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jueves, 28 de septiembre de 2017

Roberto Themis Speroni

En el quincuagésimo aniversario de su muerte


Es la verdad. La tarde de aquel día...

Es la verdad. La tarde de aquel día
lo sorprendió clavado en el madero,
como al hijo de un simple carpintero
cuya mujer llamárase María.

Asombróse. La frente le dolía,
los miembros parecíanle de cuero.
Miró a sus pies: el valle... Un agujero
con alguna ciudad, vaga y sombría.

Sintióse con los párpados muy viejos.
Tres mujeres lloraban a lo lejos.
–¿Por qué lo harán...?, se dijo tristemente.

Un centurión dormía sobre el lodo.
Pensó: –¡Qué cosa extraña...! Y de ese modo,
cerró los ojos e inclinó la frente.

Fuente: Tatuaje en el viento, Roberto Themis Speroni, Edición de la Municipalidad de La Plata, 1959.


La tierra que me den cuando me muera...

"Tierra le dieron...”

La tierra que me den cuando me muera
la quiero de llanura, entre colinas;
tierra de labrador, con golondrinas,
con caballos de sol y primavera.

Bajo la Cruz del Sur, si se pudiera,
entre tallos y sombras cristalinas,
en esos sitios claros que imaginas
cuando el alma es igual a la madera.

Quiero habitar mi muerte como el canto
la garganta del aire, como el cielo
la gruta del espacio luminoso.

Y olvidado del párpado y del llanto,
estar allí, dispuesto a todo vuelo,
como un pájaro inmóvil y dichoso.

Fuente: Tatuaje en el viento, Roberto Themis Speroni, Edición de la Municipalidad de La Plata, 1959.


Saldría a dar excusas por ser hosco...

Saldría a dar excusas por ser hosco,
si eso significara
alguna mejoría para el árbol;
si con ello lograra separarme
de los legisladores, de los pulcros
inspectores del ocio. Sí, saldría
con la inocencia del titiritero,
alejado de tóxicos, llevando
una higiénica flor, una estampilla
de carácter azul, algún diploma
de fascinante título y ornato.
Me iría con un perro de diamante,
con un lacustre amigo vagabundo,
y en un mercado o en un templo griego
dejaría mis vendas, mostraría
mi brusquedad de origen argentino.

La gente, a lo mejor, los contratistas,
los empresarios, los patrocinantes
del infortunio, los subastadores
de la piedad, quizá me disputaran,
quizá ofrecieran bolsas de sal gema
por mi disculpa pública, por eso
que justifica a los desventurados
ante los mercaderes y los jueces;
pero sucede que no estoy dispuesto,
sucede que me acuerdo de un enano,
de un caballo ulcerado, de un recorte
mostrando a un desgarrado centinela,
a un niño de alcanfor, a una chalupa
volteada por el mar, y no transijo.

Vuelvo la espalda. Sé que para entonces
sobrarán las excusas y rituales.

Fuente: Padre Final, Roberto Themis Speroni, sin mención de editorial, La Plata 1964.


Vino el amigo, el lúcido gitano...

A Eduardo Squirru

Vino el amigo, el lúcido gitano,
el que tiene guitarra y seis mujeres,
y los dientes azules y la vida
inscripta en un notable crucifijo,
y se quedó a comer, después de abrirse
la frente y el perímetro del pecho.
Eduardo vino desde su sonrisa,
desde su muerte, desde su cigarro,
y habló en mi casa, como los petreles
hablan sobre la nieve y el mar hosco.
Durmió después, donde mis hijos duermen,
y se fue para hallar una esmeralda,
un caballo de pelo silencioso,
o tal vez el nostálgico amuleto
que le robó el invierno, cuando niño.

Fuente: Roberto Themis Speroni, tomo I, Ana Emilia Lahitte, Fondo Cultural Buenos Aires, La Plata, 1975.


Es natural que dios se comunique...

Es natural que Dios se comunique
con mi melancolía; que comparta
mi pan, mi techo aciago y que me ofrende,
de vez en cuando, un búho, una botella,
una hoja de menta, un libro viejo
escrito sobre un vidrio de colores.

Es natural que llegue sin anuncio,
definido y abierto como un árbol,
y que se instale cerca de la leña
desatada en crujidos ardorosos
sin dirigirme nunca la palabra,
alto y ritual, hermoso como un sable.

