jueves, 20 de junio de 2013

Abel Robino

























Poética II

Escribo con una parte
que como el reuma cambia de lugar,
un instante recuperado de película bélica

donde sólo queda una imagen en pie,
una casa en llamas.
Y el flash de los  recuerdos o la resurrección
por enésima vez
la incendia, la apaga, la vuelve a incendiar.


Amarillos cuadros de Cirian Shuler

Cuando logre juntar todas las lágrimas de mi cuerpo
pintaré a lo Cirian Shuler, cuya obra se dislocaba,
torciendo a los amarillentos sin retorno,
apenas expuesta a la fatua luz del día.

Por romántica coartada, o tic esnob,
o miedo fisiológico (vaya a saber uno),
se atrevió a mezclar los pigmentos con su llanto.

Apenas expuestos a la fatua luz del día,
una veladura le consumía sus trabajos:
el condenado había encontrado
la fórmula, frente a sus cuadros,
de hacernos perder un hijo.

O, menos trágico, ante tal abandono,                                                        
vendernos la tibieza de una compasión 
en un simulacro de trapos llorisqueados.


2 cm3

Leí, alguna vez, que entre los experimentos                                                                        
de la ciencia había un recipiente con                                                          
dos centímetros cúbicos
de agua destilada, al cual,                                                                                        
en un manoseo a puerta cerrada,                                                          
se buscaba practicarle
un canal minúsculo por donde
fugase cada segundo una molécula                                                                               
del fluido domesticado.

Si todo este protocolo fuese posible,
amenazan que dicho recipiente quedaría vacío
por completo en apenas cien años.

Otra leyenda más dispuesta a convencernos de un drenaje
suplementario o la insaciable desesperación de los
adoradores de lo eterno, esta vez haciendo mitin en las
profundidades de un dedal de costurera.


Palabras de bienvenida al Gulag

Enemigos del pueblo,
vuestro encierro no lo conforman
estos alambrados de púas,
ni la amenaza de nuestros perros,
ni ese camino que a la mitad del día
la bruma clausura.

Aquí, donde termina la mugre de vuestras uñas,
comienza la Siberia y ella es vuestra prisión.

Ésta es la madre de 13 millones
de ubres flácidas y de metros cuadrados  
a la que sólo destetaran muertos.

Toda esa naturaleza es vuestra impotencia,
lo que se le escapa a los lobos o a los osos
no se le escurre a ella y menos a sus parásitos.

Aquí vuestros recuerdos terminarán como esa nieve sucia.

La tundra es un gran atelier de esculturas
de carne embolsadas en hielo que espera,
camaradas.

El mundo, esa comunidad del olvido,
enterrará el resto, hijos, amantes y hasta gremios,
entonces sabrán que para intentar evadirse
hay que tener por lo menos adonde ir.

Fuente: Burundanga, Abel Robino, Endymion, Madrid, 2013.

Abel Robino nació en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, el 7 de octubre de 1952. Es poeta y artista plástico. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. En esta ciudad fundó en 1977 el Grupo Literario Latencia. Es Master en Artes Plásticas. Desde 1982 reside en Francia. Publicó los siguientes libros de poesía: Obsesión (1978); Las especies de la noche (l982); El estado de la quietud (1986); Hiel por hiel (1997); Poemas (2004) y Burundanga (2013). Como artista plástico ha expuesto en varios países de América, Europa y Asia, entre ellos: Argentina, Brasil, Cuba, Francia, Bélgica, Alemania, Suecia y China (Beijing y Shangai). Su poesía es reveladora de la más cruda realidad y se halla atravesada por el doble exilio que implica estar en el mundo y vivir lejos de la propia tierra. El desarraigo y la orfandad, derivados de esa situación, constituyen el trasfondo de su creación más reciente. Robino mira el mundo y se mira a sí mismo de manera irónica y descarnada, sin piedad ni autoconmiseración, pero también sin reproches. Para Osvaldo Picardo, la suya es “una voz bestial que se sabe traicionada por su propia sombra proyectada sobre la hoja de la poesía”.

