lunes, 23 de septiembre de 2019

Carlos Aprea


Pie cortado

a Guillermo Lombardía, poeta (1952-2007)

Porque te había escrito luego de verte,
casi sin darme cuenta, una pobre rima:

“oh almirante, nuestro almirante yermo,
barco varado en cama de hospital,
tu triste figura caballero indolente        
resistirá la cera de Madame Tousaint”

y también, porque circularon por aquí esas versiones
sobre aduladores que esperaban como en Zorba,
un final repentino para saquearte los cajones:

“el mármol argentino o el bronce lapidario
con que algún fisgón advenedizo,
aprendiz de vampiro,
quiera silenciar tus repentinas        
pantagruélicas inconveniencias
bajo la máscara risueña
de la falsa adoración”,

y como esperaba que recibieras mi mensaje
(en la estúpida confianza de las botellas al mar)
te sugería:

“ojala un gesto tuyo y definitivo
avente esa carroña”                           

pero no quería hablarte de cosas tristes
y te cité tal cual, como lo hago ahora:

“porque tampoco quiero hablar de cosas tristes”         

porque te vi y aún te veo:

“…horizontal, como esa pampa
donde un matungo oscuro
llevó maná del cielo por los arrabales”

y sentí como aún siento que:

“tu museo navega con velas desplegadas
entre los detritus del porvenir
aun cuando alguien quiera
cuadrar tu insensatez
silenciar la voz debilitada
de tu preciado oficio”

yo, un grumete, observaba:

“también sos tripulante
de ese barco fantasma
que recorre el mundo
alentando la callada revuelta
la multiplicación de soles
y las altas mareas”

clavado en esa imagen del Policlínico
que no hacía justicia a tu humanidad
pretendía pedirte:

“que no te gane el sueño
todavía
que se demore
y que aún te bañe el agua de las fiestas”

todo muy emotivo, todo inútil.
Y al fin de cuentas ¿con qué derecho?,
te fuiste igual
y uno queda,
frente a tus versos poderosos,
brindando en soledad.


Supongamos Turkestán

a Pablo Odhe, poeta (1970-2012)

Prefiero imaginar tu parada argentina
sobre la proa de un barco ennegrecido,
ese porte ajeno a todo carnet de afiliación
o pertenencia,
salvo ese infinito océano primordial
donde la vida copula y renace cada día.

Tu sonrisa irónica y transoceánica
surcando el mar la mar
la rosa bisexual,
el humo de los fumaderos,
la sal de los monstruos marinos,
lo viviente como una mochila densa:
latidos desenfrenados en un cuerpo lento,
tu altavoz que no cambia el alcohol más preciado
ni la madrugada más bella
por el recuerdo de esa bahía de hembra alucinada.

La mariposa Spinoza 
posada sobre tu hombro,
avizorando desde tu altura la espuma de esos días fáusticos
sobre los acantilados de la Costa Brava,
y murmurándote, como una pasión triste,
la dulce canción final de los desterrados.

Ahora parece que te fuiste
al carajo marinero,
supongamos Turkestán,
a seguir arrastrando
tu voz en la poesía –poesía sobre tu voz–
con las maravillas que no morirán.
Escupiendo versos contra toda servidumbre,
sobre la grisura de un mundo
un poco más miserable y solitario.


La dama en el taller

a Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Horas bordadas, rosas amarillas,
luciérnagas soñando el sol que tal vez
las consuma por completo,
fugacidad de la belleza y turbulencia del ansia.

Mujeres que respiran el tránsito de otoño,
ademán delicado entre tazas de té,
voces agudas,
roces vivaces de las charlas
mecen las sombras frescas y
una tenue luz invade las ventanas
entornadas a las novedades de la calle.

Entre las mujeres, una dama,
tono reconocible, andar delicado.
Fija una imagen que semeja un estilo,
perfuma pasillos interiores,
con el suave calor de verbos
olvidados por los días veloces,
la herrumbre devoradora de nuestro tiempo.