Suele irritarme su actitud, la espera
brillante de sus ojos, la implacable
actividad oculta de sus manos
quemadas por dos vírgulas de hierro.
Yo soy un hombre y Él lo sabe. Tengo
arrebatos de hombre, no de insecto,
ni dulzura animal para mis actos
manejados por turbia inteligencia.

Arrojo el vino. Tiro de la mesa
los mendrugos, las moscas, los papeles;
tenso mis antebrazos, crispo el nervio
más hondo y, con rudeza, lo fustigo,
lo invito a que se mida con mi angustia
crecida en los confines de su obra.
No responde. Se ubica acomodando
su codo en la madera y, sin testigos,
pulseamos al igual que dos labriegos
en honesta y tristísima disputa.

Fuente: Roberto Themis Speroni, tomo II, Ana Emilia Lahitte, Fondo Cultural Buenos Aires, La Plata, 1975.


Elegía C

Otras mujeres vienen a buscarme;
me ofrecen vino, duros girasoles,
vientres de menta, músculos de harina,
bocas de fiebre púrpura. Se acercan
como resortes blancos, como flejes
de acero perfumado. Son hermosas.
Tienen los ojos niquelados. Visten
géneros nuevos; hablan con voz curva
y queman cigarrillos africanos
fundando un ecuador de luz caliente,
haciendo que las cosas resplandezcan
entre vagos vapores y gomeros.
Vienen otras mujeres. Sus corpiños
son de pulpa agresiva. De sus piernas
desciende un bosque medular, compacto;
sus manos se conjugan en el aire;
ocultan en el sexo rojos tigres,
acróbatas de aliento estremecido.
Y ríen ondulando entre mis huesos,
al pie de mi garganta, en las arrugas
que me talló un ciprés, siendo muchacho.
Quieren que me divierta seriamente,
que me acueste detrás de la tristeza,
que me desnude arriba de los muertos;
que me escape de pronto a cualquier parte
despeñándome al lado de sus muslos,
en torno a sus cinturas de magnolia;
que les amarre el oro de la nuca
con mis dientes de lobo encanecido.
Quieren que me separe de tu sombra,
que me vaya de ti; que te destruya
como a un enebro en medio de la zarza.
No pueden concebir mi disciplina;
no entienden mi lugar. Soy el poeta,
el hombre de pupilas forestales,
el cavador de peces, el sombrío
curtidor de crepúsculos, el hosco
cantor de tu memoria. Vienen, vienen
sobre zapatos de metal astuto,
cautelosas de amor. Por sus collares
corren formas eléctricas, sonidos,
compromisos ocultos, reprimidas
escobas de ansiedad. Vienen a verme.
Me tocan con hirvientes abanicos,
hacen pausas de piel, me compran nubes,
pantalones de gin. Me ofrecen viajes
donde la muerte no figura nunca,
donde el espacio y la razón se ignoran,
donde no existen hijos, donde nada
ha sido consignado. Las escucho
a estas mujeres breves. Y las dejo
para quedarme cerca de tu hiedra
que Aldebarán conserva inalterable.

Fuente: Roberto Themis Speroni, tomo II, Ana Emilia Lahitte, Fondo Cultural Buenos Aires, La Plata, 1975.


Soneto al grillo del poeta

A mis hijos

No es tu grillo, Nalé, tampoco el mío
este grillo que escucho aquí, en mi hueco,
dándole a clavo estéril golpe seco
y a caliente lugar punzón de frío.

Aquel otro, sonoro desvarío,
gota de yunque, cuerda para el eco,
se murió en mi niñez, como un muñeco
que atravesaran balas de rocío.

Igual mi corazón, igual la mano,
la estrella, el ademán. El hombre sabe
que el verde, para abril, será amarillo.

Y, sin embargo, con el gesto cano,
sigo pensando que este grillo en clave
es tu grillo, Nalé, mi eterno grillo.

Fuente: Roberto Themis Speroni, tomo II, Ana Emilia Lahitte, Fondo Cultural Buenos Aires, La Plata, 1975.

