jueves, 6 de febrero de 2020

Jorge Chiesa


Dos perros

Mi padre compró un perro nuevo
en reemplazo del perro muerto.
Eso fue hace diez años y desde entonces
pasaron muchas cosas en el medio:
Mi padre tuvo un accidente y casi se muere.
Ahora el que está por morirse es el perro nuevo
en el patio interno:
un lugar donde los brotes del pánico
han empezado a cubrir las paredes.
Para combatirlo repetimos la historia
de tener hijos
de comprar perros
cuando no deberíamos hacerlo
cuando debería ser suficiente
con dos perros muertos.

Fuente: Los libritos, Jorge Chiesa, Goles Rosas, Mar del Plata, 2011.


1

Desde el colectivo en movimiento
se queda mirando un pueblo
llamado Coronel Vidal.
Sea de día, sea de noche,
nunca nada se mueve
en esa clase de pueblos.
Nadie alzando la mano,
invitándolo a bajar.
Ningún gesto de amparo
en medio de tanta
desolación.


2

A lo mejor quiero decir la imagen sesgada de un pueblo
viviendo solo en la llanura,
o de unas pocas almas viviendo una vida de pueblo:
casas de ventanas y puertas abiertas
de gente que barre la vereda bajo la luz tenue
o anda en bicicleta al ritmo de los perros.
A lo mejor quiero decir todo eso
en el ojo de un observador que se desplaza,
durante todo un invierno entre dos ciudades,
tironeando entre lo que se posee
y no se posee.


7

Al principio son pequeñas diferencias,
fisuras, si se quiere, de la trama.
Luego peleas que,
como desperfectos de la tela,
atentan contra la vida
tejida en común.
Entonces eso que llamamos familia,
ese lugar, se desgarra.
De pronto la separación equivale a la distancia
que una de las partes debe recorrer
para arribar al desencuentro
de su pasión.


13

Hablo de cerrar los ojos y sacarse las ventosas
de la cabeza.
De tomar vodka y dormir envuelto
en pieles de oso
durante todo un invierno,
esperando la primavera pero sintiendo
que hay nieve por todas partes.
Nieve en las manos,
en las axilas,
nieve en los ganglios.
Fecunda,
silenciosa nieve cayendo
dentro de uno.


14

Soñar con un plato de comida y una cama
luego de un trabajo pesado
es todo lo que pido.
Dormir en el interior de un iglú,
junto al calor de los rescoldos.
Pasar una temporada aprendiendo de los esquimales
que viven en casas idénticas y encienden un único fuego.


15

De eso se trata la escritura:
de volver adonde no se puede volver.
La imagen de un balde rojo
con dos peces negros
nadando en círculos.
Esas son las tierras de la memoria.
Impresiones de toda una vida; nada más.
A pesar de todos los cuadros,
lo único que Rembrandt quiso pintar
fue un poco de polvo
flotando en el interior de un rayo de luz.
Luz que solía iluminar
las entrañas del molino de su padre.
La forma que tenía ese polvo deslumbrante
de transformarse en materia; nada más.


18

Cada vez que paso por un pueblo como Vidal
me pregunto si realmente estaría dispuesto
a bajarme justo en ese sitio
y nunca llegar a destino.
Hacer de cuenta que yo también
soy pasajero en extinción,
pariente lejano del gran Wakefield.
Me pregunto si eso sería posible:
bajarse en un pueblo en medio de la nada,
en busca de casa, manta o piel,
donde envolverse y simplemente
desaparecer.

Fuente: Un invierno ruso, Jorge Chiesa, Olmo Ediciones, Buenos Aires, 2012.


7

Aunque esto no deje de ser una idea,
primero fue la palabra y después la idea
y por eso, como dijo el poeta,
se trata menos de buscar palabras para tus ideas
que ideas para tus palabras.
Ellas son el punto de partida,
eso a lo que aferrarse y que sirven para iniciar
esta narración que por incapacidad
llamo poema.
El lenguaje vendría a ser algo así,
una incapacidad, una linterna confusa
encendida de a ratos,
que está aprendiendo a enfocar
en el interior de un cuarto
lleno de oscuridad y sucesos.
Con haces de luz que pretenden captar
imágenes deshilvanadas,
encandilando por un instante
las palabras que te definen
y no paran de moverse
como abejas enloquecidas.


8

Todo lenguaje proviene
de su propio diálogo
con el silencio,
como si las palabras nacieran
de la sequía
de una gran luz
pero en seguida buscaran
un poco de sombra en la voz,
y eso las aliviara.
No el hallazgo
de una voz
sino el asilo
de una sombra.
 

