sábado, 5 de marzo de 2016

Diego Roel


San Menas de Alejandría
(11 de noviembre.  Padre del desierto. Anacoreta, mártir y taumaturgo)

Delante de un ícono de Santa María
mi madre rogó al cielo que le otorgara descendencia.

El ícono dijo: “Amén será su nombre”.

Desde ese día escucho el paso sigiloso de los ángeles,
la lenta caída en la temperatura de la muerte.
Desde entonces veo el giro de la luz,
la velocidad de Dios sobre los cuerpos.

Delante de un ícono de Santa María
mi madre rogó al cielo.

Amén es mi nombre.



Amma María
(Hermana de san Pacomio. Fundó los primeros cenobios femeninos)

Me sacude el viento del Señor.

Estoy parada en el lugar del exterminio:
mi almohada es la piedra del camino.

Yo soy la santa de ojos torvos y cabellos hirsutos.
Soy la que olvida las señales del regreso,
la que incuba en la mirada
los huevos dorados del crepúsculo.

Soy la que duerme sobre el filo de la espada.             



Santa Pelagia de Antioquía
(8 de octubre. Ermitaña. La apodaban la Venerable)

Un día me hablaron de un Dios que bajó del cielo.
Me dijeron que una palabra de Su boca
levantaba a los muertos del sepulcro,
que Su mano detenía y desataba la lluvia.

Me dijeron que Su sangre era más dulce que la miel.

No quiero probar la almendra negra de la muerte:
voy a repartir mis bienes y mis joyas,
voy a ocultar mi nombre en un nombre de varón.

Kirie eleison, Christe eleison, Kirie eleison.

Mis pies se hunden en el borde del desierto.



Amma Domnina
(5 de enero. Anacoreta en Siria)

Olvidada por los hombres,
lejos de las ciudades y del mar
repito día y noche:
Santo, Santo, Santo.

Mi cuerpo es una herida interminable.

Me rodearon las bestias del desierto:
¿quién salvará mi alma?

Me rodearon y asediaron las sombras:
¿quién romperá el lazo de la muerte?

Olvidada por los hombres,
lejos de las ciudades y del mar
riego con lágrimas el suelo,
espero la preciosa semilla.



San Simeón el Loco
(1 de julio. Patrono de los santos locos y de los titiriteros)

Yo dormí junto a los dendritas en el vientre de los árboles.
Me senté en la orilla del desierto y mastiqué el aire
con aquellos que buscaban la inmovilidad absoluta.                      
Yo caminé días y noches con los acemetas:
los ojos en blanco, la mirada perdida en la espalda de las cosas,             
la cabeza clavada en la pica del silencio.

Mis manos se extendían hasta el cuerno de la luna.

Ahora bailo desnudo en la plaza de Emesa,
abro los ojos de los ciegos,
bendigo a las prostitutas y a los locos.
Llevo en mi cuello la inmundicia de los hombres.



San Onofre
(12 de junio. Protector de los tejedores y de los viudos)

El Ocultísimo puso Sus palabras en mi boca,
apoyó Su lengua sobre mi lengua.

Como un potente nadador
atravieso el mar en un segundo.

En mi mirada cabe el latido del incendio,
la entera manada de la luz:
veo la curva donde se quiebran las vasijas,
el punto donde la vida inicia su larga fuga invisible.

El que ata y desata las sandalias de la noche,
el que arranca el asta de los unicornios,
apoyó Su lengua sobre mi lengua.


San Simeón estilita el Joven
(24 de mayo. Hijo de santa Marta. Discípulo de san Juan estilita)

El paisaje aquí
es como una herida en la frente.

Pasan los hombres.
Pasan los hombres que entierran a los hombres.

El viento trae
un palmo de sol hasta mi cara.

Hace años que observo
lo que muestran y ocultan estas piedras:
la abierta herida de la luz,
el balbuceo secreto de las cosas.

Abba, ¿quiénes abren las puertas?



Amma Eufrasia de Constantinopla
(Anacoreta. Taumaturga. Hija del gobernador de Licia)

Para soportar la lluvia y el viento                                     
cubro mi cuerpo con telas de cáñamo,
duermo sobre la herida de la tierra.                   

Sí, en esta cueva escapo de las trampas del mundo:
no estoy sujeta a ley alguna.

Juego con serpientes y con lobos.

En esta gruta espero la llegada del mar,
la ola de fuego de la muerte,                              
una mañana poblada de niños y caballos.



Santa Alfreda de Crowland
(2 de agosto. Hija del rey Offa de Mercia. Virgen y eremita)

En este valle en sombras
usamos un disfraz de piel de rata,
una máscara de mono.

Lo sé:
del otro lado del reino de la muerte
un hombre ve maderos en cruz
desperdigados por el campo.

This is the dead land.

Aquí las piedras levantan su edificio de cenizas.
Aquí los labios besan el polvo y se marchitan.
Aquí se alzan las voces del desierto.

Cuando la tarde declina
damos vueltas alrededor de una cisterna seca,
damos vueltas e imploramos.

Porque Tuyo es el Reino, Señor.
Tuyo es el Reino.

Tuyo es.

Fuente: Kyrios, libro de próxima aparición. Gentileza de Diego Roel.

