Una cosa sí sé y es que dentro de algunos días vendrás a la tierra. Y yo estoy preocupado, verdaderamente preocupado. Porque a veces pierdo el fervor y me viene la idea de que la raza humana ya no tiene remedio, o que sencillamente ya no vale la pena el combate de todos los días, y el pelearse con uno mismo sin darse tregua y dar vueltas y vueltas sobre las mismas cosas sin que uno divise lejanamente ni la más pequeña luz. Esa luz que tienen que ser las armas con que te defenderás en este planeta. Esa luz que estoy obligado a darte. Que estamos obligados a darte.
Otras veces vibro como el verano más caliente cuando me llegan noticias de que en otros pueblos la esperanza está en camino; que existe la dichosa posibilidad de vivir y morir o estrellarse por una vida que muchos dicen que va a ser mejor. O río de alegría cuando descubrimos con tu madre este nombre que vas a llevar, o adivinamos el color de tu pelo, de tus ojos, de tu risa.
Mamasilvia, en cambio, que es mucho más inteligente que yo, no tiene preocupación ni miedo; te acaricia sobre la piel de su barriga hinchada y dice que cuando crezcas sabrás arreglarte. Dice que sabrás encontrarte en el mundo y dice que serás un hombre de verdad o una mujer de verdad. A pesar de eso, Juanpedro o Julieta, me siento inquieto y tengo miedo y estoy contento y estoy feliz. Estoy infinitamente feliz porque estás llegando y tengo miedo.
Carta a papá y mamá un día después de la muerte de Trompa
Papá, mamá, ayer tendría que haber estado en casa. Ayer, mis queridos, no fue un día cualquiera, ni fue un viernes más, aunque pueda creerse lo contario. Ayer, el tiempo, el azar o lo que fuese, apagó otro sonido de la casa. El ladrido de Trompa. ¿Se dan cuenta? Y yo no estaba. Jorge, mi hermano, tampoco estaba. Nosotros no estábamos para decirle que su vida (o mejor dicho su muerte) tenía verdadera importancia entre nosotros. Nosotros, entonces, ayer, hacía tiempo que nos habíamos ido. Por nuestro lado buscamos un sitio en el mundo, una mujer, un hijo, un trabajo, un camino que no siempre nos llevó a alguna parte, una manera de vivir, muchas maneras de caerse. Quiero decir que no estábamos. Y quiero decir que él fue el último de nosotros en irse.
Papá, mamá, es ahora como si sintiera necesidad de haber llorado ayer con ustedes. Ayer viernes, cuando a la mañana encontraron, por última vez, su plato con la comida intacta. Y sus ojos abiertos, dolorosamente duros y mansos y sus patas frías que ya hacía tiempo no alcanzaban a los gatos de la noche ni a los ladrones que nunca llegaron. Ayer viernes, que la casa de la calle 66 quedó sin perro, yo tendría que haber estado. Porque fueron muchos los inviernos de lluvia en que Trompa mordisqueaba el agua y le asustaban los truenos y corría por la casa y embarraba los patios. Porque fueron muchos los veranos en que Trompa vigilaba los secretos de la noche, como un oficio primordial e irrenunciable que le hubiésemos impuesto. Porque fueron muchas las siestas, mamá, en que Trompa te enseñó a conversar en silencio, mientras olfateaba tus galletas de la tarde y te miraba quieto, echado a los pies de tu imperdonable soledad, porque nosotros ya no estábamos.
Los imagino ahora, ayer, a ustedes, y los entiendo: confundidos, tratando de hacer algo, tratando de creer que no era cierto. Mientras su pelaje de oro triste se quedaba sin calor, sin brillo, sin pulgas, sin colores; y para su hocico y su gran trompa puntiaguda ya eran inútiles los olores del mundo. Porque Trompa estaba por primera vez inmóvil en nuestra casa, a pesar de los gatos, los ladrones, los veranos, las lluvias del invierno. Y seguramente sus manos, papá y mamá, lo acariciaron largamente y se habrán preguntado si lo habrían traído a la casa en el 58 o en el 59, y vos, papá, habrás respondido entre melancólico y satisfecho, como si acaso eso tuviera laguna importancia: Lo trajimos en el año 58, me acuerdo bien, fue cuando Néstor terminó el colegio.
Carta a mi maestra
Dónde está? Cómo es usted ahora? Cómo tengo que escribir para encontrarla? Por qué entonces no me enseñó a contestar estas preguntas del corazón?
Es necesario que la encuentre. No sé para qué, pero es necesario. Creo que usted misma me enseñó a recordarla. Con los años de nada me sirvió saber que Mariano Moreno murió en el mar, mientras creía, en medio de su candorosidad, su honradez y su violencia, que de este rincón del mundo podía hacerse una patria verdadera. De nada me sirvió recordar que el Río de la Plata es el más ancho del mundo o el más pequeño, o que si tengo doce naranjas y me como cuatro, me quedan... Todo eso, con los años, no me sirvió para nada. Lo que aún está intacto son sus ojos claros y un poco extranjeros, su insobornable ternura que me enseñaron el paisaje de un ser humano más, pero seguramente más hondo y más cierto. Lo que aún está intacto es una mañana de marzo, con la gran ventana que sabía distraerme y hacerme saltar a la veracidad de un sueño y su mano compartiendo la mía para inventar mi primera palabra en un cuaderno. La primera pura torpeza, distinta a esta torpeza de hoy, con la que trato de encontrarla. Porque pudieron morir en mí sus héroes (tan parecidos, después, a todos los hombres); pudo morir en mí una lámina que pretendía celebrar el día del ahorro, el día de la raza o cualquier otro día de esforzado esplendor, pero no pudo morir el día en que lloré de verdad por primera vez, escondido en el último banco y en la sala de los mapas y debajo de los tilos a los que el azar dela tierra quiso que aprendieran a envejecer en un patio de infancia. Y usted se acercaba, acercaba su corazón sus manos y me enseñaba que los hombres no deben llorar y, por lo mismo, yo lloraba tranquilo, protegido por su clara paciencia.
Pero no: el papel y el lápiz siempre se quedan lejos de la vida y no podré encontrarla. Aunque arranque la hoja del último cuaderno y escriba esta carta y escriba su nombre o recorra las aulas sin luz.
Fuente: Cartas íntimas para todos, Néstor Mux, Elepé Ediciones, La Plata, 1974.
Foto: Néstor Mux y su hija Julieta. Fuente: Cartas íntimas para todos, Néstor Mux, Elepé Ediciones, La Plata, 1974.