Roberto Themis Speroni nació en La Plata el 29 de septiembre de 1922 y murió en City Bell el 28 de septiembre de 1967. Su obra poética publicada incluye los siguientes libros: Habitante único (1945), Gavilla de tiempo (1948), Tentativa en la luz (1951), Tatuaje en el viento (1959), Paciencia por la muerte (1963) y Padre final (1964). A estos debe sumárseles Un poeta en el hueso del invierno, extenso poema dividido en seis cantos e incluido en Veinte poetas platenses contemporáneos (1963). Speroni dejó, asimismo, una gran cantidad de poemas inéditos que fueron compilados, en parte, por Ana Emilia Lahitte y publicados en dos tomos con el título Roberto Themis Speroni en 1975. La obra contiene un estudio de la autora y fue reeditada en un solo volumen como Speroni. Poesía completa, al cumplirse, en 1982, el centenario de la fundación de la capital bonaerense. (Hay una reedición del primer tomo realizada por la editorial Ciudad Gótica, de Rosario, declarada de interés por la Comisión de Cultura de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, que data de 2005.) Luego de la muerte de Speroni, Sudamericana-Planeta dio a conocer su novela El antiguo valle (1985). Permanecen inéditos tres novelas más, un libro de cuentos y un ensayo sobre la obra poética de Alberto Ponce de León, entre otros textos. Alguna vez, Speroni se refirió a sí mismo con estas palabras: “Nació en La Plata, murió repetidas veces en cualquier lugar, no se arrodilló ante nadie, salvo ante el amor y la tragedia. Fue un dado ciego en un cubilete de hierro, un perro en soledad, una campana orgullosa y ronca...”  Su indignación frente al dolor, su sed de verdad y de justicia, su honesta y valiente rebeldía, dieron a su voz –tierna o estentórea, según el caso– un tinte singular que la hace insoslayable. Speroni fue, sencillamente, un “muchacho puro y hosco”, como lo definió Osvaldo Rossler; jamás mendigó recompensas ni persiguió “el espaldarazo de un imbécil” para ser reconocido; quizá por esta razón no figura en muchas de las indecorosas antologías que pululan en nuestro medio. Más poemas de Speroni pinchando Aquí.

Foto: Roberto Themis Speroni. Fuente: Roberto Themis Speroni, tomo I, Ana Emilia Lahitte, Fondo Cultural Buenos Aires, La Plata, 1975.

sábado, 7 de junio de 2014

Roberto Themis Speroni


Soneto

No hay sitio bajo el cielo
más dulce que el hogar...

Dadme un cuchillo, un leño y una choza;
la suma sencillez, la paz ardiente
en la que el hombre desterrado siente
la presencia de Dios en cada cosa.

Nada más necesito. Fue armoniosa
la infancia que dejé junto a la fuente.
Maduro al fin, hallé que simplemente
amaba el campo, el sol, la mariposa.

Dadme un lugar. Que el hijo esté a mi lado
cuando el invierno en su caballo helado
galope los contornos de la luna.

Que nada habrá más puro y milagroso:
soy aquel hombre triste, silencioso,
que oyó en el alba una canción de cuna.


He tomado la última semana...

He tomado la última semana
del mes de abril para morir intacto,
cerca de mi lugar, con los abrojos
que encierran una estrella en el tejido.

Los hombres como yo, deben morirse
aferrados al ser de la resina,
a los formones y a las alcayatas;
a todo aquello que en la vida fuera
signo de su vejez y su principio.

Debe ser en abril, porque en el campo
abril es un espejo de oro seco,
y las ovejas tienen las pupilas
abiertas al cristal y al duro frío.
Y, además, porque el cuero fue a galpones
y hay fiesta en la cocina y en la altura.

Debe ser en abril. De otra manera
yo no podría ver a los labriegos,
ni a mis hijos en torno, ni a mi rostro,
ni a tanta cosa que en abril fue mía.


Al fondo de mi casa, en un baldío...