9

Me pregunto si un grafólogo
podría revelarme algo importante,
eso que todo hijo debería saber
acerca de su madre.
Un rasgo inevitable de su carácter
o una faceta desconocida,
incluso para ella misma,
oculta en su propia letra.
La explicación del porqué
de nuestra relación enterrada,
y de todo aquello que saldría a la superficie
por obra y gracia de una ciencia
aplicada a hurgar en la escritura.

Fuente: El animal equivocado, Jorge Chiesa, La Bola Editora, Mar del Plata, 2014.


3

Me quedé mirando una botella
mantenerse a flote y derivar
en el agua silenciosa de la laguna
mientras buscaba palabras duraderas
antes de nombrar las cosas
pero también para mostrarte que a veces
hay dignidad y belleza
en las cosas que se abandonan.
Que no sea viento, me pediste,
quien decida.
Pero cómo hablar un lenguaje
más resistente que nosotros,
que el vidrio de una botella
cuyo único mérito consiste en saber flotar
y estar vacía.


8

La boya de color rojo
flotó toda la tarde entre los juncos,
alargados y verdes,
mientras el pescador esperaba verla hundirse,
verla desaparecer.
Quién no ha deseado
después de años de sequía
ser arrastrado hacia lo profundo
por una fuerza invisible.
La vista fija,
castigada por el reflejo
del sol en el agua,
y aun así
a la espera de un acontecimiento,
de una ilusión.
Porque algo hay que mirar.
No hablo del momento cruel
del pez colgado por la boca
sino lo que pareciera decirnos
la modesta lección del ojo
en su silencio y desnudez.

Fuente: Las nubes, Jorge Chiesa, Municipalidad de Las Flores, Las Flores, 2019.

Jorge Chiesa nació en La Plata el 27 de noviembre de 1969. Obedeciendo a su pasión por el surf, en 1996 se mudó a Mar del Plata, donde reside desde entonces. Es abogado, narrador y poeta. Su obra publicada incluye: La pesquita (poemas, Dársena 3, 2007), Los libritos (poemas, Goles Rosas, 2011), Nilsen (poemas, Ediciones Suárez, 2011), Dinamarca (cuentos, Ediciones Suárez, 2011), Tony (novela, Clase Turista, 2012), Un invierno ruso (poemas, Olmo Ediciones, 2012), El animal equivocado (poemas, La Bola Editora, 2014) y Las nubes (poemas, Municipalidad de Las flores, 2018). Obtuvo, entre otras distinciones, el “Premio Municipal de Literatura Osvaldo Soriano” de la ciudad de Mar del Plata en cuento y poesía (2009), el primer premio en el concurso de poesía “Premio Fundación Banco Ciudad” (2012), organizado por la Fundación Victoria Ocampo y Olmo Ediciones, y el primer premio de poesía en el “Concurso Nacional de Cuento y Poesía Adolfo Bioy Casares”, organizado por la Municipalidad de Las Flores (2018).

Foto: Jorge Chiesa. Fuente: Suplemento de Cultura, diario La Capital, Mar del Plata, 22 de junio de 2014.

domingo, 19 de enero de 2020

Claudia Bernazza


Hungría

Después, viajé a la última fotografía.
A las palabras que nadie pronunciaba.
A la llanura. A la guerra.

Furias galopes tribus caballos alas
una polvareda de montañas
en la mañana de las tierras bajas.

Álmos, padre de Árpád.
Előd, padre de Szabolcs.
Kend, padre de Kurszán.
Ond, padre de Ete.
Tas, padre de Lehel.
Huba.
Töhötöm, padre de Horka.

Ellos guardan en su boca
el nombre de los montes
lo protegen del olvido
del viento en la cara y de este viaje.

Sobreviene
una planicie
una fogata
un cansancio sin bordes.

Se abandona el viento
al costado del camino
se aceptan las rutinas.

Dicen que para ser Europa hay que pedir permiso.
Esteban negocia dioses a orillas del Danubio.

Reyes espadas turcos guerras cuchillos
La furia es un galope
que no cesa.
En el corazón del continente
extranjeros.
Los gitanos los eligen:
esta es nuestra gente.

Inventores de lenguas y palabras
han imaginado un río.
En su orilla
fundan dos ciudades
frente a frente.

Austria los necesita mansos.
Alemania más obedientes.
Rusia más disciplinados.
Estados Unidos más capitalistas.
Ningún bombardeo los detiene.
Detrás de la bruma y la ceniza, crece un puente.

Si les preguntan quiénes son
ellos responden:
Álmos, padre de Árpád.
Előd, padre de Szabolcs.
Kend, padre de Kurszán.
Ond, padre de Ete.
Tas, padre de Lehel.
Huba.
Töhötöm, padre de Horka.

Somos el huracán de esta llanura
somos dos ciudades y sus puentes.
Somos magiares en el sitio equivocado
somos Budapest
galopando eternamente a los Urales.

Budapest, 2013.