Cordialidad y fervor,
atención y aliento, gracia generosa.
Como quien ha transmutado sus dolores,
hermosos huraños alegres muertos
que la acompañan,
humedades perdidas por los años,
aplacada memoria del llanto y de la ira,
soledades de los nuevos espinos de la desilusión.

Como quien ha transfundido
saberes de las sangres de los otros,
o del gran Otro –esa gran suma– en dones,
ofrendas a la persistencia de la vida,
silenciosa obstinación
de una tarea infinita.


H. P.

a Horacio Preler (1929-2015)

Ese cuerpo que yace no es Horacio.
Este rostro que contemplo extrañado no tiene 
el delicado color de infancia intacta, a resguardo de todo mal,
en el fondo de las pupilas.
Quizás el niño duerma ahora
con todo aquello que amó y aún amaba hasta ayer.
No está el gesto finísimo de una sonrisa sagaz
en las comisuras de esta boca breve y yerma.
Esta frente no tiene aquellas líneas de tensión
que dibujaba su avidez de vida, el asombro
ante el reiterado descubrimiento de la belleza
por parte de los jóvenes poetas
que peregrinaban a su encuentro,
o el dolor silencioso
frente a los gritos destemplados del mundo.
No está frente a nosotros rápido a escuchar
razones devaluadas
con paciencia infinita, con apego,
siempre en la vertical de una serena elegancia.

No es Horacio. Será otro.
Será Hugo Usatorre,
su salvoconducto en esta tierra,
una mera circunstancia ahora
para atravesar
un difícil, improbable adiós.


Minuciosa elegancia

a Jorge Muiña, librero (¿?-2017)

No alcancé a decírtelo: estuve en Cucao.
Me lo habías dicho: ¡no dejes de ir...!
con ese entusiasmo tan tuyo
que era casi una imposición.
Y sí, algo se percibía en las orillas,
algo con lo que vos jugaste siempre
y yo siempre desconfié,
por exceso de reserva o intoxicación racionalista.
Quizá esa violencia de la naturaleza descarnada,
el bosque húmedo que se pierde en la arena
y una nave de locos
que uno intuye anclada lejos
y sin embargo está tan cerca esperando
que de una vez por todas nos lancemos al mar.

Ahora ya no puedo esperar otras noticias tuyas,
y en cierto modo, lo prefiero,
no tengo ningún derecho a reclamarte nada, es cierto,
pero aun menos verte en una jaula inmóvil.
Tu ironía finísima siempre fue para mí
el juego posible de tu libertad,
una forma de elegante distancia
o de peligrosa cercanía.
Para mí y mis pudores, desde ya.
Y ahora que las noticias no son buenas,
y otra vez pienso que llego tarde, siempre llego tarde,
extraño esa elegancia,
esa cuidadosa y elaborada exasperación
desde donde gobernabas tus amores y tus odios.

Todo tiende a alisarse, a perder definición,
esos horizontes enrojecidos que se alejan,
esas playas del norte de Brasil que dibujaste en el aire,
la voz de una radio que se apaga
como una música que se lleva los momentos precisos, preciosos,
cuando nos permitiste
disfrutar tu disfrute por Tanner, Pound, Coltrane,
y tu desprecio por toda forma de domesticación.

Fuente: gentileza de Carlos Aprea.

Carlos Aprea nació en La Plata en 1955. Vive, desde siempre, en el barrio Villa Elvira de dicha ciudad. Cursó estudios en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la UNLP. Es Técnico Químico y cofundador de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la UNLP. Comparte su condición de poeta con la de actor, autor y director de teatro. Publicó seis libros de poesía: La intemperie (Ediciones Al Margen, 1999), Abrigo (Ediciones Al Margen, 2006), La camisa hawaiana (Libros de la Talita Dorada, 2010), Pueblos fugaces (Libros de la Talita Dorada, 2012), Villa Elvira (Pixel Editora, 2014) y Escaleno (Pixel Editora, 2017). A ellos deben sumárseles cinco plaquetas dadas a conocer por Libros de la Talita Dorada en 2009: Conociendo gente se viaja, El pájaro de las cinco y media, This is the end, week end, Política líquida y Teatros. Fue incluido en las siguientes antologías: 8 poetas (2° premio del Concurso Edelap de Poesía, 1997), Poesía - 36 autores (La Comuna Ediciones, 1999), Pan, amor y poesía - Culturas alimentarias argentinas (INTA, 2008), La Plata Spoon River (Libros de la Talita Dorada, Colección los Detectives Salvajes, 2013) y Antología Relámpago (Pixel Editora, 2014). Colaboró con las revistas Talita, El Hormiguero, El Espiniyo, Pasajes y Sismo Trapisonda, y con el diario Diagonales, entre otras publicaciones. Condujo programas culturales en diversas radios y dirige, desde hace varios años, el ciclo Poesía en la terraza. Los poemas incluidos en esta página fueron escritos entre 2011 y 2019 y permanecían inéditos.