Al fondo de mi casa, en un baldío
que aloja madreselvas y tacuaras,
envases, desperdicios y cadáveres
de madera fungosa; en un terreno
que un día fue patrón de las legumbres,
señor de las albahacas y el tomillo;
que tuvo un verde comercial y hermoso,
viven, con un chillar de porcelana,
las ratas que conozco. Por las noches,
a la lumbre bubónica del ojo,
con sigilo mental, siempre arrastrando
el calvo fleco en tubo de sus colas,
vagan entre geranios y hojalata,
erizadas de celo y amoníaco,
salivoso de hambre el diente agudo.
No me sorprenden ya. Sobre el cianuro
viven aún, rabiosamente invictas,
chispeando como piedras cenicientas
arriba de mis cejas, a los lados
de mi probable corazón, adentro
del hipnótico rombo de mi sangre.

Mis hijos las apartan, las persiguen,
les derraman aceite, las castigan
con afiladas llamas; mis hermanos
cavan anchos zanjones, tapan bocas
y clausuran hediondas galerías.
Pero vuelven al cabo de otra noche,
invaden mi silencio y, con jadeos,
se aposentan allí, donde yo canto,
allí, donde yo estoy cantando ahora.


Come mi madre un guiso de verduras...

Come mi madre un guiso de verduras
en su casa distante; come un guiso
que tiene casi un siglo y los cubiertos,
niquelados de amor, comen con ella
hoy, en abril, mientras mis tres hermanos
comen en sus hogares, con los hijos
sonoros de maíz, blancos de almíbar.

Mi padre come arriba, con los muertos
que fundaron Orión, que amojonaron
el granizo celeste de la Vía,
y que en la piel boreal de Casiopea
hallaron la respuesta del sextante.

Yo espero aquí; no ceno todavía.
Lo haré después, cuando los míos duerman.


Los huéspedes se van...

Los huéspedes se van. Sobre la mesa,
el vino tiembla todavía. Duele
la carne cortajeada sobre el plato,
la carne solitaria, negra y seca,
que la grasa comprime. En la cocina,
las ollas varicosas, los manteles
se mezclan con botellas y cubiertos,
y hay un olor confuso a trapo hervido,
a sudor vegetal, a paz quebrada
de pronto por un viento atolondrado
de almidón y vapores de colonia.

Han andado los huéspedes. Aún vibran
sus pellejos hinchados, aún rebotan
las pisadas de cera en las baldosas,
en el baño, detrás de las toallas,
ante el terror dental de los cepillos,
y aún hay trozos de charla en la quemada
sabiduría de los ceniceros.

A pulgadas la calma se adelanta,
me observa con piedad y, sin hablarme,
se instala en la caverna de mi frente
que ha retomado su frescura. Creo
que ninguno me habló de las abejas;
que ninguno me habló jamás de nada.


A veces soy sensible, simple y justo...

A veces soy sensible, simple y justo
como un guante de hierba, como un tibio
pantalón de labor, como las jarras
que la leche saluda en la campaña.
A veces me sorprendo porque lloro
ante una nuez o frente a las espuelas
de un soldado de plomo. No es frecuente,
pero a veces llorar me fortifica
como un cedro regándose a sí mismo,
como un dios que de pronto comprendiera
que el principio y el fin de todo llanto
es algo más que un alelí salino,
que una errabunda flor junto a la barba.


El habitante

8

Mi país no comienza en el cemento
ni termina en la voz de la cebada.
Es infinito, como la mirada
de un niño, sostenida por el viento.

Yo poseo de él sólo un fragmento,
un tallo, una paloma, casi nada.
Y sin embargo, tengo por ganada
su inmensidad, la sangre de su aliento.

Un algarrobo, y doy con la dureza;
una calandria, y hallo la ternura;
un jinete, y encuentro al habitante.

Y si a Dios procuro en mi simpleza,
me interno legua a legua en la llanura
y lo tengo ante mí, siempre adelante.


Soneto a mi hijo Roberto José

Recuerda, hijo: remendé tus botas.
Íbamos a cazar. Era en invierno.
Afuera el frío. Y en la casa un tierno
golpeteo de vidrios y de gotas.

El cielo en grito, con las cejas rotas.
El sol oculto en su hervoroso cuerno.
Íbamos a cazar. Era en invierno.
Recuerda, hijo: remendé tus botas.

Se fue la tarde como gallo helado.
Tú, con las botas altas. Yo, cansado
por el viento del sur con sus gaviotas.

Mirábamos la hierba. Tiritaba.
Una paciencia extraña nos guardaba.
Hijo, recuerda: remendé tus botas.


