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jueves, 12 de octubre de 2023

Osvaldo Picardo


La luz de otoño no llega igual entre las nubes
 
El verano en su apuro olvida, atrás,
días de playa. Entierra un arito, monedas,
botellas sin mensaje.
 
Aún podés nadar y secarte al sol tibio.
 
Si mirás bien al fondo, cuando se retira el mar
las rocas y las hoyas brillan
descubriendo un nuevo tesoro.
No lo creerías.
Tanto baja la marea que un paisaje fósil
emerge de millones de años.
 
Otras muchas historias cuentan los buzos:
en la restinga, entre meros y barcos hundidos
tapizados de anémonas y algas esmeraldas
han visto lo que nadie conocía.
Callan como el viejo marinero.
 
El mar del otoño, tiene muchos días como estos.
Uno mira alrededor y se pregunta
qué es lo que querés que vuelva.
 
 
La tarde no es tan vieja para no arder una vez más
 
Como de la ventana de Le Gras, miramos
los techos: El atardecer antiguo.
Ninguno es igual a otro.
 
Al joven ciprés, algo inclinado,
lo ocupa una pareja de loros.
La pasionaria entre la hiedra
trepa contra el alambrado de las vías.
 
¿Sabés? Se llama “mburucuyá” en guaraní.
Lo sabés. Una vez, descubriste la flor imposible
y en los zarcillos mil orugas peludas.
Sí, mil mariposas a los pocos días.
 
La luz ya cae al fondo.
Por la pared del oeste, dos frondas se encienden,
una es el jacarandá y la otra, el ceibo.
Bajo la sombra cuelga una hamaca.
Un poco más allá, la cancha de fútbol.
 
La duración de la puesta de sol
depende de un lugar en el mundo,
un punto de apoyo.
Antiguo ardor de la tarde
sobre los techos de la memoria.
 
 
Un olor de hace millones de años y una palabra árabe
 
El perfume de las flores del naranjo se hospeda
en el mismo nombre que la flor.
 
Azahar huele a flores con música árabe.
 
¿Cómo se dice cuando el viento arrastra
nubes de pétalos y el aroma de los naranjos
se enreda al pelo húmedo
de una mujer que sonríe?
 
Escuché que las costumbres de las flores
no cambiaron en los últimos millones de años.
 
Me tranquiliza
la fósil costumbre que perfuma nuestro silencio.
 
 
Foto de las dos jóvenes dinkas en el Nilo
 
La aldea junto al río no es para extraños,
a veces, una o dos vidas pasan,
antes de una visita. Y nada cambia
sino los que fueron niños un día, las guerras,
los nombres en un cementerio abandonado.
 
Ellas dos asoman a mi foto
con dientes blancos y ojos de sol creciente.
No me toman en serio, vienen a reírse
del extranjero, del médico sin pacientes
que pone en un papel imágenes quietas.
 
Una de ellas me dejó ver su tatuaje oscuro,
las perlas que esconde de los pescadores.
 
La otra lloró, un día, en la puerta de casa.
¿Quién podría saber qué veneno
nubló su mirada y arrugó su negra frente?
 
Nunca conocimos nuestras voces ni nombres.
Las esperaba, las oía venir,
atrás quedaban los bueyes de largos cuernos,
la cosecha curiosa del árbol de las mariposas.
 
Como si el mundo no hubiera nacido,
así las miro, entre los nenúfares floridos.
Ríen, con las piernas en el Nilo Blanco.
 
 
La esperanza del regreso de los pescadores, en Bretaña
 
Estoy recordando un cuadro,
es de Henry Moret (1856-1913).
 
Un grupo de mujeres y también
algunos hombres asoman a un acantilado.
Dan la espalda, miran o han mirado
el oleaje, el diluvio.
Con los pañuelos blancos en las cabezas
de las mujeres, componen dos remolinos
de voces. ¿Qué pueden estar diciendo?
Una vez que descartaron lo improbable,
¿creerán en lo imposible?
 
Recuerdo oír más que ver el cuadro.
Ni siquiera el arrecife en el centro
parece estar en silencio. Acechante,
emerge con sus tres puntas
en un estallido de pinceladas
que se superponen como el ruido
de las olas martillando las rocas.
 
¿Qué alcanza a escuchar el ojo
cuando se calla la esperanza?
 