Foto: Carlos Aprea. Fuente: Facebook.

lunes, 19 de agosto de 2019

Horacio Castillo (h)


Compasión

Ahí arriba, en el techo blanco y aséptico
hay una mancha de humedad.
Parecen las alas de un pájaro, tal vez de un ángel.
Alas desplegadas que inclinarán una balanza
hacia un lugar que desconozco.
La urgencia me impide pensar
y acomodo media docena de tubos y sondas
que registran el fluir interior,
monitorean que nada se detenga, que nada se dañe.
Soy un cuerpo escaneado con amor,
que mueve un pie, flexiona una pierna,
que inclina la cabeza hacia el misticismo.
Ejemplo concreto y fracasado del colapso de la materia.


Insistencia

A la poesía le repugna la piedad y la debilidad
y a la muerte la insistencia en arrancarle palabras.
Entonces hablo conmigo mismo de la compasión,
de la profanación del cuerpo,
de la extracción de la materia,
del tumor irreparable,
del perdón que anida dentro,
de la extirpación del perdón, de la resurrección,
de la división entre el cuerpo y el alma,
del gran cuchillo que rebana el pensamiento,
de lo imprescindible y necesario.


La culpa

Cuando desperté me sentí encadenado:
fijo, en un cama hospitalaria, quizás salvado.
Reconocí de a poco en mi cuerpo
el frágil cordón umbilical que me conectaba a la realidad.
Ahí es cuando todo empezó a confundirse:
morir siempre había sido una posibilidad abstracta.
Luego, un muro cae sobre la cabeza
y el hombre entero que no se derrumbará,
termina entre los escombros:
el futuro a los pies de la cama, porque es demasiado pesado,
el pasado, como siempre, junto al orinal.
Y piensa: el mar podría secarse cuando salga de acá.
La enfermera inyecta algo, ajusta monitores
y acomoda la almohada que sostiene el último pedazo de mí mismo
mientras el tiempo se escurre gota a gota a través de una sonda.
Lo absurdo es lo más deseado cuando viene el aturdimiento.
Anestesio la sangre de mi cobardía,
esa que mantuvo durante años la corteza indestructible
que ahora se parte en pedazos como una cáscara.
Queda entonces todo ese caos de uno mismo,
tendido en la cama de un hospital,
con la leve intuición de que la culpa
duerme al lado nuestro como un ángel o un demonio.


El mecanismo de la salvación

Parecía la imagen de una mala y repetida película:
las luces del pasillo pasaban sobre mi cabeza, una tras otra,
mientras escuchaba el ruido oxidado de la camilla.
Horizontal, pero envuelto en un sudario invisible,
tal vez sin saberlo, viajaba hacia el cadáver,
–porque son preguntas que uno se hace–.
Luego entré al quirófano y me quedé solo, casi desnudo.
Era un cuerpo entregado.
Nadie me saludó ni me miró a los ojos.
No había necesidad.
Es otro instante decisivo en que el tiempo se detiene
y en la morgue de la cabeza pasan muchas cosas.
Me colocaron una mascarilla, cerré los ojos
y llegó el sueño.
Algunos creen que es falta de humanidad
pero hay que entender el mecanismo de la salvación.
De la nuestra, y la de ellos.
Es necesario que tu humanidad no entre,
que espere, como todos, allá afuera.
Es necesario que hagan su trabajo sobre ese cuerpo desnudo,
sobre órganos y tejidos que no sienten nada o que hablan otro idioma,
porque así funciona la anestesia de la palabra.
Algunos tal vez no logren comprender
lo que sólo puede comprenderse después.
Porque cuando uno despierta –ahora sí–
con el cuerpo y la humanidad formando parte nuevamente de lo mismo
y escucha decir que podría haber muerto, pero no,
porque lograron sacar el tumor y el pus que te hubiera matado,
se quiere agradecer.
Se quiere agradecer que nos hayan visto sólo como un cuerpo,
como un objeto solo y desnudo, órganos y tejidos,
cuerpo que tiembla, entregado, a punto de derrumbarse.
Entonces viene el llanto, como si recién hubiéramos nacido,
porque eso es lo que sucedió:
un nacimiento.