Canto N° 17

Dejar la carne, abandonar la ronca
guitarra de la piel, el vello hirviente
que suda trementina y miel rabiosa;
abandonar los muslos que se buscan
apretando una estrella. Dejar eso
que hicimos y que hacemos en la noche,
en el verano, en la mitad del odio;
detener el aullido del cabello,
la mano que camina y que gotea
temperaturas con temblor de fruta;
tratar de parecernos a la piedra,
a la lluvia, tal vez a los arados
o a los dioses diabólicos del viento.
En fin, salir huyendo de la sangre,
escapar de su luz acosadora,
sin memoria, sin poros en los ojos,
sin salivas ni sed en las axilas,
y detenerse en un lugar distante,
y allí, sobre la hierba, ya de bruces,
sollozar, sollozar y darse muerte
junto al sexo de oro de una avispa.

Fuente: Speroni. Poesía completa, Ana Emilia Lahitte, edición de la Municipalidad de La Plata y el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1982.

Roberto Themis Speroni nació en La Plata el 29 de septiembre de 1922 y murió en City Bell el 28 de septiembre de 1967. Su obra poética publicada comprende los siguientes libros: Habitante único (1945), Gavilla de tiempo (1948), Tentativa en la luz (1951), Tatuaje en el viento (1959), Paciencia por la muerte (1963) y Padre final (1964). A estos debe sumárseles Un poeta en el hueso del invierno, extenso poema dividido en seis cantos e incluido en Veinte poetas platenses contemporáneos (1963). Speroni dejó, asimismo, una gran cantidad de poemas inéditos que fueron compilados, en parte, por Ana Emilia Lahitte y publicados en dos tomos con el título Roberto Themis Speroni en 1975. La obra contiene un estudio de la autora y fue reeditada en un solo volumen como Speroni. Poesía completa, al cumplirse, en 1982, el centenario de la fundación de la capital bonaerense. (Hay una reedición del primer tomo realizada por la editorial Ciudad Gótica, de Rosario, declarada de interés por la Comisión de Cultura de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, que data de 2005.) Luego de la muerte de Speroni, Sudamericana-Planeta dio a conocer su novela El antiguo valle (1985). Permanecen inéditos tres novelas más, un libro de cuentos y un ensayo sobre la obra poética de Alberto Ponce de León, entre otros textos. Alguna vez, Speroni se refirió a sí mismo con estas palabras: “Nació en La Plata, murió repetidas veces en cualquier lugar, no se arrodilló ante nadie, salvo ante el amor y la tragedia. Fue un dado ciego en un cubilete de hierro, un perro en soledad, una campana orgullosa y ronca...”  Su indignación frente al dolor, su sed de verdad y de justicia, su honesta y valiente rebeldía, dieron a su voz –tierna o estentórea, según el caso– un tinte singular que la hace insoslayable. Speroni fue, sencillamente, un “muchacho puro y hosco”, como lo definió Osvaldo Rossler; jamás mendigó recompensas ni persiguió “el espaldarazo de un imbécil” para ser reconocido; quizá por esta razón no figura en muchas de las indecorosas antologías que pululan en nuestro medio. (Los dos primeros poemas publicados en esta entrada, “Soneto” y “He tomado la última semana...”, además de estar incluidos en Speroni. Poesía completa, forman parte de Tentativa en la luz y Paciencia por la muerte, respectivamente.)

Foto: Roberto Themis Speroni. Fuente: Speroni. Poesía completa, Ana Emilia Lahitte, edición de la Municipalidad de La Plata y el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1982.

viernes, 10 de agosto de 2012

Roberto Themis Speroni

























Soneto a la paloma que maté de niño

Todavía conservo entre las manos
el pequeño temblor de tu agonía,
y tu cuerpo de luz, donde cabía
la forma de los aires provincianos.

Herido ante un aliento de manzanos
cayó tu corazón, y el mediodía
se quebró en tu garganta y en la mía
con dolores opuestos y lejanos.

Dejé tu muerta azul bajo el ciruelo.
El verano cruzaba por el cielo,
jinete en un delgado escalofrío.

La infancia se me fue con el asombro:
por eso, cuando en pájaros te nombro,
tu corazón regresa con el mío.