Enamorarse en Praga

De los duendes, del puente.
De las pompas de jabón y un chico corriendo a recogerlas.

Del relojero que inventó
el extraño mecanismo
para escuchar durante siglos
la campanada exacta.

Enamorarse.

Del dios de la cruz,
de los checos,
de los celtas,
de una falta de sonrisas que nos dice
que hemos llegado al frío y a lo duro.

Enamorarse.

Del nadir de las bodegas.
De las reclinaciones.
De los nidos cubiertos de nieve, vacíos.

De los bosques,
de las huellas en lo blanco.

De lo negro, de los magos, del agua de las alcantarillas.

De Alicia en sus espejos.

De tus pocas palabras en el puente
traspasando el aire
navegando el agua
amándome en Praga.

Praga, 2013.


Una playa en Cuba

¿Qué playa quieres, bonita?
¿Sobre qué arena despedirás el día?

Puedes elegir la alfombra pedregosa
entre muchachos que recogen peces afilados
para asombrar a sus mujeres.

O la playa que despeinó para siempre
el beso del huracán.

Quizás prefieras la que cuida el colonizador desde el morro
porque la reina de cabellos rojos
ha enviado a sus piratas.

O la playa de arenas finas
y palmeras del paraíso.

¿Vas a atardecer en el cayo
para amanecer con tu cuerpo empapado de ron?

¿Vas a elegir la playa de lluvia tenue
salpicada de revoluciones?

Podrás pedir la que quieras.

Porque en la Isla Mayor
tratándose de mar
todo sucede.

Playa de Siboney, 22 de noviembre de 2013.


Loving

Puedo darte amor en todos los idiomas.
Decirte hermosa en todos los lenguajes.
Alcanzar la cima de todas tus edades.

Dime tu nombre.
Dame tus ojos.
Encontraré a la caribeña que llevas escondida.

A cambio solo pido migajas de tu mundo.
Los billetes chicos, tu limosna.

Los pondrás en mi bolsillo,
en mi sombrero,
en mis cervezas,
sin que yo lo note.
El amor sabrá cruzar esa estúpida frontera.

Santiago amanecerá con tus destellos
olvidando los incómodos detalles.

Santiago de Cuba, 23 de noviembre de 2013.


Réquiem para Olga

El Conurbano siempre es un infierno.

Se murió la Olga.
Vestite, Berazategui, con tus mejores lutos.
Naranjas las banderas
naranja el alma
vamos a llorarla.

Es un partido
como siempre.
Hay que prender las luces a pedradas.
Colgar del aire las guirnaldas
abrir las estaciones
vestir los lunes de trabajo.

La maltería, Rigolleau, Ducilo
que las moles del sur regresen por un rato.
Se murió la Olga
que lo anuncien
los silbatos del vidrio y la cerveza.

Habrá un permiso provisorio para todo
un perfume a marihuana en las esquinas
un desfile de nombres y apellidos
orgullosos de vino.

Un guiño de quinielas
un paciente prostíbulo
para disfrazar de rojo los quejidos
y morir de abandono
resucitando a un sueño
donde somos los afortunados de la tierra.

Vamos a manguear a los tacheros
el pucho de la tarde
fumarlo en su homenaje
para que la Olga
que ya tuvo su infierno
prepare un cielo de quebrados.

Seremos carnaval
pasión de vicios
en la hora solemne del cortejo.

Nos verán
entonces van a vernos
marcharemos prostitutas
pordioseros
la loca de atar
los caballos hambrientos.

Tan pequeña
la pondremos ante dios
o ante los muertos
ellos tendrán que responder
por qué es pecado
amar a la vedette
vestirse de varón
criar dos pibas.

Tendrán que decir
a viva voz
a cielo abierto
por qué la vida es una mierda.

Cargamos un cuerpo
tan liviano.
Se apaga la flor
bajo la tierra.

Se murió la Olga.
Aquí nos ha citado
sin potestad
ni juez
ni parte.

Vivir es este apenas,
nos dice
se despide,
este último segundo
esta alegría.

Vivir es este grito
durando los instantes.

Fuente: Las palabras y los días, Claudia Bernazza, Prueba de Galera Editoras, La Plata, 2019. Libro digital, HTML: http://claudiabernazza.com.ar/laspalabrasylosdias/index.html