Oxaliplatino

Hay un sillón muy cómodo donde sentarse
y una ventana, que deja ver más allá, afuera,
otra ventana en la pared de una casa vieja.
Un televisor habla cosas que a nadie le importan.
Somos seres anónimos, sentados en sillones
y no me sorprende lo que sucede,
pero el cuerpo va registrando la incomodidad,
como si las células estuvieran en alerta.
Esa mujer frente a mí, mañana podría no estar.
Aquel hombre que habla, mañana podría callar.
Las personas a mi alrededor,
cada una con su propio miedo,
hablan el mismo idioma de lo mismo,
de lo callado.
Me envuelvo en mi mente y participo a mi modo de este simulacro.
Entonces entra un líquido frío en las venas.
Tomo agua. Leo algo. Cuento los minutos.
Hablo conmigo mismo de lo que a nadie le importa.
Cierro los ojos mientras espero que el líquido frío haga su trabajo.
Abro la ventana que está en la pared de una casa vieja,
miro hacia afuera para ver más allá un mar que no existe.
Y con eso me alcanza.


La Perra

Me despertó el ladrido por la noche,
el lamento de los animales que huían en la calle.
Después llegó el silencio, ese silencio,
el que sólo llega ante el alfa y el omega.
Luego, las patas rasgando la puerta.
Un sollozo como de gato, o de niño,
porque hasta podría disfrazarse de canción de cuna
–y cuántas veces lo habrá hecho–
Pero sabía que era la Perra.
No me engañó la transformación, la mutación,
la corrupción de su cuerpo.
Su hocico olfateando lo que da náuseas,
su pata putrefacta, paralítica.
Y esos ojos, sí, esos ojos que rebalsaban espuma
y que espantarían a tu padre y a tu madre
y al mismísimo dueño de la tierra y al infierno.
Pero por un instante dudé:
sus ojos se dieron vuelta hacia la compasión,
hacia la piedad,
y mi mano abrió la puerta
–no es que yo lo hubiera querido,
sólo caí en el engaño, en la debilidad–.
Lo otro, lo que vino después,
ni mi perro muerto lo hubiera hecho:
levantar una pata como en una cacería final,
mirarme como si fuera su presa
y luego escapar como lo hizo,
con esa risa de hiena entre los dientes.


Cartesiana

Igual que Descartes, he puesto todo en duda:
la res extensa y la res cogitans.
Dudé de aquel día y de aquel otro,
de lo que me contó mi madre y de lo que calló mi padre,
del beso de Judas, de la mordedura de la serpiente,
del No que recibí y del Sí que ofrecí.
Y dudé con mayor seguridad todavía
de mi más profunda convicción:
del mar que toqué aquella vez y nunca dejé de escuchar.
No es que sea un procedimiento riesgoso
o que incorpore alguna novedad al mundo.
Pero contrariamente al filósofo,
llegué a una conclusión distinta, no clara:
él, a través de la duda, afirmó la existencia,
yo, en cambio, con el mismo dudoso procedimiento,
concluí que el ancla oxidada que nos tiene atados a este mundo
acabará por disolverse.

Descartes ha muerto hace mucho tiempo
y es probable que cuando yo salga de esta burbuja solipsista
me suceda lo mismo.
Llegará cuando tenga que llegar a pesar de mis esfuerzos
y del baldazo de agua fría que es esta enfermedad.