Diego Roel nació en Temperley, Provincia de Buenos Aires, en 1980. Desde hace varios años vive en La Plata. Publicó siete libros de poesía: Padre Tótem / Oscuros umbrales de revelación (Libros de Tierra Firme, 2004, reeditado por Ediciones El Mono Armado en 2013), Diario del insomnio (Libros de Tierra Firme, 2005, reeditado por detodoslosmares en 2013), Cuaderno del desierto (Libros de Tierra Firme, 2007), Las variaciones del mundo (Ediciones El Mono Armado, 2010, reeditado por detodoslosmares en 2014), Los Jardines del Aire (Ediciones El Mono Armado, 2012), Dice Jonás (Ediciones El Mono Armado, 2015) y Vía Lucis (Ediciones del Dock, 2015). Próximamente, detodoslosmares publicará Kyrios, su nuevo poemario. Con referencia a este último, señala Gerardo Burton en el prólogo:

En Kyrios (Roel) narra, mejor dicho, dramatiza, se pone en la piel de los estilitas (Simón el Viejo y Simón el Joven; Juan; Lázaro; Daniel), habla desde la kénosis de amma Sara (“en este recodo del camino/escucho la música/la plegaria que duerme en las piedras”); desde el mensaje escatológico de Juan (“no atesoren los huesos de los mártires/escondan bajo tierra sus ataúdes./Aprendan a morir en silencio”); desde la existencia sentida como efímera de santa Emelia (“Tus manos tocan/la piedra, el agua, el fuego.//El peso de Tu cuerpo me sostiene”).
La ficción poética afirma esta situación de rechazo de los padres del desierto a eso que el cristianismo primitivo denominaba genéricamente “el mundo”, que se prolongó en los siglos IV y V. El mundo como concepto negativo y antivital asociado al cuerpo, a la carne, a lo oscuro, en fin, al abismo en que el creyente puede naufragar si su fe no lo sostiene.
Roel pone en escena las voces de estas mujeres y estos hombres que con gran belleza rozaban lo poético y las recrea. Los datos biográficos son exiguos y apenas permiten imaginar la escena: las fechas, los parentescos, las menciones geográficas, y las palabras que reproducen el incendio interior, el alma ardiendo y luchando, siempre hacia el límite, como asomándose al otro lado de los bordes de la realidad, permiten hacer una analogía. La negación del mundo de esos santos y santas puede asimilarse en nuestros días a la negación del capitalismo y de la sociedad de consumo que destruyen el mundo que habitamos. En estos poemas hay un eco político, una pequeña asimilación al cansancio respecto de las cosas e instituciones que las sociedades crean y que suponen una amenaza para la verdadera vida.
En Kyrios la religión de los padres y las madres le permite atisbar el alimento invisible que se encuentra en el desierto. No es casual que este libro comience con una cita de Rimbaud, un poeta que luego de componer los poemas más abrasadores hacia finales del siglo XIX, se despojó de su arte, proclamó que era necesario cambiar la vida y se zambulló en el desierto abisinio al final de un itinerario que enlazó Chipre, Indonesia y Yemen.
La poesía así surgida “de la confusión, la soledad y el derrumbe, nos habla de algo que no es ya confusión, soledad ni derrumbe. Porque nos habla y hace que le hablemos. Y hablar es superar todo eso, de alguna manera” (otra vez cito a Aguirre).
Todo concuerda: Roel, sus voces, Rimbaud. El desierto está más cerca de lo que se piensa. Acaso estos poemas, estas voces, sean hijas de la prédica con que Isaías anunció al Salvador. Acaso sean una tentativa donde la verdad y el error se hermanan. Y entonces, valgan sólo como tentativa. Es decir, como camino, como construcción, como indagación.
Así ya no será un saber religioso ni filosófico, sino poético, un saber que tendrá la austeridad de la poesía acunada en la intemperie. Quizás ahora habrán adquirido estos poemas su altura máxima, su profundidad más honda, su extensión más amplia, con una claridad que ilumina el pasado al que se refieren, el presente de la escritura y el ignorado porvenir.

Foto: Diego Roel. Fuente: gentileza de Diego Roel.

martes, 9 de febrero de 2016

Álvaro Yunque

¿Primer poeta nacido en La Plata?


Frente al enjambre negro

Frente al enjambre negro de los hombres
Que por las calles van con febril paso,
Cada quien tras un sueño diferente,
Una angustiante idea me ha asaltado:
¡Pienso que el más feliz de todos ellos,
Es un montón de sueños fracasados!

Fuente: Versos de la calle, Álvaro Yunque, Claridad, Buenos Aires, 1924.


Tragedia

Para Aristóbulo Echegaray

Poseer energías para emprender lo grande,
Y tener que agotarlas en ganar lo pequeño:
He aquí la tragedia cotidiana y anónima
Que entristece a los locos forjadores de ensueños.

Tener ansias, hermanos, de intentar lo inaudito,
Y gastar esas ansias en un mísero empleo:
He aquí la tragedia ¡pobres diablos! de todos…
¡Nuestras ansias de gloria malvender por un sueldo!

Comprender, ya vencidos, que la vida monótona
De ganarse el salario devoró pensamientos:
He aquí la tragedia del rebelde hecho máquina,
¡La terrible tragedia del que tuvo talento!

Fuente: Nudo corredizo, Álvaro Yunque, Buenos Aires, Claridad, 1927.


Elogio al gorrión

Nadie te pudo enjaular.
Yo que envidio tu bravura,
Gorrión, te voy a elogiar.

Te llaman gringo, gorrión,
Intruso, paria, extranjero,
Te llaman gringo ladrón.

No hay más que tú en la ciudad
–Comunista sin programa–
Que viva en fraternidad.

Primero dijo un gorrión:
"La propiedad es un robo",
Después lo escribió Proudhon.

Fuente: Poemas gringos, Álvaro Yunque, Claridad, Buenos Aires, 1932.