15

Que un labrador sostenga mi entrecejo
mañana, cuando muera: que mi gente
se llegue con sus carros y sus perros,
sus cuchillos y el duro pan del día,
a esperar que termine el solitario
de morirse después de tanta muerte.
Los hijos en su sitio. Las avispas
en su panal, la espiga sobre el tallo,
la veleta en el viento y las palabras
dobladas en la boca. Todo en orden.
Un cazador vendrá. Será mi padre.
Que deje su fusil sobre la mesa.
Hay que darle una copa y dos botellas
de vino moscatel y diez cartuchos
con la pólvora seca para el viaje.

Y nada más. Saldremos con el alba
luego de los saludos. Que mi hermano
le pregunte a mi padre por el tiempo
y el día del retorno, que sin duda
será para el invierno,
cuando lleguen los ánades y el frío.


Soneto a Paula

Para que alguna vez cuando yo muera
digas: "El cazador, el silencioso..."
te he de explicar por qué no maté al oso
cuando tu voz ansiosa lo exigiera.

Primero, yo no mato en primavera;
segundo, en el invierno duerme el oso;
tercero, en el verano es tan gracioso
que no puedo matarlo aunque quisiera.

Por eso, Paula, quiero que te acuerdes
de un viejo cazador con ojos verdes,
que dejó su fusil y su cuchillo

para contarte una pequeña historia,
sin oso, sin angustia, sin memoria,
un cuento, nada más, claro y sencillo.


Dice Facundo Quiroga

Reinafé me cubrió con su granizo
y a Reinafé lo espero todavía.
Soy Facundo Quiroga. No hay un guía
que se atreva a pisar donde yo piso.

Tuve en La Rioja infierno y paraíso
con sangre, piedra y sol de profecía.
En Yaco no murió mi travesía.
Y si así fue, será porque Dios quiso.

De Rosas nada sé. Poco me importa.
“Para una espera larga, vida corta”,
me han dicho en oro limpio mis paisanos.

Aquí estoy y de aquí ya no me muevo.
No necesito potro ni relevo.
Lo espero a Reinafé y a sus hermanos.


Pregúntenle a una rosa...

Pregúntenle a una rosa por qué corre,
a un niño por qué arroja las ventanas,
a un muerto por qué ronda, a un argentino
por qué se manifiesta en las paredes,
por qué para reír tuerce la boca
y al sollozo lo cubre con espumas
de vino primitivo. Si, pregunten,
indaguen, no se duerman, no rehúsen
investigar la fruta vergonzosa
que se pasan los unos a los otros
detrás de las espaldas, a hurtadillas,
con la complicidad de los avisos
de la televisión y la tragedia.

Pregúntenle a las camas por qué el semen
siempre dibuja gotas de tristeza;
por qué los lustrabotas tienen caries,
y por qué las muchachas de noviembre
se masturban con discos bailarines,
en lugar de acostarse en la provincia
calurosa y feliz de los racimos.

Pregunten día a día. No reposen,
no relajen los tuétanos, no dejen
que se demore la verdad. Mañana
es muy probable que amanezca mudo
mi cuestionario intenso de poeta.
Me tienen que ayudar. Salgan ustedes
a preguntar por qué, casa por casa,
hombre por hombre, insecto por insecto.


Veo a los buhoneros...

Veo a los buhoneros, a los dulces
acróbatas del hambre, a los viajantes
de la necesidad; veo a la gente
empujando cadáveres, creyendo
que el aceite es mejor que la tizana,
que la duda es muy útil para el hombre;
los veo echarse tierra en las encías,
masticar cualquier cosa; los observo,
los oigo discutir, dar palmetazos,
ser felices con sólo tres lentejas,
con una cama, con un nombramiento,
condecorados a pesar de todo,
hechos a una molicie activa y sucia;
dispuestos a discursos, a diagramas,
a cambiarse la cara por un hueso,
por el espaldarazo de un imbécil.

No sé qué hacer con mi melancolía;
ya no sé de qué hablar. Estoy cansado.
Sólo en un rostro vi fuegos extraños.
Pero estaba en un sueño de la infancia.


Itinerario del poeta

a Pedro Aurelio Fiori,
donde se encuentre.

Le regalaron pan, le dieron sopa,
y consejos de otoño para el viaje.
Causaba gracia. Todo su equipaje
cabía en el formato de una copa.