Claudia Bernazza nació en La Plata en 1960. Es Ingeniera Agrónoma (UNLP), Maestra Normal Superior (DGCyE), Magister en Ciencias Sociales con orientación en Educación (FLACSO) y Doctora en Ciencias Sociales (FLACSO, Argentina). Se ha especializado en Planificación y Administración Pública y ha publicado libros y artículos de su especialidad en numerosas publicaciones. Cuenta, además, con una vasta trayectoria en el ámbito académico y en la función pública nacional y provincial bonaerense. También participa en congresos, colabora con diarios y revistas y administra el blog Recetas y Política. Como poeta y escritora ha publicado poemas y textos diversos, destacándose sus libros Crónicas de la ciudad perfecta (novela, Ed. Al Margen, 1997) y Permiso para volar en tren (cuentos para niños, Ed. Corregidor, 2001). A fines del año pasado, dio a conocer Las palabras y los días, libro de edición digital en el que eslabona distintos géneros literarios (relato costumbrista, crónica de época, diario de viaje, prosa poética, poesía...), mediante los cuales ofrece un conjunto de hondas y emotivas  historias –algunas, por momentos, risueñas–, desplegadas en sitios con los que tiene vínculos afectivos o conexiones ancestrales. Así, el lector puede viajar imaginariamente por La Plata, Berisso, Ensenada, el Conurbano bonaerense, Cuba y el Este europeo, entre otras geografías. Para seguir la travesía completa del libro pinchar este enlace: http://claudiabernazza.com.ar/laspalabrasylosdias/index.html

Foto: Claudia Bernazza. Fuente: gentileza de Claudia Bernazza.

lunes, 6 de enero de 2020

Rafael Felipe Oteriño


El sueño del paraíso

Levinas fechó en 1941 el año
en que Dios abandonó el mundo.
Yo no había nacido,
mis padres recién se unían
y el mundo era para ellos
–y para el tesoro que cuidaban para mí–
un lugar hospitalario,
de luz cercana y aguas transparentes.

Comenzando a vivir,
la orilla del mar fue mi aliento.
Cavé y cavé, encendí lámparas,
deletreé el alfabeto,
y sin carecer de pan ni de hambre
–creyéndolos dormidos–,
sentí la piedra, el árbol,
el rechinar de sombras en la ciudad.

Por eso, quiero creer
que Dios está entre nosotros:
no para concedernos el paraíso
(son tantas las estrellas
que a diario desaparecen),
sino para que el sueño del paraíso
no acabe, y sepamos,
desde el deseo, continuar su búsqueda.


Lo que llevamos dentro

2

No me cuentes
de París o de Praga,
no me anotes la calle ni el número,
no me recuerdes
el Metro para llegar.

Quiero saber
del perro llamado Argos
que te guio
por la pequeña villa
de Emporio, en Thira.

Y del burro
que se perdió calle abajo
con su montaña
de hinojo
y el cascabel en el bozal.

Valen más
que cien guías de viaje
juntas.

Quiero saber
de aquello
que empapado de adiós
te pertenece.


La palabra que huye

Sólo la palabra que huye es la verdadera,
la que se levanta de la mesa,
la que rompe las filas,
la que corre calle abajo y no se detiene.

Alucinada por el cruce de caminos,
vías férreas, trenes subterráneos,
en el límite de su significado,
como una barca a punto de estallar.

De carbón, de hojalata,
borrada innumerables veces;
regla lesbia entre lo viejo y lo nuevo,
golpea nuestra ceguera con su bastón.

Profética en el interior: ¿qué lengua habla?,
¿cuál es su oración favorita?,
¿qué recuerda de Baudelaire?,
en qué barco ebrio huye trepada?

Para saber lo que dice, interrogo a la luna,
exploro el doble fondo del mar,
me detengo a oír las cuerdas de su lira,
antes de que todo se vuelva más oscuro.


Fin de año

El fin de año
me descubre cumpliendo
una rutina: caminar.

Un pie detrás del otro,
la mirada fija
en una línea borrosa
que se aleja
a la velocidad de los pasos.

No es mucho
lo que podría decir, si hablara,
aunque sospecho
que continuar esa marcha
lo resume todo.

Una travesía
que cambia del pardo al gris,
del ruido al eco,
de los anillos del agua
al liquen y la arena.

Pocas preguntas:
algunas, en extremo
imprecisas;
otras, en atropellado
desorden.

Las señales de tránsito
son mandalas
para adivinar el futuro
donde no hay
más que agua.

A derecha e izquierda,
coches veloces,
faroles encendidos,
el erizo de la mañana
en su mejor trabajo: recomenzar.

A pocos metros
y sin tocar la orilla,
lo mejor es proseguir la marcha,
pensar en la ola
y no alcanzarla.


Domingos

Domingos en los que yo iba descendiendo,
cayendo hacia atrás, doblándome,
y a mis espaldas, como sal en la herida,
la lluvia negra sobre los techos de la ciudad,
la lluvia que aviva la sed, la que no moja.

Y domingos en los que la pluma del viento
llamaba a la puerta hasta despertarme,
y el cuerpo se abría a la dicha como un sol.
Domingos en cuarteles, en patios cerrados,
en la media verdad de lo que nunca se ha ido.