Álvaro Yunque (seudónimo de Arístides Gandolfi Herrero) nació en La Plata el 20 de junio 1889 y murió en Tandil, Provincia de Buenos Aires, el 8 de enero de 1982. Fue el mayor de los ocho hijos nacidos del matrimonio compuesto por el milanés Adán Gandolfi y la argentina Angelina Herrero Palacios. En 1896, cuando sólo contaba 7 años de edad, pasó a vivir con sus padres y hermanos en Buenos Aires, ciudad donde residió sin grandes intervalos. Así evocará, mucho tiempo después, aquella mudanza: Buenos Aires que eres otro/ Y eres el mismo. Recuerdo:/ Llegaba yo de La Plata,/ Dejando el primer colegio,/ Tenía yo siete años/ Y me pareciste inmenso. En Buenos Aires estudió arquitectura, pero, cerca de recibirse, abandonó la carrera para dedicarse al periodismo y la literatura. Yunque fue un escritor multifacético y fecundo: entre poesía, narrativa, teatro y ensayo, llegó a publicar más de cincuenta libros. Desde muy joven, se comprometió con las luchas sociales e integró –junto a Leónidas Barletta, Elías Castelnuevo, Nicolás Olivari, César Tiempo, Enrique Amorim, Roberto Mariani y otros– el Grupo de Boedo, que, a mediados de la década de 1920, supo polemizar con el Grupo de Florida, exponente de una concepción más vanguardista y estetizante del arte. Por entonces, colaboró con el diario anarquista La Protesta y dirigió el suplemento literario del diario socialista La Vanguardia y la revista Rumbo. Poco después, empezó a colaborar también con los diarios porteños Crítica, La Nación y La Prensa, y otros de Montevideo, Rosario y La Plata. Escribió, además, para numerosas revistas, entre ellas: Campana de Palo, Claridad, Los Pensadores y Caras y Caretas. Por su militancia política (fue miembro del Partido Comunista y director del semanario antifascista El Patriota) padeció la cárcel y el exilio, hechos que tuvieron lugar entre 1944 y 1946, durante la dictadura militar del general Edelmiro J. Farrell. Pero no serían éstas las únicas condenas que sufriría: tras el golpe de estado de 1976, sus libros fueron censurados y quemados y su figura quedó oscurecida hasta su muerte. Como contrapartida, la Academia Porteña del Lunfardo lo designó académico de número en 1969 y la Sociedad Argentina de Escritores le otorgó los premios Aníbal Ponce y el Gran Premio de Honor en 1975 y 1979, respectivamente. Cabe agregar que su temprana radicación en Buenos Aires y su inserción en el ámbito cultural porteño lo colocaron fuera de la tradición poética platense, que no registra su nombre. El dato curioso es que, probablemente, haya sido el primer poeta nacido en La Plata, pues tanto los primeros poetas afincados en esta ciudad, fundada en 1882 en una zona rural semidesértica, como aquéllos de la llamada “generación del 17” o “primera generación platense” que lo superaban en edad, eran de origen foráneo, a saber: Carlos Augusto Fajardo (San Carlos, Uruguay, 1830 - La Plata, 1920), Matías Behety (Montevideo, 1849 - La Plata, 1885), Almafuerte (San Justo, 1854 - La Plata, 1917), Enrique E. Rivarola (Rosario, 1862 - La Plata, 1931), Oscar Tiberio (Dolores, 1871 - La Plata, 1943), Luis Reyna Almandos (Morón, 1874 - La Plata, 1939), Francisco Aníbal Riú (25 de Mayo, 1881 - Buenos Aires, 1929), Horacio Bernardo Oyhanarte (Rojas, 1885 - Buenos Aires, 1946), Raúl Francisco Oyhanarte (Rojas, 1887 - Buenos Aires, 1942) y Alfredo Fernández García (Buenos Aires, 1889 - La Plata, 1956). Si hubo otro poeta de cuna platense con anterioridad a Yunque, no parece haber trascendido. En caso de que alguien posea información precisa al respecto, le agradeceré que me la transmita.

Foto: Álvaro Yunque en septiembre de 1965. Fuente: Revista Capítulo N° 64, La historia de la literatura argentina, Boedo y el tema social, Carlos A. Giordano, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980.

domingo, 3 de enero de 2016

Abel Robino


Simulación de paisaje con flores  

In memoriam Delfina Gil Soria    

Hay momentos en los cuales se debería contener la respiración                        
para saber de qué aguante valedero estamos hechos ante un sacrificio.
Supe de una mujer que dominaba el acto visceral     
de engullirse todo el aire de su jardín y con esa atmósfera
enrarecida de flores soportaba, consumiendo gran parte
de sus reservas sentimentales.
(También se respira cuando no se respira, dice el deseo.)
Trababa el diafragma y en una excluyente gimnasia inhaladora
se atascaba de tallos, brotes y los fofos verdines de las plantas.
Me enteré de su muerte porque aquella mañana desperté
con el cuerpo encorsetado de ronchas.
Desde la gelatinosa imaginación de un mal dormido
corroboré que las almas suelen mugir a su manera
y, a falta de un emblema mayor,
la mía acercaba esta urticante y cómica ofrenda
para que ella no dejase de reír desde la otra orilla
viendo algo semejante a amapolas silvestres
sobre una carne casual.


Después de leer un poema chino

Ayer, después de leer un poema chino que decía
que los sueños entre las ramas de un cerezo son diferentes,
trepé al cerezo del fondo de mi taller para ver el mundo.

El mundo era la ropa tendida de mi vecina, 
la pileta con agua podrida del verano
y las parvas de hojas sin juntar.

Los chinos del siglo II antes de Cristo
no contaban con el suburbio galo,
y menos con una rata en el mástil de una embarcación
a la que no salva ni la palabra cerezo. 


Sobre el estilo del emperador Lucio Séptimo Severo

Admiro el estilo desprolijo y justo, Séptimo Severo,
con que desmantelaste tu corte y construiste un corral de gallinas.
Soy ése al que se le pega la envidia de tu ocurrencia
por bautizar a tus plumíferas criaturas con el nombre de unos malos gobernantes.
Reverencio esa técnica de traqueotomía a la retórica asmática
en semejante suspiro de parodia.
Me pregunto cómo hacer para copiarte esas largas  
meditaciones desengañadas, haciendo siesta sobre tus laureles.
Juro que he intentado parodiar aquel discurso que te achacan cuando la invasión
de los bárbaros era un hecho. 
Si los bárbaros admiran tanto nuestros automóviles, tanto desean a nuestras
mujeres siliconadas y tanto babean por nuestro confort,
¿hasta dónde puede decirse que sean  bárbaros?
(Les hemos inoculado la peste más exquisita: la civilización.)
Celebro tu desvergüenza, Séptimo Severo,
cuando calmaste a tu séquito chillón con un ademán hueco en el aire, ofreciendo
un banquete en un puñado de maíz 
y, sobre todo,  porque nunca negaste los orígenes:
un recogimiento desencantado entre la lucidez y la vagancia. 

Fuente: Inéditos. Gentileza de Abel Robino.