En la puerta de una capilla cerrada

No te olvides de echar luz: es tu obligación.
La vida te lo devolverá.
                                                                                                                           Rafael Felipe Oteriño

No es que espere que el rayo todopoderoso de Dios
ilumine mi existencia.
Pero este ser contradictorio, humano y animal,
todavía de pie en la puerta de una capilla cerrada,
quiere darse compasión, encontrar una pregunta para hacerse.
La luz muestra el estallido del interior cerebral
y oculta la redención.
Una cabeza que abomina de las certezas,
un yo que espera un motivo a pesar de sí mismo,
algo bajo las tibias hojas que caen de los árboles,
la piedad en el rostro del sol.

Fuente: El instante decisivo, libro inédito.

Horacio Castillo (h) nació en La Plata en 1968. Es psicoanalista egresado de la Universidad Nacional de La Plata. En 2016, Ediciones El Mono Armado dio a conocer su primer libro de poesía: Ánima cruda. Actualmente, cuenta con varios poemarios inéditos; entre ellos, El instante decisivo, que será publicado muy pronto.

Foto: Horacio Castillo (h). Fuente: Gentileza de Horacio Castillo (h).

lunes, 29 de julio de 2019

Néstor Mux


Nadie le pide que escriba

Nunca llegará hasta la casa
en la que no es esperado.

No habla si no le piden opinión
porque entiende que la palabra
no modifica la historia
y en algunos casos puede ser
invasión al otro,
como de intruso que atropella la puerta.

Tampoco, nadie le pide que escriba.
No obstante, cuando nadie lo ve,
cuando todos están lejos
–con su confusión y sus convicciones,
con su sombra y sus jardines–
él coloca en la máquina el papel en blanco
como una forma de desobediencia,
de alivio o de revancha.


Vals anónimo

Curioso vals
el de la existencia

nos llevó y nos trajo

del estado de gracia fugaz
dejó la culpa

envolvió los sueños
con los trapos de la ruina

nos amontonó –para alentarnos–
pero terminamos solos.


40 años después

¿Era sólo arrogancia
la de aquellos muchachos que juntos
desafiaban el mundo que ignoraban?

¿Es felicidad la de esta mujer y este hombre
que en su condición de conocedores
de la común existencia
se tantean como por primera vez?

Reencontrados
o por último, reencontrados de verdad.

La vida misteriosamente
parece seguir diciendo
algo por nosotros.


Presentación de libro

Son dos los que danzan.
José María Pallaoro

Marcelo Vernet pone su nuevo libro
a consideración de nosotros.
Gil Soria, fraternal, dice los versos
con una bufanda roja.
A los brindis, el pianista desgrana
Ojos negros de Vicente Greco
y nosotros salimos a bailar.
Apretados, uno al otro,
como en un naufragio inofensivo
El aliento íntimo de la música
parece convencernos que no es la primera vez
que nos lanzamos juntos.
De alguna manera venimos girando
desde el fondo de una historia
que no pudo destruirnos.
Y cuando los amigos condescienden al aplauso
sentimos alcanzar la orilla.


Mundos

Para sobrevivir es necesario
fuerza o ironía o cinismo.
Me inclino a creer que ella haya optado
por la fuerza porque al despertar
vuelve a empujar las cosas del día
y el mundo le retribuye esperanza.


Disculpas del irascible

En intimidad el irascible
entrega y recibe amor.
Afuera, en la realidad,
el irascible, como un derrotado,
grita contra el mundo.
Es posible que sangre por la herida.
Es posible que el amor
salve al irascible


Sueño con ella

Sin pudor alguno
entro a su casa
cargando artritis
prótesis dentaria
y tejido adiposo notorio.

Ella está detenida en el centro
de su juventud
y de su belleza invencible.

Y conversamos
como si nuestra historia
nunca se hubiera interrumpido.
Como si el mundo recomenzara.


Olores

En aquella época
mi padre se afeitaba
con una crema
de olor leve, único
y se iba a trabajar.

A veces sueño que lo espero
y que ese olor lo devuelve a casa.