Fuente: Nadar en el tiempo, una invención apócrifa, Osvaldo Picardo, Paradiso, Buenos Aires, 2023.
 

Osvaldo Picardo nació en Mar del Plata en 1955. Vivió en La Plata entre 1974 y 1982. En esta ciudad cursó estudios en la Facultad de Bellas Artes y más tarde en la de Humanidades y Ciencias de la Educación. Actualmente, reside en su ciudad natal, donde ejerció la docencia como profesor de Letras en distintos ámbitos. Es poeta, narrador, ensayista y crítico literario. Además de su labor docente y creadora, produjo y dirigió el programa radial El Otro Lado: diario de poesía, en 1994, y organizó el 1er. Encuentro Nacional de Poetas, Mar del Plata 1998, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación. Fundó y dirigió, entre 2001 y 2009, la revista cultural La Pecera (hoy editada virtualmente), de la que aparecieron 14 números. Entre 2005 y 2013, fue director editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata (EUDEM). Colaboró con el Suplemento Literario de Télam entre 2010 y 2012 y con catálogos para exposiciones plásticas y revistas culturales, como La Estafeta del Viento, de Casa de América (Madrid), Cuadernos Hispanoamericanos, AECI, (Madrid) y Hablar de Poesía (Buenos Aires). Su obra poética publicada incluye estos libros: Apenas en el mundo (1988), Poemas con tu altura (1989), Letras en una esfera armilar (1991), Dejar sin ventanas la verdad (1993), Quis, quid, ubi. Poemas de Quintiliano (1997), Una complicidad que sobrevive (2001), Pasiones de la Línea. Poemas de Nicolás de Cusa (2008), Mar del Plata seguido de Otros lugares y viajes (2012), 21 gramos (2014) y Nadar en el tiempo. Una invención apócrifa (2023). Poemas suyos fueron recogidos en varias antologías, de las que sobresalen: Poesía argentina de fin de siglo (Vinciguerra, 1996), Signos vitales. Una antología poética de los 80 (Editorial Martin, 2002), Poesía argentina del S. XX  (Visor, 2010) y Poesía de pensamiento. Antología de poetas argentinos (Endymion, 2019). Una selección antológica de sus poemas fue publicada, asimismo, por Cuadernos orquestados, colección dirigida por Abel Robino, con el título O. P. Vida de poesía (Ernesto Girard Editor, 2008). Entre sus libros de ensayo y crítica literaria figuran: Primer mapa de poesía argentina. Solicitudes y urgencia. El noroeste: La Carpa y Tarja (Editorial Martin, 2000), la edición de la Antología poética de Joaquín O. Giannuzzi (Visor, 2006), Poesía de pensamiento. Una antología de poesía argentina (Endymion, 2016) y Colgados del lenguaje. Poesía en las ciencias (Baltasara Editora, 2018). En narrativa dio a conocer: Perón en el jardín y otros relatos (edición del autor, 2018) y, en colaboración con Sara Cohen,  Un tiempo sin destino. Fragmentos de un discurso en pandemia (Paradiso, 2021). Recibió, además, las siguientes distinciones; el Tercer Premio de Poesía Fondo Nacional de Las Artes (2000), el Premio Municipal Alfonsina Storni y el Premio a la Trayectoria Lobo de Mar de la Fundación Toledo de Mar del Plata. Los poemas incluidos en esta página pertenecen a Nadar en el tiempo, libro en el cual, a semejanza de una ficción borgeana, el autor atribuye los mismos a un tal Antonio J. Orbe, un médico blanco de la Cruz Roja que “salvó la vida de algunos desahuciados y lloró la muerte de muchos otros”; un dipsómano que, paralelamente, “escribía poesía “bajo un castaño, con una botella de gin”, “en el olvido y la soledad de un rincón perdido del planeta”, más precisamente, en Nairobi. Todo cuanto concierne a Orbe resulta incierto y verosímil a la vez, porque Orbe es más que una “invención apócrifa”: “Orbe son todos los poetas, Orbe son todas las lenguas, Orbe es la imposibilidad de la traducción y Orbe es el poema que nunca llegamos a escribir”. Para más datos, ver el siguiente video: https://www.youtube.com/watch?v=G9Ny0fF3V9o
 
Foto: Osvaldo Picardo. Fuente: Facebook.

lunes, 13 de abril de 2015

Osvaldo Picardo


En la verdulería de Titi se pesa hasta el sabor del verano

I

En la verdulería el verano
sorprende más que en un campo de flores.