Abel Robino nació en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, el 7 de octubre de 1952. Es poeta y artista plástico. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. En esta ciudad fundó en 1977 el Grupo Literario Latencia. Es Master en Artes Plásticas. Desde 1982 reside en Francia. Publicó los siguientes libros de poesía: Obsesión (1978); Las especies de la noche (1982); El estado de la quietud (1986); Hiel por hiel (1997); Poemas (2004) y Burundanga (2013). Como artista plástico ha expuesto en varios países de América, Europa y Asia, entre ellos: Argentina, Brasil, Cuba, Francia, Bélgica, Alemania, Suecia y China (Beijing y Shangai). Su poesía es reveladora de la más cruda realidad y se halla atravesada por el doble exilio que implica estar en el mundo y vivir lejos del país de origen. El desarraigo y la orfandad, derivados de esa situación, constituyen el trasfondo de su creación más reciente. Robino mira el mundo y se mira a sí mismo de manera irónica y descarnada, sin piedad ni autoconmiseración, pero también sin reproches. Para Osvaldo Picardo, la suya es “una voz bestial que se sabe traicionada por su propia sombra proyectada sobre la hoja de la poesía”.

Foto: Abel Robino (perteneciente a una serie realizada por Delfina Gil Soria en 2012 a partir de objetos reflejantes, como espejos, ventanas, televisores apagados, etc.). Fuente: Gentileza de Abel Robino.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Gustavo García Saraví


Memorandum

Ayer cumplí fielmente con mis obligaciones
sin olvidarme –creo– de ninguna.
Pagué las cuotas del televisor,
la heladera y el banco,
el amoroso banco donde opero, que tiene
música funcional e ikebanas. Le puse
aceite al auto,
le di propina al gran rufián que cuida
(y descuida) mi planta baja "A",
compré un billete
de lotería
(que no me engañará, seguramente), me hice
varios análisis clínicos (todos bien)
para llegar
a los 200 años, puse al día mis cartas
y comencé a pensar en la paella
del domingo.

Claro que me olvidé de ir a la misa
que le rezaban a mi madre
(sería conveniente que nadie se enterara)
al cumplirse el primer inolvidable,
inolvidable,
inolvidable,
inolvidable
aniversario de su muerte.


Domingo

Los padres separados
y las joviales divorciadas
pasean los domingos con sus hijos.
(Y algunas fiestas de guardar).
Van a Palermo, a parques
de diversiones poco divertidos,
a cines suburbanos donde exhiben películas
obscenas para niños o al Zoológico,
en el que mueren diariamente
las últimas jirafas y osos panda del mundo.
A veces llevan a sus cocker
(que podrían, llegado el caso, reemplazar
económicamente al muy dudoso
amor filial), novelas, máquinas fotográficas
y barriletes.
Sin embargo,
no parecen felices, como si el día fuera
más largo que los otros, o estuviesen nerviosos
esperando su whisky nocturno o los horribles
chiquillos engendrados
por un horrible cónyuge anterior
en un horrible matrimonio
de su actual mujercita o maridito.
También las criaturas apuran el regreso
para ver un programa especial de T.V.
y a una especie de hermano, hijo de la madrastra
y su penúltimo
esposo o un hermanastro que trajo la cigüeña,
hijo del padre
y una excelente amiga de mamá.
Todos se aburren a montones,
sufren porque la vida es cruel con ellos,
se arrepienten un poco
por lo que hicieron
y por lo que no hicieron,
meditan en los autos chocadores
y piensan que los lunes son profundos, iguales
a verdaderas madres
o abuelos comprensivos y pacíficos.


Recomendaciones para robar en los supermercados

Hay un segundo,
menos aún, una fracción de brisa,
una guiñada del Señor,
un átomo de vidrio, lo que duran
la sístole y la diástole de los bichos de luz,
en el que la mirada de los dueños
de los supermercados se detiene
como con garfios
en las computadoras, y los ojos
de sus fieles gerentes doblan hacia la izquierda,
y a los fornidos detectives
(disfrazados de bolsas de arroz o bordalesas)
les sale una lagaña salvadora.
Hasta los contadores,
subcontadores,                                             
vendedoras y suaves cajeros se distraen,
piensan en la piedad
o van al baño unos minutos,
una evidente imperfección
del organismo que la ciencia
remediará bien pronto.

Entonces hay que estar atentos,
cerca del pan,
el pan nuestro,
el pan oscuro de cada día
dádnoslo hoy, perdónanos
nuestras deudas, cerquita del maíz,
la botella de aceite o vino para alzarse
en el momento exacto con la cuota
de salud, de justicia, de pulmones
que os es debida
y que, por lo común, no consta en los balances.

Atentos, muy atentos os digo porque pueden
aparecer los perros policía,
los policías perro,
las sirenas y alarmas, las cámaras de gas,
los lanzallamas, los terribles misiles
que os dejarían
al descubierto como ladrones, ladronzuelos,
ladridos, latrocinios, ladronísimos,
un estigma inventado
por el obispo Lue y algunos comerciantes
en billeteras.
Os repito:
¡un pestañeo y zas!
sentiréis que el buen Dios ha dado un brinco
hasta vuestro bolsillo
y que es verdad la historia del camello,
la cerradura, el paraíso
y, sobre todo,
la manteca, los huevos, el dulce de membrillo
que deseabais desde la primera
comunión. (Ah! cuidado,
sin embargo, con ciertos orificios
de las paredes
por dónde espían los traidores
y con los pobres
que creen que la miseria es una gracia,
algo así como
la cruz de Hierro o la legión de Honor
vistas del otro lado.)

Cuando llegue el instante, pues,
desde la propaganda de la leche,
desde el último roce
que tendrá con vosotros la esperanza,
desde vuestro apetito de pedradas
y culetazos,
en que dudéis un solo miligramo,
sin llanto, sin vergüenza,
sin curas de la infancia, sin rubor,
sin temblor en los dedos, sin imágenes
de púlpitos o rosas,
sin miedo a los patrones o al infierno,
sin madres que interfieran en la gloria
en la que os iniciáis,
sin mandamientos de la Company
Company and Company,
introducíos
una lata en el saco,
un trozo de comida, una gaseosa,
un poco de maná que no figure como oferta.