Soñé que sentía

Soñé que sentía
el gusto
y el espesor de la esperanza

que volvía a escuchar
a los otros
como en un principio

que mal o bien, era parte de un todo

que lograba una página decente

que los brazos de ella
me abrazaban
y el corazón –sin temores–
ardía otra vez.


En la horizontalidad final

Sin razón alguna
tengo puestos unos zapatos sin uso.

Con los ojos abiertos
vería el techo
de una sala desconocida.

No oigo mi voz
ni las voces de los otros.

Todo indicaría
que esto fue todo
y la canción ha terminado.

Fuente: Nadie le pide que escriba, Néstor Mux, Libros de la talita dorada, City Bell, 2019.

Néstor Mux nació en La Plata en 1945. Reside en su ciudad natal. Su obra poética publicada incluye los siguientes libros: La patria y el invierno (1965), Nosotros en la tierra (1968), Cartas íntimas para todos (1974), Como quiera que sea (1978), Perros atados (1982), Poemas (1985), Poesía reunida (2000), Papeles a consideración (2004), Disculpas del irascible (2009) y Nadie le pide que escriba (2019). En 2009, Cuadernos orquestados, colección de poesía dirigida por Abel Robino, dio a conocer una breve selección de sus poemas con el título Delicada insensatez. Mux obtuvo, entre otras distinciones, el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes (1967), el Primer Premio Promocional de Literatura de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires (1968), el Sello de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Seccional La Plata (1968), la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires (1968), el Premio Consagración “Roberto Themis Speroni” de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires (1986) y el Premio Consagración de la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires (1996). Su nuevo libro, Nadie le pide que escriba, ofrece una muestra amplia de la poesía que puso “a consideración” en los últimos 50 años (1968-2018), e incorpora “Sueños al ras del suelo”, un conjunto de poemas inéditos que aparecieron, originalmente, en plaquetas y en el blog Aromito, de José María Pallaoro. En el texto preliminar, Mux destaca algunas de las razones que lo impulsan a escribir:

Cualquiera sabe que el tiempo que nos tocó es puro ruido. Que es como decir puro silencio de materia vacía, puros escombros, pura intemperie. Y entre muchas otras carencias (y ausencias) nadie lee. Por eso escribimos: para que comience a leerse.
Escribimos no para encontrar respuestas sino para acercarnos a una manera mejor y más sincera de formular las viejas preguntas que igualan a los hombres.
Escribimos intentando incorporar a la naturaleza otro ser vivo, el poema, con la perfección modesta con que se sostiene a sí misma una flor, o una hormiga o el agua de la lluvia.
Escribimos para no obligarnos a envejecer del todo y para que vuelva a salir todos los días el sol que nos pertenece. La libertad, la identidad posible, el candor perdido, que también nos pertenecen.
Y escribimos para ordenar, para honrar, para celebrar la vida. Y –en alguna medida– para ahuyentar la muerte que torna nauseabundo al aliento de la época.

Los poemas publicados en esta página son parte de la producción más reciente que figura en el libro.

Foto: Néstor Mux (by Germán Krüger). Fuente: Nadie le pide que escriba, Néstor Mux, Libros de la talita dorada, City Bell, 2019.

jueves, 16 de mayo de 2019

Vicente Costantini


Ítaca

“cuidá a tu mamá”
le dije la noche anterior
al oído
a mi hijo de tres años
mientras los dos dormían


Carga viva

1

el avión carretea sobre la pista
por ahora es un zumbido apagado
pero pronto despertará la bestia dentro de sí
y liberará la velocidad y el vértigo

cierro los ojos
y –aunque los detesto–
masco un chicle
para no sentir la presión en los oídos


Castel Sant’Angelo

Como barraca de muerte, el hexágono.
Como refugio de Papas, el círculo.
Como cárcel de desdichas, el cuadrado.
Como tumba de emperadores, la estrella.

En el Castel Sant’Angelo
hay una pared donde jamás brilló el sol,
hay una estatua donde Gregorio vio
al arcángel Gabriel anunciar el fin,
hay un puente vencido por el peso
de los candados de amantes implacables.

