Las palabras piden estar donde las cosas suceden:quieren seguir en escena, despiertas y fantasiosas,con sus ropas y sus historias para ponerse.
Juan Carlos Moisés
para ir hacia los extremos.
Largas horas de viaje
hasta llegar a un confín inhóspito.
Dicen
que es inhóspito.
Por si acaso,
yo
no confío en los periódicos.
del Río Negro,
en lo más austral de la provincia.
Aguardo el horario del próximo trasbordo.
Sobre el cauce, las imponentes vigas
del puente viejo
unen
las dos ciudades:
la que soñó con ser
importante y brillar;
y la que nunca brillará tanto
como quisiera.
En el paredón, enfrente de la terminal,
Karen sonríe con el corazón en la mano.
Sobre las márgenes del río, las historias
se graban a fuego:
que mueran a hierro los que matan.
de las piedras que suenan;
cada tanto, algunas pocas luces,
un camino de entrada,
un cartel anunciando vida humana,
celebrando el espíritu gregario,
la necesidad de pertenencia.
Unos pocos miles repartidos cada tanto,
en la infinita extensión que va
del mar a la montaña.
veinticinco habitantes en el último censo,
ciento ochenta viviendas al pie
de un volcán dormido.
Aguada de Guerra, repito.
Aguada de Guerra, el nombre es dulce
y fuerte como un escenario
donde se filmara una película
sobre una batalla –tehuelches y manzaneros
luchando por el agua–,
o sobre una historia donde sucedieran
las cosas más sencillas:
la vida entera de Brenda y Richar
celebrando el acceso a la tierra,
un lote con servicios. En la foto,
el ministro sonriendo con el viento a favor.
los frutales; primero, los cerezos,
los damascos, los duraznos.
Luego, fue el turno de la alfalfa
y las hortalizas. Se hicieron los criaderos,
abundaban las aves, pastaban los rebaños.
La canción proveedora fue creciendo
en el paraje, pero entonces,
llegó la nevazón del cuarenta y ocho.
Hubo que empezar todo de nuevo,
segundas partes no siempre son buenas.
La tierra noble y el arroyo agotaron
su paciencia.
Otros arados y otras trilladoras
nos pasaron por encima, a lo largo
y a lo ancho. Todavía,
tenemos en el cuerpo los surcos que no cierran.
hay esperanza,
los niños leen, todavía recortan figuritas
con tijeras, usan plasticola,
escuchan, preguntan, atienden.
Hoy celebran el Día del Libro, escriben
historias como ésa en la que leo
una frase al azar:
”un oscuro día
de 1976…”;
los niños se ríen con las fotos,
cuentan detalles de su vida en el pueblo
más frío del país.
Aplauden
a su pequeña tejedora que sale en las noticias.
Por un momento parece el paraíso,
los celulares brillan por su ausencia,
y todos somos felices.
No es nostalgia del pasado, ni espejismo
en el desierto. Acá, tan lejos, con un clima extremo,
entre los libros de la Patagonia vieja
y un tendal de relatos nuevos,
la zona de confort
es la tibieza.
Fuente: Línea Sur, Norma Etcheverry, La Carta de Oliver, Vicente López, 2026.
Línea Sur es un libro necesario, un libro vital e inteligente, porque claramente trasciende el paisaje, lo atraviesa, para establecer un sistema crítico, una mirada aguda y desapasionada sobre lo social y lo histórico, que a la vez nos interpela con crudeza, y parece decirnos qué haremos con nuestras propias zonas de confort. Ese punto medular del asunto sigue la línea del libro, y pone en tensión aquellas miradas que se detengan simplemente en lo turístico, o en el paisaje.Salgo de mi zona de confort/ para ir hacia los extremos// Largas horas de viaje/ hasta llegar a un confín inhóspito//.Así abre el libro, sin pedir permiso, y estableciendo sin disimulo una divisoria de aguas entre lo que podríamos llamar una lectura productiva, y otra de paseo cansino y embelesado por la belleza del entorno. En los poemas, esa belleza innegable se integra al aparato crítico y pensante de los textos. Son una misma cosa, y no un aditamento del paisaje.Sobre el cauce, las imponentes vigas/ del puente viejo/ unen/ las dos ciudades:/ la que soñó con ser/ importante y brillar;/ y la que nunca brillará tanto/ como quisiera//.Línea Sur tiene una respiración pausada, de meditación nada contemplativa, sino antes, activa, eléctrica. No es un paseo, es un fraseo certero sobre la realidad, dicho al pie de manera rápida y sin florituras. Desde el título, que funciona como una estrategia algo más que geográfica, la tensión se mantiene a lo largo de todo el viaje-libro. Y la voz de la autora no deja de asombrarse y asombrarnos, señalando esto y aquello, como quien va descorriendo el velo de los brillos para alumbrar pequeños rincones no menos significativos. La voz es verdadera, de calado hondo y convincente, y se duele en su propia perplejidad. Podemos ver, sentir, tocar, dolernos.Sobre las márgenes del río/ las historias/ se graban a fuego:/ que mueran a hierro los que matan.…Salir de la zona de confort/ también es enfrentarse al territorio/ de la belleza verdadera/ reconocerla dónde//.…En las distancias de este país/ el futuro/ es un boleto ilegible;/ apenas se ve la meta/ apenas se sobrevive/ en el trayecto que nos toca//.Hay un rasgo testimonial y evidente en los textos, voces y lugares, términos y hechos puntuales que anidan en la región que se describe, no como planos decorativos sino como pliegues y relieves, como quien pisa y profana tiernamente lo que se anhela: la gente, la historia, la lengua, anotada con acierto en un breve glosario final.Como una espina dorsal, el epígrafe del poeta Juan Carlos Moisés enhebra intenciones, y dialoga con el fondo del asunto, poniendo en valor aquello que trasciende la semántica, para pensar la palabra como unidad de sentido revelador.Línea Sur, de Norma Etcheverry, es una coordenada sobre la forma de mirar y de estar. Seco y directo, y tan rico como es posible, el lenguaje se acopla a las imágenes, a ese monólogo apenas susurrado y magnético. El cuadro a cuadro funciona en un delicado equilibrio, y va desplegando en perspectiva el friso de la trama: lo visto y dicho, y lo que sucede de manera casi imperceptible, como un río violento y subterráneo.
Foto: Norma Etcheverry en Maquinchao. Fuente: Facebook.