Ese día, os reitero, os salvaréis
para siempre y ya para siempre
seréis honestos e inocentes.


La decadencia de las familias

Igual que una humedad, un gusano, una caries,
la decadencia empieza en una célula
íntima y misteriosa del cuerpo, un lugar no
determinado y azaroso: el bazo,
los molares, la tibia,
el legendario timo, las meninges.

Tampoco se conoce exactamente
el momento elegido
por la destrucción para iniciar la tarea,
poner en movimiento microscópicas picas,
tornos, excavadoras, aparatos feroces
para correr cimientos, dignidades, soberbias,
títulos de doctores.

Se sabe, sí,
que aparecen de pronto aunque insensiblemente
y enseguida comienzan
a echar abajo
las limpiezas y honores de la gente.
Es un trabajo lento e incesante
que a veces dura siglos y se hereda de padres
a hijos, sin remedio, igual que aquellas
enfermedades cuyo nombre
no debía decirse frente a las criaturas.

Los síntomas son claros:
una pobreza apenas perceptible
invade las persianas, las comidas,
los trajes de etiqueta, el orgulloso número
de cocineras y lebreles.
Durante un tiempo
nadie percibe
que falta un pobre o sobra algún remiendo
en el tapado de las niñas.
Sigue llegando
dinero desde el campo, desde
las vacas, desde los arrieros, desde
los radiantes trigales.

Después se rompen una
preciosa fuente
de porcelana, una consola,
unos botines de charol
que no se pueden reemplazar,
se descuelgan arañas o tapices
y los sillones
se vuelven amarillos o ruidosos.

Son circunstancias
inesperadas pero fáciles
de remediar, detalles, telas que hay que cambiar
por otras, la sequía,
los chacareros que no pagan,
un mal año que no durará toda
la vida, por supuesto, la Sociedad Rural
manejada por tontos y dipsómanos.

Pero los infartados, las paredes rajadas,
los almohadones continúan cada
día peor,
más cascarudos y gomosos
tal como lo anunciaron las divinas
adivinas: lechuzas en todas partes, cráteres,
Bastillas, pergaminos, vis a vis, incunables
pisoteados
y confundidos.
Ahora existe como un encono de criadas,
de futbolistas, de aparceros
que hasta ayer eran
una montura, un truco,
una larga mateada. Algo sucede,
es innegable, fechorías
del diablo, peronismos, maldiciones,
pereza de los nietos, los turcos, los judíos,
la mala calidad de las cosas de Harrods.

Hasta que ya
en el final, se precipitan
la caspa, los derrumbes,
las borracheras,
los apellidos
que nadie sabe
de donde mierda vienen, las nenitas roñosas.
Es imposible
volver atrás, a Sobremonte,
a las diez mil leguas de pampa,
a la Primera Junta, al coronel Zutano,
glorioso vencedor de los indios desnudos
y sin armas.
Se caen irremediablemente
los cielo-rasos
los guardapelos, los modales,
la honestidad, los libros en francés
y se comprende entonces, no sin cierta tristeza,
que también el país
se cae un poco, se oscurece
igual que cuando se descubre
con vergüenza que nuestros pobres padres
hacían el amor (probablemente mal)
y que nos engañaron y que tenían faltas
de ortografía y, sobre todo
que no eran hermosos o felices.


Primera carta

Como dos islas,
como dos animales de distinta especie,
como una margarita con un sable,
como un trozo de ónix con un álamo,
nunca podremos
reproducirnos,
tener un hijo, una semilla,
algo en común y perdurable, parecido
a lo de todo el mundo: fotografías,
un día semanal para ir al cine,
ciertas costumbres,
modos insustituibles
de hacer (y deshacer) el amor, un espejo.

Existen fuerzas,
circunstancias, océanos, imanes de crueldad
que nos separan
irremediablemente, anclas, cadenas,
emigraciones
de golondrinas
que nos hacen perversos, diferentes,
mutuos devoradores,
especialistas
en vidrios rotos y poemas,
malas palabras y sollozos.

Y sin embargo, cuánta penuria en comprender
que también somos
dos dársenas vacías, dos pedazos de luna,
dos péndulos rabiosos,
oh, mi amada, blancura inolvidable,
última pertenencia,
mi destructora,
mi adorable destruida, mis cenizas.


Decimoquinta carta

Cómo me gustaría echarte encima
–como un tapado de punzones
o una planta carnívora–
todas las culpas
del mundo, las sevicias, los tremendos
pecados, las maldades de la gente,
cargarte igual que a una pequeña
yegua, una llama, un coya silencioso.

Tú serías entonces la única
propietaria del miedo,
las eminentes e inminentes muertes,
la soledad, los duros atavismos
y hasta podrías
asumir tu exclusiva responsabilidad
por los niños espásticos, la extinción de las rosas,
las dos Guerras Mundiales, los gomeros
que no terminan
de florecer, la decisión
de los suicidas, las torcazas
y codornices
yacentes en el campo.
Pero, principalmente, pienso que gozaría
porque he dejado a cargo
de tus espaldas
los instrumentos
de los torturadores, y además
mi niñez, mis sesiones
de psicoanálisis,
mis alcancías rotas
y, sobre todo,
el amor que te tengo.


Última voluntad

...y pido únicamente
que cuando se abra
mi testamento
(hecho en papel de estraza, por supuesto)
y yo me escape de las cosas
y se quiten las tapas de las ollas
y afloren las verdades como
murciélagos tardíos,
mis hijos sepan que no he vivido sólo
para escribir poemas (de confites,
como sostienen
mis buenos enemigos) sino que he trabajado
con rabia a la mañana y a la noche
y al alba y al crepúsculo, a la siesta
y al mediodía, entre papeles
sellados y deudores, jueves y secretarios
y mentiras, coimeros y colegas con faltas
de ortografía
y enanos escondidos
en el sombrero, contratados
para soplarles latinazgos.

Ruego que entiendan que no es fácil
vivir de esta manera, y que a veces costaba
pagar el pan
y pagar un poema
con un domingo.