Ansiada perfección, porque al cerrar el álbum
el instante perdura, la invisibilidad decrece.
Debían odiarse y no se odiaban:
velan para que la oscuridad resplandezca,
para que la confianza en la luz no se apague.

Fuente: Y el mundo está ahí, Rafael Felipe Oteriño, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2019.

Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata en 1945. Publicó doce libros de poesía: Altas lluvias (Cármina,1966), Campo visual (Cármina, 1976), Rara materia (Cármina, 1980), El príncipe de la fiesta (Cármina, 1983), El invierno lúcido (El Imaginero, 1987), La colina (Ediciones del Dock, 1992), Lengua madre (Grupo Editor Latinoamericano, 1995), El orden de las olas (Ediciones del Copista, 2000), Ágora (Ediciones del Copista, 2005), Todas las mañanas (Ediciones del Copista, 2010), Viento extranjero (Ediciones del Dock, 2014), Y el mundo está ahí (Libros del Zorzal, 2019). Su obra fue recogida parcialmente en Antología poética (Fondo Nacional de las Artes, 1997), Cármenes (2003), En la mesa desnuda (Ediciones al Margen, 2009) y Eolo y otros poemas (Editorial Brujas, 2016). Tiene en su haber, además, un libro de ensayos sobre poesía titulado Una conversación infinita (Ediciones del Dock, 2016). Recibió las siguientes distinciones: Premio Fondo Nacional de las Artes (1966), Faja de Honor de la SADE (1967), Premio Sixto Pondal Ríos de la Fundación Odol (1979), Premio Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias (1983), Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (período 1985-1988), “Premio Konex” de Poesía (período 1989-1993), Premio Consagración de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires (1996), Premio Esteban Echeverría (2007), Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2009) y Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional (2014). Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras y codirige, en Ediciones del Dock, la colección Época de ensayos sobre poesía. Reside en Mar del Plata, donde fue Magistrado y ejerció la docencia en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Acerca de Y el mundo está ahí, explica el autor en el prólogo del libro:

Este no es un libro confesional, aunque contiene algunas confesiones. Fue motivado por atisbos y visiones más que por certidumbres. Lecturas, una palabra retenida al azar, el devenir de un hecho, algún recuerdo que se negaba a desaparecer, operaron como desencadenantes del verso.
No lo escribí para decir algo que sabía de antemano sino para esclarecer partes (“partes” en el sentido de fragmentos y de mensajes) de lo desconocido que quería explorar. Al cabo, para crear una zona iluminada donde pudiera hacer pie.
Contiene imágenes, ritmos, figuras de luz y sombra –físicas y mentales– con las que busqué poner en acto lo indecible mediante las formas, tiempos y espacios, paisajes y representaciones familiares de lo decible.
Cualquiera de esas alusiones podría haber dado nombre al conjunto, pero, finalmente, ganó lugar la frase que define el título. Con ella quiero destacar el asombro de que todo eso esté ahí, con la interpelación y la oscuridad de su sentido.
Lengua en estado especial, lenguaje dentro del lenguaje, palabra que habla de sí misma, la poesía –y a través de ella el poeta– da cita a una realidad que no existe fuera del orden de las correspondencias y analogías.
Muestra de que un poema nunca se termina de escribir, sumé al conjunto dos piezas de libros anteriores que tenían distinta resolución y que ahora, en renovada faz, se exponen nuevamente al compromiso de la expresión.
Menciono puertas, ventanas, muros y escaleras. Son símbolos que fueron pasajes en el camino de la escritura. Tal es el horizonte de estos poemas. Un universo sujeto a desplazamientos y desgaste, en el que nada muta definitivamente si no es para volver transfigurado.

Foto: Rafael Felipe Oteriño. Fuente: Y el mundo está ahí, Rafael Felipe Oteriño, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2019.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Sandra Cornejo


Corteza

Gótica, serena
con sus animales rotos, separados
en tramos, en ceniza.
Criatura perdida en su mudez,
en colores sumergidos
a un segundo
de distancia
de la luz.

Casual, sísmica fosa,
donde caer.
Su voz
oceánica, extranjera,
donde caer.
A brazadas,
gesto salvaje 
de cajas y más cajas.

¿Y por qué?
¿Por qué un abrigo en el respaldo
una noche de luz?

Alarido desarmado
sin fuero
sin muralla.
Animal primitivo.
Sola,
criatura indefensa.
Sola.


Plaza de la Paja

Estos muros
medievales
fueron un resguardo.
El templo, nuestro sitio de paz.
Hemos acogido un mismo tono,
una intención común.
En la torre desnuda,
descubrimos
el modo de abrazar
lo eterno.
Dentro de las murallas
en la antigua villa
en días desapacibles,
resplandecíamos.

Esta dorada mañana,
en Madrid,
intercambiamos libros,
palabras.

Un tiempo apartado
nos convoca
al asombro primero,
al reencuentro.