¡Oh, gran Titi de Berisso,
entre cajones de lechugas bolivianas,
frutillas de Brasil, bananas de Ecuador
y una redonda, inverosímil papa
de orgullosa existencia argentina!

El diario, acá, recobra su naturaleza
para envolver la abundancia del mundo.
Y la única realidad entre tanta materia fugaz
no depende sino de una sucia balanza
donde se pesa, colorido y exuberante,
hasta un kilo del mismísimo Dios .

II

Equilibrio de nubes en las manos.
Titi sobre la balanza posa última
una pera casi roja sobre cuatro verdes.
¿Cuánto más debe pesar el sabor de un verano?

Esa balanza sabe desniverlarse
hasta con el peso de una mirada.

Y aun cuando el tiempo lo aplaste todo
hay un punto en que la quieta aguja
rompe el cero inicial y sube y baja
no más allá de los veintiún gramos.

Luego, nada deja de ser
rigurosa quietud en el conjunto.

¿Sentís?
Es ahora el peso de la luz.
Empuja arriba.
Pero ¿Sentís?
¿Quién diría que también esto termina?


Teoría del color alrededor de un significado

Con las lluvias el limón parece más amarillo.
A la sombra. Adentro de la barnizada fronda.
Ni todavía redondo ni todavía arrugado
es un brillo contra un fondo de claroscuros.

Aislado entre lo amargo y lo dulce
resulta un débil latido, ahí, sobre la tierra,
de nuevo aparecido.
Y está a punto de decir algo.

El color de un significado
va cambiando con los días. También
su objeto en la estridencia de la luz
como en un cuadro de Kandinsky.

Lo estoy viendo al final del corredor
donde hay que ir a buscarlo.
Es necesario acostumbrar la mirada
a esa insistencia con que las cosas regresan.


Estaban desde un principio en el ángulo oscuro que nadie mira

Hay que ver la escena: son dos de la calle,
con las caras asomadas al borde de una frazada.
Están acovachados contra una persiana
bajo una tiniebla neorrealista italiana.

Todavía son frías las noches.
Los tambores suenan. Acechan
inminentes catástrofes, sicarios
sueltos y policías corruptos.

Hay que verlos. Sobreviven increíbles
entre lo admirable y lo patético,
en un ángulo oscuro que nadie mira.
Desde ahí se elevan, sobrevuelan

el apuro de los negocios, cuando el aire
ronronea levantando la basura.
Sobre una cuerda floja
hacen piruetas que te dejan sin aliento.

Ella brilla con el éxtasis de las luciérnagas,
ella tiene los ojos apretados.
Él se ríe y hunde una mano
en el lujo democrático del sexo.

De estos dos habla también
el primer poema del mundo.


Cuando la cal de la muerte inscribe todos los nombres de la soledad

A Ana Emilia Lahitte

¿Qué es más real ahora?
¿La mujer que recostada en la arena
lee a Yourcenar y a Basho o esa extensión disuelta
entre mi corazón y el universo?

La paradoja es terminar viendo
lo que nunca estuvo donde lo hemos puesto.

Se llamaba...

No sabés quiénes otros más la conocieron
y estiran de uno a otro lado
la brevedad irresuelta,
un brillo opaco en la tierra que se apaga.

Recordamos lo que podemos.
Lo otro, las lágrimas de los espectadores,
el monumento vacío son los ritos
del orgulloso oficio de lo inalcanzable.

Lo que te conmueve no es eso
sino esa otra cosa, una íntima hospitalidad
de invitar a mirar –como sólo ella sabía–
su terrible secreto.


Se trata de una película en que el pensamiento no es todavía imagen

Me gustaría volver a fumar
e ir de a poco alejándome por la rambla
como en una película de los setenta.

La bruma y la llovizna
–así la imagino– se confabulan
para borrar a mi espalda
una ciudad indefinida.

Se abre un largo plano cenital
de las playas en blanco y negro.
(El plano se prolonga con un travelling.
Vuela una bolsa llena de viento
y se enreda en el esqueleto de las carpas).

¿Termina el mar en alguna parte?
Algo en mi cabeza
baila y me envuelve como el humo.
Algunos pensamientos tienen
esa gravedad material. Flotan, corren,
caen uno tras otro. Apenas, después,
si volvemos a entenderlos.