Y ya que estoy
redactando mis lúcidas últimas voluntades
dejo a Mercedes
mi biblioteca, a Amparo el júbilo que tuve,
a Eleonora mi total
asentimiento para
que junte aplazos
bellos como duraznos
y compañeras que se rían
de los señores profesores
y la Ley de Coulomb.
A Gusty mi estupenda colección
de ilusiones, y a Paula mi legado especial
para que compre
trescientas bicicletas.
Y a mi mujer, la parte que ella elija de mi alma.
Además, finalmente, y tal como se estila
ahora, dono
mi córnea izquierda para un ciego
y la derecha para el primer lince
que aparezca en mi tumba.

Fuente: Obras completas, Gustavo García Saraví (Edición de Sara M. Parkinson de Saz), Empeño 14, Madrid, 1981.

Gustavo García Saraví nació en La Plata el 29 de diciembre de 1920 y murió en Buenos Aires el 19 de mayo de 1994. Durante varios años vivió en Posadas, Provincia de Misiones, ciudad que lo declaró Huésped de Honor en 1992. Fue poeta, escritor y abogado. Publicó, entre otros, los siguientes libros de poesía: Tres poemas para la libertad (1955), Monografía para mi muerte y otras soledades (1956), Los sonetos, (1958), Los viajes (1960), Sonetos de amor (1963), Con la patria adentro (1964), Del amor y los otros desconsuelos (Prólogo de Jorge Luis Borges, 1968), Libro de quejas (1972), Cuentas pendientes (1975), Cuadernos del Ecuador (1976), Segundas intenciones (1976), Salón para familias (1977), Última instancia (1979), Ensayo general (1980), Escalera de incendio (1981) y Puerta de embarque (1986). Como reconocimiento a su labor poética, la editorial madrileña Empeño 14 dio a conocer en 1981 sus Obras completas. Recibió, asimismo, numerosas e importantes distinciones, entre ellas: Primer Premio de Literatura de la Provincia de Buenos Aires (1952), Premio Internacional de Poesía del diario La Nación (1963), Premio Regional y Nacional de Poesía (1974 y 1977), Premio Internacional de Poesía Leopoldo Panero (1981), Premio José Luis Núñez (1981) y Diploma al Mérito de la Fundación Konex (1984). En 1990, la Municipalidad de La Plata lo designó ciudadano ilustre. De espíritu escéptico, García Saraví cultivó el soneto y el verso libre por igual. Su pluma abordó los temas más diversos, como el amor, la familia, la soledad, el tiempo, la vejez, la muerte, la patria, los héroes, la injusticia social, y lo hizo, unas veces, con dolorido acento y, otras, con ironía impiadosa. Perteneció a la generación neorromántica del 40.

Foto: Gustavo García Saraví. Fuente: Fundación Konex.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Gustavo García Saraví


Con alguna frecuencia

Con alguna frecuencia me encamino
hacia mi corazón e intento darme
caza o, al menos, verme, confirmarme,
sentir que soy mi propio peregrino.

A veces doy conmigo, un desatino
absoluto, un bastón, un conformarme
sólo con adjetivos, un llorarme
con excesiva lástima, un camino

en caracol, desierto, inconducente.
Otras veces, no encuentro la manera
de encontrarme, mirarme, de repente,

en lo que creo ser, una persona
común, puro no ser, linfa, madera,
cal, duda, enfermedad que se amontona.


A Roberto Themis Speroni

Adiós poeta, sauce, compañero,
aviador de las sílabas, navío,
adiós laurel, faisán, amigo mío,
inventor de la seda, panadero.

Adiós balcón, atardecer, madero
y redención de la palabra, estío,
honor de la cordura, desvarío,
adiós huemul, ramaje, jazminero,

fundador de las letras, voladura
de la realidad y el mundo, buzo,
niña, rubí, relámpago, blandura

de la dureza. Adiós, única suerte
del hombre, adiós fragilidad, abuso,
poema, llanto, lujo de la muerte.


Habla el último indio

No sé por qué ni cómo sobrevivo
ni cuál es la razón que me sostiene,
ni de dónde proviene y me mantiene
la parte de tristeza que recibo.

Tengo la libertad y soy cautivo,
el corazón me tiene y no me tiene,
vengo desde los dioses y no viene
ningún dios a decirme que estoy vivo.

Apenas si perduro, si comprendo
el triste oficio de seguir latiendo
en mitad del silencio y el despojo.

Dadme al menos un agua y una arena,
una ilusión, una verdad, un ojo.
Quiero mirarme adentro de mi pena.


El soldado de la Independencia

Anduve, desde chico, dando vueltas
por los cuatro costados del coraje
y el miedo, levantando viaje a viaje
derrotas juntas y victorias sueltas.

Desde entonces anduve en las revueltas
de la patria empujada y el gauchaje,
y entre malones y malones, traje
hijos difuntos, lágrimas disueltas,

mi caballo partido en matadura
-un luto galopando- y esta dura
costumbre de aguantarme sin quejido.

Que nadie llegue hasta mi rancho abierto.
Vivo junto a los golpes y al olvido.
Además, hace leguas que estoy muerto.


Malambo

Como un potro de furias, como un viento
óseo y desesperado, como un duro
verano vertical, hosco, inmaduro,
golpea, golpetea el sufrimiento
de la llanura, el cruel advenimiento
del hombre mineral, polen oscuro,
héroe de los caballos y el futuro,
tristemente agobiado y somnoliento.

Pero él golpea el suelo, golpetea
la fría piel del mapa, y danza, crea
su propio sexo, su pasión, su savia,

viola su sombra, estupra su espejismo.
Su mujer, sus amores son él mismo.
Y baila, baila, baila con su rabia.


Van Gogh

Aunque estoy a menudo en la miseria...
                                            Van Gogh

Tal como corresponde a su locura,
trabaja y piensa. Piensa en algo grave,
sin duda, terrorífico: en un ave
que se engulle pintores, o en la impura

elementalidad de la pintura,
de una silla de paja, un blanco, un suave
autorretrato, un amarillo (sabe
Dios con cuál de ellos hizo su impostura

de limoneros, sol, ducados de oro,
insólitos maizales, un tesoro
enterrado en la luz, un cruel taladro

de bondad). Traza trazos, llora. Dice
incongruencias congruentes. Se desdice.
Impreca, sufre. Nunca vendió un cuadro.


