Tenía durante todo el día una náusea perpetua.
El extranjero, Camus
decirse en la niebla quieta
que domina el pantano. No sabe
si tuvo madre, si tuvo padre.
Sólo recuerda una pirámide de hierba
frecuentada por los pájaros.
hacer de su cuerpo un refugio
que resista el día, la noche. No sabe
si la tierra fluye, si el agua hospeda.
Sólo retiene una nota de campana
entre sus labios de ceniza.
distinguir el yo del otro. Extranjero
en sí mismo, la confusión es ley
y destino.
hacer brotar una semilla
desde el centro de su cráneo. No sabe
si el precipicio está en el salto.
Sólo mueve sus manos desesperadas
como un estallido de pavesas.
entregarse al remolino vegetal
que crece con el horizonte. No sabe
si la piel es límite o religión.
Sólo fuma y bebe despacio
de cara al alba que se lleva el resto.
leer a los demás. Extranjero
en sí mismo, la intemperie es temblor
y cauce.
el sentido del mal en el bien,
del suspiro en la llaga. No sabe
aprovechar la enseñanza de la úlcera.
Sólo aviva desde sus entrañas
un rumbo sin profetas ni mártires.
descubrir la parábola del charco
asediado por las moscas. No sabe
conservar los jeroglíficos de espuma
de su vigilia, las llaves de lava
que abren el bosque subterráneo.
besar la distancia. Extranjero
en sí mismo, el azar es leño
y evasión.
embarcarse en los ojos de un niño
hacia otros límites. No sabe
proponer un mar distinto, otro culto
entre los quejidos desesperados de un saxo,
evocación de cercanos y ebrios desplazados.
perseguir la consumación de una sombra,
su nítido reverso salvaje. No sabe
verter toda las distorsión en su oficio,
si el absurdo explica su mareo
como crisálida en el barro tibio.
proteger su cardumen. Extranjero
en sí mismo, el desborde es ausencia
y fondo.