Me tienta entonces, fuera de campo,
la existencia de un testigo.
Y no son muchas sus formas: Dios,
el amante, el hijo, la escritura.

La soledad es un pensamiento parecido.

Fuente: 21 gramos, Osvaldo Picardo, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2014.

Osvaldo Picardo nació en Mar del Plata en 1955. Vivió en La Plata entre 1974 y 1982. En esta ciudad cursó estudios en la Facultad de Bellas Artes y más tarde en la de Humanidades y Ciencias de la Educación. Actualmente, reside en su ciudad natal. Es poeta, ensayista y crítico literario. Al mismo tiempo, ejerce la docencia y se desempeña como editor. Produjo y dirigió el programa radial "El Otro Lado: diario de poesía", en 1994, y organizó el 1er. Encuentro Nacional de Poetas, Mar del Plata 1998, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación. De esta última experiencia surgió el proyecto Mapas de Poesía Argentina, que dio como fruto la publicación de su ensayo y antología Primer mapa de poesía argentina. Solicitudes y urgencia. El noroeste: La Carpa y Tarja (2000). Fundó y dirigió, entre 2001 y 2009, la revista cultural La Pecera, de la que aparecieron 14 números. Entre 2005 y 2013, fue director editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Colaboró, además, con el Suplemento Literario de Télam entre  2010 y 2012 y con catálogos para exposiciones plásticas y revistas culturales; entre ellas: La Estafeta del Viento, de Casa de América (Madrid), Cuadernos Hispanoamericanos, AECI, (Madrid) y Hablar de Poesía (Buenos Aires). Como poeta, participó en numerosos congresos y festivales de poesía. Su obra poética publicada incluye los siguientes libros: Apenas en el mundo (1988), Poemas con tu altura (1989), Letras en una esfera armilar (1991), Dejar sin ventanas la verdad (1993), Quis, quid, ubi. Poemas de Quintiliano (1997), Una complicidad que sobrevive (2001), Pasiones de la Línea. Poemas de Nicolás de Cusa (2008), Mar del Plata seguido de Otros lugares y viajes (2012) y 21 gramos (2014). Recibió, entre otras distinciones, el premio del Fondo Nacional de las Artes del año 2000 por Una complicidad que sobrevive. Poemas suyos fueron recogidos en varias antologías, entre las que cabe mencionar: Poesía Argentina de Fin de Siglo (Vinciguerra, 1996), Signos vitales. Una antología poética de los 80 (Editorial Martin, 2002) y Poesía Argentina del S. XX  (Visor, 2010). Una selección antológica de sus poemas fue publicada, asimismo, por “Cuadernos orquestados”, colección dirigida por Abel Robino, con el título O. P. Vida de poesía (Ernesto Girard Editor, 2008). Acerca de su último libro escribió Carlos Schilling: “En todos los poemas de 21 gramos, la realidad primera que motiva la escritura parece traslucir una segunda realidad, como si entre lo real y lo posible (entre la visible consistencia/ y la más transparente inconsistencia) hubiera múltiples vasos comunicantes. Así, cierta precisión en los nombres de lugares y en las descripciones –que en términos literarios puede definirse como un recurso básico del realismo– se convierte en una forma de atención excesiva, como la que se le presta a un limón en el poema “Teoría del color alrededor de un significado”, una fijación que no obstante tiene la dinámica de la inminencia, porque el fruto amarillo está a punto de decir algo”.

Ilustración: Tapa de 21 gramos, Osvaldo Picardo, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2014. Fuente: C. C.

jueves, 13 de febrero de 2014

Osvaldo Picardo




















El caracol

A Guillermo Thoubet

Pegado al vidrio repta sobre un fondo
reverdecido y novedoso.
Mi mundo a su alrededor se desplaza veloz
tanto que se le hace invisible,
sin existencia casi,
apenas una sombra breve.

El caracol que dejo pegado a la ventana
con la enorme casa a cuestas
no estará allí a mi regreso.

Es cosa de velocidades,
una ecuación de tiempos y escenarios.

Guillermo tenía leucemia.
Hablaba en los oídos de la mañana.
Y también reptaba en su vidrio
sobre un fondo de primavera.

Tuvo miedo, me dijo su esposa,
creyó ver algo más veloz,
apenas una sombra al final del  pasillo.