Soneto para las iniciales grabadas en un árbol

¿Qué dedos, qué suspiros, qué mensaje,
qué silencio con lilas, qué limpieza,
qué rosado mal gusto, que simpleza
son esta savia dura, este tatuaje?

¿Qué buscados crepúsculo y follaje
con nubes o palabras, qué promesa
de corazón nacido en la corteza,
qué boca y juramento, qué homenaje

son estas cicatrices, esta muerte
de vanas consonantes, esta suerte
definitivamente abandonada?

Letras que el tiempo roe como a un hueso,
máscara vegetal, gastado beso,
endurecida fe, última amada.


Las putas

Como algas lentísimas y fieles,
como ríos de pan, como pedazos
de golondrinas, suben por los brazos
de la melancolía y los paneles,

trepan por el murmullo con sus mieles
feroces y sus pálidos ocasos,
con sus temblores y los cielo-rasos
de la cursilería y los hoteles,

ascienden por los besos, se abandonan
a las monedas del amor, perdonan
nuestra insaciable sed, nuestras impuras

maneras de quererlas, oh! lejanas
y próximas, oh! dulces hermosuras,
oh! silenciosas, húmedas campanas.

Fuente: Obras completas, Gustavo García Saraví (Edición de Sara M. Parkinson de Saz), Empeño 14, Madrid, 1981.

Gustavo García Saraví nació en La Plata el 29 de diciembre de 1920 y murió en Buenos Aires el 19 de mayo de 1994. Durante varios años vivió en Posadas, Provincia de Misiones, ciudad que lo declaró Huésped de Honor en 1992. Fue poeta, escritor y abogado. Publicó, entre otros, los siguientes libros de poesía: Tres poemas para la libertad (1955), Monografía para mi muerte y otras soledades (1956), Los sonetos, (1958), Los viajes (1960), Sonetos de amor (1963), Con la patria adentro (1964), Del amor y los otros desconsuelos (Prólogo de Jorge Luis Borges, 1968), Libro de quejas (1972), Cuentas pendientes (1975), Cuadernos del Ecuador (1976), Segundas intenciones (1976), Salón para familias (1977), Última instancia (1979), Ensayo general (1980), Escalera de incendio (1981) y Puerta de embarque (1986). Como reconocimiento a su labor poética, la editorial madrileña Empeño 14 dio a conocer en 1981 sus Obras completas. Recibió, asimismo, numerosas e importantes distinciones, entre ellas: Primer Premio de Literatura de la Provincia de Buenos Aires (1952), Premio Internacional de Poesía del diario La Nación (1963), Premio Regional y Nacional de Poesía (1974 y 1977), Premio Internacional de Poesía Leopoldo Panero (1981), Premio José Luis Núñez (1981) y Diploma al Mérito de la Fundación Konex (1984). En 1990, la Municipalidad de La Plata lo designó ciudadano ilustre. De espíritu escéptico, García Saraví cultivó el soneto y el verso libre por igual. Su pluma abordó los temas más diversos, como el amor, la familia, la soledad, el tiempo, la vejez, la muerte, la patria, los héroes, la injusticia social, y lo hizo, unas veces, con dolorido acento y, otras, con ironía impiadosa. Perteneció a la generación neorromántica del 40.

Foto: Gustavo García Saraví. Fuente: Letras N° 8, revista de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, 1997.

martes, 17 de noviembre de 2015

Andrés Szychowski


Ocupa

Dijo que le buscara psicólogo
porque ignoraba dónde había puesto
sus últimas muertes.
Solté, como para salir del paso,
que si no se le daba
lugar a una muerte, ésta podría usurpar
el espacio de otra. Seguramente
por eso, agregó, deseaba, de un tiempo
a esta parte, ocupar un terreno.


Novela familiar

Mi madre tuvo un perro.
Rabioso. A tal punto
que a los días de parirlo
me tragó sin miramientos.

Luego de la incomodidad inicial
comencé a ensayar leves traslaciones
me distraje explorando cavidades
y asocié los nuevos torrentes
con las aguas de un estero.

Encontré a mis hermanos
chapoteando en la vejiga
dijeron que nuestro padre
emigró a los pulmones
buscando qué fumar.

Íbamos a buscarlo pero el hambre
quiso que probáramos alguna
víscera por aquí
una membrana por allá
y tal fue la concentración

en la faena
que una luz creciente
nos devolvió a las sobras
del convite familiar.

No sabemos qué paso
con nuestro padre, madre
hay una sola.


Generación

Arribaron sin grandes
estridencias. Corvos.
La piel veteada. Se vincularon
con la gente de la zona
y con la de otras
zonas luego de ahorrar
y subirse a un barco.
Tuvieron hijos. Tantos
que comenzaron a festejar
cada vez que alguno
se caía a un pozo.
El descubrimiento
del Gran Cráter
pasó a confundirse
con la boca de un dios. La
generación siguiente
se trasladó a la montaña
con las dificultades del caso.
Quien alcance
el pico más
alto expiará todos
los asuntos pendientes.


Sondeo

El poeta toma una piedra.
La observa la huele le pasa
la lengua. Raya un auto, dos.
Sabe que no es un poema
pero la guarda por las dudas.

Fuente: Poezja, Andrés Szychowski, Zindo& Gafuri, Buenos Aires, 2015.

