula Ediciones, 2013) y Poema inconcluso para Luisa Pazos (edición independiente, 2016). Esta última publicación incluye un CD con el poema leído por el autor, cuya edición estuvo a cargo de Julio César Otero Mancini. Como artista conceptual, integró, entre otros, los siguientes grupos: EL Esmilodonte, Diagonal Cero (liderado por Edgardo Antonio Vigo), Grupo de los 13 (organizado por el crítico Jorge Glusberg) y Escombros (del cual fue cofundador). Siendo integrante de Diagonal Cero, publicó en 1967 dos libros-objetos: El dios del laberinto y La corneta. El primero es una botella tapada con un corcho, a la manera del mensaje de un náufrago; el segundo consiste en diez poemas fónicos enrollados en el interior de una corneta de plástico. A éstos, deben sumárseles dos libros de poesía visual compartidos con Claudio Mangifesta, publicados en los últimos años: Letra suelta (Tiempo Sur Ediciones, 2015) y Del silencio como mirada (Tiempo Sur Ediciones, 2016). De su vida y su obra se ocupó Fernando Davis en el libro Luis Pazos. El fabricante de modos de vida. Acciones, cuerpo, poesía (Document-Art, 2013). Participó, asimismo, en numerosas exposiciones en diversas ciudades del mundo. Su primera muestra retrospectiva tuvo lugar en el MACLA (Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano) en 2013. Pazos –para quien el arte es “un acto de libertad” y una herramienta de crítica y denuncia social– fue, en la Argentina, uno de los primeros impulsores del arte de acción y del arte de intervención en espacios públicos y lugares no convencionales, como supermercados y discotecas. Recientemente, algunas de sus obras (“La cultura de la felicidad”, “Monumento al prisionero político desaparecido, “Proyecto de solución para el problema del hambre en los países sub-desarrollados según las grandes potencias” y “La realidad subterránea”) fueron incorporadas al patrimonio del Museo Reina Sofía de España. En su carácter de periodista, trabajó para varios diarios y revistas (Diario Popular, Somos, Perfil, El Día, Gente, Clarín) y publicó los libros No llores por mí, Catamarca (con Alejandra Rey, Sudamericana, 1991), Así se hace periodismo (con Sibila Camps, Beas Ediciones, 1994), Ladran, Chacho (con Sibila Camps, Sudamericana, 1995), Graciela, esa mujer (Perfil Libros, 1997) y Justicia y televisión. La sociedad dicta sentencia (con Sibila Camps, Perfil Libros, 1999). El Poema inconcluso para Luisa Pazos, transcripto íntegramente en esta página, es un homenaje a su madre, fallecida cuando el autor tenía apenas 14 años, y fue escrito a lo largo de casi seis decenios.

Foto: Luis Pazos con la máscara de “La cultura de la felicidad”. Fuente: diario El Día, La Plata, domingo 16 de abril de 2017.

viernes, 1 de febrero de 2013

Luis Pazos



El guerrero

Sabe que muere
por un manojo de símbolos
y golpea las puertas del mundo
hasta quedar hecho un muñón.
Ya sin morada
deposita los pies en cualquier laberinto.
Un día entabla
su batalla definitiva

hacer de la propia vida
la única poesía válida.


El umbral

Cuando los dioses nacieron
decidió que debían morir.
Los dioses forjaron sus armas

mitos leyendas sueños misterios.
Los hombres las suyas

ideas conceptos teoría definiciones.
Los hombres triunfaron

la figura se impuso al caos
lo posible a lo imposible
lo común a lo excepcional
la inteligencia a la vida.
Pero tanto esfuerzo
fue apenas un ensayo.
Infinitamente más desnudos
que el primer hombre
recién comenzamos
el verdadero trabajo

vivir en un mundo
que carece de dioses.


El Mesías

Fue anunciado
por profetas pavorosos
y vestales delirantes.
En el corazón del desierto
ascetas con hogueras en los ojos
presagiaron su imperio milenario.

En el corazón de la jungla
un mono de dientes rechinantes
pronunció su nombre.
Llegó acompañado
por ejércitos
sin fin ni principio.
Su primer acto de poder
fue fijar el límite
de sus prisiones.
El horizonte fueron los barrotes.
Clausuró todo espejo de su imperio
y sembró una pesadilla en cada surco.