Igual se fue. Debajo de la ropa
su corazón sin tierra ni hospedaje.
Un sombrero a la altura del paisaje
y los pies recubiertos con estopa.

Anduvo largos años. De mendigo,
llegó a ser rey (y es cierto lo que digo),
aunque no tuvo ni corcel ni heraldo.

Lo vieron regresar; lo conocieron
y, sabiendo lo mucho que supieron,
en vez de sopa le ofrecieron caldo.


Canto Nº 5

He asesinado liebres, mariposas,
campanas, esmeraldas; he cortado
los ojos del geranio y los jacintos,
y nadie me ha juzgado todavía.
He quemado cabellos y cortezas,
piedras de amor, caballos de aventura,
líquenes y tristísimas espadas,
y la gente se ha vuelto a saludarme
con la mano feliz, como si fuera
en realidad un hombre, un ser perfecto,
jugando con su torre y su navaja.

¿Es que no saben ver al solitario,
al dios que tiene reventado el seso
y la sangre comida por hormigas
de brillante metal...? ¿Es que no saben
hundir el ojo en un juncal de miedo
donde está la verdad, casi desnuda,
sostenida por trágicos bejucos...?
Sin embargo, yo soy el asesino,
y ellos siguen torciendo los sombreros
y poniéndose un ángel en la boca
para darle vejez al solitario.
Solamente mis hijos lo comprenden;
mis hijos y mi hermano que está lejos,
y también mi mujer, con sus medallas,
llenas de sangre oscura y de paciencia.
–¿Hoy qué has muerto...? –me dicen.
–¿Qué has quebrado?
Y yo, feliz, sonrío y les respondo:
–Un coleóptero azul, una ciruela,
las caderas de Dios, el pez del viento.

Fuente: Speroni. Poesía completa, Ana Emilia Lahitte, edición de la Municipalidad de La Plata y el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1982.

Roberto Themis Speroni nació en La Plata el 29 de septiembre de 1922 y murió en City Bell el 28 de septiembre de 1967. Su obra poética publicada comprende los siguientes libros: Habitante único (1945), Gavilla de tiempo (1948), Tentativa en la luz (1951), Tatuaje en el viento (1959), Paciencia por la muerte (1963) y Padre final (1964). A estos debe sumárseles Un poeta en el hueso del invierno, extenso poema dividido en seis cantos e incluido en Veinte poetas platenses contemporáneos (1963). Speroni dejó, asimismo, una gran cantidad de poemas inéditos que fueron compilados, en parte, por Ana Emilia Lahitte y publicados en dos tomos con el título Roberto Themis Speroni en 1975. La obra contiene un estudio de la autora y fue reeditada en un solo volumen como Speroni. Poesía completa, al cumplirse, en 1982, el centenario de la fundación de la capital bonaerense. (Hay una reedición del primer tomo realizada por la editorial Ciudad Gótica, de Rosario, declarada de interés por la Comisión de Cultura de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, que data de 2005.) Luego de la muerte de Speroni, Sudamericana-Planeta dio a conocer su novela El antiguo valle (1985). Permanecen inéditos tres novelas más, un libro de cuentos y un ensayo sobre la obra poética de Alberto Ponce de León, entre otros textos. Alguna vez, Speroni se refirió a sí mismo con estas palabras: “Nació en La Plata, murió repetidas veces en cualquier lugar, no se arrodilló ante nadie, salvo ante el amor y la tragedia. Fue un dado ciego en un cubilete de hierro, un perro en soledad, una campana orgullosa y ronca...”  Su indignación frente al dolor, su sed de verdad y de justicia, su honesta y valiente rebeldía, dieron a su voz –tierna o estentórea, según el caso– un tinte singular que la hace insoslayable. Speroni fue, sencillamente, un “muchacho puro y hosco”, como lo definió Osvaldo Rossler; jamás mendigó recompensas ni persiguió “el espaldarazo de un imbécil” para ser reconocido; quizá por esta razón no figura en muchas de las indecorosas antologías que pululan en nuestro medio. 

Foto: Roberto Themis Speroni. Fuente: Speroni. Poesía completa, Ana Emilia Lahitte, edición de la Municipalidad de La Plata y el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1982.