Foto: Abel Robino. Foto original de Francisco Javier Lorenzo Yubero. Fuente: Gentileza de Abel Robino.

martes, 11 de junio de 2013

Víctor M. Font





















Este jardín de otoño

Este jardín de otoño, esta serena
paz de la alberca, este callado anhelo,
este sentirse el alma toda llena
de perfiles de nubes y de cielo...

Este jardín de otoño, esta serena
paz de la alberca, inmaterial consuelo;
este dejarse estar casi sin pena,
sin ruido, sin dolor, y sin consuelo.

Este soñar que una esperanza guía
mis pasos en la senda, blandamente.
Milagro incierto, pues declina el día,

y una llovizna tenue, transparente,
sigue cayendo, vertical y fría,
sobre el espejo roto de la fuente.

Fuente: Poemas otoñales, Víctor M. Font, edición del autor, Buenos Aires, 1946.


Busco tu soledad

Busco tu soledad, tu sombra fina
junto a la gracia del jardín umbrío,
donde la fuente musical afina
su sonata dulcísima de estío.

De un milagro estelar ya se ilumina
silencioso y agreste el labradío,
mientras surca veloz la golondrina
el inmóvil paisaje, a su albedrío.

Como una lumbre tenue que se apaga
declina el cielo en la penumbra vaga
del horizonte su matiz violeta.

Lírica estampa desteñida y triste,
sólo tu imagen pálida persiste
en la armonía de la tarde quieta.

Fuente: Caminos de soledad, Víctor M. Font, edición del autor, Buenos Aires, 1948.


Soneto

En un rincón del patio de mi casa,
y entre las ramas de un nogal añoso,
alza ojival su nido la torcaza
con renovado empeño jubiloso.

Una y mil veces diligente pasa,
sujeta al pico, en plenitud de gozo,
la brizna vegetal con la que amasa
los blandos muros del hogar dichoso.

Fruto también de líricas porfías,
la casa conventual de mis mayores
llena el recuerdo de remotos días,

mientras flotan las nubes de colores
sobre las milagrosas arquerías
pobladas de nostálgicos rumores...

Fuente: Cantos del amor efímero, Víctor M. Font, edición del autor, La Plata, 1956.


Soneto familiar

Inauguran el alba del soneto,
ya nuestro amor en claro mediodía,
los ojos pardos, el decir discreto
y el nombre suave de la esposa mía.

Graciela, hija mayor. Un recoleto,
equilibrado corazón la guía.
Toca Bach y Beethoven. Y en secreto
por todos vela, silenciosa y pía.

Garbosa, inquieta, casi volandera
como cuadra a una alondra en primavera,
canta Cecilia, canta sin reposo

con Hugo de la mano, el más pequeño,
bienamado en la casa y cabal dueño
del desvelo del padre y de su gozo...

Fuente: Cantos del amor efímero, Víctor M. Font, edición del autor, La Plata, 1956.

Víctor M. Font nació en La Plata el 18 de agosto de 1906 y murió en la misma ciudad el 13 de marzo de 1960. Fue poeta y profesor de Francés egresado de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Se formó en el Colegio Nacional Rafael Hernández, donde fue alumno, preceptor, profesor y vicerrector, función esta última que ejercía cuando lo sorprendió la muerte. Amó la familia, la vida sencilla en comunión con la poesía, la música clásica, el arte y el ajedrez. Contó, además, con un fino sentido del humor que pocos conocieron. Publicó tres libros de poesía: Poemas otoñales (1946), Caminos de soledad (1948) y Cantos del amor efímero (1956). Si bien dio a conocer su obra en pleno fervor neorromántico, está ligado estéticamente a la “Primera generación platense” y la llamada “Escuela de La Plata”. “Un peregrinaje a través de sus poemarios... –escribió Lázaro Seigel– nos enfrenta con un paisaje de bucólica, con su plétora de calladas músicas y sonoros silencios... Delicadeza, brevedad, precisión léxica, permiten a Font la gracia de una poesía –trasunto de su vivir diario– poseedora de una limpidez adecuada a un ánimo no aborrascado por turbiedades venidas sabe Dios de dónde... No obstante su vínculo –por época y edad– con el torbellino romántico, a cuánta distancia del lloriqueo y sollozos decadentes en boga. Nada de crispaduras lancinantes... El estilo es directo, reposado, accesible; sin complicaciones sintácticas ni torceduras perifrásicas. La sutileza conceptual no juega. Tampoco la energía barroca, la ampulosidad verbal, el frenesí expresivo. El vocablo, diáfano y acariciador, muestra el decoro de quien sabe que la virtud que lo define radica en su profunda dignidad semántica... De Font podría afirmarse lo que alguna vez expresara Taine sobre la sinceridad de Musset: ‘no mintió jamás; dijo lo que sentía y cómo lo sentía’. Y con voz queda, agreguemos. Con palabras deslizándose suaves, sedeñas, extravertiendo, para nuestro regocijo estético, su mundo lírico”.