A Esther Ramón


Una bellota

Una bellota
de un parque milenario
viajó conmigo en mi bolsillo
de un continente a otro.

En días asombrados,
era mi compañía y mi amuleto.

No es una bellota,
alguien me dijo luego.

¿Importa el nombre de las cosas?
Era mi bellota.
Lucía como tal en el camino.


Oso pardo

Soy doméstica
como un conejo,
solitaria como un oso pardo.

No pretendo una cueva
demasiado espaciosa.

Tal vez una jaula
donde pueda hablarte
de los animales extintos
que conocí en otra vida.

Si estuvieras,
me bastaría un penique
para contarte el mundo.

Te diría que el mejor
de los libros es el tuyo
–porque lo es–.
Nos tejería un tapiz
con berro
y jarillas.

Pero llueve en Berlín
y el gris se apaga
y acabo de llegar
tarde,
en octubre.
Sin aviso.

Fuente: Corteza, Sandra Cornejo, Editorial Prueba de Galera, La Plata, 2019.

Sandra Cornejo nació en La Plata en 1962. Es Licenciada en Comunicación Social por la UNLP, gestora cultural y poeta. Se diplomó en el Posgrado de Lectura, Escritura y Educación (FLACSO, Argentina) y, actualmente, dicta talleres de literatura. Publicó seis libros de poesía: Borradores (Cuadernos de Sudestada, 1989), Ildikó (Último Reino, 1998), Sin suelo (Ediciones Vox, 2001), Partes del mundo (Alción Editora, 2005), Bajo los ríos del cielo (Ediciones Al Margen, 2014) y Corteza (Prueba de Galera, 2019). En 2012, la colección de poesía Cuadernos orquestados, dio a conocer una selección de sus textos éditos e inéditos con el título Todo lo perdido reaparece. Poemas suyos fueron incluidos, asimismo, en varias antologías; entre ellas: Poetas argentinas, 1961-1980 (Ediciones del Dock, 2007), Poesía de Pensamiento. Una antología de poesía argentina (Endymion, España, 2015) y Antología Federal de Poesía. Provincia de Buenos Aires (CFI, 2019). Participó en el Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires (2016) y representó a su país en el Festival ISLA (Dublín, Irlanda, 2017). Obtuvo, además, la distinción a la Labor Literaria, otorgada por Cultura La Plata, en 2016. Fue traducida al inglés y su poema Todo lo perdido reaparece fue musicalizado por la cantautora Sofía Rei. Edita, desde 2006, el sitio web Tuerto Rey (http://www.tuertorey.com.ar). Acerca de Corteza, escribe Susana Cabuchi en la contratapa del libro:

Mesura y alabanza, silencio y esplendor, acuerdan en cada poema, en cada palabra modelada por Sandra Cornejo. A su deseo, a su búsqueda, les debemos reconocernos a mitad de camino entre el aislamiento –límite exterior que impone la corteza– y el hondo trabajo espiritual –reencuentro con el otro/otra, entrega, diálogo– de una interioridad protegida por esa misma piel.
Todo acontece entre lecturas, entre ciudades de nuestro país y del mundo, con la  proximidad benéfica del hijo, los poetas amados, la memoria.
Todo transcurre y llega, mansamente. Los olivares se acercan conducidos por la luz y cada piedra es una parábola encendida. Algunos versos florecen a la espera de una góndola nocturna que lleve a una isla cubierta de nieve.
Hay en Corteza profundos jardines y mañanas doradas para oponer a las sombras.
Días de viajes secretos, de alianzas, de misterios.
Tardes radiantes en Dublín, en Catamarca, en Belfast.
Días y días en Madrid, en Esquel, en Asís, en San Rafael, en Inverness, descifrando señales de un tren que se aleja.
Corteza es un espejo en el que nos reconocemos. Sandra frecuenta en él (con delicada belleza) la interrogación y el asombro, las infinitas calles abiertas al amor y a la desesperanza, a la celebración y al olvido.
Sandra, que ha nombrado la fragmentación, se reconoce indivisible y, en el dominio de su inconfundible voz poética, lo confirma:... y todo lo perdido reaparece…otra vez…porque la casa es esta. /Donde todo termina, donde todo comienza.

Foto: Sandra Cornejo. Fuente: gentileza de Sandra Cornejo.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Norma Etcheverry


Radio Colonia

A César Cantoni


Cada día invariablemente
a las 7 am cuando abría los ojos
venía a mí
esa voz familiar y pegadiza
del locutor de Radio Colonia
que a cada rato repetía
“Hay más informaciones
para este boletín…”
No entendía por qué mi madre
cada mañana
escuchaba las noticias de nuestro país
en una radio uruguaya.