Tuvo dos hijos
uno varón hembra el otro.
La tierra el agua
el fuego y el aire
supieron sus nombres

Miedo y Desolación.

Una versión de la historia
dice que murió de indiferencia
como corresponde a un dios.

Otra
que murió de amor
como cualquiera de las criaturas
a las que sometió
con su implacable desamor.


La condición humana

Porque era un dios
entre los dioses
en su ilimitada arrogancia
asumió la condición humana.
Pero tan aterradora circunstancia
ni siquiera su divinidad
pudo soportarla.
Supo que toda libertad es ilusión
que la felicidad es pasajera
y que no hay remedio para la soledad.
Pronunció su última palabra divina
que fue a la vez la primera humana
y se echó a la vera de un camino
para morir como los hombres

de esperanza y desesperación.


El encuentro

Se buscó
en el desierto alucinante
y en la selva sonora.
En los mares sin orillas
y en los ríos
con forma de serpiente.
Se buscó en las cavernas sin fondo
y en las montañas
que sostienen el cielo.
Se encontró
inesperadamente
en un camino cualquiera.
Tuvo entonces
su primera y única certeza

el azar
es una de las formas
del destino.


El disfraz

Todo estaba perdido.
Lo supo
con la misma certeza
con que un día
presintió su nacimiento.
No era la muerte
era algo peor.
Algo tan intolerable
que tuvo miedo
de sí mismo.
Intentó huir 
de su propia sombra.
No pudo hacerlo.
Ninguna máscara
se adecuaba
a su rostro.


La materia de lo real

Todo a su alrededor
es límite.
Qué día o qué noche
en qué cuerpo sin forma
en qué lugar sin nombre
perdió el horizonte
ya no lo recuerda.
Tal vez nunca lo supo.

Sin poder elegir
tomó el único camino

hacia abajo.
En la caída
obtuvo el conocimiento
ilimitado.
La realidad y los sueños
están hechos de la misma materia

el vértigo.

Fuente: El cazador metafísico. Poesía reunida I, Libros de la talita dorada, La Plata, 2011.

Luis Pazos nació en La Plata el 5 de agosto de 1940.  Viajero incansable, reside actualmente en su ciudad natal, donde asegura que va a morir. Es poeta, artista plástico y periodista. Integró los grupos Diagonal Cero, Grupo de los 13 (CAYC) y Escombros, este último desde 1988.  En 1971, un jurado compuesto por Alberto Girri, Carlos Mastronardi y César Magrini le otorgó el premio del Fondo Nacional de las Artes por El cazador  metafísico, obra publicada al año siguiente por Editorial Noé. Escribió, entre 1971 y 2006, doce libros que son, según sus propias palabras, “producto de la desesperación”. Los cuatro primeros fueron dados a conocer en un solo volumen por Libros de la talita dorada en 2011, con el título El cazador metafísico. Poesía reunida I. En opinión de Néstor Mux, Pazos “parece dialogar sólo con su propia sombra”. Y agrega: “Para encarar ese diálogo (en el que le va la vida, como a todo creador de verdad) no busca atajo alguno. No se esconde bajo un techo de previsibilidad lírica. Tira la adjetivación al canasto de la ropa sucia. Deshecha todo refugio. Escapa, adrede, de la aprobación asegurada del lector condescendiente. Se presenta descarnado, desnudo, autónomo. Enhebra, en suma, una poética fundada a la intemperie”. Alguna vez, Pazos se definió como “un sobreviviente”, y eso es lo que cree ser hoy. Por lo demás, confiesa: “A pesar del precio que tuve que pagar por mis errores, no me arrepiento de nada... No voy a pedirle disculpas a Dios por mis caídas, que fueron tantas como granos de arena tiene el desierto. En la hora final, le diré, simplemente: Padre, recuerda que siempre fui tu hijo”.

Imagen: Ilustración de tapa de El cazador metafísico. Poesía reunida I, Libros de la talita dorada, La Plata, 2011. Fuente: C. C.