Foto: Víctor M. Font. Fuente: Gentileza de María Cecilia Font.

viernes, 7 de junio de 2013

Francisco López Merino

























El otoño y los niños

A Enrique M. Amorim

Amaneció la calle toda dorada; el viento
con su mano invisible desprendió hoja por hoja.
Las estrellas oyeron acaso su lamento
y la aurora habrá sido, por lo mismo, más roja.

Los niños que se inician en el abecedario
al ver así la calle creyeron que era un sueño.
El sol sobre las hojas hacía el oro más vario
y era una fantasía tanto oro sin dueño.

Con sus manos pequeñas recogieron el blando
tesoro que los hombres indiferentes pisan.
Se fueron a la escuela dulcemente, pensando
que los sueños más bellos a veces se realizan...

Fuente: Revista “Martín Fierro”, segunda época, año 1, número 4, Buenos Aires, mayo 15 de 1924.

Francisco López Merino nació en La Plata el 6 de julio de 1904 y se quitó la vida en la misma ciudad el 22 de mayo de 1928 en uno de los baños del Jockey Club, disparándose un tiro en la cabeza. Fue hijo de América Merino y del escribano Francisco Toribio López, ambos de nacionalidad uruguaya. Tuvo seis hermanas a las que dedicó algunos de sus poemas y con las cuales compartió la infancia en una casa palaciega de la calle 49, entre 12 y diagonal 74, donde hoy funciona la Biblioteca Municipal que lleva su nombre. Si bien no se conocen claramente las razones de su suicidio, cierto es que la muerte temprana de una de sus hermanas, María América, en 1922, lo sumió en una profunda y crónica melancolía. De trato afable y comunicativo, López Merino tuvo muchos amigos y desarrolló una vida social intensa que le permitió relacionarse rápidamente con los poetas vanguardistas de Buenos Aires nucleados en torno de la revista Martín Fierro, aunque mantuvo distancia respecto de sus parámetros estéticos.  Con algunos integrantes de ese grupo –Borges, Marechal, González Tuñón, entre otros– formó parte, en 1927, del “Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes”, entidad de efímera duración. En su breve existencia, sólo llegó a publicar tres libros de poesía: Canciones interiores y otros poemas (obra de adolescencia que él mismo retiró de circulación, 1920), Tono menor (1923) y Las tardes (1925). Dichos libros le bastaron para granjearse la admiración de Jorge Luis Borges y Juan Ramón Jiménez, entre otras personalidades destacadas de la época, y le hicieron decir a Rafael Felipe Oteriño: “En ellos, traslúcido, percibo el clima espiritual de esa ciudad nueva, de ese domingo que es igual a otros muchos, de esos jardines donde transcurrió la infancia. Poesía del encantamiento y de la recreación es la que encierran. También poesía del dolor”. Como integrante de la “Generación del 17” o “Primera Generación Platense” (conocida, asimismo, como “Primavera Fúnebre” y “Primavera Trágica”), López Merino contribuyó a dar vida a la llamada “Escuela de La Plata”, caracterizada, principalmente, por el tono elegíaco, el equilibrio formal y la claridad y la economía expresivas; escuela que habrá de pervivir, con distintas modalidades, hasta la actualidad. El poema publicado en esta página apareció en la revista Martín Fierro en 1924 y, poco después, fue incluido por el autor en su libro Las Tardes.

Imagen: Revista “Martín Fierro”, segunda época, año 1, número 4, Buenos Aires, mayo 15 de 1924. Fuente: C. C.