Tampoco él estará allí a mi regreso.
Ya no estaba cuando mi partida.
Sólo la lentitud del caracol,
pienso, mirando a través del vidrio,
tiene el peso necesario para lo eterno.
Cae con precisión en las grietas del tiempo.

Fuente: Apenas en el Mundo, Osvaldo Picardo, edición del autor, 1988.


Picaflores

Antes de correr la cortina frente a las calas
la velocidad se congeló en el aire.
Primero fue uno borroneando las alas
en el hilo desatado ante un gladiolo.
El otro cayó al lado en rebote pausado
y giraron trenzando el tallo de la tarde.

No los habías visto hasta entonces. Luego
leíste que tienen corazones enormes
para el tamaño diminuto de sus cuerpos.

Y también
que mueren de quietud durante el sueño.

Fuente: Quis quid ubi. Poemas de Quintiliano, Osvaldo Picardo, Editorial Martin, 1997.


Blues de septiembre

Fue en este mes, en el puerto, que la viste
entrar a un café que demolieron hace años.
“En realidad no sé” respondiste cuando preguntó
por una dirección que vos conocías demasiado bien.
Y salieron juntos, caminaron por la banquina,
y cayeron en el vórtice de una irrealidad.
Repitieron una ficción en que la única certeza
fue su cuerpo llenando tu boca al nombrarla.
Sin el café, pero como entonces, el mes se parece.
Sobre la cubierta de madera hecha piedra por la sal
el lobo de mar abre una noche filosa en su otra boca
y por su piel de aceite resbala la modorra del puerto.
Un barco también espera fuera del agua la reparación
hasta desaparecer entre latas y recuerdos.

Dos términos en una múltiple metáfora y un hecho sólo.
Un ahora y un ayer haciéndose el amor entre las ruinas.

Fuente: Quis quid ubi. Poemas de Quintiliano, Osvaldo Picardo, Editorial Martin, 1997.


La mano de dios

La pelota escapa con la poca elegancia
de una cabeza decapitada; rompe
con leyes de quietud y buenos modales. 
Pudiera ser un domingo, por la tarde
con calles vacías y silencio de pájaros.
Pudiera ser en cualquier parte,
en cualquier tiempo, efeméride patria
y/o circo romano.
Pero sólo fue
en un lugar y un momento. La cosa es
que el salto está todavía en el aire,
en el extremo exhausto de un músculo
contraído por una guerra y una derrota.
En el sexto minuto nació,
de un empatado segundo tiempo.

Y en la ovación callada, Maradona
por encima del Inglés se eleva. 

Después fue otro día, apenas salió el sol
y se habló de la trampa y hasta de dios. 

México,  junio de 1986

Fuente: Un balón envenenado. Poesía y fútbol (Antología de Luis García Montero y Chus Visor), Editorial Visor, Madrid, 2013.


A turtle’s dream

“And I can swim the ocean
and it´s deep and wide
and in the house above me abide”
                               Abby Lincoln

Como el de la tortuga es este sueño
y puedo nadar en el océano tan lentamente
ancho y profundo.
Y lo pienso y me sorprendo
de cómo ha venido a suceder.
En la lentitud habito mientras tanto,
y me hundo:
debajo está mi casa.
En las gordas burbujas que me reflejan
entre corales y fulgores sólo yo me veo.
Para ningún otro existo.

Apretado en el silencio de un puño
vacío curioseo en las cuevas. Busco
tesoros escondidos conociendo
que no existen. Algas como piernas
y elástica presunción
del revés de las aguas.
Lo demás no lo entiendo: sólo pasa.

Podría algún día soportar otro sueño
y no de esta manera
en que me olvido flotando en tus manos
la prehistórica coraza de un conciliado
reptil que bucea. Soñarme, por qué no,
pulpo ligero o calamar en su tinta.
Y si hay hambre, sopa de cangrejos
o langosta en la trágica cacerola.

No es más que abandono
enrollado
a tu almohada y hundida mi cabeza.
Verosimilitud cursi de otro reino,
insoportable de tan real e inútil.

Pero como la tortuga nadar puedo
lentamente en lo profundo y ancho.
Decir, imperdonable, por ejemplo:
naufrago dulcemente en este mar
y dejar que sólo vos me veas
tan ridículo poeta
soñando en seco.

