sábado, 7 de junio de 2014

Roberto Themis Speroni


Soneto

No hay sitio bajo el cielo
más dulce que el hogar...

Dadme un cuchillo, un leño y una choza;
la suma sencillez, la paz ardiente
en la que el hombre desterrado siente
la presencia de Dios en cada cosa.

Nada más necesito. Fue armoniosa
la infancia que dejé junto a la fuente.
Maduro al fin, hallé que simplemente
amaba el campo, el sol, la mariposa.

Dadme un lugar. Que el hijo esté a mi lado
cuando el invierno en su caballo helado
galope los contornos de la luna.

Que nada habrá más puro y milagroso:
soy aquel hombre triste, silencioso,
que oyó en el alba una canción de cuna.


He tomado la última semana...

He tomado la última semana
del mes de abril para morir intacto,
cerca de mi lugar, con los abrojos
que encierran una estrella en el tejido.

Los hombres como yo, deben morirse
aferrados al ser de la resina,
a los formones y a las alcayatas;
a todo aquello que en la vida fuera
signo de su vejez y su principio.

Debe ser en abril, porque en el campo
abril es un espejo de oro seco,
y las ovejas tienen las pupilas
abiertas al cristal y al duro frío.
Y, además, porque el cuero fue a galpones
y hay fiesta en la cocina y en la altura.

Debe ser en abril. De otra manera
yo no podría ver a los labriegos,
ni a mis hijos en torno, ni a mi rostro,
ni a tanta cosa que en abril fue mía.


Al fondo de mi casa, en un baldío...

Al fondo de mi casa, en un baldío
que aloja madreselvas y tacuaras,
envases, desperdicios y cadáveres
de madera fungosa; en un terreno
que un día fue patrón de las legumbres,
señor de las albahacas y el tomillo;
que tuvo un verde comercial y hermoso,
viven, con un chillar de porcelana,
las ratas que conozco. Por las noches,
a la lumbre bubónica del ojo,
con sigilo mental, siempre arrastrando
el calvo fleco en tubo de sus colas,
vagan entre geranios y hojalata,
erizadas de celo y amoníaco,
salivoso de hambre el diente agudo.
No me sorprenden ya. Sobre el cianuro
viven aún, rabiosamente invictas,
chispeando como piedras cenicientas
arriba de mis cejas, a los lados
de mi probable corazón, adentro
del hipnótico rombo de mi sangre.

Mis hijos las apartan, las persiguen,
les derraman aceite, las castigan
con afiladas llamas; mis hermanos
cavan anchos zanjones, tapan bocas
y clausuran hediondas galerías.
Pero vuelven al cabo de otra noche,
invaden mi silencio y, con jadeos,
se aposentan allí, donde yo canto,
allí, donde yo estoy cantando ahora.


Come mi madre un guiso de verduras...

Come mi madre un guiso de verduras
en su casa distante; come un guiso
que tiene casi un siglo y los cubiertos,
niquelados de amor, comen con ella
hoy, en abril, mientras mis tres hermanos
comen en sus hogares, con los hijos
sonoros de maíz, blancos de almíbar.

Mi padre come arriba, con los muertos
que fundaron Orión, que amojonaron
el granizo celeste de la Vía,
y que en la piel boreal de Casiopea
hallaron la respuesta del sextante.

Yo espero aquí; no ceno todavía.
Lo haré después, cuando los míos duerman.


Los huéspedes se van...

Los huéspedes se van. Sobre la mesa,
el vino tiembla todavía. Duele
la carne cortajeada sobre el plato,
la carne solitaria, negra y seca,
que la grasa comprime. En la cocina,
las ollas varicosas, los manteles
se mezclan con botellas y cubiertos,
y hay un olor confuso a trapo hervido,
a sudor vegetal, a paz quebrada
de pronto por un viento atolondrado
de almidón y vapores de colonia.

Han andado los huéspedes. Aún vibran
sus pellejos hinchados, aún rebotan
las pisadas de cera en las baldosas,
en el baño, detrás de las toallas,
ante el terror dental de los cepillos,
y aún hay trozos de charla en la quemada
sabiduría de los ceniceros.

A pulgadas la calma se adelanta,
me observa con piedad y, sin hablarme,
se instala en la caverna de mi frente
que ha retomado su frescura. Creo
que ninguno me habló de las abejas;
que ninguno me habló jamás de nada.


A veces soy sensible, simple y justo...

A veces soy sensible, simple y justo
como un guante de hierba, como un tibio
pantalón de labor, como las jarras
que la leche saluda en la campaña.
A veces me sorprendo porque lloro
ante una nuez o frente a las espuelas
de un soldado de plomo. No es frecuente,
pero a veces llorar me fortifica
como un cedro regándose a sí mismo,
como un dios que de pronto comprendiera
que el principio y el fin de todo llanto
es algo más que un alelí salino,
que una errabunda flor junto a la barba.