Una película muda

Pasaban como imágenes
fugaces e inalcanzables
de una película muda.
Pasaban y mientras pasaban
se nos iba pegando en la retina
una mezcla efímera y escasa
de colores
de muecas y de ojos,
un vértigo de luces y de sombras
detrás de las ventanillas.
El eco de los vagones
anidaba en nuestros oídos
largo rato,
era un repiqueteo suspendido en el aire
que insistía
cuando ya la formación había desaparecido
más allá de la curva.


Camino de la escuela

Caminábamos casi diez cuadras
por inciertas veredas,
muy temprano, a la mañana.
El agua se escarchaba sobre la superficie
de las zanjas y nosotros nos asomábamos
peligrosamente al borde
para quebrarlo
con la punta del pie.
El viento helado en los ojos nos hacía llorar,
la nariz y las orejas se nos congelaban,
pero nos divertía sentir el frío y nos gustaban
las sensaciones del invierno.
Como el mate cocido con leche
del primer recreo,
junto a los chicos de un barrio
donde todas las casas se parecían entre sí.


Láska (Amor)

A Sandra Cornejo


Él todavía bebe un último trago
y de su boca
el licor con sabor a bosques pasa a mis labios.
Puedo nombrar sin decir palabra
todos los árboles
que rodean a los montes Sumava:
las hayas y los pinos y los abetos rojos
y también
todas las especies de hierbas que crecen
en las lagunas pantanosas de Lednické
Rybniky, allá en el borde,
cerca de la frontera con Austria.
Tomadas de la mano cantábamos
y dejábamos
caer promesas.
Nunca imaginamos que el amor podría decirse
alguna vez
en una lengua extranjera.


El cementerio de Josefov

Ahora mi casa está cerca del embarcadero,
al norte del Puente Palacky.
Desde allí las embarcaciones de turismo
cruzan el Vtlava.
Los veranos me recuerdan la felicidad
pero en otoño
los paseos se suspenden
y el paisaje cambia.
Subimos hasta Josefov,
el antiguo cementerio es imponente
y sobrecogedor.
En el invierno, un bello manto blanco
se tiende sobre las tumbas,
y las piedras que los judíos dejan a sus muertos
en lugar de flores,
quedan tapadas por la nieve.
Las pisadas se funden en el hielo
y predomina
ese rastro palpable sobre la superficie.
Parece
que la vida caminara sobre la muerte.


El fin de la niñez

Una Estanciera que fue hasta el puente de hierro,
ahí doblaron.
Por el camino pasaron al matadero viejo,
las luces largas abrían un agujero
en el fondo del campo.
Que corran dijo,
que si corrían por ahí podían salvarse.
Diablos desnudos,
con las manos atadas a la espalda,
corrieron.

Escuchamos los disparos,
vimos
cómo caían los tres,
los vimos,
uno por uno al otro día,
en las páginas del diario.


Recuerdos de mi padre

A Marcelo Ortale


Una caja de madera finamente tallada
que era de mi padre,
allí guardaba viejas fotografías.
En algunas aparecía joven y trajeado
con una mujer hermosa
y blanquísima, que era mi madre.
Luna de miel en Tandil,
con detalle
en la piedra movediza.
Un par de gemelos de oro,
varios pañuelos de seda,
un encendedor Carusita,
un reloj de plata que había sido del abuelo.
En el fondo de la caja,
atrapado y oscurecido por el tiempo,
un periódico de otras épocas.
Abierto en la primera página
se podía leer:
DERROCARON A YRIGOYEN.

Cuando murió mi padre la infancia era de escarcha,
la historia se leía en los manuales
y nuestras vidas se apretaban
todas juntas
en una caja de madera.


Primavera

Setiembre se tendía liviano y tibio,      
las plazas numerosas desbordaban
de flores,
la ciudad se desparramaba bajo los tilos,
la temperatura promedio era de 20 grados,
esa sumatoria de factores
daba por resultado
una estación espléndida.

De pronto estábamos entre pañuelos blancos
como en una cita.


Río de la Plata
                  
A  Gustavo Caso Rosendi


El sol checo es apenas tibio
pero persistente
y se derrama en infinitos reflejos
sobre el caudal que viene de Sumava
para ir a unirse con el Elba,
allá en Mélnik.
Si yo fuera de esta tierra habría crecido
escuchando a Smetana,
habría aprendido
que uno de los seis poemas sinfónicos
de “Mi patria” se llama, justamente,
Moldava
y evoca musicalmente el curso de este río.

Pero la verdad es que mi patria
no queda aquí sino en el sur,
en una orilla de plata donde la leyenda
dice
que uno puede comer lotos
pero no olvidar.


Elecciones

A los palcos del recinto
subían por las escaleras
laterales
hombres y mujeres con ropa dominguera
que cantaban, felices y fanáticos,
como otros de sí mismos
y a la vez distintos
de los que antes colmaban otras plazas.
Hubo un momento de emoción
al escuchar el estribillo.
Una vez canté la marcha peronista,
allá en la escuela del conurbano,
el día
que murió Perón.