Fuente: Una complicidad que sobrevive, Osvaldo Picardo, Editorial Martin, 2001.
 

Los que ven las cosas

Y sin embargo
hay algo más, en los pequeños diálogos
del momento...”
                                             Circe Maia

Pensándolo bien les debés
cada uno de tus gustos,
hasta los más groseros,
a las malas influencias
de amigos de paso.
Tomar con ellos una copa
y picar algo,
darle la mano a un desconocido
y adquirir
la obligación de la simpatía
vino a acompañarte
de a poco, sin molestias.

Hola ¿cómo estás?,
por ejemplo,
es el comienzo de un striptease
en que las ropas del desnudo
disfrazan con íntimos olores
y fraternos
manotazos de ahogado.

Y hablar mal. Mal
con el deleite de la envidia
en el refugio ancestral
de una justificación: motivos
 no faltan.

Historias que se entrecruzan
empezadas siempre,
sobreentendidas, deformes
en un viaje aburrido
mientras se tejen las fábulas del
yo soy.

No son sino ellos los que ven las cosas.
Y no queda más qué hacer
que nos las cuenten
y luego
contarlas hasta creerlas propias.

Espejismo de salvación
que transforma la necesidad horrible
en objeto de amor,
“no se puede vivir en el silencio”.

Fuente: Una complicidad que sobrevive, Osvaldo Picardo, Editorial Martin, 2001.


El arte de la pesca

a Ettore, il mio amico

En la escollera, las cañas anuncian
algo siempre inminente. La espera
del pescador sucede al primer pez.
Parece mentira, pero
lo que ya sucedió es lo que se espera,
aunque no vuelva a suceder.

La metáfora nos tienta y te preguntás
si no será una exageración que cada acto
de nuestras vidas signifique algo más
que lo que pasa. Las cosas están ahí
y el dedo que las muestra no es “las cosas”. 

Tironea debajo y se resiste una corvina
de esas que pesan más en las manos
del pescador que en la balanza.
Se sabe que es corvina antes de que salga,
hasta antes de que elijamos la carnada.

Luego, puede repetirse el truco,
el anzuelo, la tanza, la plomada.

Pero el pez no vuelve a picar
y tal vez no vuelva a hacerlo.

Con esa incertidumbre, se prende el farol
y miramos cómo oscurece.

Fuente: Pasiones de la línea. Poemas de Nicolás de Cusa, Osvaldo Picardo, Ediciones En Danza, 2008.


El ignorante

Nunca sabremos realmente por qué
hemos vivido. No alcanzan las palabras.

Sobre el mismo mar se levanta el sol.
Ante el mismo mar
un mediodía, alguien se para en la costa
y mira. Sólo eso y nada dice. ¿Qué espera ver?

Mirar no es ver sólo esto que se muestra,
ni siquiera lo que existe. Las olas hablan
de regresos largamente olvidados,
a veces sin que nadie haya partido.

Una gaviota y un poste de luz parecen
ser el centro del universo. A su alrededor
la circunferencia de tu ignorancia
es como ese pescador y su caña,
una eternidad demasiado larga.

Hubo muchas veces en que creíste
haber nacido para algo. Fue esa fe
la que te empujó a decisiones definitivas.
Pero el resto lo decidió

un puro instinto de felicidad
acontecido para ser superado.

Fuente: Pasiones de la línea. Poemas de Nicolás de Cusa, Osvaldo Picardo, Ediciones En Danza, 2008.


X

Nada más intrascendente que una hormiga.
Leo. Y esa clase de intrascendencia –pienso–
heredará, algún día, la tierra.

Sus antepasados lograron el vuelo
pero se fueron aceptando esclavas
convencidas de su lugar en el mundo.

Un orgullo secreto las revela hermanas
simplemente por la memoria
de un olor al momento de nacer.

Contra todas ellas, las negras, las obreras,
las coloradas, las voladoras, 
se levantó la Villa Victoria Ocampo. 

Sombra veraniega de San Isidro,
que trajeron, a pedazos, desde Inglaterra,
seguramente llenos de trascendencia.

De aquellas batallas de verano, antes de las lluvias,
contra las hormigas,
no quedan registros epistolares  ni diarios íntimos.

Sólo la convicción subterránea
de que serán las que sobrevivan
y el resto, silencio.