El habitante

8

Mi país no comienza en el cemento
ni termina en la voz de la cebada.
Es infinito, como la mirada
de un niño, sostenida por el viento.

Yo poseo de él sólo un fragmento,
un tallo, una paloma, casi nada.
Y sin embargo, tengo por ganada
su inmensidad, la sangre de su aliento.

Un algarrobo, y doy con la dureza;
una calandria, y hallo la ternura;
un jinete, y encuentro al habitante.

Y si a Dios procuro en mi simpleza,
me interno legua a legua en la llanura
y lo tengo ante mí, siempre adelante.


Soneto a mi hijo Roberto José

Recuerda, hijo: remendé tus botas.
Íbamos a cazar. Era en invierno.
Afuera el frío. Y en la casa un tierno
golpeteo de vidrios y de gotas.

El cielo en grito, con las cejas rotas.
El sol oculto en su hervoroso cuerno.
Íbamos a cazar. Era en invierno.
Recuerda, hijo: remendé tus botas.

Se fue la tarde como gallo helado.
Tú, con las botas altas. Yo, cansado
por el viento del sur con sus gaviotas.

Mirábamos la hierba. Tiritaba.
Una paciencia extraña nos guardaba.
Hijo, recuerda: remendé tus botas.


Canto N° 17

Dejar la carne, abandonar la ronca
guitarra de la piel, el vello hirviente
que suda trementina y miel rabiosa;
abandonar los muslos que se buscan
apretando una estrella. Dejar eso
que hicimos y que hacemos en la noche,
en el verano, en la mitad del odio;
detener el aullido del cabello,
la mano que camina y que gotea
temperaturas con temblor de fruta;
tratar de parecernos a la piedra,
a la lluvia, tal vez a los arados
o a los dioses diabólicos del viento.
En fin, salir huyendo de la sangre,
escapar de su luz acosadora,
sin memoria, sin poros en los ojos,
sin salivas ni sed en las axilas,
y detenerse en un lugar distante,
y allí, sobre la hierba, ya de bruces,
sollozar, sollozar y darse muerte
junto al sexo de oro de una avispa.

Fuente: Speroni. Poesía completa, Ana Emilia Lahitte, edición de la Municipalidad de La Plata y el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1982.

Roberto Themis Speroni nació en La Plata el 29 de septiembre de 1922 y murió en City Bell el 28 de septiembre de 1967. Su obra poética publicada comprende los siguientes libros: Habitante único (1945), Gavilla de tiempo (1948), Tentativa en la luz (1951), Tatuaje en el viento (1958), Paciencia por la muerte (1963) y Padre final (1964). A estos debe sumárseles Un poeta en el hueso del invierno, extenso poema dividido en seis cantos e incluido en Veinte poetas platenses contemporáneos (1963). Speroni dejó, asimismo, una gran cantidad de poemas inéditos que fueron compilados, en parte, por Ana Emilia Lahitte y publicados en dos tomos con el título Roberto Themis Speroni en 1975. La obra contiene un estudio de la autora y fue reeditada en un solo volumen como Speroni. Poesía completa, al cumplirse, en 1982, el centenario de la fundación de la capital bonaerense. (Hay una reedición del primer tomo realizada por la editorial Ciudad Gótica, de Rosario, declarada de interés por la Comisión de Cultura de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, que data de 2005.) Luego de la muerte de Speroni, Sudamericana-Planeta dio a conocer su novela El antiguo valle (1985). Permanecen inéditos tres novelas más, un libro de cuentos y un ensayo sobre la obra poética de Alberto Ponce de León, entre otros textos. Alguna vez, Speroni se refirió a sí mismo con estas palabras: “Nació en La Plata, murió repetidas veces en cualquier lugar, no se arrodilló ante nadie, salvo ante el amor y la tragedia. Fue un dado ciego en un cubilete de hierro, un perro en soledad, una campana orgullosa y ronca...”  Su indignación frente al dolor, su sed de verdad y de justicia, su honesta y valiente rebeldía, dieron a su voz –tierna o estentórea, según el caso– un tinte singular que la hace insoslayable. Speroni fue, sencillamente, un “muchacho puro y hosco”, como lo definió Osvaldo Rossler; jamás mendigó recompensas ni persiguió “el espaldarazo de un imbécil” para ser reconocido; quizá por esta razón no figura en muchas de las indecorosas antologías que pululan en nuestro medio. (Los dos primeros poemas publicados en esta entrada, “Soneto” y “He tomado la última semana...”, además de estar incluidos en Speroni. Poesía completa, forman parte de Tentativa en la luz y Paciencia por la muerte, respectivamente.)

Foto: Roberto Themis Speroni. Fuente: Speroni. Poesía completa, Ana Emilia Lahitte, edición de la Municipalidad de La Plata y el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1982.