Fuente: País niño, Norma Etcheverry, Proyecto Hybris Ediciones, La Plata, 2019.

Norma Etcheverry nació en Ranchos, Provincia de Buenos Aires, en 1963. Es periodista egresada de la Universidad Nacional de La Plata. En esta ciudad reside desde 1981. Publicó cinco libros de poesía: Máscaras del tiempo (1998), Aspaldiko (2002), La ojera de las vanidades y otros poemas (2010), La vida leve (2014, traducido al griego como tesis de Maestría en el marco del Departamento de Lenguas Extranjeras, Traducción e Interpretación de la Universidad Jónica de Corfú, Grecia) y País niño (2019). A ellos deben sumárseles el cuadernillo Lo manifiesto y lo latente (2011) y poemas y textos incluidos en antologías y ediciones compartidas, como Mitografías (2009) y Anotaciones de Horacio Castillo a su poesía y otras notas amigas (2012). Participó en  festivales de poesía dentro y fuera del país y en la XXV Feria Internacional del Libro de La Habana, llevada a cabo en 2016, donde presentó La isla escrita (2015), una selección de 35 poetas cubanos contemporáneos, que preparó a la vuelta de su anterior viaje a Cuba. Poemas suyos fueron traducidos al francés, euskera y portugués, y publicados, en el último caso, en diarios y revistas literarias de Brasil. Integró, junto a Ángela Gentile y Mónica Claus, el grupo Hybris, con el que organizó encuentros de poetas de La Plata, Berisso y Ensenada en lugares emblemáticos de dichas localidades, editando, además, el material poético de los participantes. Actualmente, trabaja en Autóctonas y exóticas, proyecto literario que cuenta con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes. Acerca de País niño, dice Fernando Kofman en “Un boleto a la edad de la razón”, texto prologal del libro:

Como en "La noche de San Lorenzo" de los hermanos Taviani, en "País niño" se despliega una atmósfera sencilla, con connotaciones rurales, donde la recolección de moras o higos son epifanías que recuerdan un ambiente humilde, como las colinas que muestra el film en la Toscana. El telón de fondo es distinto, porque es casi el fin de la guerra en la historia de los Taviani; y aquí en la estructura del libro de Norma Etcheverry, predomina el clima funesto de pequeños períodos democráticos abortados por dictaduras o populismos –como lo refiere el poema sobre la muerte de Perón–, que sólo conciben la homogeneidad bajo la figura de un líder, y luego al desaparecer éste, sus consecuencias en forma de dictadura y guerra.
Ese clima de sencillez, como si se tratara de un cuento de Cesare Pavese, ofrece ángulos muy sentidos, como evocar a la madre costurera, o la caja del padre con fotografías antiguas y un recorte de periódico que anuncia el derrocamiento de Yrigoyen. En ese caleidoscopio no faltan el invierno y las calles de tierra escarchadas, camino a la escuela, o la irrupción del verano, el río y sus pescadores.
Esta tensión tiene otro punto de apoyo, que es la evocación de ciertos lugares en República Checa donde se habla del comienzo de un amor o el recorrido por el cementerio de Josefov. Sin proponérselo, la poeta, al articular esta tensión entre Argentina y República Checa, trae de algún  modo la primavera sofocada con armas en el '68, flotando como un eco.
Norma Etcheverry en sus vivencias no ha dejado escapar nada. Nos propone la entrada en un museo de esperpentos. Está el Informe Rattenbach y también está la Jota Pe. En este museo se suman las resonancias. Porque Italia termina la guerra, comienza su período democrático y tiene el mayor Partido Comunista de Occidente. Son los años '50 y éste planteaba que ellos solos eran el pueblo. Estos planteos mesiánicos culminaron en los '60 con la formación de las Brigadas Rojas y el asesinato de Aldo Moro. El libro no lo dice, lo sugiere, y sus resonancias articulan muchos versos. En cierto modo este libro es un pasaje por autopista a la edad de la razón. Porque las vastas movilizaciones populares del pasado, dejaron varias asignaturas pendientes, entre ellas, ¡las ideas de otros no merecen ser escuchadas!
Como en "La noche de San Lorenzo" o como en "La luna y las fogatas", la hierba en la noche, el ondular de la higuera, reciben un reflejo de la luna, y esa es la felicidad de los humildes. También están los trenes que cruzan el pueblo, y van en distintas direcciones. Si estos trenes fueran en una sola dirección, estaríamos en problemas.

Foto: Norma Etcheverry en la Isla Paulino, el 7 de octubre de 2018, día en que el grupo Hybris inauguró la Biblioteca Isleña Miguel Ruscitti. Fuente: C. C.