Fuente: Mar del Plata seguido de Otros lugares y viajes, Osvaldo Picardo, Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral, 2012.

Osvaldo Picardo nació en Mar del Plata en 1955. Vivió en La Plata entre 1974 y 1982. En esta ciudad cursó estudios en la Facultad de Bellas Artes y más tarde en la de Humanidades y Ciencias de la Educación. Actualmente, reside en su ciudad natal. Es poeta, ensayista y crítico literario. Al mismo tiempo, ejerce la docencia y se desempeña como editor. Produjo y dirigió el programa radial "El Otro Lado: diario de poesía", en 1994, y organizó el 1er. Encuentro Nacional de Poetas, Mar del Plata 1998, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación. De esta última experiencia surgió el proyecto Mapas de Poesía Argentina, que dio como fruto la publicación de su ensayo y antología Primer mapa de poesía argentina. Solicitudes y urgencia. El noroeste: La Carpa y Tarja (2000). Fundó y dirigió, entre 2001 y 2009, la revista cultural La Pecera, de la que aparecieron 14 números. Entre 2005 y 2013, fue director editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Colaboró, además, con el Suplemento Literario de Télam entre  2010 y 2012 y con catálogos para exposiciones plásticas y revistas culturales; entre ellas: La Estafeta del Viento, de Casa de América (Madrid), Cuadernos Hispanoamericanos, AECI, (Madrid) y Hablar de Poesía (Buenos Aires). Como poeta, participó en numerosos congresos y festivales de poesía. Su obra poética publicada incluye los siguientes libros: Apenas en el mundo (1988), Poemas con tu altura (1989), Letras en una esfera armilar (1991), Dejar sin ventanas la verdad (1993), Quis, quid, ubi. Poemas de Quintiliano (1997), Una complicidad que sobrevive (2001), Pasiones de la Línea. Poemas de Nicolás de Cusa (2008) y Mar del Plata seguido de Otros lugares y viajes (2012). Recibió, entre otras distinciones, el premio del Fondo Nacional de las Artes del año 2000 por Una complicidad que sobrevive. Poemas suyos fueron recogidos en varias antologías, entre las que cabe mencionar: Poesía Argentina de Fin de Siglo (Vinciguerra, 1996), Signos vitales. Una antología poética de los 80 (Editorial Martin, 2002) y Poesía Argentina del S. XX  (Visor, 2010). Una selección antológica de sus poemas fue publicada, asimismo, por “Cuadernos orquestados”, colección dirigida por Abel Robino, con el título O. P. Vida de poesía (Ernesto Girard Editor, 2008). Según Héctor Freire, Picardo “...no deja de agotar en sus poemas el campo de lo posible. Con mirada asombrada y no con el aburrimiento retórico ante lo cotidiano. A veces con ironía como resistencia contra la resignación, con sutiles y líricas e intelectuales pinceladas, para neutralizar la rutina y lo siniestro, entendido éste por Freud “como aquello familiar que se tornado desconocido… Escribir, para Picardo, aunque no sea nada más que una simple palabra, es constatar, en ese mismo instante, que una lengua está ahí, y se agita afanosa, y con ella todas las ambigüedades, los espejismos y todo el pasado del lenguaje… En este sentido, creo que uno de los ejes a partir del cual se genera y estructura el discurrir poético del autor es el problema de la memoria, el pasado que se impone a pesar de toda voluntad, pero sobre todo la de un sujeto perforado por varias voces. El peso de lo histórico y de la tradición cultural. En sus poemas conviven y dialogan (o sea entran en conflicto) Quintiliano, Catón, Séneca o Nicolás de Cusa, con personajes, situaciones cotidianas y animales emblemáticos como los picaflores, esos seres poéticos “de corazones enormes y cuerpos diminutos que mueren de quietud durante el sueño”. El proceso de asimilación de elementos ajenos, que en mayor o menor grado, advertimos en todo creador, en el caso de Osvaldo Picardo presenta un interés muy particular: es uno de los rasgos que lo distinguen. Sin embargo, esta poesía no es hermética ni oscura, por el contrario, es de una extrema claridad en los detalles. No hay nada impreciso en sus imágenes, ninguna niebla alrededor de los sentimientos que formula, sus medios de expresión son directos y los planos de su puesta en escena están trazados con precisión”.

 Foto: Osvaldo Picardo. Fuente: Wikipedia.