Andrés Szychowski nació en La Plata en 1976. Es poeta y Licenciado en Psicología. Ejerce la investigación y la docencia en la Universidad Nacional de La Plata. Publicó tres libros de poesía: 17 discos de música africana (La Terminal Gráfica, 2009), La redundancia (La Terminal Gráfica, 2011) y Poezja (Zindo & Gafuri, 2015). Fue incluido, además, en la antología de jóvenes poetas argentinos Si Hamlet duda le daremos muerte (De la talita dorada, colección Los detectives salvajes, 2010). En el texto escrito especialmente para la presentación de Poezja, señala Daniel Krupa: “Lo que hace a un poeta (e incluyo en esto a algunos pocos prosistas) es la insistencia. La absurda, improductiva, melancólica y caprichosa insistencia. Desde esta perspectiva, Sísifo es todo un poeta. Y Andrés, claro, también. Además –como si ya no fuera suficiente la persistencia–, también pueden mencionarse el vínculo de Andrés con el Mundo de la Poesía, por un lado, y el vínculo de Andrés con el Mundo a Secas, por el otro. ¿Qué tiene que ver la poesía con el Mundo de la Poesía? Bueno, es cierto, no tienen nada que ver. Pero para mí es un dato. O un “síntoma”, como diría el mismo autor si estuviera trabajando… Es que Andrés mira e interactúa con el Mundo de la Poesía de la mejor manera posible, la más saludable… Esto es: de costado, ¡y a prudencial distancia! No digo con recelo, sino con cierta sabia incredulidad (…) Y con el Mundo a Secas, bueno… ocurre algo similar. Incluso en los peores momentos, íntimos o colectivos, públicos o privados, Andrés recurre a la poesía para abordar lo indescifrable y lo ominoso. Lo insensato. Lo injusto. Lo indigerible, que es mucho. Pero también lo maravilloso. Es como si se preguntara: ¿y qué hago, por dios, con todo esto? Bueno, ahí aparece la poesía de Andrés”.

Imagen: Tapa de Poezja, Andrés Szychowski, Zindo& Gafuri, Buenos Aires, 2015. Fuente: C. C.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Matías Fittipaldi


Penumbras

Intentando adivinar
tus sueños

se apaga la luz
en la ciudad

el fin de semana
sincera
penumbras


Fábrica del día

hay nubes
¿presagian tormentas?

estoy caminando
tras un destino

busco en la fábrica del día
piezas sueltas

un encuentro


Vacaciones

mientras Agustín corre un rally
con sus autos de juguete

la brisa
entra por la ventana
y engorda de molicie
las cortinas

en el fondo
el televisor nos envuelve
con sus fantasmas


Patio

día tras día despierto
en el fondo de una casa

en un patio sin fin

allí acampo
junto a una ciénaga

intento pescar

no el pez del silencio
no el pez del hastío


Pájaros como palabras

en el abismo
de tu boca

al final del renglón

matabas pájaros
como palabras


Rock and roll

en la esquina un rock and roll

dos autos encontrados
en la porfía de querer pasar

vi de tu amor acechante
el colmillo

procuro no ser
otra vez
quien levante el pie

Fuente: Pájaros como palabras, Matías Fittipaldi, Ediciones Axolotl, La Plata, 2014.

Matías Fittipaldi nació en Mar del Plata en 1977. Vivió en Ayacucho. Desde 1995 reside en La Plata. Es Licenciado en Psicología y trabaja en el Área de Salud Mental de PAMI La Plata. Pájaros como palabras (2014) es su primer libro de poesía.

Foto: Matías Fittipaldi. Fuente: Facebook.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Oscar Tiberio


V

Tendida en los escaños de la plaza,
Bajo el frescor tardío de la fronda,
Promiscua serie de hombres se solaza,
Mientras alguna hembra cruza oronda.

Éste, a través de su ilusión la abraza;
Aquél, la insulta con su boca hedionda;
Y otro, desecho de una noble raza,
Sin verla apenas en sí mismo ahonda.

Los más, arriba el pensamiento vuelven.
Muertos de hambre o muertos de pereza,
Allá en el infinito se revuelven.

Para caer después desde la altura,
Soñando siempre: aquél, con la riqueza;
Y éste, con el cajón de la basura.


XXII

¿Quién es esa mujer desconocida
Que en medio de la turba he tropezado,
Y que así como yo la he contemplado
Me ha visto ella también, estremecida?

¿Quién es esa mujer que me ha mirado
Desde el fondo insondable de su vida,
Y que luego, sonámbula y perdida,
Detrás del compañero se ha marchado?

¡Ya sé quién es! ¡Esa mujer pasea
Por lo inmenso del mundo su idealismo,
Como un dolor, como una cruel presea!

¡Y al presentir mi trágico lirismo,
Habrá entrevisto el alma que desea,
Y habrá retrocedido ante el abismo...!

Fuente: Cantos de mi camino, Oscar Tiberio, Buenos Aires, Edición de la Revista Nosotros, 1919.

Oscar Tiberio (seudónimo de Jacinto Bordenave) nació en Dolores, Provincia de Buenos Aires, en 1871. Llegó a La Plata en plena juventud y, al poco tiempo, se incorporó al cuerpo de redactores del diario El Día. Publicó dos libros de poemas: Palingenesia, con prólogo de Julio Herrera y Reissig (1912) y Cantos de mi camino (1919). El primero –según Lázaro Seigel– da cuenta “de una inspiración voluptuosa, de una complexión aristocrática. Resalta el brillo y la suntuosidad dinámica de la palabra, la elaboración plástica del cuerpo verbal, la esplendidez señoril del verso”. En cuanto al segundo –agrega Seigel– “se advierte, a través de la totalidad de sus composiciones, la evolución del poeta. El estilo es más apacible y llano. La sencillez desplaza al enjoyado policromo de Palingenesia, la mesura léxica a la ebriedad preciosista, la moderación de la estructura verbal –fruto ya de la madurez poética– a la obsesiva opulencia anterior. Una discreta expresión lógica enseñorea al verso. Lo mece un aliento de íntima terneza, lo puebla de hondas sugestiones, le confiere un tono de melancolía...” Tiberio estuvo relacionado con importantes figuras de su época, como Lugones, Almafuerte y el ya citado Herrera y Reissig, y fue un apasionado lector de Lamartine, Musset, Hugo, Baudelaire, Verlaine y Darío. Su nombre se inscribe en el nutrido grupo de poetas que dieron origen a la llamada “generación del 17” o “primera generación platense”. Murió en La Plata el 23 de marzo de 1943.

Imagen: Retrato de Oscar Tiberio. Fuente: Palingenesia, Oscar Tiberio, La Plata, Casa Editorial de José María González, 1912.