En el Castel Sant’Angelo
aún no han domesticado
a los mendigos milenarios
que piden limosna sobre los adoquines.


Epifanías

1

junto al agua
espesa
verde ceniza
del Tíber
una gaviota
desgarra
el cuerpo acuático
lampiño
resbaloso
de una rata ahogada

2

en el peristilo
del Domus Flavia
un cuervo
posado
sobre flores blancas y violetas

busca semillas
migas
insectos

toda la belleza
habita entre sus plumas
todo el horror
anida en sus ojos


En el arco de Constantino

el camión militar
junto al arco de mármol

los soldados que fuman
y ríen indolentes
a carcajadas

el FAL
en manos de un chico
menor que yo

la revista
sensacionalista
que habla
de la amenaza islámica

el inmigrante
africano
al que sacaron
con violencia
de la trattoria

todo esto
supera
el más descabellado sueño
del emperador


Volando de Roma a Londres

1

Las nubes debajo
sugieren montañas, cráteres, hendiduras;
en otros momentos
hileras perfectas de madalenas.

Cada tanto
las montañas reales
asoman macizas entre las nubes
solo para confirmar
la superioridad de lo imaginario
por sobre lo real.


Tout abus sera puni

en el Pompidou
en el Louvre
en la tumba de Napoleón
en el Musée d’Orsay
en una juguetería
en un shopping
en el Arc de Triomphe
en el Panthéon
en un restaurante

abrí la mochila
mostré mis vergüenzas

la conciencia culpable de París
sigue vigilando los bolsos
carteras vientres
cabezas
ideologías
de los visitantes
de los residentes
de los inmigrantes

ya en el tren
el cartel promete
rotundo
todo abuso
será castigado


Brindis

y porque sabemos que de alguna
manera no nos han vencido
es que brindamos

Gustavo Caso Rosendi

brindamos con vino
servido en un frasco vacío
de mermelada

es de noche
y corre un fresco
agradable

la torre Eiffel
está frente a nosotros
dorada, imponente,
segura de sí misma

“me da mucho gusto
que puedan estar todos acá”,
dice mi madre

de pronto, sin aviso,
a las doce en punto,
miles de luces diminutas
parpadean enloquecidas
corren y oscilan y brillan
sobre el cuerpo de la torre

la gente grita, festeja
bebe, fuma
los vendedores ambulantes
ofrecen alcohol y baratijas

estamos sentados sobre la tela
que trajo mi hermano
con el dibujo de un mandala

cada uno ha recorrido y recorrerá
a su manera
como pueda
los círculos de su camino

pero ahora brindamos
por esta alegría breve de estar juntos
este dolor dulce
de vivir separados
y de sabernos
a pesar de todo
y pase lo que pase
una familia


Volando de Madrid a Ezeiza

a veces la realidad se redime
y nos cierra la boca
cuando pinta
tan fácilmente,
tan sin esfuerzo,
un cuadro de Turner
en la ventana del avión


Wakefield

“no se puede negar
que volviste”
dice mi mujer
mirando
la valija abierta
los cuadernos
los papeles
y el alegre caos de objetos
desplegados sobre el escritorio

Fuente: Carga viva, Vicente Costantini, Pixel Editora, La Plata, 2019.

Vicente Costantini nació en Buenos Aires en 1981. Actualmente, reside en La Plata, ciudad donde nacieron sus dos hijos. Es Profesor y Licenciado en Letras. Durante siete años, asistió al taller literario de Santiago Espel. Escribió tres libros infantiles para la colección “Argentinitas”: Ésta es Jacinta, Jacinta aprende y La Argentina de Jacinta (2007). En poesía, publicó Diario de la nuez (Ediciones La Carta de Oliver, 2012) y Carga viva (Pixel Editora, 2019). Tiene, asimismo, dos poemarios inéditos: Postales del Altiplano y Crónica del agua. Su labor creativa fue reconocida con las siguientes distinciones: primer premio en el V Concurso Provincial de Poesía 2014 “Ginés García” (Dirección General de Cultura y Educación, Provincia de Buenos Aires), primera mención en el Concurso Provincial “Diagonal Literatura” 2016 (Escuela Taller Municipal de Arte y Ediciones La Comuna, La Plata), segunda mención en los I Juegos Florales del Centro Cultural “Justo José de Urquiza” 2016 (Concepción del Uruguay, Entre Ríos), Orden poética “Silvia Noemí Pastrana” 2017 (Asociación de Poetas Argentinos) y mención en el concurso Barracas al Sud 2017 (Municipalidad de Avellaneda). Además de ejercer la docencia, coordina talleres literarios y administra el blog “Otras costumbres de los alcobranes” (http://alcobranes.blogspot.com), donde pueden hallarse algunos de sus muchos y diversos textos. Acerca de Carga viva, dice Cristina Baroni en el texto leído en la presentación del libro:

LA MIRADA DEL POETA

El punto de partida es precisamente: la partida. La partida del hogar, de la familia, de la patria? Comienza el viaje del héroe y me pregunto qué guerra irá a librar. Hay abandono, pérdida y vértigo en la huida, hay presión, también incertidumbre, nadie viaja con las manos vacías, las personas cargan sus historias, sus pasados, ¿sus destinos? a cuestas.

El camino se vuelve trayectoria, movimiento, destino a descubrir, ¿qué persigue este viajero que parece encontrar en los mundos íntimos de los otros un lugar donde posar la mirada? La realidad se vuelve otra, se conforma de pliegues infinitos en el ojo del poeta, un cuerpo que viaja y observa y busca el punto justo para abrirse, para que los sentidos construyan cada pieza poética, justa, precisa, donde parece no sobrar nada.

Frente a las formas de la historia y la civilización, un monumento puede ser mausoleo, cárcel, museo;  frente al ojo del poeta el pasado cobra vida nueva, y así los poemas arman sus juegos de contrastes: el pasado y el presente, lo muerto y lo vivo, lo eterno y lo efímero… pero aquí estamos en el terreno de lo poético, y en la poesía gana lo efímero.

Ganan las formas que se escapan a la lógica, a los cálculos, a la arquitectura, a la civilización y al progreso, la mirada del turista no es la mirada del poeta, ante el mundo de referencias que abren los poemas, la mirada del poeta se vuelve blanda y piadosa en medio de una Europa en ruinas, la belleza no está en los monumentos, y entonces nos preguntamos junto con él ¿qué es una obra de arte? ¿de qué manera la poesía ha logrado que un mundo en ruinas se haga palabra y cobre sentido vivo y presente?

La mirada del poeta no es ingenua, nos da cuenta de una Europa en ruinas y también de una Europa xenófoba, amenazante, que guarda en sus cimientos la memoria de la muerte y la tortura, pero esa contemplación poética se complejiza y descubre los pliegues de lo real: “la superioridad de lo imaginario por sobre lo real”, el Tíber como una fiera que ruge, la libertad agazapada en las alas de un cuervo, una niña que juega… Frente a la perfección de lo civilizado, irrumpe lo vivo, lo que desordena, lo que desborda, lo que está ahí y en un instante se fuga, los afectos que abrigan, en esta Europa donde los otros son una amenaza, los afectos se vuelven refugio y motivo.

La voz de la madre se levanta imponente como la torre Eiffel, en esta familia de destinos cruzados, el hijo poeta recrea la escena que se vuelve cálida y misteriosa, pero ¿qué es una familia? ¿acaso sea el hogar, la patria, el lugar a donde volver? ¿cuál familia? Es en los otros donde también se busca y se construye la patria, porque la mirada poética parece redimirlo todo.

El héroe regresa, ¿a su patria? ¿a su hogar? El héroe regresa victorioso, le ha robado a Europa, le ha robado al tiempo, le ha robado al lenguaje, un puñado de poemas grandiosos.

Trae consigo para regalarnos un libro que nos dice que podemos inventar una patria viva y presente, que mira y cuestiona y también construye belleza, una patria personal y colectiva. Porque la poesía también es tierra fértil, esa patria donde regresar y permanecer.

Foto: Vicente Costantini (by Mariela Corbellini). Fuente: gentileza de Vicente Costantini.